Por: Paul J. Barth

Traducido al español por: Maximiliano Vivanco

“Que el extranjero que se ha allegado al Señor, no diga: Ciertamente el Señor me separará de su pueblo…” (Isaías 56: 3 LBLA).

WILHELMUS À. BRAKEL
EL SERVICIO RAZONABLE DEL CRISTIANO
VOL.2, PP.55-60

Es deber de todo aquel que desee ser salvo acudir a la iglesia, haciendo un esfuerzo diligente para ser aceptado como miembro de la comunidad eclesial.

Primero, este es el camino de Dios por el cual Él guía a los elegidos a la salvación. “…Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47); “Y el extranjero que sigue a Jehová no hable diciendo: Me apartará totalmente Jehová de su pueblo.” (Isaías 56:3).

En segundo lugar, esta ha sido la tarea de los apóstoles de acuerdo con su comisión (Mateo 28:19), como se observa en la totalidad de los Hechos de los Apóstoles.

En tercer lugar, esto es coherente con la naturaleza de los hijos de Dios. Tan pronto como se convierten, no pueden descansar hasta haber sido recibidos en el seno de su madre espiritual (Gálatas 4:26).

En cuarto lugar, esta es la confesión constante de la iglesia de todas las edades, y particularmente de las iglesias de los Países Bajos. En el artículo 28 de la Confesión Belga leemos: “Creemos toda vez que esta santa congregación es una reunión de los que son salvos, y que fuera de ella no hay salvación, que nadie, de cualquier condición o cualidad que sea, debe permanecer aislado para valerse por su propia persona; sino que todos están obligados a ella y reunirse con ella”. Hemos desarrollado esto en el capítulo 24.

En quinto lugar, la iglesia es la gloria de Cristo. Allí es donde se confiesa y proclama a Cristo en todo el mundo, que se presenta como un estandarte sobre una colina alrededor del cual uno debe reunirse. Esta es la ciudad sobre un monte, y una luz que brilla en las tinieblas. Ella es el medio por el cual la verdad se da a conocer y se preserva, y el medio para la conversión de las almas. Por lo tanto, todos están obligados a facilitar esto uniéndose a la iglesia.

MOTIVOS PARA UNIRSE A LA IGLESIA

Para que usted pueda ser animado y activo al respecto, considere con calma, ante todo, que no hay sino dos reyes en este mundo, cada uno con un reino: los reinos de Cristo y del diablo, que son enemigos mortales entre sí. . No existe un tercer reino. Cada persona en la tierra es un súbdito del Rey Jesús o del diablo, el príncipe de las tinieblas. Independientemente de quién sea usted individualmente, realmente es un súbdito de uno de estos dos reinos. No eres neutral ni súbdito de ambos reinos simultáneamente. Por tanto, ¿a qué reino perteneces actualmente? ¿Qué tienes que decir al respecto? Si no lo sabe ni lo ha pensado nunca, venga y siéntese a mi lado por un momento; consideremos este asunto y luego hagamos una elección sincera y eterna. ¿De quién quieres ser el sujeto? ¿A quién eliges para ser tu rey?

Si eliges al diablo para que sea tu rey y estar sujeto a él, hacer su voluntad, complacer tus deseos, revolcarte en tus pecados como un cerdo en el fango, buscar las cosas que están en la tierra, satisfacer tus concupiscencias, así como para el ocio y el entretenimiento, o dejarlo ser. Disfrútala al máximo mientras tengas la oportunidad. “Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios.” (Eclesiastés 11:9); “ … ama al mundo… todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida…”(1 Juan 2: 15-16). Por lo tanto, si por sus mismos hechos se revela que es un sujeto del diablo, tampoco se avergüence de llevar el nombre de tal sujeto. Posee, reconoce y confiesa que el diablo es tu señor y amo. Confía en él y deléitate en el hecho de que estarás eternamente con él en el lago que arde con azufre, donde el humo del tormento ascenderá por los siglos de los siglos.

Alguien puede pensar: “Esto se dice de manera demasiado descarada. Cristo debe ser nuestro Rey. Incluso si buscamos nuestro propio placer, nos conformamos con la voluntad de Satanás y vivimos una vida claramente mundana, el diablo no es, por lo tanto, nuestro rey”. A esto respondemos: ¡Ciertamente lo es! Si usted a su vez responde, “Cristo es sin embargo nuestro Rey”, respondemos, ¡ciertamente no lo es! Escuche lo que dice Pablo: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16).

Por lo tanto, si en verdad no deseas que el diablo sea tu rey ni tener tu porción con él en las tinieblas de afuera, donde habrá llanto y crujir de dientes (Mateo 25:30), entonces resueltamente, sin reservas y sin retractación renuncia a su servicio, y con todo tu corazón despídete del reino del diablo, abandona todo pecado y las concupiscencias de la carne, y entra en el reino del Señor Jesús. Recíbelo como tu único y soberano Rey. Hágalo no solo verbalmente, externamente, por aproximación o por impulso repentino, sino consciente y verdaderamente.

Siéntese y tómese un tiempo para calcular el costo. Considere si, por amor al Señor Jesús, está dispuesto a separarse de todos sus pensamientos y deseos carnales, de todos sus placeres mundanos, de sus amigos y de su vida. Considere si estaría dispuesto a seguirlo en el hambre, la desnudez y la vergüenza, siendo firme hasta la muerte y obediente a Él en todas las cosas. Si su corazón ha sido iluminado, y en la presencia de Dios puede responder afirmativamente con sinceridad, llegue a una resolución completa y diríjase a este Rey. Inclínate ante Él, ofrécete a Él, haz un pacto con Él y así conviértete en Su súbdito. Para que pueda ejercitarse en esto de una manera más clara y sincera, considere más detenidamente los siguientes asuntos.

El amor mismo hacia el Señor Jesús debería motivarlo a hacerlo, ya que Él es tan precioso, glorioso y lleno de salvación para todos los que vienen a Él. A Dios le agradó que toda plenitud more en él; Es un rescate completo. Él es poderoso para reconciliar a los enemigos con Dios, para hacer la paz, para purificar la conciencia, para librar el alma de toda culpa y castigo, así como del diablo y del infierno, para unirla con Dios, para darle el Espíritu Santo y para santificarla, preservarla y conducirla a la felicidad eterna.

Si todo esto no te motiva, y no puedes pensar en una razón que te haga activo en este sentido, ¡si tan solo así reflexionaras por un momento! ¡Ojalá fuera su más sincero deseo y gozo que todos los hombres se postraran ante Jesús, lo reconocieran como Rey y se rindieran a Su gobierno! Esto sería adecuado para ejercitar en ti el deseo de que Aquel que es digno de gobernar también gobierne en tu corazón, que tú también pertenezcas a los que exclaman: “¡Jesús es Rey!” Y que contigo aumentaría el número de sus súbditos.

LA GLORIA Y LA ELEGANCIA DE LA IGLESIA

En esta iglesia hay gloria y elegancia. Por un momento, consideren atentamente el estado glorioso de ese reino y sus verdaderos súbditos. La tierra y las naciones están envueltas en tinieblas; sin embargo, en la iglesia se encuentra una luz maravillosa. La gloria del Señor ilumina esta ciudad de Dios y el Sol de Justicia la ilumina con Su luz. Fuera de ella no hay nada más que contaminación, abominaciones e impiedad; sin embargo, dentro de ella hay santidad, pureza y gloria. La iglesia es llamada “La perfección de hermosura” (Salmo 50:2); “gloria eterna, el gozo de todos los siglos.” (Isaías 60:15); “corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo.” (Isaías 62:3); “Pueblo Santo, Redimidos de Jehová” (Isaías 62:12); “Jehová… será la gloria en medio de ella” (Zacarías 2:5); “Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti, dice Jehová el Señor.” (Ezequiel 16:14). Considere atentamente cuán delicioso y deseable es para Dios cada tema verdadero. “Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé” (Isaías 43: 4); “serás llamada Hefzi-bá [mi deleite está en ella], y tu tierra, Beula [desposada]; porque el amor de Jehová estará en ti” (Isaías 62:4); “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito?” (Jeremías 31:20). Por tanto, debemos exclamar con Moisés: “Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo?” (Deuteronomio 33:29). Hay razón para exhortarse unos a otros: “Andad alrededor de Sion, y rodeadla; Contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro, mirad sus palacios” (Salmo 48: 12-13). Por tanto, ¿no deberían todos deleitarse en Sion y desear ser miembro de esta iglesia, conciudadano de los santos y miembro de la familia de Dios? ¿No deberían todos estar deseosos de someterse a la protección y el gobierno de este Rey? Porque no solo se dicen todas estas cosas acerca de este reino y este Rey, sino que todas son ciertamente verdaderas.

Hay seguridad en este reino. Considere la protección fiel que este Rey brinda a todos sus súbditos en general, y a cada súbdito en particular. El Señor habla así: “He puesto el socorro sobre uno que es poderoso” (Sal 89:19); “Él es justo y salvador” (Zacarías 9:9); “Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sion, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda gloria habrá un dosel, y habrá un abrigo para sombra contra el calor del día, para refugio y escondedero contra el turbión y contra el aguacero.” (Isaías 4:5-6); “Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor” (Zacarías 2:5); “Yo Jehová la guardo, cada momento la regaré; la guardaré de noche y de día, para que nadie la dañe.” (Isaías 27:3). Aquí podemos contemplar estas promesas veraces y la protección real brindada. ¿No está entonces completamente seguro quien disfruta de la protección de tal Rey, y que puede pertenecer a un pueblo sobre el cual el ojo del Señor está continuamente? “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente.” (Salmo 91:1). Tú, por tanto, quienquiera que seas, huye a esta torre fuerte y únete a Sion, porque “Jehová fundó a Sion, y que a ella se acogerán los afligidos de su pueblo.” (Isaías 14:32). Busque refugio bajo las alas de este Rey que redimirá las almas de sus súbditos “de engaño y de violencia redimirá sus almas, y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos.” (Salmo  72:14).

En este reino hay verdad, luz, vida, gozo y cualquier otra cosa que pueda alegrar un alma y hacerla feliz. Además, las bendiciones con las que este Rey favorece a sus súbditos son inexpresablemente gloriosas. Él perdona completamente todas sus iniquidades. “No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad.” (Isaías 33:24). Él es la “manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia.” (Zacarías 13:1). Les da paz y alegría. “Descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada; Como el rocío que destila sobre la tierra. Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna.” (Salmo 72:6-7) Su nombre es el “Príncipe de Paz” (Isaías 9:6); “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27); “Porque el reino de Dios… es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). Dios mismo es su porción y gozo completo. “El Señor es mi porción, dice mi alma; por tanto, en él esperaré” (Lamentaciones 3:24). Les da su Espíritu Santo que los anima, los enseña, los guía y los santifica. “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre” (Juan 15:26); “Pero si me voy, os lo enviaré [el Consolador]” (Juan 16:7).

Sí, si tuviera que contarles todas las bendiciones, tendría que enumerar todos los beneficios del pacto de gracia. En una palabra, el Señor los bendice “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). El Señor dice: “Todas mis fuentes están en ti” (Salmo 87:7); “Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.” (Salmo 46:4); “Porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna.” (Sal 133:3); “¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!” (Salmo 31:19).

Aquel que esté familiarizado con estos beneficios, y que haya probado o anticipado su dulzura, no puede sino con la mayor urgencia apresurarse a convertirse en súbdito de este Rey, y a regocijarse si puede ser súbdito de este Rey. Aplique estos asuntos a su corazón y actúe con sabiduría y rectitud. Entra en el pacto, o más bien, por fe abraza este pacto de gracia que se te ofrece y únete a la iglesia.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2018/07/23/there-is-no-ordinary-possibility-of-salvation-outside-of-the-visible-church/

Por: Paul J. Barth

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

La pregunta no es si las mujeres pueden enseñar públicamente en la iglesia, ya que todos los cristianos ortodoxos están de acuerdo en que las Escrituras prohíben a las mujeres ocupar cargos en la Iglesia y hacer deberes reservados para los oficiales de la iglesia (1 Cor. 14:34-35; 1 Tim. 2:11-15). Más bien, la pregunta es si las mujeres pueden ejercer la autoridad pública sobre los hombres. En segundo lugar, distinguimos entre la enseñanza privada, la amonestación y la exhortación mutua y las capacidades públicas y los actos de autoridad.

Sin entrar en ejemplos específicos (que sin duda deben discutirse después de que todas las partes estén de acuerdo con la tesis de este artículo), abordaremos esta pregunta centrándonos principalmente en los dos pasajes citados anteriormente.

Puede ser una pregunta legítima preguntar qué constituye un ejercicio de autoridad, pero sería problemático restringir los ejercicios públicos de autoridad de las mujeres a la mera esfera eclesiástica y negar que la Escritura arraigue esta prohibición en el orden creado.

“NO LES ESTÁ PERMITIDO HABLAR” – ¿POR QUÉ NO?

Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación. (1 Corintios 14: 34-35)

Matthew Poole señala que esta prohibición no se aplica a ocasiones extraordinarias donde Dios consideró apropiado hacer de una mujer una profetisa, como Ana (Lucas 2:38), las cuatro hijas en Hechos 21:9, Miriam (Éxodo 15:20), Hulda (2 Crónicas 34:22), etc., pero estas son excepciones y no la norma. Poole señala que la referencia del Apóstol a la Ley se refiere a Génesis 3:16, lo cual es importante para nuestra consideración porque tiene que ver con el orden creado, no con algo específico del antiguo pacto de Israel, o con la esfera de la Iglesia del Nuevo Testamento.

Se cree que la ley a la que se refiere el apóstol aquí es Génesis 3:16, donde se ordena a la mujer que se someta a su esposo, y se dice que él debe gobernar sobre ella…”

Juan Calvino comenta sobre este pasaje y señala que el razonamiento para prohibir a las mujeres hablar en una capacidad oficial, pública o autorizada se basa en la Ley, la naturaleza y el sentido común, de modo que incluso era un principio moral sostenido por personas sin acceso a revelación especial; no se basa en una ley positiva supra-agregada específica solo para la Iglesia.

Si la mujer está bajo sujeción, por lo tanto, tiene prohibida la autoridad para enseñar en público. E indudablemente, entre todas las naciones y pueblos donde se ha mantenido la propiedad natural, las mujeres han sido excluidas de la gestión pública de los asuntos en todas las edades. Es el dictado del sentido común, que el gobierno femenino es inapropiado e indecoroso. Más aún, si bien originalmente se les dio permiso en Roma para declararse ante un tribunal, el desencanto de Caia Afrania llevó a que fueran interceptadas, incluso por esto. El razonamiento de Pablo, sin embargo, es simple: que la autoridad para enseñar no es adecuada para el puesto que ocupa una mujer, porque, si ella enseña, preside a todos los hombres, mientras que esto la lleva a estar bajo sujeción“.

John Calvin, commentary on 1 Corinthians 14:34.

“NO PERMITO A LA MUJER ENSEÑAR” – ¿POR QUÉ NO?

La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia. (1 Timoteo 2: 11-15).

El contexto inmediato se trata de prohibir que las mujeres enseñen públicamente en la Iglesia, pero ¿el razonamiento detrás de la prohibición se aplica solo a la Iglesia, o tiene una aplicación más amplia? La prohibición en 1 Timoteo 2:12 no puede ser únicamente una ordenanza eclesiástica porque el apóstol Pablo lo fundamenta en la creación, no en nada específico de la Iglesia. Está aplicando un principio general a una situación específica, por lo tanto, en cualquier lugar en que se aplique ese mismo principio general.

John Gill entiende correctamente que hay equidad natural en este pasaje que se aplica no solo a los oficiales de la iglesia, sino también a otras esferas de la vida pública:

Porque no permito a la mujer enseñar
“Pueden enseñar en privado, en sus propias casas y familias; deben ser ‘maestras del bien’ (Tito 2:3). Deben criar a sus hijos ‘en disciplina y amonestación del Señor’ (Ef. 6: 4); ni se debe abandonar la ley o la doctrina de una madre, más que la instrucción de un padre (ver Prov. 1: 8; 31: 1-4). Timoteo, sin duda, recibió mucha ventaja de las enseñanzas e instrucciones privadas de su madre Eunice y su abuela Loida; pero entonces las mujeres no deben enseñar en la iglesia; porque eso es un acto de poder y autoridad, y supone que las personas que enseñan son de un grado superior, y en un cargo superior, y que tienen habilidades superiores a las que les enseñan:

ni ejercer dominio sobre el hombre“;
Como no en asuntos civiles ni políticos, o en asuntos relacionados con el gobierno civil; ni en cosas domésticas, o los asuntos de la familia; así que no en cosas eclesiásticas, o lo que se relaciona con la iglesia y el gobierno de la misma; porque una parte de la regla es alimentar a la iglesia con conocimiento y comprensión; y que una mujer se encargue de ella para hacer esto, es usurpar una autoridad sobre el hombre: por lo tanto, esto no debe hacerlo.

John Gill, commentary on 1 Timothy 2:12.

El apóstol Pablo está hablando en el contexto de la adoración pública, pero la violación de la ley de la que habla es más general, por lo que razona desde la creación. El apóstol está argumentando de mayor a menor. Utiliza un principio moral general enraizado en el orden creado para explicar por qué una instancia particular de ese mismo principio es válida para la aplicación que está haciendo. El hecho de que Dios creó a Adán primero y luego a Eva fue para enseñarnos que el género femenino está destinado a ser un compañero de ayuda para el hombre, no un gobernante. También razona desde la caída. “Última en ser, ella fue la primera en pecado. La serpiente sutil sabía que ella era ‘la vasija más débil’. Por lo tanto, la tentó”. [1] Por lo tanto, Pablo no permite que una mujer enseñe o ejerza autoridad, lo que, como aplicación de la ley, le prohibiría realizar tal ejercicio de autoridad en las iglesias. Sin embargo, también tendría muchas otras áreas de aplicación. Es por eso que Isaías declara que las mujeres que gobiernan sobre los hombres es un juicio de Dios sobre un pueblo (Isaías 3:12), y por qué Pablo instruye que las mujeres deben “críen hijos, gobiernen su casa” (1 Tim. 5:14), y ser “cuidadosas de su casa” (Tito 2:5).

Además, en este pasaje, el Apóstol redirige el enfoque del papel de la mujer de la autoridad pública y formal a la “maternidad“, la esfera del hogar, según el diseño de Dios. Ciertamente hay más para desempaquetar en el versículo 15 [2], pero este punto es suficiente para nuestro propósito aquí.

Está implícito que la maldición misma será una condición favorable para su salvación, al cumplir fielmente su parte de hacer y sufrir lo que Dios le ha asignado, a saber, la maternidad y los deberes domésticos, su esfera, a diferencia de la enseñanza pública, que no es de ella, sino de hombre (1 Tim. 2:11, 12). En esta esfera doméstica, no ordinariamente en el servicio público para el reino de Dios, ella será salva en los mismos términos que todos los demás, es decir, por la fe viva”.

Jamieson Fausset Brown commentary on 1 Timothy 2:15, vol. 3, p. 486.

Nuevamente, puede ser una cuestión legítima preguntar qué constituye un ejercicio de autoridad, pero sería problemático restringir los ejercicios públicos de autoridad de las mujeres a la mera esfera eclesiástica y negar que la Escritura arraigue esta prohibición en el orden creado.

INSTRUCCION PRIVADA

La instrucción privada, la amonestación o la exhortación no es lo mismo que ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia, el estado, el hogar o cualquier otra esfera. Es por eso que los comentaristas reformados hacen una distinción entre las posiciones públicas de autoridad y el discurso privado.

Por ejemplo, John Gill comenta sobre Hechos 18:26 que Aquila y Priscila no corrigieron a Apolos públicamente, sino que lo llevaron a un lado en privado por las siguientes tres razones: 1) Por el bien del Evangelio “para que no pusieran ningún obstáculo en el camino de ello, ni en el de los jóvenes convertidos, ni para dar una oportunidad al adversario para sacar ventajas”. 2) Por el bien de Apolos, “para que no lo avergüencen y lo desanimen“. Y 3) Debido a que Priscilla era una mujer, “no era apropiado, especialmente para Priscilla, hablar en público, ni estaba permitido en las sinagogas judías que una mujer hablara allí”. Continúa, “y de ahí se puede observar, que las mujeres de gracia, conocimiento y experiencia, aunque no se les permite enseñar en público, pueden y deben comunicar en privado lo que saben de las cosas divinas, para el uso de los demás”.

En el mismo pasaje, Juan Calvino señala: “debemos recordar que Priscilla realizó esta función de enseñanza hogareña en su propia casa, que no podría derrocar el orden prescrito por Dios y la naturaleza”. Del mismo modo, Matthew Poole distingue entre las posiciones públicas de autoridad e instrucción privada:

“Si permitimos que Priscilla haya contribuido a la instrucción de Apolos, como indudablemente podemos hacerlo, es seguro que fue solo en un discurso privado; que, unido a un comportamiento manso y humilde, podría ser muy efectivo para la conversión de las almas (1 Pedro 3:1-2). Así, Timoteo estaba en deuda por su conocimiento de las cosas de Dios con su madre y su abuela (2 Timoteo 1:5). Pero por lo demás no es lícito que una mujer enseñe (1 Timoteo 2:11-12)”.

Matthew Poole, commentary on Acts 18:26

Con este principio correctamente entendido, a la luz de la naturaleza y de las Escrituras, los cristianos tienen una base común para discutir roles y funciones específicas y lo que constituye un ejercicio público de autoridad. Este principio se ha entendido en la iglesia durante siglos, como se ve en las citas anteriores. Aunque esta no es una idea popular en la sociedad moderna, entendemos que esto se aplica tanto a la esfera civil como en la eclesiástica. Al cumplir con su papel apropiado en la sociedad, las mujeres cumplen con su deber hacia Dios y benefician a sus familias y a la sociedad en general. Al actuar fuera de su rol dado por Dios, las mujeres se lastiman a sí mismas y a la sociedad cuando ejercen autoridad sobre los hombres no solo en la iglesia, sino también en público.

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[1] Jamieson Fausset Brown commentary on 1 Timothy 2:13, vol. 3, p. 486.

[2] Vea la exegesis de Stephen Charnock de este verso en: Discourse For The Comfort of Childbearing Women

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2018/03/19/may-women-teach-public-vs-private-instruction/

Por: La Asamblea Provincial de Londres (1654)
En: Jus Divinum Ministerii Evangelici o el Derecho Divino del Ministerio del Evangelio

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

La Necesidad y Excelencia del Ministerio Evangélico es tan trascendentemente grande, que no puede dejar de ser considerado un servicio muy glorioso, en todos aquellos que se comprometen a representarlo en su belleza a los hijos de los hombres, y a reivindicarlo de todo lo que tratar de difamarlo, quebrantarlo y destruirlo. Cristo nuestro Salvador, cuando ascendió a los cielos, dejó el Ministerio como su Legado más selecto junto al Don de su Espíritu Santo; les dio a sus Ministros (que no dio a ningún Monarca terrenal) las Llaves del Reino de los Cielos (Mat. 16:19), les confió la Palabra de Reconciliación (2 Cor. 5:19), los hizo Mayordomos de la Misterios de Dios (1 Cor. 4.1), y Vigilantes de las preciosas Almas de su pueblo (Heb. 13:17). Hay difícilmente algo necesario para el hombre en su Relación Natural o Civil, pero el Ministerio se le compara a ello. ¿Son necesarias la luz y las estrellas? ¿Es necesaria la sal? ¿Son necesarios gobernantes, pastores, mayordomos, embajadores, labradores, constructores, ángeles, carros y jinetes? Los ministros son llamados, La Luz del mundo, La Sal de la tierra (Mat. 5:13, 14), Estrellas en la diestra de Cristo (Ap. 1:20), Son Ángeles (Ap. 2:1), Gobernantes (Heb. 13:17), Embajadores (1 Cor. 5:20), Mayordomos (1 Cor. 4:1), Labradores (1 Cor. 3:9), Padres (1 Cor. 4:15), Pastores (Efesios 4:11), Constructores (1 Cor. 3:11-12), Vigilantes (Isa. 52:8; Eze. 3:17), Los carros y jinetes de Israel (2 Reyes 13:14). La gente de Constantinopla profesaba que querría el Sol antes que el Ministerio de Crisóstomo. Y Crisóstomo nos dice, que Herodes muy bien podría haber salvado a Juan Bautista a pesar de su juramento, porque su juramento era dar a la hija de Herodías lo que ella debía pedir, aunque fuera para partir su reino, pero la cabeza de Juan Bautista valía más que todo su Reino.

Por lo tanto, el diablo en todas las edades ha trabajado con sus instrumentos malvados para desacreditar, menospreciar y derrocar el Ministerio, sabiendo que es un motor espiritual en la mano del Señor de los ejércitos para derribar sus fortalezas, y diseñado para este mismo propósito de traer a la gente del poder de Satanás al Reino de Jesucristo.

En el Antiguo Testamento, aunque el Ministerio que entonces era, se reconocía como de Institución Divina, sin embargo, incluso entonces, una parte carnal del mundo se oponía, como una Invención humana superflua, y las Personas a quienes se encomendaba ese Ministerio eran en sus varias Generaciones vilipendiados y calumniados como una Sociedad de hombres que más bien buscaban algún interés mundano, carnal y personal, que las cosas sagradas del Reino de Dios. Así, Enoc, que tenía este testimonio de que agradaba a Dios, soportó duros discursos que los pecadores impíos hablaron contra él. Noé, un Predicador de Justicia, no fue creído en su Generación, ellos no creyeron, ellos no sabrían nada hasta que vino el Diluvio y los barrió a todos. Moisés, un profeta poderoso en palabras y hechos, tenía a Janes y Jambres para resistirlo en Egipto, y a Coré y su compañía para resistirlo en el desierto. Elías, ese hombre de Dios, a quien se llama ángel terrenal y mortal celestial, que mientras vivía en la tierra, dominaba los cielos y las nubes que están arriba, sin embargo, Jezabel lo persiguió y Acab lo contaba como enemigo de él y del Estado, y acusado en su cara como el Alborotador de Israel. Así Jeremías, santificado desde el vientre, fue herido y encarcelado, Micaías encarcelado, Urías asesinado con la espada, Zacarías apedreado hasta la muerte.

En el Nuevo Testamento, Juan Bautista, quien fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su Madre, fue decapitado. Y el mismo Cristo Jesús, que no se avergonzó de ser llamado Ministro de la Circuncisión, Obispo de nuestras almas, Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, fue crucificado entre dos ladrones. Los santos Apóstoles de quienes el mundo no era digno, no eran dignos de vivir en el mundo, sino que fueron despreciados y rechazados por los hombres, y contados como la escoria del mundo.

En las diez primeras persecuciones, el diablo se esforzó especialmente en la ruina del ministerio piadoso y erudito: se dice expresamente de la sexta persecución, que el emperador Maximino la levantó contra los maestros y líderes de la Iglesia, pensando que, si estos capitanes eran removidos fuera del camino, lo más fácil haría que prevaleciera contra el resto. El mayor designio que tuvo Juliano el Apóstata para derrocar la religión cristiana fue destruir el saber y quitarle los medios de subsistencia al ministerio.

La Escritura nos dice que durante el espacio de 1260 días (es decir, todo el tiempo del reinado del Anticristo) los dos Testigos deben profetizar vestidos de cilicio, y este cilicio aún no se ha quitado, ni es probable que lo sea.

Porque hay una generación de hombres que se ha levantado entre nosotros, que dice: Que es el mayor engaño que jamás se les ha hecho a los cristianos, hacerles creer que hay un Oficio del Ministerio distinto, peculiar para algunos hombres y no para otros. A esto lo llaman una Monopolización del Ministerio, y el peor de todos los Monopolios. Y dicen, al igual que Coré y su compañía: Ustedes toman demasiado sobre ustedes, hijos de Leví, ¿no es santo todo el pueblo de Dios? ¿Y no puede predicar ningún hombre dotado, aunque no esté ordenado? Pero mientras tanto olvidan, que este Discurso de Coré fue contado como Rebelión, y que la tierra no pudo soportarlo, sino que abrió su boca y se lo tragó a él, y al resto de sus compañeros. Hasta ahora se consideraba una gran falta que un Ministro fuera Juez de Paz, y se pensaba que era incompatible con su Llamado e imposible que un hombre atendiera a ambos. Pero hay muchos en nuestros días que, continuando en sus Llamamientos Civiles, se creen capaces de cumplir con el Ministerial. Y aunque el Apóstol fuera del sentido de su peso, gritó: ¿Quién es suficiente para estas cosas? Sin embargo, hay muchos que piensan que todo hombre es casi suficiente. Y como Jeroboam hizo sacerdotes de los más bajos del pueblo, que no eran de los hijos de Leví, y fue contado como su gran pecado. Así es con nosotros, Los más bajos de la gente y aquellos que no están llamados al Ministerio, ni formados en las Escuelas de los Profetas, se convierten en Predicadores y claman como los que no son de nuestro tiempo.

Hay diversas formas en que algunos hombres se esfuerzan por destruir el Ministerio:

1. Insultando y difamando a sus personas, y levantando toda clase de reproches contra ellos, como si fueran los únicos Incendiarios de la Iglesia y el Estado, compañeros pestilentes, los causantes de todos los disturbios en la Nación.

2. Clamando al Ministerio actual como anticristiano, porque es hecho (como dicen) por obispos anticristianos.

3. Eliminando su Mantenimiento.

4. Estableciendo a los más viles y humildes del pueblo, y a los que no tienen artes ni conocimientos en lenguas, para que sean predicadores, para que así puedan hacer creer al mundo que el Oficio Ministerial es de todos los demás, el más bajo y el más fácil.

5. Denunciando al propio Oficio.

Estos, junto con otros de naturaleza similar, son las formas y los medios por los cuales los hombres buscan arruinar el Ministerio, y por lo tanto la Religión, y abrir una amplia brecha a todos los Errores, Herejías, Blasfemias, Profanidad y Ateísmo. Aquí tratando con nosotros como lo hizo Alejandro con los atenienses, que deseaban hacer la paz con ellos con la condición de que entregaran a ocho de sus principales hombres en sus manos. Demóstenes para disuadir a los atenienses de que los entreguen, les cuenta una fábula de los lobos y las ovejas: Los lobos deseaban hacer las paces con las ovejas, con la condición de que entregaran a sus perros para que los destruyeran, lo que no habían hecho antes. pero los lobos pronto devoraron las ovejas: aun así, cuando una vez no sólo las personas de los ministros caen en desgracia y se les quita el sustento, sino cuando se niega el mismo llamamiento y oficio del ministerio, y se da libertad a todo hombre que quiera predicar, entonces los Lobos devorarán las Ovejas de Cristo, entonces los Errores, Herejías, Blasfemia, Ateísmo y el Papado, entrarán como una gran inundación, luego vendrá la ruina y la desolación como un hombre armado sobre esa Nación donde esto se practica, sin remedio.

Y, por tanto, para dar testimonio de nuestro Amor a la Verdad, para que el Sol de Justicia no se ponga en nuestros días, para que la Verdad del Evangelio viva cuando nosotros estemos muertos, y la Palabra de Cristo corra y sea glorificada; Y para prevenir el crecimiento del ateísmo que abunda en todas partes, y amenaza el derrocamiento y la ruina del camino que Dios ha llamado santo, y para reducir a las pobres almas descarriadas, que ignorantemente conciben que no pecan al insultar a los Ministros del Evangelio, como si fueran hombres que solo buscaran sus propias cosas, y no las del Señor Jesús, y despreciaran el Ministerio como si no fuera la Institución de Dios, sino una invención humana introducida para defender algún interés carnal.

Nosotros, los miembros de la Asamblea Provincial convocados por Autoridad del Parlamento, concebimos nuestro deber de limpiar a nuestras respectivas Congregaciones, el Ministerio y los Ministros, que sirven al Señor con rectitud, de estas calumnias crueles y sin fundamento. Suplicando al Señor, el Padre de los espíritus, que convenza y establezca los juicios de ellos de que por extravío pueden dudar, y dar arrepentimiento a los que se oponen carnalmente a sí mismos, para que puedan llegar al reconocimiento de la Verdad, y así recuperarse de la trampa de Satanás, en la que se dejan llevar cautivos a su voluntad.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/04/24/necessity-and-excellency-of-the-gospel-ministry/

Por: John Brown of Haddington
En: Systematic Theology, pp 568-569

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

De las declaraciones de las Escrituras se desprende claramente que Cristo ha designado gobernantes en su iglesia que no están designados para predicar el evangelio [Rom 12:7-8; Heb 13:7, 17]. Diferentes dones califican a los hombres para enseñar y para gobernar [Efesios 4:7]. Tales reglas son necesarias para la asistencia de los pastores [Gálatas 2:9-10; Hechos 6:2-4; Éxodo 18:17-23].

La forma completa de cada congregación cristiana requiere varios ancianos [Hechos 20:17-38; Hechos 14:23]. Las iglesias cristianas tienen tribunales similares a los judíos que tenían el poder de la excomunión; y que consistía en ancianos gobernantes como representantes de la congregación [Mateo 18:15-17; Núm. 35:24; Deut 19:12; Josué 20:4, 6; Éxodo 12:3,21]; al comparar textos encontramos que “congregación” denota gobernantes de ella. La Setenta (es decir, La Septuaginta o traducción griega del Antiguo Testamento) usa la palabra ecclesia, que se traduce como “iglesia” en Mateo 28:17.

PERO EL NOMBRAMIENTO DIVINO DE LOS ANCIANOS GOBERNANTES ES AÚN MÁS EVIDENTE:

1. De Romanos 12:5-8, “así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría”.

Encontramos en el cuerpo de la iglesia la profecía, que incluye la enseñanza y la exhortación, lo que puede corresponder con los maestros y pastores [Ef. 4:11]; y el servicio, que responde ante el diácono que reparte la caridad de la iglesia, y muestra misericordia al visitar a los enfermos y encarcelados, y al anciano que gobierna con diligencia. Aquí los diferentes dones, que se dan para obtener ganancias, infieren diferentes oficios [Efesios 4:7-11; 1 Corintios 12:7-8]. Aquí hay uno que gobierna caracterizado por diferentes dones, y trabajo diferente.

2. A partir de 1 Corintios 12:28, “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas.”.

Encontramos gobierno, es decir, gobernadores, aun cuando los milagros denotan obreros de milagros, establecidos por Dios en la iglesia cristiana. Si bien están representados como diferentes de quienes ayudan o diáconos [Hechos 6:1-6], su designación de gobierno indica que su oficio se ejecuta principalmente, si no únicamente, en el gobernar. Mucho más apropiadamente les denota ser gobernantes de los miembros de la iglesia, más que simples administradores de dinero de la iglesia.

ADEMÁS, ES OBSERVABLE QUE DIOS HA ESTABLECIDO ALGUNOS, NO TODOS, [EXCLUSIVAMENTE COMO] GOBERNANTES EN LA IGLESIA.

A partir de 1 Timoteo 5:17, “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar”.

Donde algunos ancianos son representados como dignos de doble honor, aunque no hacen más que gobernar bien, mientras que otros son representados como más dignos de doble honor porque no solo gobiernan bien, sino que también trabajan en palabra y doctrina. Todos los ancianos que pertenecen a la iglesia [compare 1 Tim 1:19; 1 Tim 4:14; 1 Tim 3:15]. Kopionteslaborando” no denota una diligencia poco común, sino el deber común de todos los ministros del evangelio [1 Cor 3:8; 1 Tes. 5:12; Juan 4:38]. Malistaespecialmente” siempre en el Nuevo Testamento distingue a personas o cosas de la misma clase general, unas de otras [Hechos 20:38; Hechos 23:26; Hechos 26:3; Gal 6:10; Fil 4:22; 1 Tim 4:10; 1 Tim 5: 8; 2 Tim 4:13; Tito 1:10; Fil 16; 2 Pedro 2:10].

No solo la mayoría de los Padres Principales en la iglesia cristiana declaran a los ancianos gobernantes, sino que incluso los papistas y episcopales, quienes incursionan contra ellos, tienen una sombra de ellos en sus cancilleres, funcionarios, comisarios, guardianes, y obispos que no se preocupan por las almas, son los ancianos laicos propiamente llamados. Los independientes también administran la mayoría de sus asuntos congregacionales por algunos de sus números.

LAS CALIFICACIONES NECESARIAS DE LOS ANCIANOS GOBERNANTES SON:

1. Piedad verdadera [1 Tim 4:12; 2 Tim 2: 21-22].

2. Capacidad para juzgar las causas [1 Crónicas 12:32; Deuteronomio 1:13; 1 Reyes 3: 5-15; Isa 11: 2-5; Núm. 11: 16-17].

3. Sabiduría, prudencia y rectitud de conducta, en conexión con un buen informe de otros [1 Tim 3: 1-8; Sal. 101:2-8].

Su ordenación debe ser tramitada de forma muy similar a la de los ancianos docentes o pastores [Hechos 1: 15-26; Hechos 14:23; 1 Tim 4:14].

SU DEBER EN GENERAL ES GOBERNAR BIEN; PARTICULARMENTE:

1. Al juzgar lo agradable de las doctrinas a la Palabra de Dios, declarando judicialmente lo que parece bueno para el Espíritu Santo y para ellos, en puntos controvertidos de principios o práctica [Hechos 15: 28-29; Hechos 16:4; Apocalipsis 2:2; Hechos 20:17-31].

2. Al admitir a personas a la iglesia en comunión en las calificaciones adecuadas [Mateo 16:19].

3. Al dirigir o alentar a los miembros de la iglesia a observar las leyes de Cristo, por el honor de Dios y su propia edificación mutua [Heb 13:7, 17].

4. Al cuidar que todas las ordenanzas del Evangelio se conserven debidamente en su pureza y perfección [Cantar de los Cantares 1:7-8].

5. Vigilando cuidadosamente el comportamiento moral de los miembros de la iglesia, instruyéndolos, amonestándolos, exhortándolos, reconfortándolos o reprendiéndolos cuando encuentren causa [Hebreos 13:17].

6. Al visitar a los enfermos de cuerpo, o angustiados en mente [Santiago 5:14].

7. Al hacer provisión para los pobres, u otros gastos necesarios para promover el bienestar espiritual de la congregación [Hechos 11:27-30].

8. Al juzgar el caso de los delincuentes y penitentes, para censurar a los primeros y absolver a los últimos [Mateo 18:15-18; Mateo 16:19].

9. Al regular las dietas de ayuno, acción de gracias, la Cena del Señor, etc. [1 Corintios 14:26, 40].

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/12/19/the-difference-between-elders-and-pastors/

LOS DEBERES DE LOS DIACONOS

LOS DEBERES DE LOS DIÁCONOS: Un breve tratado sobre los diáconos
Por: James Guthrie

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

Para que entendamos también lo que pertenece a los diáconos, hablaremos de ellos brevemente, siguiendo el mismo orden. (1.) De su nombre. (2.) De su institución. (3.) De su vocación. (4.) De su deber y calificación.

DEL NOMBRE, DIÁCONO.

La palabra “diácono” [διακονέω, διάκονος], comúnmente usada, significa cualquier siervo o ministro (Mat. 23:11). Por lo tanto, en el Nuevo Testamento a veces comprende a todos los oficiales de la iglesia, incluso a los mismos apóstoles (1 Cor. 3:5). Porque todo funcionario de la iglesia es designado por Dios para perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio (eis ergon diakonias) y edificar el cuerpo de Cristo (Ef. 4:12). Cuando hablamos de diáconos en la iglesia, no se toma en este sentido amplio, para cualquier funcionario de la iglesia de cualquier tipo, sino para cierto tipo de funcionarios de la iglesia distintos de los pastores, maestros y ancianos, a quienes la recolección y distribución de los bienes de la iglesia pertenecen, para suplir las necesidades de los pobres.

DE LA INSTITUCIÓN DE DIÁCONOS.

La institución del oficio de diácono en la iglesia de Cristo es divina. Es una ordenanza especial y un nombramiento de Jesucristo que haya diáconos en su casa. El apóstol manda a los discípulos que escojan entre ellos hombres de informe honesto, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes nombrar sobre los asuntos de los pobres (Hechos 6:3), lo cual se hizo en consecuencia, como puede ser visto en el quinto y sexto versículo de ese capítulo. Tampoco fue esta una institución temporal en esta ocasión particular, solo para la iglesia de Jerusalén, sino para todas las iglesias de Cristo hasta el fin del mundo. Por tanto, el apóstol Pablo en varias de sus epístolas a las iglesias les menciona. Exhorta al “que da” o imparte (es decir, el diácono, a quien se encomienda el cuidado de dar y distribuir) a “hacerlo con sencillez” (Rom. 12:8). Reconoce al que “administra” (es decir, diáconos que son designados para ayudar a los pobres) entre estos oficiales que Dios ha puesto en su iglesia (1 Cor. 12: 28). Y escribiendo a los filipenses, dirige su epístola a todos los santos en Cristo, con “los obispos” (o superintendentes, bajo los cuales comprende a los ministros, maestros y ancianos) y a “los diáconos” (Fil. 1:1). A Timoteo, en donde le da reglas sobre la calificación y el porte de todos los oficiales de la iglesia, trata del diácono en general (1 Timoteo 3:8-13).

DE LA INSTITUCIÓN DIVINA DE LOS DIÁCONOS, DEDUCIMOS QUE:

(1.) El diácono es un oficial distinto del anciano. Es un defecto y falta en algunas congregaciones que no ponen diferencia entre estos dos, pero los confunde y los mezcla como si ambos fueran uno, ya sea no nombrando a nadie para el oficio de diácono, sino dejando ese cargo también sobre los ancianos, o bien dar a los diáconos el mismo poder y empleo que los ancianos. Es cierto que todo lo que el diácono pueda hacer en virtud de su oficio, lo mismo puede hacer un anciano, como lo que un anciano hace, un ministro; porque los oficios más elevados y eminentes de la iglesia incluyen los poderes de los inferiores. También es cierto que los diáconos pueden ayudar en el juicio con el ministro y los ancianos, y ayudarlos en estas cosas que conciernen a la supervisión de la congregación, mediante información y consejo. Sin embargo, es necesario que las congregaciones consideren la ordenanza y reverencien la sabiduría de Dios al nombrar a estos oficiales, de modo que tengan tanto ancianos como diáconos, y los preserven distintos en sus actos y operaciones, sin dar al diácono, o permitirle asumir el cargo de anciano.

(2.) Los diáconos no deben considerar a la ligera este empleo, o cualquier otro que los considere a la ligera, porque están llamados a ello y ejercen el mismo; sino que ellos mismos, y todos los demás, deben considerarlo como uno de estos empleos santos y honorables, que la sabiduría de Dios ha considerado conveniente asignar en su casa, para suplir las necesidades de sus santos. El mismo Señor Jesucristo no desdeñó lavar los pies de sus discípulos; los ángeles son todos ellos espíritus ministradores, enviados para ministrar por ellos y que son designados herederos de la salvación. Entonces, ¿por qué habría de pensar alguien por debajo de ellos servir en la iglesia de Cristo y ministrar a los santos en este empleo (1 Ti. 3:13)?

DE LA VOCACIÓN DE DIÁCONOS.

Nadie debe entrar en este oficio, sino el que está legítimamente llamado a él. Para su llamamiento es necesario:

(1.) Que tengan habilidades y dones aptos para el cargo, junto con un honesto propósito de corazón para servir al Señor fielmente en el desempeño de los mismos, buscando su honor en él y el bien de la iglesia.

(2.) Que sean elegidos por la congregación en la que van a servir, cuya elección debe hacerse de la misma manera que la de los ancianos gobernantes.

(3.) Que el ministro y los ancianos juzguen, [1.] su conversión, que sea intachable y santa. Y [2.] en cuanto a sus dones, que tengan esa ternura, discreción, destreza y prudencia que conviene a ese empleo. Y que sean admitidos a su cargo con oración y súplica, y abriendo la palabra acerca de su deber públicamente en la congregación, donde deben dedicarse solemnemente a ser fieles en la confianza que Dios les ha encomendado (Hechos 6.3-6; 1 Timoteo 3.10).

DE SU DEBER.

Su deber es el que concierne a su conversión, o su oficio y vocación.

DE SU CONVERSIÓN Y CALIFICACIONES.

Para su conversión, el apóstol muestra lo que debe ser (1 Ti. 3:8-12).

(1.) No deben ser de doble lengua, ni mentirosos, ni impostores, ni engañadores.

(2.) No deben ser dados a mucho vino, ni bebedores, ni borrachos, ni amantes, ni seguidores de bebidas fuertes.

(3.) No deben ser codiciosos de ganancias deshonestas, ni codiciosos, y que su corazón corra tras las cosas del mundo.

(4.) Deben ser hombres serios de presencia seria y firme, y no de comportamiento ligero y vanidoso.

(5.) Deben ser aquellos que retengan el misterio de la fe con una conciencia pura, es decir, que no solo conozcan las doctrinas del evangelio, sino que retengan la fe en ella sin vacilar, y estudien para tener una buena conciencia, al caminar en respuesta a ello.

(6) Deben ser marido de una sola mujer, que se abstengan de toda lujuria ilícita, satisfaciéndose con el remedio permitido por Dios.

(7.) Deben ser tales que gobiernen bien su propia casa y a sus hijos, tales que manden e instruyan a sus hijos y a su familia a guardar el camino del Señor, yendo delante de ellos en la práctica de la piedad, y todos los deberes santos y religiosos.

DE LOS DEBERES DE SU LLAMAMIENTO.

Los deberes que los diáconos están obligados a realizar en su llamamiento pueden reducirse a estos encabezados:

(1.) Que tengan cuidado de prestar atención exacta a aquellos que son pobres en la congregación y no tienen con qué mantenerse.

(2.) Que de vez en cuando tengan cuidado de recoger y recibir de los varios miembros de la congregación y de los extraños que vienen entre ellos, lo que el Señor inclinará sus corazones a dar para suplir las necesidades de los pobres, y de manera oportuna y cristiana para incitar y exhortar a la caridad y la generosidad, para que se pueda dar más.

(3.) Lo que reciban y recojan, entregue fielmente para que se ponga en el tesoro de la congregación.

(4) Que den a conocer oportunamente las diversas condiciones y necesidades de los varios pobres dentro de la congregación al consistorio de la iglesia, que se establezca una provisión en consecuencia para cada uno de ellos, para que los pobres no sean puestos a mendigar, para el dolor de sus espíritus y el oprobio del evangelio.

(5.) Que tengan cuidado, con honestidad y sencillez, sin mirar a las personas, de distribuir y entregar a los pobres lo que se les asigne para suplir sus necesidades; y si son huérfanos y jóvenes, o aquellos que no tienen conocimiento o comprensión, ni capacidad para disponer y ordenar las cosas que conciernen a su comida y vestimenta; Que los diáconos empleen y otorguen honestamente lo que se les da para su uso, para que puedan ser abastecidos en estas cosas.

(6) Que tengan cuidado de que lo que pertenece a los pobres no se arruine, ni se aplique a ningún otro uso: y si hay alguna reserva en el tesoro de la iglesia, se aproveche para lo mejor, para el beneficio y uso de los pobres. Sin embargo, para que los pobres estén más bien abastecidos que el dinero atesorado para un espectáculo vano.

(7.) Que tengan cuidado de tomar nota de estos que están enfermos para que puedan familiarizar a los ministros y ancianos con ellos para visitarlos, y si son pobres, sus necesidades pueden ser suplidas.

Para que los diáconos cumplan más convenientemente con su deber: conviene que se asigne una parte de la congregación a cada uno de ellos, para la mejor inspección de los pobres, y que las dietas de colecta para los pobres se dividan entre ellos.

El número de diáconos en cada congregación será de acuerdo con la proporción de la congregación y de los pobres que haya en ella; y aunque no hay necesidad de un número igual de ancianos y diáconos, es conveniente que cada anciano tenga algún diácono para estar ayudándole en los límites de los cuales tiene una inspección más peculiar, para que tanto el uno como el otro puedan cumplir con su deber, con mayor facilidad para ellos mismos y con el mayor beneficio y ventaja de la congregación.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/11/30/the-duties-of-deacons/

Por: James Bannerman
En: The Church of Christ I.viii, 5.2, pp. 162-168.

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

Aquellos que bajo el pretexto de la libertad cristiana, cometen y practican algún pecado, o abrigan algún deseo impuro, destruyen de este modo el propósito de la libertad cristiana, el cual consiste en que, siendo librados de las manos de nuestros enemigos, sirvamos al Señor sin miedo, en santidad y rectitud delante de Él, todos los días de nuestra vida. (Luc. 1:74-75; Juan 8:34; Gál. 5:13; 1 Ped. 2:16; 2 Ped 2:19).”

Confesión de fe de Westminster 20.3.

¿SON LOS ESTABLECIMIENTOS CIVILES DE LA RELIGIÓN NECESARIAMENTE INCOMPATIBLES CON LOS PRINCIPIOS DE TOLERANCIA?

La doctrina envuelta en tales establecimientos, según la opinión de los discípulos del sistema del Voluntariado, implica o conduce inevitablemente a la persecución por motivos de conciencia. Si los magistrados, como tales, tienen el poder de interferir en la religión, entonces (se objeta), deben tener un derecho incompatible con el deber y el privilegio del juicio privado, el derecho a imponer una cierta forma de fe y culto por ley sobre sus súbditos, y para hacerla cumplir bajo la sanción de penas y penas civiles.

PODER EJERCIDO SOBRE LA RELIGIÓN VS. EN LA RELIGIÓN.

Ahora bien, no es cierto que haya algo de este tipo involucrado en el principio de que el Estado puede reconocer, establecer y dotar por ley con justicia a una determinada profesión de religión. Hay una distinción, y muy importante, entre el poder del magistrado civil “circa sacra” y su poder “in sacris”; y esta distinción es grandemente pasada por alto por aquellos que insisten en la objeción de que el principio de la conexión entre Iglesia y Estado implica necesariamente lo que es incompatible con la tolerancia. Se concede fácilmente que el poder del magistrado civil es obligatorio en su carácter propio. Además, se reconoce que este poder se emplea en relación con el establecimiento civil y la dotación de la religión por parte del estado. Pero un poder obligatorio ejercido sobre la religión es algo muy diferente de un poder obligatorio ejercido en la religión. Uno de estos es incompatible con los principios de tolerancia; el otro de estos no lo es.

Obligar a un hombre a creer o profesar su creencia en una determinada forma de religión y a cumplir con una determinada forma de culto, bajo la amenaza o la imposición de sanciones civiles si se niega, es el ejercicio de un poder prescriptivo en la religión, y es incompatible con los principios de tolerancia. Pero obligar a un hombre a contribuir con su propiedad al tesoro público del estado y aplicar una parte del impuesto, no bajo su responsabilidad, sino bajo la responsabilidad del estado, a la investidura de la Iglesia, esta es el ejercicio de un poder prescriptivo, no en la religión, sino sobre la religión, y no es incompatible con los principios de tolerancia. Obligar a un hombre con penas civiles a conformarse a la Iglesia por la ley establecida, o castigarlo por disentir de ella, es sin duda una violación del derecho que pertenece a todos a adorar a Dios según su conciencia. Pero obligar a un hombre bajo sanciones civiles a contribuir con su parte de un impuesto general, parte del cual el estado se apropia para el uso de la religión, no es una violación de los derechos de conciencia, a menos que pueda ser considerado así por el Estado, en cualquier caso dado, gravar a un individuo por un objeto que su conciencia no aprueba.

De nada sirve alegar que la religión es un asunto peculiar y separado de cualquier otro; y que el hecho de que el Estado haga pagar a un hombre por la investidura de una religión que desaprueba es peor que cobrarle impuestos por cualquier otro objeto que desaprueba. No se puede afirmar que el dominio de la conciencia se limite únicamente a la religión o, de hecho, que la conciencia tenga menos que ver con otros asuntos. Y no se puede alegar, por tanto, que se viole la conciencia en el caso de un impuesto obligatorio para la dotación de una religión que no pueda aprobar, y que no se viole en el caso de un impuesto para cualquier otro fin que no pueda aprobar.

El poder obligatorio o coercitivo del estado puede, en resumen, emplearse de diversas formas sobre la religión, mientras que no se emplea en la religión. El estado puede otorgar la sanción de la autoridad civil a una Confesión de Fe en particular, mientras que no inflige discapacidades a aquellos que rechazan esa fe. El estado puede dotar a una Iglesia en particular e imponer un impuesto público para ese propósito; mientras que no impone ningún castigo a los que disienten de la Iglesia así dotada. Al hacerlo, no se arroga ningún poder que no sea el que le es competente en su lugar como autoridad civil suprema; y, sobre todo, no se arroga ningún poder que sea incompatible con el derecho al juicio privado o los principios de tolerancia.

EL PRINCIPIO DE VOLUNTARIEDAD SUBVIERTE LA VERDADERA LIBERTAD DE CONCIENCIA.

Pero si bien es así claro e innegable que la doctrina de los establecimientos civiles de la religión no implica nada incompatible con los principios de tolerancia, o el derecho y el deber del juicio privado, el argumento puede llevarse mucho más lejos. Se puede argumentar con justicia que el principio de voluntariedad, aplicado sistemáticamente, subvierte el mismo fundamento sobre el cual los principios de tolerancia y el derecho de juicio privado pueden basarse de manera adecuada y segura; y que el principio opuesto, que mantiene el deber del Estado de reconocer la religión, es el único sobre el que pueden defenderse plena y consistentemente.

¿Sobre qué base, permítaseme preguntar, descansa el derecho y el deber del juicio privado? ¿Qué es lo que me da el título, que ningún hombre puede quitarme legítimamente, para pensar, juzgar y actuar y, sobre todo, servir y adorar a Dios, como mi propia conciencia, y no la conciencia de otro, debe dictar? ¿Qué es lo que me confiere el derecho de examinar y probar todas las cosas por mí mismo, sin ser responsable ante el hombre de la opinión que pueda formarme o de la creencia que pueda adoptar?

LOS FUNDAMENTOS DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

La razón por la que no soy responsable ante el hombre por mis opiniones y creencias es porque antes soy responsable ante Dios. La causa por la que no soy responsable ante mi prójimo en mi búsqueda de la verdad y en los juicios que formo, es simplemente porque antes soy responsable ante mi Creador. Este es el único fundamento seguro sobre el cual reposar el derecho del juicio privado en una cuestión de fe y deber, para que esté a salvo de la interferencia o la tiranía del hombre. En tales asuntos no puedo ser siervo del hombre, porque ya soy siervo de Dios. Mi responsabilidad para con Dios es demasiado completa y sagrada para admitir que soy responsable de la misma manera con mi prójimo. Por lo que creo, por las opiniones que me he formado, por las conclusiones a las que he llegado en mi búsqueda e indagación de la verdad, por todo esto soy responsable ante Dios; y por esa misma razón no se me puede pedir que adopte una creencia o asuma una convicción por mandato del hombre. En estos asuntos, soy el sirviente de otro Maestro y solo le rindo cuentas a Él. Dios reclama el dominio único y supremo sobre la conciencia; y, por tanto, la conciencia no puede ser esclava del hombre.

Mi derecho de juicio privado en materia de creencias descansa sobre la base de que yo soy responsable ante Dios; y que, por tanto, con una responsabilidad que le corresponde, el hombre no puede atreverse a interferir. El principio de tolerancia universal se basa en el principio de la responsabilidad universal de los hombres para con su Hacedor. Descansando sobre esta base, la tolerancia es el derecho de todo hombre, demasiado santo y divino para que el hombre se entrometa, e intentar robarle es interferir con la prerrogativa de Dios. Descansando sobre cualquier otra base, la tolerancia es un derecho, pero de tipo secundario e inseguro, privar a un hombre de lo cual es simplemente reducir sus privilegios sociales o políticos.

EL VOLUNTARIANISMO SE QUEDA CORTO.

¿Y cómo se sitúa la teoría del voluntarianismo en relación con el único fundamento sobre el que puede descansar segura y verdaderamente el principio de tolerancia? Según esa teoría, el estado no tiene nada que ver con Dios, o en la relación del hombre con Dios, en el camino del deber o privilegio. El magistrado, en su carácter oficial, no puede saber nada de mi responsabilidad ante Dios, ni asombrarme del derecho que esa responsabilidad me asegura, el derecho de que, por ser responsable ante Él, no puedo de la misma manera ser responsable ante él hombre. El estado, como el estado, no tiene nada que ver con mi relación con Dios y, por lo tanto, no puede considerar en la única luz verdadera y apropiada mi libertad de responsabilidad hacia el hombre, como el resultado necesario de mi responsabilidad previa hacia Dios. El magistrado que, siguiendo la teoría del voluntarianismo, rechaza toda referencia a Dios y la relación del hombre con Dios, puede considerar la tolerancia como un bien social o una ventaja política; pero no puede considerarlo en su aspecto más elevado y verdadero, como un derecho que se debe, no tanto al hombre como a Dios.

Que el Estado a considere al hombre en su relación con Dios, y como en asuntos de conciencia responsable ante Él; y considerará el principio de tolerancia y el derecho de juicio privado, en el caso del más humilde de sus súbditos, como un privilegio cercado con la autoridad y santidad de Dios. Que el estado repudie tal punto de vista, y el principio de tolerancia se verá privado tanto de su seguridad como de su significado.

EL DERECHO A LA TOLERANCIA ES INSEGURO SI NO ESTÁ DEBIDAMENTE FUNDAMENTADO.

Cualquier defensa del derecho al juicio privado en asuntos de conciencia, salvo el argumento de que es un derecho que resulta directamente de la responsabilidad del hombre ante Dios, será, estoy convencido, débil e insegura. El derecho a la tolerancia en el caso de todo hombre resulta muy inmediato del principio, que es cierto tanto en cuestiones de conciencia como en otras, de que un hombre no puede servir a dos señores en el mismo asunto, y que, si ya es siervo de Dios en materia de creencias religiosas, no puede en el mismo sentido ser sirviente de su prójimo. De hecho, los principios de la tolerancia universal se han argumentado sobre otras bases, pero el efecto ha sido traicionar la causa de la libertad y la verdad.

Por una clase de los defensores del principio de opinión libre y tolerancia total se ha argumentado que el magistrado no tiene poder para juzgar la verdad o la falsedad en la religión y que, por lo tanto, no tiene derecho a interferir con las opiniones o convicciones de sus súbditos. Un argumento como este es completamente falaz, ya que se basa en el principio de que el magistrado, por ser magistrado, ha dejado de ser un hombre, y él mismo está absuelto de su responsabilidad ante Dios en materia de fe y religión.

Una segunda clase de imprudentes defensores de los principios de tolerancia ha sostenido que la verdad y la falsedad en materia de opinión son igualmente inocentes cuando se sostienen con sinceridad y conciencia, y que, por tanto, nadie debe ser castigado por sus opiniones, sean las que sean tal vez. Un argumento como este no es menos sólido y malicioso que el primero, ya que se basa en el principio de igual mérito o demérito de la verdad y la falsedad.

Una tercera clase de defensores de la tolerancia sostiene que el hombre no es responsable en absoluto de sus creencias y que, por lo tanto, no puede ser objeto de elogio o culpa por ninguna de sus opiniones. Un argumento como este se opone aún más flagrantemente a la verdad que cualquiera de los otros, y niega, como lo hace prácticamente, la característica esencial del hombre como ser moral y responsable.

Otra clase de los defensores de la tolerancia sostiene que el magistrado no tiene nada que ver con las opiniones en ningún sentido, y que es incompetente e imposible para él tratar con ellas, ya que se encuentran más allá del ámbito propio de su competencia por completo. Y hasta cierto punto este argumento es cierto, aunque no es cierto en el sentido amplio e ilimitado en el que a menudo se insta.

SOLO DIOS ES SEÑOR DE LA CONCIENCIA. NO ES CONVENIENCIA POLÍTICA O SOCIAL.

Pero todas estas defensas del derecho al juicio privado y la tolerancia pública ya sean parcialmente verdaderas o totalmente falsas, coinciden en colocarlo sobre una base directamente calculada para rebajar su carácter y debilitar sus pretensiones. Como bien social, calculado para promover el bienestar de la sociedad, la tolerancia es un privilegio sin valor ordinario. Como bien político, una de las bendiciones de la libertad civil, es muy apreciado. Pero hay un aspecto más elevado y santo en el que debe ser visto. No es como una bendición social, ni siquiera como un derecho político, que debe considerarse principalmente; ni es sobre tal base que se encuentra su mejor defensa. Tiene un carácter superior y una base más segura sobre la que descansa. El derecho al juicio privado, como un derecho con el que el magistrado en su capacidad pública, y mi prójimo en su capacidad privada, no pueden ni se atreven a entrometerse, es un privilegio que me pertenece en virtud de mi responsabilidad ante Dios. Porque por la misma ley de mi responsabilidad ante Dios, debo tener la libertad de obedecerle; y el hombre, ya sea en su carácter oficial de magistrado o en su carácter privado de prójimo, no puede quitarme esa libertad. Dentro del dominio de la conciencia, Dios reclama la autoridad única y suprema; y con esa afirmación el hombre no puede interferir. El principio de tolerancia se basa en última instancia en mi derecho en asuntos de conciencia a “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

SOLO EL PRINCIPIO DE ESTABLECIMIENTO PUEDE APOYAR LA VERDADERA LIBERTAD DE CONCIENCIA.

Entonces, ¿cuál es la conclusión de todo el argumento? ¿Es el principio involucrado en un reconocimiento por parte del estado de Dios y la responsabilidad del hombre hacia Dios, hostil a los principios de tolerancia e incompatible con el derecho de juicio privado? El caso es exactamente lo contrario. El derecho a la tolerancia nunca puede colocarse sobre una base segura, de modo que parezca un derecho demasiado solemne y sagrado para ser intervenido por un prójimo, hasta que el estado se dé cuenta de que es un derecho de Dios y no del hombre, un derecho que fluye directamente de la relación en la que el hombre está con su Hacedor.

¿Es el principio involucrado en la teoría del Voluntarismo — que el estado no tiene nada que ver con Dios, y el deber del hombre hacia Dios — el único principio consistente con los derechos de conciencia y las demandas de tolerancia? El caso es exactamente lo contrario. Al divorciar el principio de tolerancia de su relación directa con Dios, le quita la mitad de su autoridad y más de la mitad de su carácter sagrado, y lo degrada del nivel de un nombramiento divino al de un mero privilegio político, un reclamo civil de ser poseído o rechazado de acuerdo con consideraciones o nociones de conveniencia política, y no un derecho de Dios, nunca en ninguna circunstancia o bajo ningún pretexto para ser negado o resistido.

El principio involucrado en la teoría del voluntarismo es igualmente hostil a la verdadera independencia de la Iglesia y a las verdaderas pretensiones de tolerancia. Que ese principio se lleve a cabo en su legítimo problema, y ​​que el estado repudie a la Iglesia como una ordenanza de Dios, y la considere como una sociedad meramente humana y voluntaria, y que se elimine casi la única seguridad para su independencia espiritual; y su libertad, con la que Cristo la hizo libre, está expuesta a la usurpación y la tiranía del César [cf. Sec. 5.1]. Una vez más, que ese principio se lleve a cabo hasta su legítimo problema, y ​​que el Estado divorcie la pretensión de tolerancia de la sanción y autoridad que le ha dado Dios, y que los mismos cimientos de la libertad religiosa se socaven y se sacudan; y el derecho al juicio privado pierde gran parte de su seguridad, porque pierde todo su carácter sagrado.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/08/10/religious-liberty-the-establishment-of-religion/

Por: Paul Barth
Traducido al español por: Arturo Rios

En la tercera parte consideramos la necesidad de que el Espíritu Santo forjara la Reforma y la unidad de la Iglesia y en armonía con el establecimiento de una Iglesia nacional. En este último post de nuestra serie contemplaremos los peligros del latitudinarianismo ecuménico para la unidad de la Iglesia y responderemos a las objeciones relacionadas con la persecución y la libertad de conciencia.

El latitudinarianismo y la unidad de la Iglesia

La unidad de la Iglesia es de vital importancia, sin embargo, no siempre es una virtud ni una marca infalible de una iglesia verdadera y pura. La Iglesia Católica Romana, por ejemplo, se jacta de la unidad, pero es radicalmente corrupta y apóstata. “La verdad es demasiado importante como para ser asesinada en las calles por el bien de la paz” (R.C. Sproul). “Se nos exhorta a ‘seguid la paz con todos’, no de manera total, sino que sólo en la medida en que sea consistente con la ‘santidad’ y pueda ser lícitamente practicada (Hebreos 12:14)” (M’Crie, The Unity of the Church, pg. 96).

“[El latitudinarianismo] proclama una indebida libertad en materia de religión, una libertad en la que las personas pueden apropiarse de ella o dársela a otros. Sus partidarios toman en consideración las diferencias que existen entre los distintos grupos religiosos y se esfuerzan por unificarlos en torno a los principios que les son comunes y en los que ya están de acuerdo, de este modo se consigue enterrar el resto en el silencio, o bien se fomenta la tolerancia y la mutua comprensión de todo lo que les parezca diferente en la teoría y en la práctica.. . .”[Es] un principio de diformidad? Multiformidad? (es decir, diversidad de formas) que, aunque es agradable al sistema del politeísmo, es radicalmente opuesto a una religión que se basa tanto en la unidad de la naturaleza y la voluntad divina como en una revelación que nos enseña lo que debemos creer sobre Dios y el deber que Él nos demanda”. Thomas M’Crie, The Unity of the Church, pg. 108.

El latitudinarianismo “ataca los principios radicales de la unidad de la Iglesia, y consolida el cisma mediante el derecho” (M’Crie, La Unidad de la Iglesia, pg. 115). En el sistema latitudinario, “La iglesia más fiel, y que ha hecho los mayores progresos hacia la reforma, siempre ha de ser la que pierde, sin tener la dicha de que haya transmitido algún bien a sus nuevos miembros. Corresponde a su profesión y sus gestiones rendirse, y reducir su estándar al de las asociaciones deficientes y no reformadas. Y así, mediante un proceso opuesto al mencionado por el Apóstol, aquellos que han construido sobre los cimientos de “oro, plata, piedras preciosas”, son los que  “sufrirá[n] pérdida” (1 Cor. 3:12, 15)”. Thomas M’Crie, The Unity of the Church, pg. 116.

¿Persecución hacia los Hermanos Cristianos Disidentes?

La objeción más común a la doctrina del Establecimiento es que resultaría en la persecución de los cristianos que no podrían, en buena conciencia, conformarse a cada jota y tilde de la confesión nacional, como los bautistas que no quieren que sus hijos sean bautizados en la Iglesia establecida. Pero esta idea es infundada en varios sentidos.

1. La libertad de conciencia no se debe mezclar con la permisividad latitudinal.

“La tolerancia y la libertad de conciencia es un grito de guerra muy práctico y eficaz. Sin embargo, el intento de probar el hecho de que el sistema de la Iglesia Nacional viola los derechos de los individuos es una visión sin fundamento, ya que se basa en el desconocimiento de los justos derechos de conciencia y en una extraordinaria confusión de ideas sobre qué es lo que constituye una verdadera violación de estos derechos.” William Balfour, Establishment Principle Defended, pg. 58.

El establecimiento del que se habla ahora debe ser considerado como una concesión de privilegios adicionales para algunos, pero no como un deterioro de los privilegios naturales y comunes de la totalidad” (Gib, Display, vol. ii. Append. iii. pg. 403). El hecho de que alguien disienta de la Iglesia nacional y, por tanto, elija separarse de la membresía no constituye un acto de persecución.  Deberán asistir al culto del día de reposo y observar los medios de gracia presentados a través de la palabra y los sacramentos, no obstante, si no pueden cumplir con los votos de afiliación, no podrán ser miembros y, por ende, no podrán ser ciudadanos de la nación pactante, pero podrán vivir libremente y realizar sus actividades legítimas. Básicamente, ésta es la forma en que ha funcionado para la mayoría de los bautistas que asisten a las iglesias presbiterianas pero que no consiguen ser miembros con una conciencia tranquila, y sin embargo eligen voluntariamente esa opción en lugar de asistir a una iglesia bautista Arminiana (no obstante, algunas congregaciones permiten pecaminosamente a aquellos hagan “menosprecio o descuido” [CFW 28:5] la ordenanza del bautismo infantil, esta tema se trata aquí). Todo esto no es muy diferente en un contexto del establecimiento de la Iglesia nacional.

“La Confesión de Fe ha sido a menudo acusada de defender principios intolerantes y de persecución. Sin embargo, en realidad, está igualmente libre de un laxismo latitudinal por un lado, y libre de la intolerancia por el otro. Una inteligente y sincera lectura del capítulo 20, “De la libertad cristiana y de la libertad de conciencia”, puede refutar por sí misma todas estas calumnias. La mente del hombre nunca ha producido una proposición más verdadera o más noble que la siguiente:
“Dios es el único Señor de la conciencia, por tanto, en asuntos de fe y adoración, la ha dejado libre de doctrinas y mandamientos humanos”. . .”Muchos parecen pensar que por libertad de conciencia se entiende que cada hombre debe ser libre de actuar de acuerdo con su propia voluntad, sin tener en cuenta los sentimientos, las convicciones y los derechos de los demás. Esto sería, en efecto, convertir la libertad en anarquía, y hacer de la conciencia un libertinaje. Pero la Confesión parte del principio de que la verdad puede distinguirse del error, el bien del mal; así, aunque la conciencia se vea obligada, puede ser iluminada; para que cuando exista pecado, corrupción y propensión al libertinaje, los hombres puedan ser detenidos para no incurrir en tales desviaciones, las cuales son ofensivas para el sentimiento público y perjudiciales para el bienestar moral de la comunidad”. Robert Shaw, An Exposition of the Westminster Confession of Faith, pgs. 22-23.

El gobierno civil no puede permitir que la gente haga algo contra la ley moral de Dios, porque eso no es la verdadera libertad:

“Es absurdo suponer que Dios puede dar a los hombres un poder que él mismo no tiene; y es una blasfemia terrible suponer que él es capaz de dar a los hombres un derecho y una autoridad para despreciar o contrarrestar su propia ley como su regla, o su propia gloria cómo su fin principal, en todo lo que hacen”(2 Tim. 2:13; Hab. 1:12, 13; Éxodo 15:11; Deut. 32:4; Sof. 3:5; Santiago 1:13).
. . .
“Si la magistratura, la conciencia y los derechos humanos, naturales y civiles, se derivan todos de Dios, como todos han de admitir, excepto los ateos, los magistrados no pueden tener ni más poder ni autoridad para tolerar el pecado, del que Dios mismo puede exigir. Si Dios, en virtud de la infinita perfección de su naturaleza, no tiene voluntad, ni poder, para proclamar con autoridad la libertad para cometer pecado, no puede comunicar tal poder al magistrado. Tampoco puede el magistrado atribuir a Dios el excederse en su poder al autorizar lo que le es infinitamente dañino… Si la conciencia deriva todo su poder de Dios, no tiene… poder para ordenar algo pecaminoso… Si todos los derechos humanos se derivan de Dios, el propietario principal y supremo de todas las cosas, entonces es imposible que él pueda autorizar a los hombres a inventar o cometer algo pecaminoso, para protegerlos después”.

John Brown of Haddington, The Absurdity and Perfidity of All Authoritative Toleration of Gross Heresy, Blasphemy, Idolatry, and Popery, pgs. 7 & 25.

2. La suscripción total no es necesaria para ser miembro de la Iglesia o ciudadano de la nación.

Una estricta norma confesional no era la base de la ciudadanía en Israel, la nación pactual prototipo. La estricta suscripción a la confesión nacional debía ser requerida para ocupar un cargo civil o eclesiástico, pero no era necesaria para ser miembro de la congregación o ciudadanía de la nación del pacto. Por lo general, los presbiterianos han tenido un estándar más alto para el acceder a la Mesa del Señor que para ser miembro. Los teólogos de Westminster exigieron una suscripción no tan estricta a la confesión para el acceso a la Mesa del Señor, e incluso menores requisitos para la membresía de la iglesia (uno puede ser miembro, aunque suspendido de la Cena del Señor por un tiempo, cf. CFW 30:4). En consecuencia, todas las personas que viven en una nación cristiana con un pacto no se verían obligadas a ser miembros de la Iglesia visible, si no pueden someterse a conciencia a la doctrina, la práctica, el gobierno y la disciplina de la Iglesia, entonces no pueden ser miembros, pero aun así pueden venir y escuchar la Palabra predicada. La ciudadanía en una nación cristiana que ha entrado en un pacto requiere de la membresía de la Iglesia, pero no de una suscripción plena. Si existe algo que no es bíblico en la Confesión, se debe resolver antes del establecimiento por medio de la Reforma, y también después, en la nación del pacto, mediante las asambleas de la Iglesia.

En el Antiguo Testamento, Dios no permitió que la gente “menospreciara o descuidara” la señal del pacto y no lo permite hoy en día (Génesis 17:14; Éxodo 4:24-26; Hechos 10:47). ” Dado que ninguno de nosotros sugeriría seriamente que la circuncisión era simplemente un rito voluntario de ingreso a la iglesia del Antiguo Testamento, ¿en qué nos basamos para hacer tal distinción con respecto al bautismo? Los dos ritos nos llegan por orden directa de Dios, y la narración de que Dios casi le quita la vida a Moisés en Éxodo 4 porque no circuncidó a su propio hijo debería servir como una urgente advertencia contra nuestro descuido del Bautismo” (Holstrom, Baptism and Church Membership: A Plea for Confessional Fidelity).

“El Señor, (Sal. 50:16), prohíbe a los impíos que siguen en su hipócresía tomar el pacto del Señor en su boca, pero no dice, por lo tanto, que prohíbe a la Iglesia recibir como miembros a cualquiera que no alcance  a ver todos sus pecados y a reformar sus malos caminos, porque si los que abandonan los caminos del paganismo, el judaísmo, el papado y los caminos del pecado, profesan que están dispuestos a ser discípulos de Cristo, si la profesión no es grosera y notoriamente falsa, y que su venida que no sea para fines secundarios o la traición de la causa, sino moralmente ingenua y con negación sincera, la Iglesia debe recibirlos, y no está prohibida de admitirlos como miembros, ya sea que para el conocimiento de la Iglesia sean verdaderos conversos o no. Concedo que es otra cosa, si se niegan a venir y a ser bautizados (Lucas 7: 29-30; Lucas 14: 17-18). Ningún hombre puede ser miembro de la Iglesia contra su voluntad. El Señor bien puede reprender al Mago y a Judas mientras son miembros de la Iglesia, de la misma manera que reprende a los hipócritas (Sal. 50: 16-17), y les dice lo que deben hacer para declarar sus estatutos, etc. porque conozco vuestros corazones, cuánto aborrecen la instrucción, etc. y sin embargo la Iglesia no peca al admitirlos… Este llamado activo [por Dios en la Palabra predicada] puede ser rechazado, y los que la rechazan nunca serán la Iglesia, (Lucas 14: 16-17) ni miembros visibles, ellos visiblemente rechazan el llamado y consejo de Dios y descuidan obstinadamente el bautismo (Lucas 7:30). “

Samuel Rutherford, Survey of the Survey of that Summe of Church-Discipline Penned by Mr. Thomas Hooker, pgs. 15-16.

3. La reforma tendrá que llevarse a cabo en la nación antes de que se establezca la Iglesia, y, por lo tanto, existirá mucha menos desunión en la Iglesia.

En la tercera parte se trata este tema. El establecimiento de la religión no puede ser concebido en un contexto sin el Espíritu Santo forjando la Reforma en la Iglesia y en la tierra. Las profecías de la Escritura enseñan con claridad que habrá una edad de oro en la que el Evangelio prosperará y en la que habrá unidad eclesiástica.
Es irresponsable pensar que el Principio de Establecimiento se instaure tal y como están las cosas en la actualidad, esta visión es intrínsecamente escatológica y requiere que ocurran muchas cosas antes de que sea una realidad.


Esto puede parecer un sueño utópico, pero estamos convencidos de que el tema es bastante claro en las propias Escrituras por lo que, ¿quiénes somos nosotros para dudar de la Palabra de Dios basándonos en lo que pasa a nuestro alrededor en este momento? “…cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.” (Santiago 4:14). Por otra parte, no estamos simplemente esperando un reavivamiento o intentando determinar si ha habido el suficiente reavivamiento para ver si podemos establecer la Iglesia. La expansión del Reino de la Gracia debe ser una tarea vigorosa, ya que el Cordero que fue inmolado es merecedor exclusivo de la adoración de cada criatura de la tierra y  no dudamos de que Él tendrá un gran éxito, aún cuando no seamos testigos de esto en nuestras propias vidas. El futuro de nuestra escatología no es sólo lejano, sino que es progresivo y siempre está en crecimiento; hemos de tener la esperanza en la trasformación.

Si Jehová no edificare la casa,
En vano trabajan los que la edifican;
Si Jehová no guardare la ciudad,
En vano vela la guardia.”
Salmo 127:1 (RV1960)

Jehová de los ejércitos juró diciendo: Ciertamente se hará de la manera que lo he pensado, y será confirmado como lo he determinado; que quebrantaré al asirio en mi tierra, y en mis montes lo hollaré; y su yugo será apartado de ellos, y su carga será quitada de su hombro. Este es el consejo que está acordado sobre toda la tierra, y esta, la mano extendida sobre todas las naciones. Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder?”
Isaías 14:24-27 (RV1960)

4. Una iglesia nacional correctamente aprobada debe seguir el proceso eclesiástico establecido en las Escrituras y ser conducida por el Espíritu Santo para que los casos difíciles e incorregibles, que requieren la intervención del magistrado civil, no sean difíciles de resolver.

“Para lograr mejor estos fines, los oficiales de la iglesia deben proceder por la amonestación, por la suspensión del sacramento de la Santa Cena por un tiempo, y por la excomunión de la iglesia, según la naturaleza del crimen y la ofensa de la persona.(1 Tesal. 5:12; 2 Tesal. 3:6,14,15; 1 Corintios 5:4,5; 13; Mateo 18:17; Tito 3:10.)”

Confesión De Fe De Westminster,  30:4

Los errores religiosos deben ser corregidos por medios espirituales, es decir, mediante la disciplina de la Iglesia visible, “la disciplina espiritual, si se aplica y se ejerce con libertad, lograría ese fin tan deseable, sin la interferencia de ninguna violencia secular”.(M’Crie, The Unity of the Church, pg. 187). El teólogo de Westminter Robert Baillie explica los beneficios prácticos de tener una iglesia presbiteriana establecida en la tierra:

” Y ahora, sí, cada monstruo camina en la calle sin control, mientras que todos los gobiernos eclesiásticos se hallan dormidos; este gobierno demasiado dilatado en el tiempo junto con la más simple anarquía se ha convertido en una invitación para que cada criatura inmunda salga de su cueva y muestre en público su aspecto deformado a todos los que se complacen en admirarlo.

“Pero, si una vez que el gobierno de Cristo se estableciera entre nosotros, como en el resto de las iglesias reformadas, no sabemos qué le impediría, con la sola espada de Dios, sin ninguna violencia secular, desterrar de la tierra estos espíritus de error, con toda la mansedumbre, humildad y amor, por la fuerza de la verdad que convence y satisface las mentes de los engañados.

“Nunca los tribunales episcopales han estado preparados para recuperar a la gente; sus prisiones, sus multas, sus picotas, sus cortes de nariz, sus cortes de orejas, sus quemaduras en las mejillas, no hicieron más que mantener la llama para que estallaran a tiempo con mayor furia.”

Pero el Presbiterianismo Reformado procede con un enfoque espiritual apropiado para ganar los corazones; proceden hacia la parte ofensora con todo respeto, y con todo el tiempo que se requiera, nombrando primero a los Pastores y Ancianos más idóneos en los alrededores, para que le hablen e instruyan en privado: si esta diligencia no se lleva a cabo, entonces se le convoca ante el Consistorio de su Congregación; Allí, mediante amonestaciones, instrucciones, correcciones y todos los medios que el Evangelio señala, se ocupan de él con toda tranquilidad, durante semanas y meses, y a menudo meses y años, antes de que se aproximen a cualquier censura, y en caso de que así sea, recae sobre ellos la ineludible obligación de desenvainar la terrible espada, su proceder también aquí debe ser tan calmado y con una sensible pena y amor a la parte en cuestión, con temor y devoción ante Dios, que es una excepcional particularidad para ellos ver un corazón tan firme que no se derrumba ni cede antes de que se le dé el golpe. Las excomuniones son tan extrañas en todas las Iglesias Reformadas, que un hombre en toda su vida apenas atestigua una en toda la provincia, y de los que resultan muertos por esa temible espada, son muy pocos los que caen en manos del Estado para sufrir algún inconveniente de carácter civil.

“Esto no es una profecía, sino una predicción racional basada en razones y en una experiencia reiterada: Una vez que Inglaterra sea apoyada mediante sus poderes superiores, gozará de la justa y necesaria libertad que tienen los Consistorios para las Congregaciones, los Presbiterios para los Condados, los Sínodos para las grandes regiones y las Asambleas Nacionales para todo el país, dado que Escocia ha gozado hace mucho tiempo con el apoyo unánime del Rey y del Parlamento, sin el menor perjuicio para el Estado civil, sino para su evidente y reconocido beneficio; O como los mismos protestantes en Francia, mediante el permiso del Estado y del Rey, han disfrutado de las cuatro cortes espirituales durante los últimos ochenta años y mucho más: Pongamos estos santos y divinos instrumentos en manos de la Iglesia de Inglaterra, y con la bendición de Dios, el doloroso y gran mal que tantas herejías y cismas han causado se curará rápidamente, lo que no sólo perturba la paz y el bienestar, sino que pone en peligro la subsistencia de la Iglesia y el Reino: Sin este medio, el Estado se esforzará en vano por curar estas enfermedades espirituales”.
Robert Baillie, A Dissuasive From the Errors of the Time (1646), pgs. 7-8.

La población del país nunca jamás debe ser forzada a creer, ya que sólo las acciones externas pueden ser impuestas y castigadas por el gobierno civil. Cristo ha dotado a su Iglesia de las herramientas necesarias para tratar con asuntos espirituales, y no el Estado.

“Cuando una determinada profesión o confesión de fe, la forma de culto y el gobierno eclesiástico son aprobados formalmente por la autoridad civil, el poder legislativo los reconoce como declarativos de la religión que ha obtenido el apoyo y el respaldo de las autoridades nacionales, y según los cuales se han de otorgar y gozar de una serie de privilegios y beneficios legítimos dedicados para tal fin. Sin embargo, esto no significa de ninguna manera que todos estén obligados, bajo pena civil o castigos, de conformarse al establecimiento por disentir de él. Existe una gran y esencial distinción entre el ejercicio del poder de coacción sobre la religión, y la coacción en la religión”.
Thomas M’Crie, Brief View of the Evidence for the Exercise of Civil Authority About Religion

Conclusión

En conclusión, podemos ver que el Principio de Establecimiento se trata de que el Gobierno Civil instaure y apoye a la Iglesia como una institución y no como una entidad abstracta e invisible, así como que el Establecimiento no es Erastianismo y no es una Eclesiocracia. Hemos examinado muchas profecías sobre la era del Nuevo Pacto y vimos que “todo el contenido de las declaraciones, promesas y predicciones del Antiguo Testamento, llevan a la conclusión de que el cristianismo será reconocido, aceptado y apoyado a nivel nacional”.  (M’Crie, Statement of the Difference…) y que debe ser precedido por la Reforma y una obra del Espíritu Santo para que sea eficaz y piadoso. La Iglesia deberá estar unida en doctrina, culto, gobierno, piedad y práctica.  Hemos visto que  el gobierno de la Iglesia Presbiteriana es de derecho divino y el latitudinarianismo es una enfermedad para la unidad de la Iglesia. Por último, vimos que la persecución de los hermanos disidentes es un mito equivocado y se basa en “el desconocimiento de los justos derechos de conciencia y en una extraordinaria confusión de ideas sobre qué es lo que constituye una verdadera violación de estos derechos.”

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/07/21/establishment-principle-4-liberty-of-conscience/

Por: Paul Barth
Traducido al español por: Maximiliano Vivanco

En la parte 2 examinamos la evidencia bíblica del Principio de Establecimiento y particularmente las profecías de que Dios hará que ocurra en la historia. En esta publicación veremos la importancia de una reforma y unidad forjada por el Espíritu Santo en la política, disciplina, adoración, ordenanzas, doctrina y práctica de la Iglesia antes de, y en armonía con, el establecimiento de una Iglesia nacional.

EL ESTABLECIMIENTO DE LA RELIGIÓN DEBE ESTAR PRECEDIDO POR LA REFORMA

Se requiere reforma y unidad religiosa antes de que el establecimiento pueda o deba ocurrir. El establecimiento probablemente no podría tener lugar en un nivel práctico en una nación religiosamente desunida o no oficial, y conduciría a luchas innecesarias y más división si fuera forzado o fabricado por el poder del hombre. “Nada engendra tanta contienda como una unidad forzada, dentro de la misma organización, de quienes discrepan en un objetivo fundamental” (Machen, Cristianismo y Liberalismo, pág.141). La actual desunión y decadencia de la Iglesia hace que el establecimiento sea improbable en este momento; Probablemente, una reforma del pacto en la Iglesia tendrá que precederla, que es  genuina y del Espíritu. Si no es una “reforma completa de acuerdo con el mandamiento de Dios, la superstición y la idolatría [volverán] nuevamente como una inundación… Por tanto, ahora esfuérzate por llevarlo a cabo hasta cada punto de perfección conocida, haciendo todo lo que el Dios del cielo ha mandado o, no busques nada más que la superstición y la idolatría, y con ella la ruina y la desolación vendrá sobre ti como un diluvio” (Alexander Henderson, un sermón predicado a la Cámara de los Comunes, 27 de diciembre de 1643). La reforma a medias o hecha por el hombre sólo traerá desastre (Lucas 11:24-26). ¡Oh, que tuviéramos predicadores tan celosos y piadosos como Henderson en nuestros días!

La reforma debe ser un movimiento del Espíritu, y la oración del Sumo Sacerdote de Cristo (Juan 17:20-23) nos asegura que la Iglesia estará unida como una, y de las profecías de las Escrituras de que las naciones harán un pacto con Jesucristo (Isaías 19:18-25) y, apoyar y sostener a Su Novia (Isaías 60). Ha sucedido periódicamente a lo largo de la historia en un grado u otro, pero aún tiene que afianzarse de manera más sustancial a medida que el Reino de la Gracia se propaga y penetra en todas las naciones (Isaías 66:23), “la conversión de los judíos, la plenitud de los gentiles, la caída del Anticristo, … la liberación de las iglesias afligidas en el extranjero de la tiranía de la facción anticristiana y de las crueles opresiones y blasfemias del turco” (Westminster DPW). Por lo tanto, oramos para que “Dios establezca la paz y la verdad, la pureza de todas sus ordenanzas y el poder de la piedad; prevenir y eliminar la herejía, el cisma, la blasfemia, la superstición, la seguridad y la falta de fruto bajo los medios de la gracia; sana todas nuestras roturas y divisiones” (Ibid.) y que Dios preservaría a aquellas naciones que han hecho convenio con Dios de quebrantar sus convenios, o si ya lo han hecho, que Dios les conceda la gracia de la renovación y fidelidad del pacto. El Directorio para el Culto Público también nos exhorta a “orar por todos los que tienen autoridad, especialmente por la majestad del Rey; que Dios lo haría rico en bendiciones, tanto en su persona como en su gobierno; establecer su trono en la religión y la justicia, salvarlo de los malos consejos y convertirlo en un instrumento bendito y glorioso para la conservación y propagación del evangelio, para el aliento y protección de los que hacen el bien, el terror de todos los que hacen el mal, y el gran bien de toda la iglesia y de todos sus reinos” (Ibíd.).

«Los votos públicos y los pactos religiosos no formaban parte de la peculiaridad judía. No pertenecían a la ley ceremonial; y sería algo peor que un absurdo describirlos como juramentos de lealtad a Jehová como cabeza política de la nación de Israel. No son más inadecuados para el carácter de la Iglesia cristiana que para el de los judíos. En consecuencia, se predice expresamente en muchas profecías que tales ejercicios solemnes tendrán lugar en los tiempos del Nuevo Testamento (Isaías 19:18, 21; 44:3-5; 45:23; Jeremías 4:2; Zacarías 2:11; 13:9). Estas predicciones se han verificado y cumplido en diferentes períodos y en diferentes países. Y en ninguno se han cumplido más eminentemente que en nuestra propia tierra, especialmente en tiempos de reforma y unión. Cuando se ha restablecido la paz entre las naciones contendientes, es común que renueven sus anteriores pactos de amistad y repitan las solemnidades por las que fueron ratificados originalmente. ¿Qué más oportuno para aquellos que durante mucho tiempo han estado divididos por sus propios pecados y la ira divina, que humillarse ante Dios y pedirle el camino recto? ¿Y qué más apropiado para expresar su gratitud y cimentar su unión que una declaración conjunta de sí mismos a Dios, acompañada de solemnes promesas de mutua fidelidad?»

Thomas M’Crie, The Unity of the Church, págs. 88-89.

Cristo ha heredado todas las naciones, por lo tanto, están obligadas a pactar con Él, instituir Su Ley y establecer y mantener Su Iglesia, no de acuerdo con las imaginaciones y fantasías de los hombres, sino como Él, “la cabeza de todas las cosas de la iglesia” (Efesios 1:22) la  ha organizado. La política, disciplina, adoración, ordenanzas, doctrina y práctica de la Iglesia han sido establecidas y dictadas por la Palabra expresa del Novio, Jesucristo (Esdras 7:23).

«La regla de edificar la casa de Dios y de reformar la religión es la misma y perpetua; mandamiento de Dios, y no mandamiento de hombre, uno o más, sean personas civiles o eclesiásticas. Es su parte proveer de acuerdo a sus lugares y llamamientos, ordenar y dirigir que se obedezca el mandamiento de Dios. Este rey no manda que se haga su voluntad, sino lo que Dios ha mandado. Ni el rey ni el parlamento pueden mandar de otra manera. Los poderes civiles tienen gran autoridad, no solo en lo civil, sino también en lo religioso, y pecan contra Dios si no usan la autoridad que Dios ha puesto en sus manos para el bien de la religión. A ellos pertenece la inspección y la vigilancia, no solo los eclesiásticos [gente de la iglesia], sino también lo eclesiástico [cosas de la iglesia]. Las personas eclesiásticas están sujetas a la autoridad civil no menos que otras, y con respecto a las cosas eclesiásticas o de religión, Eusebio trae a Constantino el Grande, diciendo: Vos Episcopi in Ecclesia, ego extra Ecclesiam seu templum Episcopus a eo constitutus sum [ustedes fueron nombrados obispos en la Iglesia, yo fui nombrado obispo fuera de la Iglesia o del templo, por Dios], no que ningún hombre mortal, ya sea Papa o Príncipe, pueda ser propiamente cabeza de la iglesia, o vicegerente de Cristo el Mediador en su reino especial y económico de gracia. Porque los príncipes son vicegerentes de Dios, y de su Hijo Jesucristo como él es Dios, en su reino universal de providencia; y esta vigilancia e inspección de príncipes y magistrados, es Ecclesiastica objetiva, pero formaliter civilis [civil formal], esto es sobre materias de religión en una manera civilizada y  una forma adecuada a la naturaleza y calidad de su lugar y poder. La fiel custodia y preservación de la religión, es parte de su oficio. Porque no solo son los guardianes de la segunda, sino también de la primera tabla de la ley. A ellos les pertenece la reivindicación y defensa de la religión contra el desprecio, la corrupción y los abusos. La religión también espera de ellos la sanción civil, que el culto a Dios y las constituciones sanas de la iglesia acerca de la religión sean confirmadas y establecidas por sus leyes. La cooperación también es de ellos, porque con su poder deben constreñir a sus súbditos a los deberes de la religión, y coaccionarlos y detenerlos para que no hagan nada en contrario. También pueden y deben convocar asambleas de la iglesia, cuando el caso de la religión lo requiera, presidir como presidentes civiles y examinar las constituciones de la iglesia, no solo como cristianos para satisfacer sus propias almas, sino como magistrados para el bien del pueblo. Y cuando existe la necesidad de reformar la religión, y el ministerio y los eclesiásticos, como las arenas de la orilla del mar, están cubiertos por un diluvio de deserciones y corrupciones, están por su autoridad para emprender una reforma. Y, sin embargo, en todo este ejercicio de su poder, no deben hacer nada más que de acuerdo con el mandamiento de Dios. Así lo han hecho David, Josafat, Ezequías, Josías y otros príncipes buenos y religiosos. Pero cuando Jeroboam puso su propio mandamiento en el lugar del altar de Dios, cuando los reyes de Judá e Israel adoraron a Dios, u ordenaron al pueblo que adorara a Dios de otra manera de lo que Dios había ordenado, la ira cayó sobre el reino del rey y sus hijos.»

Alexander Henderson, Sermons Preached before the English Houses of Parliament by the Scottish Commissioners to the Westminster Assembly of Divines, págs. 88-89.

“Porque la nación y el reino  que no sirva [a la Iglesia] perecerá; esas naciones serán completamente asoladas” (Isaías 60:12).

La verdadera religión es el vínculo de unidad en la Iglesia. Thomas M’Crie da los siguientes cinco puntos de verdadera unidad:

1. ESTA UNIDAD CONSISTE EN QUE ELLA TIENE UNA CABEZA Y UN SEÑOR.

[La Iglesia debe] estar en profesa sujeción a Él, en su divina autoridad mediadora, como el único Pastor Universal y el único Jefe de gobierno. Admitir a un jefe temporal de la Iglesia, sea papa o rey, llamar a cualquier hombre maestro en religión, o alistarnos bajo las banderas de cualquier líder humano, es pecar contra el primer precepto de la unidad cristiana.

The Unity of the Church, pág. 21.

Para que una nación pueda establecer y apoyar a la Iglesia, todo poder eclesiástico arbitrario y decretado debe ser destruido. El papado y el episcopado suplantan a Cristo como cabeza de la Iglesia y solo llevarían a la eclesiocracia por un lado, o al erastianismo por el otro. El papado es el hombre de pecado y no debe tener influencia en una nación que busca hacer un pacto con Dios y apoyar a la verdadera Iglesia. Cristo “es la cabeza del cuerpo, la iglesia; quien es el principio, el primogénito de los muertos; para que en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1:18)  y determinar por nosotros mismos cualquier doctrina, adoración, práctica, gobierno o disciplina que imaginemos es una negación de facto de la jefatura de Cristo sobre Su Iglesia.

2. LA UNIDAD DE LA FE.

Hay un cuerpo porque hay una fe (Efesios 4:4-5). La falsa doctrina debe ser eliminada a través de la Reforma y una obra del Espíritu Santo. Visión Federal, Arminianismo, Evolución Teísta, Antinomianismo, Alta Crítica, “Palabra de Fe” y otros movimientos carismáticos, son solo algunos ejemplos de herejías destructivas que actualmente infectan a la Iglesia, que impiden la unidad y el establecimiento nacional de la religión. Además, la pureza doctrinal demasiado estricta y la rapidez para separar injuria la unidad de la fe. Debe haber un equilibrio entre estos extremos, debemos “evitar dividirnos en la Caribdis de la pertinencia y la tenacidad, o en la Escila de la levedad, la vacilación y el escepticismo” (George Gillespie, Miscellany Questions, cap. 10).

[La Iglesia] se llama “la ciudad de la verdad”, así como “la morada de la justicia”; sus puertas están abiertas para recibir “la nación justa que guarda la verdad” (Zacarías 8:3; cf. Isaías 32:17-18; 26:2); y la verdad está inscrita en sus columnas y en los estandartes que flotan en sus muros y baluartes. Cuando este no es el caso, las sociedades cristianas están desprovistas de la unidad de la Iglesia de Cristo, por los lazos que puedan mantener unidas.

The Unity of the Church, pág. 22.

3. UN BAUTISMO Y COMUNIÓN EN LOS MISMOS ACTOS DE ADORACIÓN.

Consiste en que celebren las mismas santas ordenanzas en la realización de actos de adoración de la misma especie, dondequiera que se reúnan, y en que estén listos y dispuestos a aprovechar toda oportunidad que se presente para unirse a todos “los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (cf. 1 Corintios 1:2). Así fue, como hemos visto, en la Iglesia primitiva; y así sería todavía, si se preservara la unidad católica, y si las instituciones de Cristo, junto con la fe a la que se relacionan, se preservaran en todas partes puras y completas.

Ibíd., Pág. 23.

Desunión y culto y sacramentos impuros. Himnos que reemplazan a los Salmos, el uso de instrumentos musicales que fueron abrogados con el culto del Templo, la paedocomunión, el cercado insuficiente de la Mesa, el descuido del paidobautismo, el culto familiar y la observancia del sábado, el uso de imágenes esculpidas de Jesús u otras personas de la Trinidad, etc., son problemas importantes en la Iglesia de hoy que debemos trabajar activamente y orar para reformar. “Nada que tenga un significado religioso puede incorporarse legalmente al culto de la iglesia a menos que tenga una autorización de las Escrituras. La iglesia tiene un poder de discreción limitado sobre algunas circunstancias, a saber, aquellas que (1) no tienen significado espiritual, (2) no se pueden determinar a partir de las Escrituras, (3) son tales que la adoración no puede llevarse a cabo de manera ordenada sin ellas, y (4) no son arbitrarios” (Michael Bushell, Songs of Zion, pág.116). Solo podemos acercarnos a Dios en Sus propios términos, no solo para la salvación, sino también en la adoración, esta es la esencia del Principio Regulador de la Adoración. Hasta que no haya unidad y pureza en esta área, no puede haber un establecimiento de religión piadoso y duradero.

4. UNIDAD CON RESPECTO AL GOBIERNO EXTERNO Y LA DISCIPLINA.

El ejercicio de la autoridad y el gobierno es necesario como vínculo de unión y base de estabilidad en todas las sociedades. Por medio de él, las comunidades más grandes, e incluso muchas naciones, pueden unirse y convertirse en una, bajo el mismo gobierno político.

Ibíd., Pág. 24.

Sistema de gobierno independiente y episcopal, la “Iglesia Emergente” y movimientos similares, el no denominacionalismo, las mujeres que ocupan cargos eclesiásticos, los llamados “ministros” autonombrados y no ordenados,  los tribunales eclesiásticos corruptos o incontinentes dentro del presbiterianismo, los “presbiterios podridos” que son un refugio seguro para los falsos maestros y los hombres lascivos, etc., son todas influencias divisorias en la Iglesia que deben ser remediadas por una Reforma del Espíritu Santo y hombres fieles dentro de la Iglesia antes de que la Iglesia pueda esperar tener un impacto duradero en la cultura y nación.

5. EL VÍNCULO DE LA CARIDAD MUTUA Y LA PAZ.

“Sobre todas estas cosas, vístanse de caridad, que es vínculo de perfección” (Colosenses 3:14). El orgullo, la enemistad, las divisiones (1 Corintios 1:10-17), la cobeligerancia [unión] con los impíos por fines temporales y pragmáticos, etc., deroga el vínculo de caridad mutua y paz que los hermanos deben tener.

Un acuerdo desnudo y frío en los artículos de una fe común, y la uniformidad externa en los actos de adoración y disciplina, no preservarán la unidad de la Iglesia. Para “estar perfectamente unidos”, los cristianos deben tener “la misma mente” o afecto, así como “el mismo juicio” (1 Corintios 1:10). Es por “hablar la verdad en amor”, que “crecen en todas las cosas hasta la cabeza, Cristo” (cf. Efesios 4:15).

Ibíd., Pág. 25.

Alexander Henderson, en un sermón predicado en la Cámara de los Comunes (27 de diciembre de 1643), enfatiza la gravedad de la humildad verdadera y piadosa, el pacto y la reforma necesaria para un establecimiento religioso exitoso y que honre a Dios:

Hay tres cosas en Inglaterra que nos dan esperanza y prometen liberación. En primer lugar, su frecuente y continuo ayuno y humillación. En segundo lugar, su entrada en un pacto [y liga] solemne con Dios para obtener misericordia. En tercer lugar, la reforma que ha comenzado y el curso que ha tomado para perfeccionarla: “Para que todo lo que mande el Dios del cielo, se haga diligentemente para la casa del Dios del cielo” (Esdras 7:23). Si estos tres se cumplen en verdad, puede esperar bendición. La verdadera humillación, el pacto con Dios y la reforma son los precursores de la paz y la felicidad. Pero cuando no son verdad, la hipocresía amenaza más de lo que promete la actuación.

Sermons Preached before the English Houses of Parliament by the Scottish Commissioners to the Westminster Assembly of Divines, pg. 77.

El adagio común, “En lo esencial unidad, en lo no esencial libertad, en todas las cosas caridad” tiene un elemento de verdad, pero comúnmente se entiende de una manera latitudinaria como si algunas doctrinas de las Escrituras fueran intrascendentes o que las múltiples interpretaciones hacen que ciertos pasajes sean imperceptibles; la lista de “elementos esenciales” disminuye constantemente a medida que la lista de “elementos no esenciales” crece exponencialmente. La doctrina importa; esta “pretendida libertad de conciencia” no es verdadera unidad ni caridad. Henderson continúa,

Dios no es honrado por una reforma comenzada, imperfecta y a medias. Él está listo para escupir a la persona, familia o pueblo tibio [cf. Apocalipsis 3:16]… Si bien es cierto que algunas cosas en la religión son fundamentales y absolutamente necesarias para la salvación, y otras cosas no, sin embargo, ser obstinado contra la verdad revelada, o ignorar o despreciar los asuntos más pequeños de la religión, que son necesarios para ser recibidos, si no es por ellos mismos, pero por la autoridad de las Escrituras (como algunos hacen la distinción), trae una maldición y condenación tan cierta como la ignorancia y el error en asuntos más sustanciales.

Ibídem., pág. 91.

CONCLUSIÓN

Ahora que hemos visto la importancia de una Reforma y unidad forjada por el Espíritu Santo en la Iglesia antes y en armonía con el establecimiento de una Iglesia nacional, en el artículo final de esta serie consideraremos los peligros del latitudinarismo ecuménico para la unidad de la Iglesia y responderemos a las objeciones relativas a la persecución y la libertad de conciencia.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/07/18/establishment-principle-3-reformation-and-unity-of-the-church/

Por: Paul Barth
Traducido al español por: Maximiliano Vivanco

En nuestro post anterior vimos que los gobiernos civiles deben proporcionar una “morada hospitalaria para la iglesia”,  que es una entidad institucional singular organizada por Jesucristo con una estructura política y católica específica. Este es un deber estrictamente positivo en el Reino de Gracia de Cristo con respecto a las naciones que se unen a la Iglesia corporativamente, no cómo los magistrados establecen la política pública en relación con la ley de Dios. Además, vimos que el propio establecimiento nacional de la Religión no es el erastianismo y no es una eclesiocracia y que “no es solo razonar, argumentar desde el abuso de cualquier cosa, en contra de su uso.” En este artículo demostraremos el principio de establecimiento de muchas profecías de las Escrituras.

ESTABLECIMIENTO DE LA RELIGIÓN EN PROFECÍAS

“Y el Señor será Rey sobre toda la tierra; en aquel día habrá un Señor,  y su Nombre será uno” (Zacarías 14:9).

“Toda idolatría y superstición serán abolidas, y habrá un solo Dios, una sola fe y una sola religión” (nota de la Biblia de Ginebra, Zacarías 14:9).

El gran predicador escocés Thomas M’Crie (1772-1835) demuestra que las Escrituras están repletas de referencias al establecimiento nacional de la religión:

Todo el tenor de las declaraciones, promesas y predicciones del Antiguo Testamento llevan a la conclusión de que el cristianismo debe ser aceptado, tolerado y apoyado a nivel nacional. Dios se dirige a las naciones en forma colectiva, las reprende por su idolatría y las llama a su adoración (Isaías 34:1; 41:1, 21-29). Les propone a Cristo como su siervo ungido (Isaías 42:1); declara que le ha dado las naciones por herencia, y que todas serán Suyas (Salmo 2:8; 82:8; Isaías 52:15; 55:5). Cristo se dirige a sí mismo, no sólo a los individuos, sino a islas enteras (Isaías 41:1); las naciones se unen a él (Isaías 2:2; Miqueas 4:1-2; Zacarías 2:11; 8:20-22), se bendicen y se glorían en él (Jeremías 4:2); todas las naciones y dominios le sirven (Daniel 7:14, 27). Ellos consagran todas las cosas en ellos y las emplean en su servicio (Isaías 60:6-12; Zacarías 14:20-21); Él es dueño de estas naciones como suyas y las bendice, mientras quebranta y destruye a otras (Salmo 33:12; 145:15; Isaías 19:25; Salmo 2:9, 12; Isaías 60:12).

[nota] La fuerza del argumento que surge de estas y otras predicciones similares es tal que el Sr. Edward Williams, aunque independiente, reconoce que implican una profesión nacional y el establecimiento del cristianismo. En respuesta a la objeción, “Si las profecías anteriores se refieren a conversiones nacionales, ¿no conduce eso a iglesias nacionales?” él responde: “Que un establecimiento nacional, si está bien ordenado, parece más conforme con los pasajes proféticos que hemos estado considerando que el plan antipaidobautista; mejor dicho, más agradable al tenor general de la revelación”.

Thomas M’Crie, “Brief View of the Evidence for the Exercise of Civil Authority About Religion”.

La Biblia de Ginebra (1599) contiene notas de estudio que fueron muy influenciadas por John Calvin y John Knox, y fue la Biblia elegida por muchos clérigos y teólogos protestantes y puritanos influyentes. Sus notas de estudio para Isaías 60 no interpretan el pasaje de una manera alegórica y espiritualizada, como lo hacen los amilenialistas, por ejemplo, los versículos 12-13: “Dios ha dado todo poder y autoridad aquí en la tierra para el uso de su Iglesia, y que ellos que no sirva ni aproveche, será destruido. No hay nada tan excelente que no sirva a la necesidad de la Iglesia. Las notas demuestran que este pasaje está profetizando que la Iglesia visible será reforzada y promovida en la tierra. El cristianismo no será aceptado como un conjunto de proposiciones abstractas, será apoyado a través de la institución divina de la Iglesia a medida que el evangelio se difunda y naciones enteras sean convertidas por el poder del Espíritu Santo mientras que los réprobos que persiguen a la Iglesia, en lugar de arrepentirse, doblando sus rodillas ante Cristo, y uniéndose al Reino de Gracia, serán quebrantados con la vara de hierro de Cristo (Salmo 2:9; Apocalipsis 12:5; 19:15).

“Los que son Príncipes y Nobles protegerán y promoverán la religión; honrarán y apreciarán a sus ministros; procurarán el apoyo necesario para sus escuelas y seminarios; defenderán y representarán la causa de la iglesia; y sin hacer violencia a las conciencias, de acuerdo con la regla del evangelio, emplearán su autoridad y sus medios para el crecimiento y la ampliación de la iglesia”.

Campegius Vitringa, comentarios sobre Isaías 60:10.

Al describir la gloria de la Iglesia en los últimos días, se dice: “Los reyes de la tierra trajeron su gloria y honra a ella, y traerán la gloria y el honor de las naciones a ella” (Apocalipsis 21:24). ,26). Campegius Vitringa (1659-1722) comenta:

“Entonces también Príncipes, Reyes, Emperadores, servirán a Cristo y a su iglesia, traerán su gloria, majestad y poder en ella; es decir, los convertirá para su uso y ventaja: Celebrarán públicamente la verdadera religión, honrarán a sus ministros y, por su autoridad y poder, la mantendrán y defenderán; que la iglesia ya ha experimentado en parte desde el tiempo de Constantino, y últimamente desde el período de la Reforma; y en parte aún tiene que buscar. Aquí hay una referencia a Isaías 60:10-11, y 49:22, 25. Parece muy claro desde este lugar que esta visión se refiere al estado de la iglesia en la tierra. Los príncipes y reyes piadosos, en el estado de perfección, no le traerán su gloria, sino que la recibirán. Los títulos y prerrogativas externas, que distinguen a los hombres en las sociedades civiles y sagradas, serán abolidos allí […]. El significado es que todo lo que sea eminente, bello, espléndido o digno de alabanza entre las naciones, será consagrado al uso de la iglesia de Cristo. El dominio de la riqueza y de las prerrogativas terrenales, los dones de erudición, prudencia, elocuencia; la dignidad de los nobles, la majestad de reyes y príncipes, promoverán los intereses de la Iglesia“.

Anacrisis Apocalypseos Joannis Apostoli, págs. 1215-1216.

“Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas; con el rostro inclinado a tierra te adorarán, y lamerán el polvo de tus pies; y conocerás que yo soy Jehová, que no se avergonzarán los que esperan en mí.” (Isaías 49:23).

“Queda demostrado que un derecho sobre las cosas sagradas pertenece al magistrado… 2. De los títulos y denominaciones dadas al magistrado en las Escrituras como (a) cuando se les llama “padre nodriza” de la Iglesia (Isaías 49:23; 60:10); no sólo para procurarle bienes temporales, sino lo que es mucho más necesario, bienes espirituales y celestiales [es decir, “que la unidad y la paz se conserven en la Iglesia, que la verdad de Dios se mantenga pura y completa; que se supriman todas las blasfemias y herejías; todas las corrupciones y abusos en el culto y la disciplina prevenidas o reformadas; y todas las ordenanzas de Dios debidamente establecidas, administradas y observadas” (CFW 23:3)]. (b) Se les llama “dioses” (Salmo 82:6) porque llevan la marca de su poder y gobiernan al pueblo en su nombre. Por su autoridad, deben comportarse como vicarios de Dios, promoviendo su gloria sobre todas las cosas y cuidando que sus súbditos le paguen el tributo y el impuesto debidos por su adoración legítima y verdadera”.

Francis Turretin, Institutes of Elenctic Theology, book three, pg. 317

“‘Reyes serán tus amas de cría’ es una semejanza que importa el más tierno cuidado, la más entrañable solicitud; no mera protección, sino alimento y apoyo activo e incansable. Si, según las opiniones de algunos, lo mejor que puede hacer el Estado es dejarla sola, no interesarse por sus preocupaciones, es difícil ver cómo se puede conciliar esta visión con la figura de una enfermera, cuyos deberes  ciertamente se verían mal cumplidos por tal tratamiento de su débil cargo”.

William Symington, Messiah the Prince, pg. 130.

Las profecías del Antiguo Testamento a menudo hablan de la Iglesia en terminología del antiguo pacto, como Sión, Jerusalén, la Ciudad de David, Israel, Jacob, Judá, el Templo, el Tabernáculo, etc.

“Entonces las naciones temerán el nombre de Jehová,
Y todos los reyes de la tierra tu gloria;
Por cuanto Jehová habrá edificado a Sion,
Y en su gloria será visto”
(Salmo 102:15-16)

“De la iglesia del Nuevo Testamento fue profetizado que Dios les daría un solo camino y un solo corazón (Jeremías 32:39); que no solo habrá un Señor, sino uno su nombre (Zacarías 14:9). Se nos exhorta a caminar por la misma regla, hasta donde lo hayamos alcanzado; es decir, estudiar la uniformidad, no la diversidad, en aquellas cosas que se acuerdan como buenas y rectas (Filipenses 3:16). ¿Acaso el Apóstol no insinúa y elogia claramente una uniformidad en la adoración de Dios (I Corinrios 14:27, 33, 40; I Corintios 11)? ¿No es el mismo Apóstol, además de la doctrina de la fe y los deberes prácticos de la vida cristiana, que se observan varios cánones en la ordenación y admisión de ancianos y diáconos, sobre viudas, sobre acusaciones, amonestaciones, censuras y otras cosas pertenecientes a política de la iglesia, como aparece especialmente en las epístolas a Timoteo y Tito? Y (1 Corintios 16:1-2) tendrá una uniformidad entre las iglesias de Galacia y de Corinto en el mismo día de su caridad, etc.”

George Gillespie, Miscellany Questions, cap. 15, págs. 199-200.

“Te alabarán, oh Jehová, todos los reyes de la tierra,
Porque han oído los dichos de tu boca.
Y cantarán de los caminos de Jehová,
Porque la gloria de Jehová es grande.”
(Salmo 138:4-5)

“El llamamiento de los gentiles y el discipulado de todas las naciones por el evangelio de Cristo (Mateo 28:19), de quien se dice que “todos los reyes se postrarán ante él” (Salmo 72:11)”.

Matthew Henry, comentando el Salmo 138: 4-5.

“Pero tan verdaderamente como yo vivo, toda la tierra será llena de la gloria del Señor” (Números 14:21).

“Cuando la iglesia de Dios, con todas sus influencias más escogidas, llene la tierra; —Entonces se cumplirá gloriosamente la promesa que tenemos ante nosotros. Esta será enfáticamente, “la gloria del Señor”— La gloria de su poder; la gloria de su santidad; la gloria de su amor… ¡Oh, cuán glorioso será este mundo caído, cuando todas las naciones que lo componen sean “justos, temerosos de Dios”; Cuando aquellos que son nominalmente “el pueblo de Dios, serán todos justos” (Isaías 60:21)!

Samuel Miller, The Earth Filled with the Glory of the Lord (1835)

“Pídeme y te daré las naciones por heredad, y los confines de la tierra por posesión tuya”  (Salmo 2:8).

“Él es heredero de todas las cosas como Mediador, porque las naciones y todos los términos de la tierra le son dados por herencia (Salmo 2:8); pero eso es solo para la Iglesia; Tendrá una Iglesia católica reunida de entre todas las naciones, y todos los reyes, pueblos, lenguas e idiomas serán hechos para servirle”.

George Gillespie, Aaron’s Rod Blossoming, pág. 94.

Se podrían examinar muchos pasajes adicionales que enseñan claramente que las naciones un día doblarán sus rodillas ante Cristo y entrarán en Su Reino de Gracia, la Iglesia visible, y que los gobiernos apoyarán y defenderán a la Iglesia como Cristo la ha instituido, pero dejaremos que los siguientes pasajes hablen por sí mismos:

“Florecerá en sus días justicia,
Y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna.
Dominará de mar a mar,
Y desde el río hasta los confines de la tierra.
Ante él se postrarán los moradores del desierto,
Y sus enemigos lamerán el polvo.
Los reyes de Tarsis y de las costas traerán presentes;
Los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones.
Todos los reyes se postrarán delante de él;
Todas las naciones le servirán.
[…]
Será su nombre para siempre,
Se perpetuará su nombre mientras dure el sol.
Benditas serán en él todas las naciones;
Lo llamarán bienaventurado.”
(Salmo 72:7-11, 17)

Los reinos de este mundo llegarán a ser el reino de nuestro Señor y de su Cristo  (Apocalipsis 11:15).

Todos los confines de la tierra se acordarán y se volverán al Señor; y todas las familias de las naciones adorarán delante de él  (Salmo 22:27).

Desde el nacimiento del sol hasta su puesta, mi nombre será grande entre los gentiles; y en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre, y ofrenda pura; porque mi nombre será grande entre las naciones, dice el Señor de los ejércitos  (Malaquías 1:11).

Y reuniré a todas las naciones y lenguas, y haré que vengan y vean mi gloria  (Isaías 66:18).

Y sucederá en los últimos días, que el monte de la casa del Señor se establecerá en la cumbre de los montes, y será exaltado sobre los collados, y todas las naciones fluirán a él  (Isaías 2:2).

Se alegrarán el desierto y la soledad, y se gozará el desierto, y florecerá como la rosa. Florecerá abundantemente y se regocijará con alegría y canto; la gloria del Líbano le será dada, y la excelencia del Carmelo y de Sarón; ellos verán la gloria del Señor y la excelencia de nuestro Dios  (Isaías 35:1, 2).

Y el reino, y la grandeza del reino debajo de todo el cielo, será dado al pueblo de los santos del Altísimo; y todos los dominios le servirán y le obedecerán  (Daniel 7:27).

Él dirá al norte: Ríndete; y al sur, no te detengas: trae mis hijos de lejos, y mis hijas de los confines de la tierra  (Isaías 43:6).

Su camino será conocido en la tierra, y su salud salvadora entre todas las naciones  (Salmo 67:2).

Y la gloria del Señor será revelada, y toda carne a una la verá, porque la boca del Señor lo ha hablado  (Isaías 40:5).

Etiopía extenderá sus manos hacia Dios  (Salmo 68:31).

Las islas esperarán su ley  (Isaías 13:4).

Tendrá dominio de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra (Zacarías 9:10).

Todos los confines de la tierra verán la salvación de nuestro Dios (Isaías 52:10).

Aún no vemos que todas las cosas sean sujetas a Él (Hebreos 2:8).

Pero él debe reinar, hasta que todos los enemigos sean puestos debajo de sus pies  (I Corintios 15:25).

Ante el nombre de Jesús se doblará toda rodilla, y toda lengua confesará que él es el Cristo, para gloria de Dios Padre  (Filipenses 1:10, 11).

Porque la tierra se llenará del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren el mar  (Habacuc 2:14)

CONCLUSIÓN

En la tercera parte ilustraremos, en un nivel práctico y espiritual, por qué y cómo debe ocurrir la Reforma antes y en armonía con cualquier establecimiento de religión. Por último, en la cuarta parte analizaremos los peligros del latitudinarismo ecuménico para la unidad de la Iglesia y responderemos a las objeciones relativas a la persecución y la libertad de conciencia.

Disponible en inglés: https://purelypresbyterian.com/2016/07/14/establishment-principle-2-prophecies/

EL PRINCIPIO DEL ESTABLECIMIENTO (pt.1): QUÉ ES Y QUÉ NO ES.

Por: Paul Barth.
Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

En la primera parte de las cuatro de nuestra serie sobre el Principio del Establecimiento, veremos qué es el Principio del Establecimiento y cómo se relaciona con la naturaleza de la Iglesia y con lo que no es. En la segunda parte, demostraremos el principio de establecimiento de las muchas profecías de las Escrituras. En la tercera parte aclararemos, en un nivel práctico y espiritual, lo que debe ocurrir antes de, y en armonía con, cualquier establecimiento de religión. Finalmente, en la cuarta parte analizaremos los peligros del latitudinarismo ecuménico para la unidad de la Iglesia y responderemos las objeciones con respecto a la persecución y la libertad de conciencia.

Anteriormente hemos escrito sobre el pacto nacional, el deber de las naciones de hacer un juramento de fidelidad a Cristo, defender Sus leyes y, servir como ayos (Isa. 49:23; 60:16), establecer la Iglesia visible y buscar avanzar, apoyarla y protegerla. Las naciones son la “herencia” de Cristo y están obligadas a “servir al Señor con temor” y a “besar (honrar) al Hijo” para que no las desmenuce “como vasija de alfarero” (Sal. 2:9). “Bienaventurada la nación cuyo Dios es Jehová, El pueblo que él escogió como heredad para sí.” (Sal. 9:17). “Bendita la nación cuyo Dios es el Señor; y el pueblo que él escogió para su propia heredad” (Sal. 33:12). “yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.” (1 Sam. 2:30).

“¿No pone el liderazgo supremo de Cristo sobre las naciones a los [gobernantes civiles] bajo la solemne obligación de rendir la debida lealtad al Príncipe de los reyes de la tierra?

“Seguramente. Las naciones, al ser súbditos morales del Redentor (Sal. 43:1; Isa. 10:6; Ez. 2:3), están obligadas a tomar Sus leyes como la norma suprema del bien y del mal (Deut. 4:5-8; 17; 18-20; Josué 1:8); respetar las calificaciones morales y religiosas de aquellos que ocupan lugares de poder y confianza en la nación (Éx. 18:21; Deut. 1:13; Ecl. 10:16; 2 Sam. 23: 3); jurarle lealtad; y apuntar a Su gloria en todo lo que hacen – el gobernante gobernando en el temor del Señor, y los gobernados teniendo respeto a Cristo en su lealtad civil. (2 Sam. 23:3; Rom. 13:1-7)”.

Samuel Simms, Catechism of the Principles and Position of the Reformed Presbyterian Church (Catecismo de los Principios y Posición de la Iglesia Presbiteriana Reformada)

El Principio de Establecimiento es la doctrina de que el Estado debe reconocer la autoridad de Cristo sobre todas las cosas y establecer la Iglesia visible dentro de la nación, en la cual “Iglesia y Estado son poderes coordinados (en un nivel igual, con jurisdicciones separadas) bajo la autoridad de la Palabra de Dios, que el Estado tiene la obligación de profesar, proteger y promover la verdadera religión, defender civilmente los 10 Mandamientos, y que la Iglesia, manteniendo su existencia y gobierno por Derecho Divino, debe hablar la Palabra de Dios al Estado y mantenerlo bajo control” (Reformed Books Online, The Establishment Principle).

“Reconocer la verdad de Dios y rendir el homenaje de un reconocimiento formal y público a esa Iglesia que Él ha establecido en la tierra, es un deber, como creemos, de obligación universal, que debe cumplir un Estado cristiano en todo momento y en todas las circunstancias”.

James Bannerman, Church of Christ, sección III.

Antes de que podamos profundizar en la naturaleza del establecimiento, debemos considerar brevemente la naturaleza universal y presbiterial de la Iglesia.

LA IGLESIA ES UNA ENTIDAD INSTITUCIONAL SINGULAR

“La Iglesia Cristiana no es una institución arbitraria de hombres, no una mera asociación voluntaria de cualquier número de personas, para cualquier propósito y en cualquier término, que les pueda parecer bueno; ni su comunión ha quedado vaga e indeterminada por las leyes de su Fundador”.

Thomas M’Crie, The Unity of the Church, pág. 95.

Cristo no solo intercede por los santos mientras está sentado a la diestra de Dios el Padre en las alturas, sino que también “reúne y defiende su Iglesia y somete a sus enemigos; da a sus ministros y al pueblo dones y gracias” (Catecismo Mayor Westminster p. 54; Sal. 68:18; Ef. 4:8). En parte, estos dones que el Señor Jesús proporcionó a la Iglesia visible se explican en Ef. 4:11, “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros”; Es decir, “las funciones eclesiásticas, en parte extraordinarias y por un tiempo, como apóstoles, profetas, evangelistas y en parte ordinarias y perpetuas, como pastores y doctores” (nota GNV). Estos oficios se dan para los siguientes tres propósitos, “Para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo“: y con el fin de que “Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y el conocimiento del Hijo de Dios”. (Para conocer la importancia de la colocación de comas en Efesios 4:12 y un argumento a favor de la interpretación tradicional de este versículo contra la mala interpretación moderna, vea aquí.

La Iglesia no solo es invisible y consiste “en el número total de los elegidos” (CFW 25:1), también es visible y católica (es decir, universal), las iglesias locales no son entidades institucionales distintas entre sí, sino varias partes integrales de una entidad institucional universal y visible. Cristo gobierna Su reino de gracia no solo espiritualmente como Señor y Salvador de los elegidos, sino también en las ordenanzas, la adoración y el gobierno que ha instituido para la Iglesia visible, “dándoles oficiales, leyes y censuras, mediante las cuales él visiblemente los gobierna” (C.MaW. p. 45); En la segunda petición del Padre nuestro oramos, entre otras bendiciones relacionadas con el avance del reino de Cristo, que la Iglesia pueda ser “provista de todos los oficiales y ordenanzas del evangelio, purificada de corrupción, aprobada y mantenida por el magistrado civil” (C.MaW. p. 191). Cristo ha instituido Su Iglesia visible para que sea “un cuerpo” con Cristo como Cabeza y pastores, ancianos, doctores y diáconos como oficiales en la Iglesia con varios roles y autoridad sobre la congregación (para un relato más detallado, vea The Westminster Form of Presbyterial Church-Government).

Los oficiales gobernantes (es decir, pastores y ancianos) se reúnen a nivel 1) de la congregación (Mateo 18:15-20); 2) de la ciudad o condado (Presbiterio), que incluye muchas congregaciones, como las iglesias de Jerusalén (Hechos 8:1), Antioquía (Hechos 13:1), Éfeso (Hechos 20:17) y Corinto, (1 Cor. 1: 2); 3) de la región, que incluye muchos presbiterios; 4) de la nación, como la Asamblea de Westminster; y si es necesario, 5) internacional, como el Concilio de Jerusalén en Hechos 15, el Concilio de Nicea y el Sínodo de Dordt; la autoridad de las asambleas aumenta acumulativamente con respecto a la representación de un mayor número de iglesias, no según la autoridad jerárquica en el oficio mismo (como en el episcopado), donde las asambleas inferiores están subordinadas a las asambleas superiores (Hch 15,31; 16:4-5). Todo oficial gobernante tiene la misma autoridad y la de Cristo mismo a través de la ordenación de oficiales anteriores (Mateo 28:18-20; 1 Timoteo 4:14; Heb. 5: 4). “Los gobernadores de la iglesia actúan inmediatamente como siervos de Cristo, y como él los designa” en lugar de delegados de la congregación (Jus Divinum).

“¿Dónde está la autorización divina para un sínodo eclesiástico?

“En Hechos 15 y 16, donde tenemos una causa referida; los miembros apropiados de un sínodo convocados; el poder ordinario e igual que ejercen todos esos miembros; el método ordinario de procedimiento en dichos tribunales; y los decretos judiciales dictados por el sínodo; junto con el efecto que su juicio, en este asunto, tuvo sobre las iglesias “.

Jus Divinum Regiminis Ecclesiastici, Apéndice.

En la Oración del Sumo Sacerdote de Cristo, “Nuestro Señor llega tan lejos como para comparar la unidad de la iglesia con la unidad que existe en la Deidad: ‘para que todos sean uno; como tú, oh, Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. (Juan 17:21)’” (A Presbyterian Slea, pt. 1).

“La Iglesia visible, que también es católica o universal bajo el evangelio (no confinada a una nación como antes bajo la ley) consiste en todos aquellos, en todo el mundo, que profesan la verdadera religión (Sal. 2:8; Rom. 15:9-12; 1 Cor. 1:2; 12:12-13; Ap. 7:9) y de sus hijos; (Gén. 3:15; 17:7; Ez. 16: 20-21; Hechos 2:39; Rom. 11:16; 1 Cor. 7:14) y es el reino del Señor Jesucristo, (Isa. 9:7; Mat. 13:47) la casa y la familia de Dios, (Ef. 2:19; 3:15) De la cual no hay posibilidad ordinaria de salvación (Hechos 2:47).

“A esta Iglesia católica visible Cristo ha dado el ministerio, los oráculos y las ordenanzas de Dios para la reunión y perfeccionamiento de los santos, en esta vida, hasta el fin del mundo; y por su propia presencia y Espíritu, según su promesa, hacerlos efectivos para ella (Isa. 59:21; Mat. 28:19-20; 1 Cor. 12:28; Ef. 4:11-13)”.

Confesión de Fe de Westminster 25:2-3

La eclesiología determina en gran medida la relación entre Iglesia y Estado. Un establecimiento latitudinario del cristianismo tendría sentido si la Iglesia fuera una colección desarticulada de congregaciones independientes o si Cristo hubiera dado un tremendo grado de laxitud en la forma en que la Iglesia debería organizarse y disciplinarse. Sin embargo, lo contrario es cierto, el gobierno de la iglesia presbiteriana solo es de derecho divino, y cada iglesia debe tener el tipo de gobierno que el Señor Jesús estableció para Su Iglesia, que es el presbiterianismo.

UNA MORADA HOSPITALARIA PARA LA IGLESIA

Ahora que hemos visto cómo la Iglesia es una institución singular, podemos comprender mejor los deberes del magistrado civil con respecto a Ella. El teólogo luterano Johannis Gerhardi explica:

“El fruto que surge de la conversión de reyes y príncipes a la iglesia, no consiste solo en esto, que provoquen a otros con su ejemplo a abrazar el evangelio de Cristo; sino también, porque llevan a sus súbditos a Cristo; proporcionar una morada hospitalaria a la iglesia en sus dominios y, por su autoridad, promover la propagación del evangelio”.

Loci Theologici (1657), Tom. vii, pág. 578.

El magistrado civil debe “apoyar y mantener” a la Iglesia institucional visible (C.Ma.W. p. 191), no a una entidad invisible. El magistrado tiene la autoridad y el deber de asegurar “que la unidad y la paz se conserven en la Iglesia, que la verdad de Dios se mantenga pura y completa; que se supriman todas las blasfemias y herejías; todas las corrupciones y abusos en el culto y la disciplina prevenidas o reformadas; y todas las ordenanzas de Dios debidamente establecidas, administradas y observadas”, así como el poder de convocar sínodos (CFW 23:3), y de acuerdo con su lugar y llamado, hacer votos a Dios y detestar, oponerse y remover todo culto falso y todos los monumentos de idolatría (C.Ma.W. p. 108). Establecer el cristianismo ecuménico de manera abstracta sería aprobar y mantener el cisma, no la Iglesia que es “un solo cuerpo“. La nación como nación debe ser incorporada a la Iglesia (Sal. 22:27-28) así como las familias como familias se unen a la Iglesia visible (Génesis 18:19; Hechos 16:31). Por eso un reconocimiento latitudinario de la religión es insuficiente. El magistrado debe reconocer y apoyar a la Iglesia visible como institución, no simplemente tolerar versiones multitudinarias del cristianismo.

“Los magistrados civiles deben alentar y proteger a la iglesia y, al hacerlo, pueden, en su puesto, actuar de una manera similar a los padres y maestros en lo suyo. Mediante el ejercicio apropiado de su poder civil, y por el bien de la comunidad, deben prevenir y eliminar la persecución, la blasfemia, la idolatría, la superstición, la herejía y cualquier otra cosa que tienda a obstaculizar la adoración pura de Dios, Isa. 49:23; 60:3,10,16; Rom. 13:3-4; 1 Tim. 2:2; 2 Crón. 15: 8,16; 17:3-10; 31:1; 33:15; 2 Reyes 18:4; 23.

—Deben preservar para la iglesia la plenitud del poder espiritual que le permitió Cristo; y proporcionando lugares de instrucción y mantenimiento para los pastores y otros instructores, y alentando las leyes y su propio ejemplo, deben promover la administración y la atención a las ordenanzas del evangelio, 2 Crón 15: 9-16; 20:7-9; 17; 29-31; 34-35; Deut. 17:18-20; 1 Crón 22-25; Neh. 13:10-14.

—Como jefes de familia deben promover principios sanos y prácticas santas en sus familias, — los magistrados deben promover y establecer la reforma de la doctrina, el culto, la disciplina y el gobierno de la iglesia en sus dominios, como un medio para promover su felicidad. Y con este fin, puede convocar sínodos de funcionarios de la iglesia para arreglar y gobernar sus asuntos de acuerdo con la palabra de Dios, Éx. 32; Jos. 23-24; 2 Reyes 18:4-7; 2 Reyes 12; 2 Reyes 22-23; 2 Crón. 15; 2 Crón. 17; 2 Crón 34-35; 1 Sam 7:6; 2 Crón. 20: 3; Jon. 3:7; Esd. 8:21.

—Por su autoridad civil, deben hacer cumplir sus leyes o constituciones que estén garantizadas por la palabra de Dios; ya que observarlas tiende a promover el bienestar de la nación, y debería estimular a sus gobernantes y miembros a un desempeño externo de su deber por todos los métodos que sean agradables al evangelio; y debe castigar las violaciones manifiestas de la ley de Dios, como delitos que deshonran a él, de quien son delegados, y traen una maldición sobre la república, 2 Crón. 15; 30-31; 34-35; Neh 13; Dan. 3:28-29; 6:26-27; Dt. 21:18-21; Gén. 9:6; Núm. 35:30-32; Núm. 15:30-36; Job 31:9,11; Lev. 20:11-25; Éx. 22:1-15; Dt. 19:16; 13:1-6; 17:1-8; Lev. 17:2,8; 2 Crón. 15:13,16; Job 31:26-28; Lev. 24:15-16; Rom. 13:3-4; 1 Ped. 2:13-14; Heb. 10:28”.

John Brown de Haddington, Systematic Theology, Libro VII, Capítulo 2, págs. 559-560.

EL PRINCIPIO DEL ESTABLECIMIENTO NO ES NI ERASTIANO NI ECLESIOCRÁTICO

El establecimiento de la religión no debe confundirse con el control de la Iglesia por parte del Estado, es decir, el magistrado civil (que es el erastianismo, el error anglicano) en un extremo, o el control del Estado por la Iglesia (que es la eclesiocracia, el error papista) en el otro extremo. Nuestra confesión niega explícitamente ambos extremos y sostiene una estricta separación institucional y jurisdiccional de la Iglesia y el Estado, el Estado solo tiene poder circa sacra (sobre asuntos religiosos) en lugar de in sacris (en asuntos religiosos). “Los sínodos y concilios no deben tratar o concluir nada más que lo que es eclesiástico; y no deben inmiscuirse en los asuntos civiles que conciernen a la Nación, a menos que sea mediante humilde petición en casos extraordinarios; o a modo de consejo, para satisfacción de conciencia, si el magistrado civil lo requiere (Lucas 12:13-14; Juan 18:36)” (CFW 31:5). “El Señor Jesús, como rey y cabeza de su Iglesia, en él ha designado un gobierno en manos de los oficiales de la Iglesia, distinto del magistrado civil” (CFW 30:1). “Él [es decir el magistrado civil] puede ejercer política y externamente su poder sobre objetos o asuntos espirituales, pero no espiritual, internamente, formalmente actuar ningún poder en la Iglesia. Puede actuar en los asuntos de la Iglesia como lo hicieron Asa, Josafat, Ezequías, Josías, no como lo hicieron Coré, Saulo, Uza o Uzías” (Jus Divinum, pág. 77). No es una excusa legítima para argumentar en contra del principio de establecimiento simplemente porque ha sido distorsionado y abusado en el pasado; “No es razonamiento justo, argumentar desde el abuso de cualquier cosa, en contra de su uso”.

El magistrado civil no puede asumir la administración de la Palabra y los sacramentos; o el poder de las llaves del reino de los cielos” (CFW 23:3). El gobierno civil no puede ordenar ministros o insertarlos en congregaciones, “puede otorgar y proteger el ejercicio público de ese poder dentro de sus dominios, pero la designación de personas particulares para el cargo y poder es de la Iglesia, la donación del cargo y poder sólo de Cristo mismo” (Jus Divinum, pág. 78).

“Según nuestra Confesión, el magistrado civil no debe asumir una supremacía señorial sobre la Iglesia; porque “no hay otra cabeza de la Iglesia; sino el Señor Jesucristo”. (Cap. 25, secc. 6). No debe interferir con su gobierno interno; porque “el Señor Jesús, como rey y cabeza de su Iglesia, ha designado en él un gobierno en manos de los oficiales de la Iglesia, distinto del magistrado civil“; y “a estos oficiales [eclesiásticos] se les confían las llaves del reino de los cielos”. (Cap. 30, secc. 1, 2). No debe, como magistrado, sostenerse como juez público de religión verdadera o falsa, para dictar a sus súbditos en asuntos puramente religiosos; porque “pertenece a los sínodos y concilios ministerialmente determinar controversias de fe y casos de conciencia”, etc. (Cap. 31, secc. 3)”.

Robert Shaw, An Exposition of the Westminster Confession of Faith, págs. 316-317.

El Estado tiene control “sobre sus propios actos y dones”, como el apoyo y protección de la Iglesia y la promoción en el desempeño de su misión.

“Si la Iglesia ultraja su propia constitución, o subvierte cualquier artículo de su propio credo que haya sido ratificado por el Estado, el Estado tendría derecho a retirarle su aprobación y apoyo. Pero no tiene ningún derecho de control sobre el credo, la constitución o la jurisdicción que ésta no confiera. No son dones del Estado, excepto cuando se concede una supremacía erastiana; y no están necesaria ni legítimamente bajo el control del magistrado civil”.

William Balfour, Establishment Principle Defended, págs. 30-31.

Sin embargo, el magistrado civil puede convocar un sínodo y “disponer que todo lo que se haga en ellos sea conforme a la mente de Dios” (CFW 23:3; 2 Crón. 19:8). Si la Iglesia se corrompiera, el magistrado no debería tolerarla ni apoyarla, sino que debería asegurarse de que la Iglesia funcione bíblicamente y castigar los crímenes contra la primera tabla. Por otro lado, si el gobierno civil se corrompe e intenta entrometerse en los asuntos de la Iglesia, la Iglesia debería oponerse a él y suplicar al gobierno que haga su trabajo ordenado por Dios. Debe haber un equilibrio de poder, cuando uno se extravía, el otro lo trae de regreso y lo exhorta a cumplir con su deber, pero no lo hace por él. Debería haber jurisdicciones coordinadas de la Iglesia y el Estado con subordinación mutua. “Si Aarón hace un becerro de oro, ¿no puede Moisés castigarlo? Si Moisés se convierte en Acab y se vende a sí mismo para hacer el mal, ¿no deberían ochenta sacerdotes valientes y Aarón reprender, censurar y resistir? (Samuel Rutherford, Lex Rex, pág. 215).

“Los sínodos y concilios no deben tratar o concluir nada más que lo que es eclesiástico; y no deben inmiscuirse en los asuntos civiles que conciernen a la Nación, a menos que sea mediante humilde petición en casos extraordinarios; o como consejo, para satisfacción de conciencia, si así lo requiere el magistrado civil” (WCF 31: 5).

“Si bien nuestra Confesión denuncia cualquier interferencia erastiana del magistrado civil en asuntos puramente espirituales y eclesiásticos, no menos explícitamente rechaza todas las pretensiones papistas, por parte de los sínodos y concilios de la Iglesia, de entrometerse en los asuntos civiles, a menos que sea por medio de petición, en casos extraordinarios, o por vía de asesoramiento, cuando así lo requiera el magistrado civil. Nuestros reformadores parecen haber percibido claramente los límites propios de la jurisdicción civil y eclesiástica, y haber tenido mucho cuidado de que se los observara estrictamente. “El poder y la política eclesiástica”, dicen, “es diferente y distinto en su propia naturaleza de ese poder y política que se llama poder civil, y pertenece al gobierno civil de la Nación; si bien ambos son de Dios, y tienden a un fin, si se usan correctamente, es decir, para promover la gloria de Dios y tener súbditos piadosos y buenos”. “Debe procurarse, principalmente por parte del moderador, que en las Asambleas sólo se traten asuntos eclesiásticos y que no se inmiscuyan en nada perteneciente a la jurisdicción civil” (Libro Segundo de Disciplina (http://www.swrb.com/newslett/actualNLs/bod_ch04.htm), capítulos 1 y 7). La Iglesia y el Estado pueden cooperar en el avance de objetivos comunes a ambos; pero cada uno de ellos debe tener cuidado de actuar dentro de su propia esfera, el uno nunca se entromete en los asuntos que pertenecen propiamente al ámbito del otro “.

Robert Shaw, An Exposition of the Westminster Confession of Faith, pág. 398.

CONCLUSIÓN

En conclusión, vimos que los gobiernos civiles deben proporcionar una “morada hospitalaria para la iglesia”, que es una entidad institucional singular organizada por Jesucristo con una estructura política y católica específica. Además, vimos que el propio principio del establecimiento no es el erastianismo y no es una eclesiocracia y que “no es justo razonamiento, argumentar desde el abuso de cualquier cosa, en contra de su uso”. En nuestra próxima publicación demostraremos el principio de establecimiento de las muchas profecías de las Escrituras.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/07/11/establishment-principle-1-what-it-is-what-it-isnt/