Por: Charles Hodge
En: Hodge’s The Way of Life (1841).
Traducido al español por: Maximiliano Vivanco

La religión consiste, en gran medida, en la secreta relación del alma con Dios; en aquellos actos de adoración, gratitud, confianza y sumisión que el ojo del hombre no puede ver y con los que el extraño no puede entrometerse. Estos ejercicios secretos, controlando la conducta externa y proporcionando los motivos de la conducta humilde y las acciones benévolas del cristiano, no pueden dejar de manifestar su existencia; pero toda exhibición innecesaria ante la atención de otros, bordea la ofensa que nuestro Salvador condenó en los antiguos fariseos. De acuerdo con sus instrucciones, nuestras limosnas deben darse en secreto: cuando oramos, debemos orar en secreto; y cuando ayunamos, no debemos mostrar a los hombres que ayunamos, sino a nuestro Padre, que ve en lo secreto. En estas palabras, Cristo hace más que condenar la hipocresía; no sólo prohíbe el desempeño de deberes religiosos con el propósito de ser visto por los hombres, sino que enseña que la verdadera religión es discreta y reservada. Evita el resplandor del día. Es santa, solemne, secreta, gozosa por no ser observada por otros. Se opone directamente a la ostentación de sentimientos religiosos en que se deleitan aquellos que parecen hacer que la religión consista en hablar de ella.

Aunque la religión se está retirando así en su carácter, y aunque consiste, en gran medida, en la secreta relación del alma con Dios, no obstante tiene sus relaciones sociales y públicas, que hacen imposible que un verdadero cristiano desee mantener el hecho de ser cristiano un secreto del mundo. De hecho, esto lo intentan a menudo, durante un tiempo, aquellos cuya fe es débil y que temen el reproche con que se acompaña una profesión de religión, en muchas circunstancias. Quienes siempre han vivido en el seno de una sociedad religiosa, en la que la profesión de los sentimientos religiosos es un pasaporte a la confianza y al respeto, no pueden apreciar la tentación de tal ocultación. Estas personas poco conocen la prueba a la que están expuestos sus hermanos, cuyos padres o asociados ven toda religión experimental con odio o desprecio, y que visitan toda manifestación de sentimiento piadoso con el castigo de burlas crueles. En mayor o menor grado, una gran parte del pueblo de Dios está llamado a soportar esta prueba; y a menudo se sienten tentados a preguntarse si no pueden ser religiosos sin dejarlo saber. Si la religión es algo secreto, ¿por qué no se puede mantener en secreto? A esta pregunta, la respuesta es simple y decisiva. Las Escrituras declaran que la confesión de Cristo ante los hombres es esencial para la salvación. “A cualquiera”, dijo nuestro Salvador, “que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.” (Mateo 10:32-33). De nuevo: “Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” (Marcos 8:38). Pablo también, escribiendo a Timoteo, dice: “no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios” (2 Timoteo 1:8). “Si sufrimos, también reinaremos con él; Si le negáremos, él también nos negará.” (2 Timoteo 2:12). Y aún más explícitamente, cuando enseña la condición de la salvación, dice: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Romanos 10:9-10). La misma verdad se enseña en todos aquellos pasajes que afirman la necesidad del bautismo, porque el bautismo implica una profesión pública del evangelio. Así, nuestro Salvador, en su comisión a los apóstoles, dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” (Marcos 16:16). Y en el día de Pentecostés, cuando la gente estaba convencida del pecado de haber rechazado a Cristo, y preguntó qué debían hacer, Pedro respondió: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo” (Hechos 2:38). No era suficiente que se retiraran a sus casas y se arrepintieran ante Dios; deben reconocer públicamente a Cristo y su lealtad a él. Por lo tanto, no hay condición para el discipulado más claramente establecida que esta. Si no confesamos a Cristo, él no nos confesará. Si no lo reconocemos como nuestro Salvador, no nos reconocerá como sus discípulos. Si no estamos dispuestos a compartir con él el oprobio y la contradicción de los pecadores, no podremos participar de la gloria que ha recibido del Padre.

La relación en la que estamos con Cristo como nuestro Rey, hace necesario un reconocimiento público de su autoridad. En los reinos de este mundo, nadie es admitido a los privilegios de la ciudadanía sin una profesión de lealtad. Y en el reino de Cristo, aquellos que no reconocen su autoridad, lo rechazan. Al negarse a confesarlo como Señor, declaran que no son su pueblo.

La iglesia también se compara a menudo en las Escrituras con una familia. ¿Puede un niño vivir en la casa de su padre sin reconocer a sus padres? ¿Puede recibir las bendiciones del amor de una madre y no reconocerla como su madre? ¿Puede pasar por la calle sin que lo reconozca y luego robar, al amparo de la noche, para ser alimentado en su mesa y protegido por sus cuidados? Como todo el mundo siente que ningún niño, con los debidos sentimientos filiales, podría dudar en reconocer a sus padres, podemos estar seguros de que no somos hijos de Dios, si tenemos miedo o vergüenza de reconocerlo como nuestro Padre, y nuestras obligaciones para con él de honrarlo y obedecerlo.

Debe considerarse aún más, que los cristianos son los adoradores de Cristo. El apóstol saluda a los corintios como aquellos que invocan el nombre del Señor Jesús; y desde el principio, en Jerusalén y en Damasco, los cristianos fueron designados como aquellos que invocaban el nombre de Cristo (Hechos 9:14, 21). Pero, ¿qué clase de adorador es el que se avergüenza o teme reconocer a su Dios? Todas las relaciones, por tanto, en las que un cristiano está con Cristo, como su Rey, como Cabeza de la familia de Dios y como objeto del culto divino, implican la necesidad de confesarlo ante los hombres; y prácticamente lo rechazamos en todas estas relaciones, al descuidar o rechazar esta profesión pública de él y su religión.

Un momento de consideración de la naturaleza de la religión de Jesucristo debe convencernos de la imposibilidad de ser un cristiano secreto. No sólo el corazón, sino todo el comportamiento externo, debe ser regulado por esa religión. Prohíbe muchas cosas que el mundo permite; prescribe muchas cosas que el mundo prohíbe. La obediencia a sus preceptos incluye necesariamente una profesión pública; porque tal obediencia traza una línea de distinción entre sus discípulos y la gente del mundo. Ésta es una de las razones por las que al pueblo de Dios se le llama santos. Se distinguen, se separan de los demás y se consagran a Dios. Cuando dejan de distinguirse de los que les rodean, dejan de ser santos. Si su temperamento interior y conducta exterior no los distingue como un pueblo peculiar, no son cristianos. “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder”. No puede ser que aquellos que se niegan a sí mismos, toman su cruz y diariamente sigan a Cristo; cuyos afectos están puestos en las cosas de arriba; que andan por fe y no por vista; quienes viven para Dios y se mantienen sin mancha del mundo, no deben diferir visiblemente de aquellos cuyo espíritu, principios y objetos son todos mundanos. Tampoco es posible que exista esta diferencia, sin que el cristiano reconozca su causa. Debe apelar a la autoridad de Cristo como justificación de su conducta y, por lo tanto, no puede vivir como cristiano sin confesar a Cristo.

Además del temperamento general y la conducta que requiere el evangelio, hay muchos deberes específicos ordenados por Cristo que implican una profesión pública de su religión. La organización de su iglesia como sociedad visible, supone la separación de un pueblo que reconoce su autoridad y profesa actuar en obediencia a sus leyes. La comisión que dio a sus discípulos fue que fueran por todo el mundo, predicando su evangelio, haciendo discípulos, bautizándolos en Su nombre, reuniéndolos en sociedades distintas y nombrando oficiales sobre ellos para llevar a cabo el culto público y para el ejercicio de la disciplina. Todo esto supone que sus seguidores constituyan un cuerpo que lo reconozca públicamente como su Cabeza y lo confiese como su Señor y Salvador ante el mundo. ¿Cómo puede un hombre mantener en secreto el hecho de que es cristiano, cuando su autor hace que el cristianismo adopte esta forma visible y organizada? Se ordena especialmente a cada creyente asociarse con la iglesia, reunirse con sus compañeros cristianos para la adoración pública y unirse con ellos para celebrar la muerte del Salvador. Si un cristiano es alguien que obedece a Cristo, y si la obediencia incluye aquellos actos externos que involucran este reconocimiento público de él, entonces ningún hombre puede ser cristiano si no hace este reconocimiento.

Hay pocos deberes (y aquellos que se basan en preceptos positivos) ordenados en la palabra de Dios, que los sentimientos rectos, por sí mismos, no nos instan a cumplir. Si estamos obligados a abandonar el pecado, servir a Dios, amar a los hermanos, vivir para los demás en lugar de para nosotros mismos, ser prontos en la oración, unirnos a la adoración pública y social de Dios, estas son cosas en las que el corazón renovado instintivamente se deleita. El mandato externo orienta y sanciona la acción; pero el motivo de la obediencia no es el mero respeto a la autoridad. De la misma manera, si bien la confesión pública de Cristo está prescrita en las Escrituras como un deber necesario, es, al mismo tiempo, el tributo espontáneo de todo corazón cristiano. Si ningún sujeto requiere que se le inste a reconocer a un soberano a quien ama; si ningún niño necesita que se le ordene que confiese a un padre a quien reverencia; mucho menos el creyente necesita ser obligado a confesar al Salvador, a quien considera el resplandor de la gloria del Padre, a quien se siente en deuda por la redención, y a quien espera adorar y servir con los santos y ángeles en el cielo. No se pretende afirmar que ningún creyente se avergüence jamás de Jesús; ni que, en circunstancias de prueba particular, no tema reconocer su verdad o asumir su nombre. Pedro una vez negó a su Maestro. Pero es ciertamente cierto que ningún hombre puede tener una visión correcta de Cristo y sentimientos correctos hacia él sin reconocerlo de manera habitual, abierta y alegre como su Dios y Salvador. Considerará el oprobio de Cristo más riquezas que los tesoros de Egipto, y preferirá sufrir aflicción con el pueblo de Dios, que disfrutar de los placeres del pecado por un tiempo.

No es difícil comprender la naturaleza del deber que estamos considerando. Confesar a Cristo es reconocer su carácter y sus pretensiones. Es reconocer que Jesús es el Cristo. Es admitir la verdad de las doctrinas que enseñó. Es profesarle nuestra lealtad como nuestro Señor y Salvador. Esta confesión debe ser pública; debe hacerse delante de los hombres; debe hacerse con la boca y no dejarse de inferir de la conducta. Debe recordarse que esto incluye más que la mera asunción del nombre cristiano, a diferencia de pagano o mahometano. Si los hombres malinterpretan o tergiversan el carácter de Cristo, una profesión de puntos de vista tan erróneos no es la confesión que él requiere. Reconocer a Cristo simplemente como un buen hombre, o un maestro inspirado, es de hecho negarlo en su verdadero carácter de Hijo de Dios, como propiciación por el pecado, como el único Mediador y el Señor soberano de los vivos y de los muertos. Y reconocer el evangelio simplemente como un código de moral, es rechazarlo como la revelación de la gracia de Dios. La confesión que se requiere es el reconocimiento público de Cristo en su verdadero carácter y de su evangelio en su verdadera naturaleza. De nada servirá despojar al evangelio de todo lo que sea ofensivo para el orgullo humano y reconocer el resto. Lo que hay que hacer es tomar la vergüenza de profesar lo que es un escándalo para los judíos y una locura para los griegos. Es reconocer nuestra fe y confianza en un Salvador despreciado y rechazado por los hombres, y en doctrinas que la razón humana no puede descubrir ni comprender.

Hay varias formas de hacer esta confesión pública. Como ya se señaló, hay una confesión incluida en la obediencia a los mandamientos de Cristo. La obediencia, por lo tanto, es una forma de confesión, y nunca se puede rendir sin distinguir a los que la rinden como seguidores de Cristo. Nuevamente, ocurren con frecuencia ocasiones en las que los cristianos son llamados a confesar la verdad, a defenderla de los contrarios, a instarla sobre aquellos sobre quienes tienen influencia o autoridad, o dar razón de la esperanza que hay en ellos, con mansedumbre y temor. Pero el modo principal y más importante de confesión es el cumplimiento de las ordenanzas del bautismo y la Cena del Señor. Se da tanta importancia a estas instituciones en la Palabra de Dios, que todo cristiano debe tener ideas claras de su naturaleza y de su propio deber con respecto a ellas.


Disponible en inglés en: https://www.westminsterconfession.org/resources/the-church/the-nature-and-necessity-of-a-public-profession-of-religion/

Por: Paul J. Barth
Traducido al español por: Maximiliano Vivanco

La ley natural es el reflejo del carácter moral de Dios y el orden moral de la creación, diseñado por Dios, que está escrito en el corazón humano y es evidente a través de la luz de la naturaleza (Romanos 2:14-15; Romanos 1:19; 1 Corintios 5:1), pero mantenido en injusticia (Romanos 1:18; Jeremías 17:9; Proverbios 14:12), cuya sustancia no es diferente de los diez mandamientos. Es “la regla práctica de los deberes morales a los que los hombres están sujetos por naturaleza” (Turretin, Institutos, XI.i.5).

“Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos.” (Romanos 2:14-15 LBLA).

Los diez mandamientos son un resumen de la ley moral (Deuteronomio 10:4; Éxodo 34:1-4; Mateo 22:37-40). Toda ley moral encaja en una de esas diez categorías. “El cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10), razón por la cual los primeros cuatro mandamientos se explican en Deuteronomio 6:5, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.”, y los últimos seis mandamientos son explicados por Levítico 19:18, “amarás a tu prójimo como a ti mismo.”

No se llama «natural» porque se origina en la naturaleza aparte de Dios, sino porque es revelado por Dios a través de la naturaleza; y que, de dos maneras, se conoce de manera innata en la conciencia y se adquiere por la razón sana sobre el orden creado. La ley natural se comprende mejor en dos categorías: (1) El reflejo del carácter moral de Dios, que no puede ser de otra manera, y (2) El orden moral de la creación diseñado por Dios, que podría haber sido de otra manera. Francis Turretin explica maravillosamente esta distinción:

“La ley moral en cuanto a todos sus preceptos es simplemente indispensable porque contiene la razón intrínseca de la justicia y el deber; no como procedente de la ley, sino como fundada en la naturaleza de Dios y derivada de la constitución intrínseca de la cosa y la proporción entre el objeto y el acto, frente a la razón justa o la naturaleza racional… no todos los preceptos se basan igualmente en el derecho primario de la naturaleza, pero algunos fluyen absolutamente de la naturaleza de Dios y ordenan las cosas que Dios quiere más libremente, siendo aun así necesarios (y tan necesarios e inmutables que no pueden buscar lo contrario sin una contradicción). Sin embargo, otros preceptos dependen de la constitución de la naturaleza de las cosas (el libre albedrío de Dios en el medio), por lo que no debe pensarse que tienen el mismo grado de necesidad e inmutabilidad. Aunque una dispensación propiamente dicha no tiene cabida en ellos, aun así a veces se da una declaración o interpretación acerca de ellos, las circunstancias de las cosas o personas que están siendo cambiadas”.

Institutos de Teología Elenctica, XI.ii.10-11.

Veamos algunos ejemplos de cada uno y luego terminemos con una discusión sobre cómo la ley positiva divina se superpone a la ley natural.

  1. EL REFLEJO DEL CARÁCTER MORAL DE DIOS, QUE NO PUEDE SER DE OTRA MANERA.

Las leyes primarias de la naturaleza, arraigadas en el carácter moral de Dios, no pueden ser otra cosa que lo que son. Aquí están algunos ejemplos:

“Dios no es hombre para que mienta” (Números 23:19), por lo tanto mentir es pecado. El uso irreverente, vano o indebido del nombre de Dios es pecaminoso porque él es “el Señor tu Dios”, y “no dará por inocente al que tome su nombre en vano” (Éxodo 20:7), no por alguna forma que eligió para crear el mundo. Es un pecado intentar representar visualmente a Dios porque Dios es Espíritu y no se puede ver, es una imposibilidad ontológica. “¿A quién, pues, compararéis a Dios? ¿O qué semejanza le compararéis?” (Isaías 40:18). “Por cuanto somos linaje de Dios, no debemos pensar que la Deidad es semejante al oro, la plata o la piedra, tallada por el arte y el artificio del hombre.” (Hechos 17:29). Dios no tiene partes y no se revela en partes porque eso es contrario a Su naturaleza y por lo tanto imposible. Es un pecado tener otros dioses delante de él porque “el Señor es el Dios verdadero, él es el Dios viviente y rey ​​eterno (Jeremías 10:10). Se podrían dar más ejemplos, pero esto será suficiente.

Todos estos principios morales se basan en el carácter de Dios, y no puede ser de otra manera porque Dios no cambia, son necesariamente morales. A diferencia de las leyes secundarias de la naturaleza, no derivan su cualidad moral de los decretos libres de Dios sobre la creación y la providencia.

  1. EL ORDEN MORAL DE LA CREACIÓN DISEÑADO POR DIOS, QUE PODRÍA HABER SIDO DE OTRA MANERA.

Las leyes secundarias de la naturaleza se extraen del orden moral de la creación diseñado por Dios y no directamente del carácter moral de Dios. Sin embargo, esto no las hace menos vinculantes moralmente, porque siguen siendo parte de la voluntad moral de Dios para la humanidad. Si bien, los preceptos de las leyes primarias de la naturaleza no pueden ser de otra manera, las leyes secundarias de la naturaleza teóricamente podrían haber sido de otra manera si Dios hubiera elegido crear de manera diferente (cf. Turretin, Institutos, XI.ii.6).

El género y la procreación son elementos de la ley natural, pero son creados. Podrían haber sido de otra manera, pero la forma en que fueron creados establece normas éticas para su uso. Por ejemplo, los hombres que tienen el cabello corto y las mujeres que tienen el cabello largo (1 Corintios 11: 14-15; tenga en cuenta que Números 6:5 describe una ley positiva divina temporal, una señal añadida de haber sido apartado para un propósito específico en el antiguo pacto); mujeres que se cubrieron la cabeza para la adoración colectiva (1 Corintios 11:4-12); ropa (Génesis 3:7, 21); “Afectos viles” (Romanos 1:26; cf. 2 Timoteo 3:3) por “carne extraña” (Judas 7)  y actos que van en contra del “uso natural de la mujer” (Romanos 1:27); etc.

La ley de la naturaleza enseña que “se debe apartar la debida proporción de tiempo para la adoración de Dios” (CFW 24:7), pero sin la ley divina positiva no se puede determinar qué día de la semana se debe apartar. Pedro Mártir explicó que “Dios ciertamente pudo haber designado todos o muchos días para Su propia adoración; pero como sabía que estábamos condenados a comer nuestro pan con el sudor de nuestro rostro, descansó uno de cada siete, sobre lo cual, descartando otras obras, debemos aplicar a eso solo”.  Y Bullinger, en Mateo 12, dice: “El Sabbath significa reposo, y se toma como el día que fue consagrado al reposo. Pero la observancia de ese descanso fue siempre conocida y de la más alta antigüedad, no inventada y presentada por primera vez por Moisés cuando introdujo la ley; porque en el Decálogo se dice: ‘Acuérdate del día de reposo para santificarlo’, advirtiéndoles así que fue una institución antigua”.

Philip Melanchthon ilustra este aspecto natural del cuarto mandamiento así como el aspecto positivo con respecto a la designación particular de Dios del séptimo día en el antiguo pacto (y su designación particular del primer día en el nuevo pacto) [Turretin hace la misma distinción en Institutos XI.ii.3]:

“En este mandamiento se dice propiamente que hay dos partes: una natural, la otra moral [positiva]; una el género, la otra la especie. De la primera se dice que la parte natural o género es perpetua, y no puede ser abrogada, como mandamiento concerniente al mantenimiento del ministerio público, de modo que algún día se enseñe al pueblo y se lleven a cabo ceremonias divinamente designadas. Pero la especie, que tiene respeto al séptimo día en particular, está abrogada”.

Observe cómo la Confesión de Westminster 24:7 articula esta distinción natural/positiva en el cuarto mandamiento:

“Así como es la ley de la naturaleza que en lo general una proporción debida de tiempo se dedique a la adoración de Dios; así en su palabra, por un mandamiento positivo, moral y perpetuo que obliga a todos los hombres en todos los tiempos, Dios ha señalado particularmente un día de cada siete, para que sea guardado como un reposo santo para ÉL (Éxodo 20:8, 10-11; Isaías 56:2, 4, 6-7); el cual desde el principio del mundo hasta la resurrección de Cristo, fue el último día de la semana; y desde la resurrección de Cristo fue cambiado el primer día de la semana (Génesis 2:2-3; 1 Corintios 16:1-2; Hechos 20:7), al que se le llama en las Escrituras día del Señor (Apocalipsis 1:10) y debe ser perpetuado hasta el fin del mundo como el día de reposo cristiano (Éxodo 20:8, 10; Mateo 5:17-18).”.

La designación circunstancial y positiva del séptimo día como Sabbath no deroga el cuarto mandamiento más que la promesa circunstancial y positiva de “que tus días se alargarán en la tierra que Jehová tu Dios te da” deroga el quinto mandamiento de “honrar tu padre y tu madre” (Éxodo 20:12). La promesa de la tierra es circunstancial (pero aplicable en el Nuevo Pacto en términos de longevidad, Efesios 6:2-3) mientras que el mandato para los inferiores de honrar a sus superiores (y las responsabilidades de los superiores a sus inferiores) tiene sus raíces en el orden moral de la creación (véase Catecismo Mayor de Westminster P.123-133).

LA LEY POSITIVA DIVINA REEMPLAZA A LA LEY NATURAL

Además de la ley natural, Dios ha considerado oportuno hacer otras leyes que no son discernibles a la luz de la naturaleza y que requieren revelación sobrenatural. Si bien la ley natural era “justa y buen antecedente al mandamiento de Dios” (Turretin, Institutos, XI.i.4), la ley positiva divina es justa y buena por el mandamiento de Dios. Toda ley no puede ser ley positiva o, de lo contrario, Dios sería libre de imponerse el odio a sí mismo, lo que sería absurdo. La ley positiva divina no es menos vinculante porque es parte de la voluntad moral de Dios para quien se la da. John Owen compara la ley positiva divina con las dos categorías de ley natural explicadas anteriormente.

“Hay dos tipos de leyes por las que Dios requiere la obediencia de sus criaturas racionales, que comúnmente se llaman morales y positivas

Se considera que las leyes positivas son aquellas que no tienen ninguna razón para ellas en sí mismas –nada de lo que se refiere a ellas se toma de las cosas mismas ordenadas– sino que dependen mera y únicamente de la voluntad soberana y el placer de Dios. Tales eran las leyes e instituciones de los sacrificios de antaño; y tales son los que conciernen a los sacramentos y otras cosas de naturaleza similar bajo el Nuevo Testamento.

Las leyes morales son aquellas cuyas razones se basan en la naturaleza de las cosas mismas que se requieren en ellas; porque son buenas por su respeto a la naturaleza de Dios mismo, y por esa naturaleza y orden de todas las cosas que Él ha puesto en la creación. De modo que este tipo de leyes no es más que declarar la bondad absoluta de lo que requieren; la otra es constitutiva de ella, en cuanto a ciertos fines.

Las leyes positivas, como dadas ocasionalmente, se estiman modificables a gusto. Siendo fijadas por mera voluntad y prerrogativa, sin respeto a nada que las haga antecedente necesario de lo que brindan, pueden por la misma autoridad en cualquier momento ser retiradas y abolidas”.

Exercitations Concerning the Day of Sacred Rest, extracto. 4, págs. 75-76. (cf. Turretin, Institutos, XI.i.4).

Esta distinción entre lo natural y positivo está implícita en las Escrituras como, por ejemplo:

“Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” (1 Samuel 15:22)

“Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos.” (Oseas 6:6; cf. Jeremías 7:21-23)

“La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino el guardar los mandamientos de Dios.” (1 Corintios 7:19)

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.” (Mateo 23:23)

Lo que hace que algunos asuntos de la ley sean “más importantes” que otros es que son eternos e inmutables, ya que fluyen del carácter de Dios o de su orden moral de creación. Mientras que las leyes ceremoniales y judiciales de Israel fueron “impuestas sobre ellos hasta el tiempo de la reforma” (Hebreos 9:10), “hasta que viniera la descendencia a quien fue hecha la promesa” (Gálatas 3:19).

La ley positiva divina es la única forma en que el pueblo de Dios sabe cómo adorarlo correctamente. Dios no es “adorado por manos de hombres” (Hechos 17:25), todas las formas de adoración ideadas por el hombre son detestables para Él, esta es la base del segundo mandamiento y el Principio Regulador de Adoración. Se puede saber por la naturaleza que debemos adorar a Dios como a él le agrada en lugar de como a nosotros nos agrada (Hechos 17:24-29), pero no podemos saber cómo Dios desea ser adorado a menos que nos lo revele a través de la ley positiva. “Tú eres bueno y haces el bien; enséñame tus estatutos” (Salmo 119:68). (cf. The Second Commandment and the Light of Nature)

La forma en que Dios regulaba su adoración en el culto del templo del antiguo pacto (leyes dietéticas, sacrificios, sacerdotes, días santos ceremoniales, etc.) es diferente a la forma en que lo regula ahora en el Nuevo Pacto, pero el principio sigue siendo que “la forma aceptable de adorar al Dios verdadero es instituido por él mismo, y tan limitado a su propia voluntad revelada, que no puede ser adorado de acuerdo con las imaginaciones e invenciones de los hombres, o las sugerencias de Satanás, bajo ninguna representación visible o cualquier otra forma no prescrita en la Sagrada Escritura” (Éxodo 20:4-6; Deuteronomio 4:15-20; 12:32; Mateo 4:9-10; 15:9; Hechos 17:25; Colosenses 2:23). Mientras que el propósito por el cual Dios ordenó la ley ceremonial del antiguo pacto se cumple y ya no es obligatorio (Daniel 9:27; Efesios 2:15-16; Colosenses 2:14-17), la ley natural y los mandamientos positivos del Nuevo Pacto (como el bautismo, la Cena del Señor, el Día del Señor, etc.) siguen siendo obligatorios para nosotros hoy.


Disponible en inglés: https://purelypresbyterian.com/2017/12/11/what-is-natural-law/

Por: Paul J. Barth
Traducido al español por: Maximiliano Vivanco

La ley natural es el reflejo del carácter moral de Dios y el orden moral de la creación (a veces denominada la ley secundaria de la naturaleza) diseñada por Dios, que está escrita en el corazón humano (Romanos 2:14-15). No es diferente en sustancia a los diez mandamientos (que son un resumen de toda la ley moral, vea Catecismo Mayor de Westminster p.98) e incluso con los efectos noéticos del pecado en la mente del hombre, la luz de la naturaleza todavía es discernible para los no regenerados (Romanos 1:18-20). Francis Turretin sostiene que las naciones gentiles que aplican correctamente la luz de la naturaleza son un criterio por el cual podemos discernir si una ley judicial es de equidad general/común:

Que lo que prevalece no solo entre los judíos, sino también entre los gentiles (siguiendo la luz de la justa razón) es de derecho común. Así, los griegos, romanos y otros tenían sus propias leyes en las que hay muchas cosas que concuerdan con las leyes divinas (que incluso una comparación de la ley mosaica y romana sola, instituida por varias personas, enseña).

Institutos de Teología Elenctica, XI.xxvi.3.

Como alude Turretin, incluso fuera de las Escrituras, los filósofos y legisladores paganos a lo largo de la historia han afirmado con franqueza que el gobierno civil debe cuidar de promover y aprobar la religión entre sus súbditos como una base necesaria para el orden civil y la ley. Con la Ley de Dios escrita en sus corazones, y no completamente destruida por la Caída, incluso los paganos, aunque suprimen la verdad y redirigen su adoración del Dios viviente a las cosas creadas (Romanos 1:18-24), tienen “algo de chispa, algunos destellos, amaneceres y principios comunes de luz, ambos relacionados con la piedad de Dios, la equidad con el hombre y la sobriedad con el yo del hombre” (vea Salmo 19:1-6, Hechos 14:17 y 17:27-28; Romanos 1:18-21 y 2:12-15; 2° Corintios 5:1; Jus Divinum, pág. 9). Su adoración idólatra de eso “que por naturaleza no son dioses” (Gálatas 4:8), sin embargo, no invalida este argumento más de lo que invalidaría “el culto público y social, lugares declarados de reuniones, ministros de religión, con muchas cosas similares, que en tal estado de cosas están todos pervertidos y mal aplicados. Más bien digamos con el profeta: ‘Aunque todos los pueblos anden cada uno en el nombre de su dios, nosotros con todo andaremos en el nombre de Jehová nuestro Dios eternamente y para siempre.’ (Miqueas 4:5)” (M’Crie, Brief View of the Evidence…).

Ningún sentimiento ha sido más común entre todas las naciones que este, que es el deber más importante de aquellos investidos de autoridad pública el prestar atención a los intereses de la religión. Los legisladores y los sabios entre los paganos dan testimonio unificado de esta verdad.[3] En los códigos de derecho establecidos en Grecia y Roma, existían leyes relativas a la religión, que se consideraban las más sagradas e inviolables [4]. Y en casi todas las naciones, no sólo las civilizadas, sino también las más bárbaras, tanto antiguas como modernas, el semblante público de la religión, con la provisión de sus instituciones, ha formado, de una forma u otra, una rama importante de sus regulaciones políticas. Estas son los dictadas de la razón común, recibidas y reconocidas entre la humanidad; son la voz de Dios, hablada por hombres de todas las edades y países.

. . .

El principio se ve confirmado además por la consideración de que la religión es la base misma de la sociedad civil, y que sus sanciones e influencia son necesarias, a fin de obtener incluso el fin directo e inmediato del gobierno, en la preservación de la justicia y la paz entre los hombres. A partir de esta conexión entre religión y gobierno civil, los escritores de jurisprudencia más ilustrados lo han inculcado, como deber de los gobernantes, dar aprobación pública a las instituciones religiosas [6].

[3] Platón afirma que “la religión debe ser el principal objeto de cuidado en todas las repúblicas” (De Repub.). Aristóteles asigna el primer lugar entre los deberes políticos al “cuidado de las cosas divinas”, De Polit. “La primera ley de la constitución (dice Archytas) debería ser para el sustento de lo que pertenece a los dioses; el segundo, por lo que se refiere a nuestros padres” (Apud Stobeum).

[4] La primera ley en las Doce Tablas de la antigua institución romana fue: “Reverencia a los dioses;” Y por las leyes de los griegos, la blasfemia, la violación de la religión, etc. fueron objeto de castigo. Archaeologiae Atticae, pág. 117.

[6] Cicerón pronuncia, “la religión es el fundamento de las sociedades humanas”; y muestra la gran importancia que tiene para los gobernantes impresionar a la gente con un sentido de religión, preservar las instituciones religiosas, suprimir la impiedad, etc. (De Nat. Deor De Legib.) Platón llama a la religión “el baluarte del gobierno, el vínculo de toda la sociedad, el más firme apoyo de la legislación”; y en su libro Concerning Laws, lo considera una introducción necesaria, para establecer el ser y la providencia de los dioses por una ley contra el sacrilegio. “Religión” (dice Plutarco) “es lo primero que llama la atención en la elaboración de las leyes, porque es tan fácil construir una ciudad sin suelo como preservar el orden entre los ciudadanos sin una creencia en la Deidad. Por lo tanto, mediante juramentos, votos, etc., Licurgo santificó a los lacedemonios, a Numa a los romanos, al antiguo Ion a los atenienses y a Deucalion a los griegos en general; y, con esperanzas y temores, mantuvo entre ellos el asombro y la reverencia de la religión.”

Thomas M’Crie, Brief View of the Evidence for the Exercise of Civil Authority About Religion.

Si los gobernantes deben gobernar por la ley natural, deben hacer cumplir los diez mandamientos, no solo los últimos seis. Muchos pasajes de las Escrituras aprueban que los reyes paganos hagan cumplir la primera tabla de la ley a través de su comprensión de la ley natural. La justicia y equidad de tales leyes judiciales relativas a la aplicación de la primera tabla no es particular de Israel como nación tipológica, sino que es común o general en su equidad porque se basa en la ley moral escrita en el corazón del hombre. Thomas M’Crie explica:

Nuestro argumento se ve confirmado por la consideración de que los registros de las Escrituras aprobaron ejemplos de magistrados que no eran judíos, que ejercieron su autoridad para el avance de la religión y las ordenanzas de Dios. Encontramos a Nabucodonosor y Darío publicando decretos para promover el conocimiento y la adoración del Dios verdadero entre sus súbditos, y prohibiéndoles “hablar cualquier cosa contra Él” (Daniel 3:29, 4; 6:26). En los libros de Esdras y Nehemías, tenemos un relato de los edictos que publicaron varios de los monarcas persas, en los que no solo dan permiso para reconstruir la casa de Dios y restaurar su adoración en ella, sino que la favorecieron positivamente y la apoyaron públicamente el trabajo, y apoyaron a quienes estaban comprometidos en él. Estos no eran reyes típicos, ni ejercían su poder en virtud de la constitución judía.

Brief View of the Evidence for the Exercise of Civil Authority About Religion

Incluso los extranjeros que no eran parte del pueblo del pacto de Dios estaban sujetos a las sanciones de la ley (Éxodo 12:49), incluidas las ofensas de primera categoría, como la blasfemia (Levítico 24:10-16). Job, que vive en una nación pre-mosaica, da por sentado que la idolatría debe ser castigada por el magistrado civil porque desafía la ley natural (Job 31:26-28). Los falsos profetas y adúlteros son castigados por un rey pagano de Babilonia que no formaba parte de los llamados “foedus subserviens” mosaicos (o Pactos de Servidumbre) (Jeremías 29:21-23). Zacarías profetiza que la primera tabla de la ley se hará cumplir en el futuro, donde los falsos profetas y los idólatras serán castigados (13:1-6). “La justicia exalta a una nación, pero el pecado es un oprobio para cualquier pueblo” (Proverbios 14:34) independientemente de si esa nación es el Israel mosaico o no, por lo tanto, los magistrados tienen el deber natural y moral de promover la justicia y castigar el pecado de acuerdo con la Ley de Dios grabada en la naturaleza y revelada por el Espíritu Santo en la Palabra de Dios.

Samuel Rutherford nos da más ejemplos de magistrados no regenerados que hacen cumplir la primera tabla,

Que hicieron esto [pecados castigados contra la primera tabla] como Príncipes de equidad común por la ley de la Naturaleza; Demuestro 1. Darío, quien sin duda alguna no era un tipo de Cristo para su gran encomio, hace una Ley, Esdras. 6:11: “También por mí es dada orden, que cualquiera que altere este decreto, se le arranque un madero de su casa, y alzado, sea colgado en él, y su casa sea hecha muladar por esto.”; y esto es recomendado por el Espíritu Santo (v.14). Prosperaron mediante la profecía de Hageo, etc.… según el Mandamiento del Dios de Israel, y según el mandamiento de Ciro y Darío, y Artajerjes Rey de Persia. Y en Esdras 7:26, Artajerjes dice que cualquiera que no cumpla la ley de tu Dios y la ley del Rey (que ordena la obediencia a las mismas), que se ejecute rápidamente sobre él juicio, ya sea para muerte, destierro, confiscación de bienes o encarcelamiento. Y Artajerjes no era tipo de Cristo, sin embargo, Esdras agrega en el siguiente versículo, 27. Bendito sea el Señor, Dios de nuestros padres, que ha puesto algo como esto en el corazón del Rey, para embellecer la casa del Señor en Jerusalén. Si es bueno que los patrocinadores de la libertad digan que no debía bendecir a Dios por esto, tenía motivos para lamentar que el Rey pagano, que no es tipo de Cristo, se entrometa con lo que no le pertenece, para tensar las tiernas conciencias de los hombres, y para imponerles la religión con la espada; para el cap. 10:7-8, esto está escrito como un decreto bendito que provocó una asamblea para despedir a las mujeres extranjeras.  Lo mismo está claro en el decreto de Darío, Daniel 6, para  adorar al Dios de Daniel y del Rey de Nínive, para un ayuno general, Jonás 3. Y Nabucodonosor, Daniel 3:28-29.

A Free Disputation Against Pretended Liberty of Conscience, pág. 181.

Esto no significa en absoluto que cualquier ley que promulgue un magistrado sea justa, ciertamente los gobernantes anteriores también hicieron muchas leyes perversas e incluso persiguieron a la Iglesia, y desde entonces los magistrados se han equivocado mucho cuando supuestamente han consultado la ley de la naturaleza sin examinar primero y antes que nada la Palabra de Dios para asegurarse de que están legislando de acuerdo con la ley moral. Pero el hecho de que tantos gobernantes paganos en la Escritura y fuera de la Escritura hayan promulgado leyes piadosas de acuerdo con su comprensión de la ley natural prueba que “las leyes concernientes a la transgresión moral, los pecados contra la ley moral”, especialmente contra la primera tabla, son “inmutables, y común a todas las naciones” y no expiró con el estado de Israel como lo hacían las leyes de equidad particular (vea Gillespie, Wholesome Severity). Los magistrados todavía están obligados a gobernar con justicia como “ministros de Dios”, a aterrorizar la mala conducta y recompensar la buena conducta (Romanos 13:1-7), para asegurarse de que el castigo corresponda al crimen (Deuteronomio 19:21); y ahora que Cristo ha recibido las naciones como Su herencia, los magistrados están obligados a “servir al Señor con temor”, “besar [reconocer u honrar] al Hijo” (Salmos 2:11-12) y actuar como “padres y nodrizas” de la Iglesia. (Isaías 49:23) hasta que todos los enemigos de Cristo estén bajo sus pies y,

“Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra,
Y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti.
Porque de Jehová es el reino,
Y él regirá las naciones.”

(Salmo 22:27-28)


Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2015/07/05/the-law-of-nature-and-the-civil-enforcement-of-the-first-table/

Por: Paul J. Barth
Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

La ley judicial de Israel, o las leyes cuyo tema se refería a Israel como organismo civil, ha expirado con el estado de ese pueblo y ya no es vinculante excepto por su equidad general (Confesión de Fe de Westminster 19:4). El “Derecho Propio” (lex propria) reconoce la autoridad de los magistrados para hacer leyes humanas positivas basadas en la ley moral de Dios “de acuerdo con la naturaleza, utilidad, condición y otras circunstancias especiales de su país” (Althusius, Politica, cap. 21). Es aplicar la ley moral (que está escrita en el corazón humano y es evidente a través de la luz de la naturaleza, pero mantenida en injusticia, vea Romanos 1:18; 2:14-15) y la equidad general de la ley judicial a circunstancias particulares de las naciones modernas.

El objetivo esencial del gobierno civil (la defensa de la ley moral) es el mismo en todo momento y en todo lugar, pero los medios difieren en forma según las circunstancias de cada sociedad. Lo que fue suficiente para promover el bien y contener el mal (Romanos 13:3-4) en las sociedades agrarias antiguas va a ser diferente en la forma de lo que se necesita en las sociedades urbanas y tecnológicamente avanzadas. Las circunstancias no cambian la ley moral de Dios, y el derecho propio no da licencia a los magistrados para ir más allá de la ley moral o la lex talionis, pero cuando las circunstancias cambian, los magistrados prudentes deben aplicar la ley moral a sus circunstancias particulares incluso cuando esas circunstancias no se tratan directamente en la Palabra de Dios. Dado que los hombres suprimen la verdad de la Ley de Dios escrita en sus corazones y en la naturaleza, sin el derecho propio, todos harían lo que es correcto a sus propios ojos y no se verían reprimidos por el uso civil de la Ley (Jueces 17:6).

UN ESTUDIO SOBRE EL DERECHO PROPIO EN LA ÉTICA CIVIL REFORMADA.

La Confesión de Sajonia define sucintamente la ley adecuada de esta manera:

“Enseñamos que ‘pertenece a la autoridad y al deber del magistrado prohibir y (si es necesario) castigar los pecados que se cometen contra los Diez Mandamientos, o la ley natural;’ de la misma manera, ‘agregar a la ley natural algunas otras leyes, definiendo las circunstancias de la Ley Natural, y para guardarlas y mantenerlas castigando a los transgresores‘”.

Artículo 23 de la Confesión de Sajonia, citado por George Gillespie, en Aaron’s Rod Blossoming, p. xvi.

El comisionado escocés de la Asamblea de Westminster, Robert Baillie, señala el error de rechazar el poder legislativo del magistrado:

“Despojan a reyes y parlamentos de su poder legislativo”.

“Pero el gran tema de ellos (los Brownists, o disidentes de la I. de Inglaterra) acerca de la magistratura es esta, que ningún príncipe ni estado en la tierra tiene poder legislativo; que ni el rey ni el parlamento pueden promulgar una ley en cualquier asunto que concierna a la iglesia o al estado; que solo Dios es el legislador; que el magistrado más grande no tiene otro poder que ejecutar las leyes de Dios establecidas en las Escrituras; que la ley judicial de Moisés vincula en este día a todas las naciones del mundo como siempre lo hizo con los judíos: nos dicen que todo lo que Dios en las Escrituras ha dejado libre, no puede estar sujeto a ninguna ley humana, ya sea civil o eclesiástica; y lo que Dios ha ligado por cualquier ley en las Escrituras, no lo dejarán desatar por mano de ningún hombre”.

A Dissuasive From the Errours of the Time, p. 31.

Johannes Althusius, el gran filósofo político calvinista y federalista del siglo XVII, también explica lo que se llama lex propria, o jus proprium, la ley propia; que es la ley humana positiva basada en la ley moral de Dios aplicada a circunstancias particulares de una nación dada. Althusius explica la ley adecuada y luego da dos razones por las que es necesaria:

“El derecho propio (lex propria) es la ley que es redactada y establecida por el magistrado sobre la base del derecho consuetudinario (lex communis) y de acuerdo con la naturaleza, utilidad, condición y otras circunstancias especiales de su país. Este indica la vía particular, los medios y la manera en que esta equidad natural entre los hombres puede ser sostenida, observada y cultivada en cualquier comunidad dada. Por lo tanto, la ley propia (jus proprium) no es otra cosa que la práctica de esta ley natural común (jus naturale) adaptada a una política particular. Indica cómo los ciudadanos individuales de una determinada nación pueden buscar y alcanzar esta equidad natural. De ahí que se le llame siervo del derecho consuetudinario (jus commune), y maestro que nos lleva a la observancia del derecho consuetudinario.

“El derecho propio se establece por dos razones principales, como dice Zanchi. La primera razón es que no todos los hombres tienen la capacidad natural suficiente para poder extraer de estos principios generales del derecho consuetudinario las conclusiones y leyes particulares adecuadas a la naturaleza y condición de una actividad y sus circunstancias. La segunda razón es que la ley natural no está tan completamente escrita en el corazón de los hombres como para que sea suficientemente eficaz para restringir a los hombres del mal e impulsarlos al bien. Esto se debe a que simplemente enseña, inclina y acusa a los hombres. Por lo tanto, es necesario que haya un derecho propio por la cual los hombres que no se dejan llevar ni por el amor a la virtud ni por el odio al vicio puedan ser refrenados por el temor al castigo que esta ley asigna a las transgresiones del derecho común. En este sentido, se dice que ‘la ley no se establece para los justos, sino para los injustos‘”.

Politica, 21.30-31.

George Gillespie también señaló que “otras leyes judiciales o forenses relativas a los castigos de los pecados contra la ley moral pueden, sí, deben permitirse en las repúblicas y reinos cristianos; siempre que no sean contrarias o contradictorias a las propias leyes judiciales de Dios” (Wholesome Severity Reconciled With Christian Liberty).

Además, las leyes humanas deben hacerse cuidadosa y solemnemente de acuerdo con la ley moral de Dios. Hacer que las leyes humanas sean contrarias a la ley moral de Dios, o desobedecer las leyes humanas legítimas, es tergiversar a Dios y hacer un juramento ilegal.

“Está en la ley de Dios, que toda nuestra autoridad delegada nos es asignada para mandar a otros, o para atarnos a nosotros mismos. La exigencia de los deberes morales por la ley de Dios nos obliga a utilizar todos los medios legales para promover su cumplimiento; y, por lo tanto, requiere leyes humanas y compromisos personales, y su observancia como conducente a ellos. No, también se requieren expresamente en su ley, como sus ordenanzas para ayudarnos y protegernos en nuestro deber. Al hacer votos legítimos, así como al dictar leyes humanas, ejercemos la autoridad delegada de Dios, el Legislador supremo, que se nos concede en su ley, en la forma que prescribe su ley, y en obediencia a su prescripción… Quien no lo haga, en sus intentos de obedecer las leyes humanas o de cumplir con los compromisos propios, considerarlos como que tienen esa fuerza vinculante que la ley de Dios les permite, él les derrama desprecio sobre ellos, como ordenanzas de Dios, y sobre la ley de Dios por permitirles una fuerza vinculante. Por lo tanto, al mantener la obligación añadida pero subordinada de las leyes humanas y del compromiso personal con los deberes morales, no invalidamos, sino que establecemos la obligación de la ley de Dios”.

John Brown of Haddington, The Absurdity and Perfidity of All Authoritative Toleration of Gross Heresy, Blasphemy, Idolatry, and Popery, p. 101-103.

William Perkins en A Discourse of Conscience (páginas 61-64), también aclara sobre el poder legislativo de los magistrados en lo que respecta a las cosas “indiferentes” pero que son sanas y “agradables a la palabra de Dios, sirven para el bien común, se mantienen en buen orden, y no obstaculice la libertad de conciencia“.

“Las leyes sanas de los hombres, hechas de cosas indiferentes, obligan a la conciencia en virtud del mandamiento general de Dios, que ordena la autoridad de los magistrados: de modo que cualquiera que, consciente y voluntariamente, con una mente desleal, quebranta u omite tales leyes, es culpable del pecado ante Dios.

“Por leyes sanas, entiendo las constituciones positivas, que no están en contra de la ley de Dios, y con ellas tenderán a mantener el estado pacífico y el bien común de los hombres.

“Además, agrego esta cláusula, hecha de cosas indiferentes, para señalar la manera peculiar en que las leyes humanas suplican propiamente: a saber, cosas que no están expresamente ordenadas o prohibidas por Dios.

“Ahora bien, este tipo de leyes no tienen virtud ni poder en sí mismas para constreñir la conciencia, sino que se unen únicamente en virtud de un mandamiento superior. Que cada alma esté sujeta a los poderes superiores, Rom. 13.1. U, honra a padre y madre, Éxodo. 20. ¿Cuáles mandamientos nos obligan en conciencia a cumplir la obediencia a las buenas leyes de los hombres? Como dice San Pedro, sométanse a toda ordenanza humana para el Señor, 1 Ped. 2.13. es decir, por la conciencia de Dios, como dice después, verso 19. por lo cual significa dos cosas: primero, que Dios ha ordenado la autoridad de los gobernantes; segundo, que ha designado en su palabra, y por lo tanto ha obligado a los hombres en conciencia a obedecer los mandatos legítimos de sus gobernantes”.

Perkins continúa explicando otras leyes que no son indiferentes, pero que son buenas en sí mismas, “el hecho de que las cosas que son moralmente buenas y las partes de la adoración de Dios sean las mismas que las de las leyes de Dios: y, por lo tanto, vinculan la conciencia“. No porque sean promulgadas por hombres, sino porque son leyes de Dios y son moralmente vinculantes para todos los hombres. Por lo tanto, violar estas leyes es pecaminoso de dos maneras, primero porque violaría la ley moral más santa de Dios por la que la conciencia debe estar atada y gobernada, y segundo porque desobedecería la autoridad legal del magistrado civil para gobernar (que proviene de las leyes secundarias de la naturaleza derivadas del quinto mandamiento (vea Rutherford, Lex Rex, Pregunta 2).

A continuación, Perkins pasa a las leyes civiles elaboradas por magistrados que son directamente contradictorias con la Ley de Dios. Estas leyes no obligan a la conciencia y el magistrado no tiene autoridad para promulgarlas. Pedro y Juan se negaron a obedecer mandatos ilegales (Hechos 4:19), así como Sadrac, Mesac y Abednego (Daniel 3). “Además, en el hecho de que la ley del hombre se une únicamente por el poder de la ley de Dios, de ahí se sigue que sólo la ley de Dios tiene este privilegio, que la infracción debe ser un pecado“.

“Es todo lo que las leyes de Dios hacen o pueden hacer, para atar la conciencia simple y absolutamente. Por lo tanto, las leyes humanas no solo obligan, sino en la medida en que sean agradables a la palabra de Dios, sirvan para el bien común, se mantengan con buen orden y no obstaculicen la libertad de conciencia“.

(ibíd., 64).

Es importante intervenir aquí y señalar que Perkins no entiende la “libertad de conciencia” de la misma manera que se la entiende comúnmente hoy en día. Solo unos pocos párrafos antes, afirma que las leyes civiles que “prescriben la adoración de Dios, de pie en la práctica de la verdadera religión y virtud, de este tipo, son todas leyes positivas que tocan los artículos de fe y los deberes de la ley moral” son dentro de la competencia del magistrado civil que debe hacer cumplir. Así que “la pretendida libertad de conciencia” de adorar a Dios de la forma que nos plazca, claramente no es lo que Perkins tiene en mente aquí.

Por lo tanto, vemos que los teólogos reformados clásicos no creían que los magistrados estuvieran restringidos a la letra de la Ley, sino que creían que los magistrados tenían el poder legislativo para adaptar la ley moral de Dios, la Ley Natural, a su política y contexto particular “hasta ahora como son agradables a la palabra de Dios, sirven al bien común, mantienen el buen orden y no obstaculizan la libertad de conciencia” y “tienden a mantener el estado pacífico y el bien común de los hombres”. Tampoco creían que la primera tabla de la Ley estuviera fuera del poder del gobierno civil cristiano para hacerla cumplir.


Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/07/01/lex-propria-proper-law/

Por: Paul J. Barth
Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

La ley natural es el reflejo del carácter moral de Dios y el orden moral de la creación, diseñado por Dios, que está escrito en el corazón humano y es evidente a través de la luz de la naturaleza (Rom. 2:14-15; Rom. 1:19; 1 Cor. 5:1), pero mantenido en injusticia (Rom. 1:18; Jer. 17:9; Prov. 14:12), cuya sustancia no es diferente de los diez mandamientos. Es “la regla práctica de los deberes morales a los que los hombres están sujetos por naturaleza” (Turretin, Institución, XI.i.5).

Por tanto, el segundo mandamiento está escrito en la conciencia humana y se puede conocer a partir del orden creado. Se puede saber por la naturaleza que debemos adorar a Dios como a él le agrada en lugar de como nos agrada (Hechos 17:24-29), pero no podemos saber cómo Dios desea ser adorado a menos que nos lo revele a través de una revelación especial. Siendo la raíz del segundo mandamiento, el Principio Regulador de Adoración en sí mismo es discernible de la luz de la naturaleza como fluyendo de “lo que de Dios se conoce” (Rom. 1:19), mientras que las partes y actos de El culto instituido por Dios es de ley divina positiva. [1]

“La ley de la naturaleza le enseña al hombre que hay un Dios, y que este Dios debe ser adorado; de lo cual se sigue que el hombre debe buscar conocer a Dios y la manera en que lo adora”. (George Gillespie, Dispute Against the English Popish Ceremonies, p. 362).

En esta publicación veremos los comentarios de Juan Calvino sobre esto en Hechos 17:24-29 y terminaremos con algunos puntos adicionales que demuestran que el segundo mandamiento es revelado por la luz de la naturaleza y escrito en la conciencia del hombre.

CALVINO SOBRE HECHOS 17: 24-29

24 El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas; 25 Ni es adorado por manos de hombres, como si necesitara de algo, pues él da a todos vida y aliento y todas las cosas; 26 E hizo de una sangre todas las naciones de los hombres para que habiten sobre toda la faz de la tierra, y fijó los tiempos antes señalados y los límites de su habitación; 27 para que busquen al Señor, si acaso lo buscan y lo encuentran, aunque no esté lejos de cada uno de nosotros; 28 porque en él vivimos, nos movemos y somos; como han dicho también algunos de tus propios poetas: Porque también nosotros somos su linaje. 29 Entonces, puesto que somos linaje de Dios, no debemos pensar que la Deidad es como el oro, la plata o la piedra, tallada por el arte y el artificio del hombre.

“24. Dios, que hizo el mundo. La tendencia de Pablo es enseñar lo que es Dios. Además, debido a que tiene que tratar con hombres profanos, extrae pruebas de la naturaleza misma … Si alguien suplica en general por la religión, este debe ser el primer punto, que hay algún poder divino o divinidad que los hombres deben adorar. Pero como eso estaba fuera de discusión, Pablo desciende al segundo punto, que el Dios verdadero debe distinguirse de todas las invenciones vanas. De modo que comienza con la definición de Dios, para que de allí pueda probar cómo debe ser adorado; porque el uno depende del otro. Porque ¿de dónde vinieron tantas adoraciones falsas y tanta temeridad para aumentar las mismas muchas veces, salvo sólo porque todos los hombres forjaron un Dios a su voluntad? Y nada es más fácil que corromper la pura adoración de Dios, cuando los hombres estiman a Dios según su sentido e ingenio.

“Por lo tanto, no hay nada más apropiado para destruir todas las adoraciones corruptas que hacer este comienzo y mostrar de qué clase es la naturaleza de Dios. También nuestro Salvador Cristo razona así, Juan 4:24, “Dios es Espíritu”. Por tanto, no permite otros adoradores que no le adoren espiritualmente …

“25. Tampoco es adorado con manos de hombre. …No sólo los filósofos, sino también los poetas, a veces se burlan de la locura de la gente común, porque colocaron desordenadamente el culto a Dios en la pompa y hermosura de las ceremonias. Para omitir infinitos testimonios, el de Persio es bien conocido:

Decidme, sacerdotes de los ritos sagrados, ¿de qué aprovecha el oro? Lo mismo que la calidad de las marionetas de Venus, no asegura [ciertamente] otra cosa ¿Por qué no damos nosotros a los dioses lo que el deslumbrante resultado del gran Mesías nunca pudo dar de su plato de oro? Con toda justicia considero una conciencia limpia y pensamientos espirituales celestiales, Un pecho con la dulzura tal adornada, como la virtud ha asignado, Déjame ofrecer esto en los templos, Entonces el sacrificio agradará a los dioses.” [2]

“Y, sin duda, el Señor hizo que los hombres profanos pronunciaran tales discursos, para quitar todo color de ignorancia. Pero parece claramente que los que así hablaron, volvieron inmediatamente a caer en la locura común; sí, que nunca entendieron completamente lo que esto significaba… También hay una razón añadida, porque, siendo el Señor del cielo y de la tierra, no necesita nada, porque, dado que da pan y vida a los hombres, no puede recibir nada de ellos de nuevo. Porque, ¿qué pueden traer de los suyos, los que, desprovistos de todo bien, no tienen nada más que su bondad gratuita, sí, que no son nada más que por su mera gracia, que de inmediato serán reducidos a la nada, si él retira el Espíritu por donde viven? De lo cual se sigue que no sólo son torpes, sino demasiado orgullosos, si se empeñan en adorar a Dios con las obras de sus propias manos…

“27. Para que busquen a Dios. … Tampoco Pablo invoca en este lugar la capacidad de los hombres, sino que solo muestra que no tienen excusa, cuando están tan ciegos en una luz tan clara, como dice en el primer capítulo a los Romanos (Romanos 1:20) …

Algunos de tus poetas. Cita medio verso de Arato, no tanto por motivos de autoridad, como para avergonzar a los de Atenas; pues tales dichos de los poetas no procedían de otra fuente, salvo de la naturaleza y la razón común. Tampoco es de extrañar que Pablo, quien habló a hombres que eran infieles e ignorantes de la verdadera piedad, usara el testimonio de un poeta, en el cual existía una confesión de ese conocimiento que está naturalmente grabado en la mente de los hombres … no debe ser dudabo de que Arato hablara de Júpiter; ni Pablo, al aplicar eso al Dios verdadero, que habló torpemente de su Júpiter, lo torció en un sentido contrario. Porque debido a que los hombres tienen naturalmente cierta perseverancia en Dios (están imbuidos de algún conocimiento de Dios), extraen principios verdaderos de esa fuente. Y aunque tan pronto como comienzan a pensar en Dios, se desvanecen en invenciones inicuas, y así la semilla pura degenera en corrupciones; sin embargo, el primer conocimiento general de Dios permanece todavía en ellos…

“29. Por lo tanto, viendo eso. Él deduce que Dios no puede ser representado o asimilado por ninguna imagen tallada en la medida en que él quisiera que su imagen permaneciera en nosotros. Porque el alma en la que la imagen de Dios está debidamente grabada no se puede pintar; por tanto, es algo más absurdo ir a pintar a Dios. Ahora, vemos el gran daño que le hacen a Dios que le dan una forma corporal; cuando como el alma del hombre, que apenas se asemeja a un pequeño destello de la gloria infinita de Dios, no puede expresarse en ninguna forma corporal.

“Además, dado que es cierto que Pablo en este lugar arremete contra la superstición común de todos los gentiles, porque ellos adorarían a Dios bajo formas corporales, debemos sostener esta doctrina general de que Dios está transfigurado falsa y perversamente, y que su verdad se convierte en mentira tantas veces como Su Majestad se representa con cualquier forma visible; como el mismo Pablo enseña en el primer capítulo a los Romanos, (Romanos 1:23). Y aunque los idólatras de todos los tiempos no quisieron sus mantos y colores, sin embargo, eso no fue sin motivo que siempre les objetaron los profetas que Pablo ahora objeta que Dios es hecho semejante a madera, piedra u oro, cuando hay alguna imagen hecha para él de materia muerta y corruptible. Los gentiles usaban imágenes para que, según su rudeza, pudieran concebir mejor que Dios estaba cerca de ellos. Pero al ver que Dios sobrepasa con creces la capacidad de nuestra mente, quien intenta con la mente comprenderlo, deforma y desfigura su gloria con una imaginación perversa y falsa. Por tanto, es una maldad imaginarnos algo de él según nuestro propio sentido. Una vez más, lo que es peor, parece claramente que los hombres no erigen cuadros e imágenes a Dios por ninguna otra causa, excepto porque conciben algo carnal de él, en lo que es blasfemado.

“Los papistas también son en este día nada más excusables. Porque, cualesquiera que sean los colores que inventen para pintar y colorear esas imágenes, con las que van a expresar a Dios, pero por estar envueltos en el mismo error, en el que se enredaron los hombres de antaño, se les insta a los de los profetas. Y que los paganos usaron las mismas excusas en tiempos pasados, con los que los papistas van a cubrirse en este día, es bien sabido por sus propios libros. Por lo tanto, los profetas no escapan a las burlas de algunos, como si les hubieran acusado de una grosería demasiado grande, sí, los cargaban con acusaciones falsas; pero cuando todas las cosas estén bien sopesadas, los que juzguen correctamente encontrarán que, por todos los agujeros iniciales [evasiones] que hayan buscado hasta los hombres más ingeniosos, se sintieron cautivados por esta locura: que Dios se complace en el sacrificio hecho ante las imágenes. Mientras que nosotros, con Erasmo, lo traducimos numen, Lucas pone [theion] en el género neutro para divinidad o divinidad. Cuando Pablo niega que Dios es semejante al oro, la plata o la piedra, y luego añade, tallado por la astucia o invención del hombre, excluye tanto la materia como la forma, y ​​también condena todas las invenciones de los hombres que desfiguran la verdadera naturaleza de Dios.”

DIOS ES ESPÍRITU Y NO SE PUEDE IMAGINAR

El filósofo griego Antífanes escribió: “Dios no se discierne por una imagen, no se ve por los ojos, no es como nadie, por lo que nadie puede aprenderlo de una imagen” (De Deo). [3] El historiador griego Plutarco registra que Numa Pompilio (753-673 a. C.), rey de Roma, criminalizó las imágenes talladas, lo que demuestra que este principio moral está escrito en la conciencia de los hombres.

“Además, sus ordenanzas relativas a las imágenes están en total armonía con las doctrinas de Pitágoras. Porque ese filósofo sostenía que el primer principio del ser estaba más allá del sentido o del sentimiento, era invisible e increado, y sólo discernible por la mente. Y de la misma manera Numa prohibió a los romanos venerar una imagen de Dios que tuviera forma de hombre o de bestia. Tampoco había entre ellos en este tiempo anterior ninguna imagen pintada o esculpida de la Deidad, pero mientras durante los primeros ciento setenta años continuamente construyeron templos y establecieron santuarios sagrados, no hicieron estatuas en forma corporal para ellos, convencidos de que era impío comparar cosas superiores con inferiores, y que era imposible aprehender a la Deidad excepto por el intelecto “. (Plutarco, Lives of the Noble Greeks and Romans, p. 335. cf. Tertuliano, Apology 25).

Los antiguos griegos y romanos no estaban solos en su comprensión de lo que se puede conocer de Dios a partir de la luz de la naturaleza. El estadista e historiador pagano Publio Cornelio Tácito (56-120 d. C.) registra que los paganos germánicos no consideraban a la deidad capaz de ser representada visualmente.

“Los Germanos, sin embargo, no consideran coherente con la grandeza de los seres celestiales confinar a los dioses dentro de muros, o compararlos con la forma de cualquier rostro humano. Consagran bosques y arboledas, y aplican los nombres de deidades a la abstracción que solo ven en el culto espiritual”. (Germania, capítulo 9).

De manera similar, Herodoto (484-425 a. C.) registra: “Los persas no tienen estatuas ni altares, y piensan que esos les vuelven locos, porque no creen (como los griegos) que los dioses sean prole de los hombres” (The Histories, 1,131).

LOS PAGANOS ENTENDIERON EL PRC

Los filósofos paganos Sócrates y Cicerón entendieron desde la luz de la naturaleza que Dios debe ser abordado en sus propios términos y que el hombre solo debe adorar a Dios de la manera que él ha prescrito, aunque mantengan la verdad en injusticia (Rom. 1:18).

“Los paganos Sócrates y Cicerón se levantarán contra estos pseudocristianos [es decir, papistas], y condenarlos. Dios, dijo Sócrates, será adorado con ese tipo de adoración solo que él mismo ha ordenado. No será adorado, dijo Cicerón, con superstición, sino con piedad: Deus non superstitione coli vult sed pietate“. (John Trapp, Commentary on Matthew 15:9).

Además, los paganos buscaban una revelación especial sobre cómo los dioses querían ser adorados, incluidos los cancioneros de alabanza de sus dioses. Como los Gathas de Zoroastro, los Samavedas del hinduismo y los nórdicos Hávamál.

Con la Ley de Dios escrita en sus corazones, y no completamente destruida por la Caída, incluso los paganos, aunque suprimen la verdad y redirigen su adoración del Dios viviente a las cosas creadas (Rom. 1:18-24), tienen “algunas chispas, algunos destellos, amaneceres y principios comunes de luz, ambos relacionados con la piedad de Dios, la equidad con el hombre y la sobriedad con el yo del hombre” (vea Salmos 19:1-6, Hechos 14:17 y 17:27-28; Rom. 1:18-21, y 2:12-15, 2 Cor. 5:1; Ius Divinum, p. 9). Sin embargo, estos destellos no son suficientes para la fe salvadora ni para la adoración pura, sino que los dejan aún más sin excusa ante Dios. “La razón fuera de la naturaleza enseña que hay un Dios, pero solo por la Palabra de Dios lo creo. Los incentivos a la fe pueden surgir de la naturaleza, pero la Palabra de Dios solo provoca la verdadera fe”. [4]

CONCLUSIÓN

Vale la pena meditar sobre el punto de Trapp. Si incluso los paganos, que no tenían las Sagradas Escrituras, entendieron este principio del segundo mandamiento, ¿cuánto más juicio habrá sobre aquellos que tienen la Palabra de Dios, donde se expone fiel y claramente, y sin embargo rechazan el Principio Regulador de la Adoración en principio y se acercan a Dios en adoración en sus propios términos en lugar de los de Dios? Seguramente “no tienen excusa” (Rom. 1:20).


[1] vea Natural Worship and Instituted Worship por William Ames.
[2] Persius, Satire II.
Sin duda, los siguientes fueron algunos de esos testimonios paganos a los que se refirió Calvino:
“El honor que se rinde a los dioses no radica en las víctimas para el sacrificio, aunque sean gruesas y reluzcan de oro, sino en el recto y santo deseo de los adoradores”. Séneca, De Beneficiis, pág. 25.
“Los preceptos se dan comúnmente sobre cómo se debe adorar a los dioses… las ambiciones mortales son atraídas por tales ceremonias, pero Dios es adorado por aquellos que realmente lo conocen”. Séneca, Epístola 95.
[3] Es citado por Francis Turretin (IET XI.x.6) y por Walter Charleton (Harmony of Natural and Positive Divine Laws, p. 128), pero estoy imposibilitado de encontrar la Fuente exacta.
[4] William Perkins, Works 4.47. vea Natural Idolatry por William Perkins.


Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2017/05/18/the-second-commandment-and-the-light-of-nature/

Por: Paul J. Barth
Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

OBJECIÓN:

“La ley natural no puede contradecir la Biblia. Entonces, ¿por qué depender de un concepto vago de la ley natural cuando podemos confiar en la perspicua revelación de la ley de Dios?”

RESPUESTA:

PRIMERO ¿QUÉ ES LA LEY NATURAL?

La Ley Natural es el reflejo del carácter moral de Dios y el orden moral de la creación, diseñado por Dios, que está escrito en el corazón humano y es evidente a través de la luz de la naturaleza (Rom. 2:14-15; Rom. 1:19; 1 Cor. 5:1), pero mantenido en injusticia (Rom. 1:18; Jer. 17:9; Prov. 14:12), cuya sustancia no es diferente de los diez mandamientos. Es “la regla práctica de los deberes morales a la que los hombres están sujetos por naturaleza” (Turretin, Institución, XI.i.5). No se llama “natural” porque se origina en la naturaleza aparte de Dios, sino porque es revelada por Dios a través de la naturaleza; y que de dos maneras: 1) se conoce de manera innata en la conciencia y 2) se adquiere por la razón sana sobre el orden creado. Si uno cree en la Revelación Natural, entonces necesariamente debe creer en la Ley Natural, porque la ley es el imperativo moral que necesariamente sigue a esa revelación.

La ley natural es materialmente la misma que la ley moral resumida por los diez mandamientos. Dios nos ha dado ambos modos de revelación, natural y especial, para conocer su ley. Por lo tanto, es una falsa dicotomía oponer la ley natural y la ley bíblica. Tomar las Escrituras en serio no requiere rechazar la existencia, ni restar importancia a la Ley Natural. Ambas deben entenderse en su lugar adecuado, incluida la forma en que cada una se aplica al gobierno civil. Al afirmar la Ley Natural, no estamos diciendo que la Escritura sea irrelevante, ni mucho menos, simplemente estamos diciendo que la Ley Natural y la Escritura estaban destinadas a complementarse entre sí.

EN SEGUNDO LUGAR, LO QUE NO ES LA LEY NATURAL.

1) La Ley Natural no es el Evangelio y no tenía la intención de salvar.

“Aquellos que nunca han escuchado el evangelio, y que no conocen a Cristo ni creen en él, no pueden ser salvos, a pesar de que sean muy diligentes en moldear sus vidas según la luz de la naturaleza, o las leyes de la religión que profesen; tampoco hay salvación en ningún otro, sino solamente en Cristo, quien es el Salvador únicamente de su cuerpo, la iglesia. (Romanos 10:14; 2 Tes. 1:8-9; Efesios 2:12; Juan 1:10- 12; Juan 8:24; Marcos 16:16; 1 Corintios 1:20-24; Juan 4:22; Romanos 9: 31-32; Filipenses 3: 4-9; Hechos 4:12; Efesios 5: 23)”. (Catecismo Mayor de Westminster P. 60).

2) El hombre natural está “muerto en pecado, y completamente contaminado en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo” (Confesión de Fe de Westminster 6:2), incluida la capacidad de comprender la verdad. Sin embargo, el pecado no ha borrado totalmente la capacidad de los incrédulos para discernir la Ley Natural (Rom. 2:14-15; Rom. 1:19; 1 Cor. 5:1). El conocimiento de la ley natural no puede hacer a uno justo, no impide que el hombre no regenerado peque contra ella y mantenga la verdad con injusticia (Rom. 1:18; Jer. 17:9; Prov. 14:12).

“[Los hombres no regenerados] mantienen prisionera la luz de su conciencia (que es como un profeta de Dios). El hombre natural, para que pueda pecar con mayor seguridad, aprisiona la verdad que reconoce, y se aferra a todos los principios en su cabeza que de alguna manera podrían perturbar su curso en el pecado, encerrándolos con restricción. De ahí que parezca que ningún hombre es justo en sí mismo, o por su propia justicia, que fue el τό κρινόμενον [juez]”. (John Trapp, comentario sobre Romanos 1:18).

3) La obediencia a ella no se puede considerar verdaderamente buena si no se hace A) con fe, B) según el mandato de Dios, y C) para la gloria de Dios. Para que una obra sea verdaderamente buena, aunque imperfecta, la obra en sí debe ser buena, y la intención de quien la realiza debe ser buena. El fin de la obra y el fin del actor son consistentes en obras verdaderamente buenas. Sin embargo, las obras son aparentemente buenas, pero no verdaderamente buenas, cuando la acción externa está de acuerdo con la Ley de Dios, pero las intenciones internas no son por fe ni para la gloria de Dios; Tales buenas obras superficiales son “mandadas por Dios, y son en su propia naturaleza buenas, pero se vuelven malas por un accidente, no siendo hechas de la manera ni con el fin con que deberían realizarse“. (Ursinus, Comentario sobre el Catecismo de Heidelberg, en P. 91, p. 479).

4) No es un estándar completo para la vida cristiana porque hay leyes divinas positivas que Dios ha revelado en las Escrituras que también nos obligan. Se puede saber por la naturaleza que debemos adorar a Dios como a él le agrada en lugar de como nos agrada (Hechos 17:24-29), pero no podemos saber cómo Dios desea ser adorado a menos que nos lo revele a través de una revelación especial. Además, la ley de la naturaleza enseña que “se debe apartar la debida proporción de tiempo para la adoración de Dios”, pero sin la ley divina positiva no se puede determinar qué día de la semana se debe apartar (CFW 21:7). La Ley Natural enseña el deber de cada nación de adorar a Dios exclusivamente, pero los detalles sobre quién es Dios y cómo ha redimido a la humanidad a través del Señor Jesucristo no pueden conocerse por la naturaleza. El deber de las naciones de establecer la religión cristiana y “besar (honrar) al Hijo” no se deriva de la equidad natural per se, sino más bien del mandato positivo de la administración del Nuevo Pacto. Por el contrario, esto demuestra la importancia de la ley natural y enfatiza cómo los dos modos de ley están en armonía (véase el punto 3 más abajo).

EN TERCER LUGAR, ¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA LEY NATURAL A PESAR DE QUE TENEMOS LAS ESCRITURAS?

1) La Escritura misma apela a la Ley Natural y asume que sus lectores la entienden. (ver Hechos 17:29; Romanos 1: 26-27,32; 2: 12-15; 1 Cor. 5: 1; 11: 14-15; 14:40; Job 31: 26-28; etc). Estas van de la mano, la exégesis adecuada no se puede hacer sin ella. Las personas pueden cumplir con lo que enseñan las Escrituras en estos casos, pero no podrían dar cuenta de ellas sin la ley de la naturaleza que la Escritura misma asume, dejándoles con algún tipo de Teoría del Mandamiento Divino, que necesariamente conduce por muchos caminos a errores graves.

2) Los deberes morales a los que los hombres están sujetos por naturaleza son útiles para todos los hombres en general, así como para los no regenerados en particular, que nunca han estado expuestos a una revelación especial. “La ley moral es útil para los hombres no regenerados, para despertar su conciencia a fin de huir de la ira venidera y conducirlos a Cristo; o, sobre su permanencia en el estado y camino del pecado, dejarlos sin excusa, y bajo la maldición de la ley (1 Tim. 1:9-10; Gá. 3:24; Rom. 1:20; Rom. 2:15); Gálatas 3:10).” (CMW P. 96). Si este no fuera el caso, los incrédulos no podrían tener excusa.

3) Además, la Ley Natural nos enseña a anticipar y estimar altamente la voluntad de Dios a través de una revelación especial. Esto es esencialmente lo contrario de la razón 4 en la sección anterior. Sabemos lo suficiente acerca de Dios por la naturaleza que debemos buscarlo para saber más, particularmente cómo ser salvo y cómo debe ser adorado. Vale la pena enfatizar que el deber moral supremo al que la humanidad está obligada por la naturaleza es buscar a Dios y su revelación especial. “Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay … da a todos vida, aliento y todas las cosas … para que busquen al Señor, si acaso lo buscan y lo encuentran, aunque no esté lejos de cada uno de nosotros.” (Hechos 17:24, 25, 27). (vea próximamente ‘El segundo mandamiento y la luz de la naturaleza’).

4) La única forma de distinguir adecuadamente A) la división tripartita de la Ley, y B) la diferencia entre equidad general y particular de lo judicial es por Derecho Natural. Es por esto que los Teonomistas, la Teología del Nuevo Pacto, el Dispensacionalismo y los proponentes de las Raíces Hebreas se equivocan mucho en esta doctrina crucial.

Para resumir, si lo que hace la ley simplemente fluye del carácter de Dios o del orden creado (es decir, la naturaleza) de tal manera que fue antes del mandato de Dios, es una ley moral. Si lo que lo hace simplemente fluye del mandato de Dios, es una ley positiva. Las leyes positivas son de dos tipos, ceremoniales, lo que significa que pertenecen a la adoración de Dios, o judiciales, que pertenecen a la política civil de Israel y son una aplicación de la ley ceremonial. Las leyes judiciales que hacen cumplir la ley moral también son morales en la medida en que las circunstancias sean relevantes; el magistrado civil, debido al quinto mandamiento, también tiene la facultad de instituir leyes de prudencia y buen orden.

5) La Escritura fue dada como la única regla para la fe y la vida, no para ser un manual exhaustivo para el gobierno civil. Hay mucho que extraer de la Ley Judicial, pero no aborda los detalles de muchas cosas que son necesarias para el gobierno civil fuera del antiguo Israel. Para esto es la Ley Propia, basada en la Ley Natural (1 Pedro 2:13). Las Escrituras ni siquiera cubren exhaustivamente todos los detalles relacionados con la adoración de Dios y el gobierno de la iglesia, que es de lo que se tratan las circunstancias de la adoración, basadas en la Ley Natural (ver CFW 1:6).

6) La luz de la naturaleza nos ayuda a distinguir entre los fines para los que las acciones existen teleológicamente (es decir, naturalmente) y los fines para los que la persona racional debería tener la intención de una acción. La ley natural es el imperativo moral que necesariamente sigue a esa comprensión del mundo. Esto nos ayuda a comprender por qué algunos actos son pecaminosos en sí mismos (por ejemplo, sodomía, mentir, etc.) y, por lo tanto, más atroces que otros (ver CMW P. 151) y, por ejemplo, por qué matar es aceptable en algunas circunstancias (defensa propia, simplemente guerra, pena capital), pero no en otras (ver CMW P. 136).

7) Por último, la Ley Natural nos ayuda a determinar si las costumbres sociales son sanas y buenas, o corruptas. Las Escrituras no tratan explícitamente todas las costumbres posibles, establecen principios generales, pero también debemos usar nuestro entendimiento de la naturaleza y propósito de las cosas para determinar cuándo los detalles son apropiados. La Palabra escrita, la luz de la naturaleza y los imperativos morales que necesariamente siguen a esa comprensión de la naturaleza deben trabajar juntos. Como Calvino observó astutamente:

“Es cierto que debemos discernir si una costumbre es buena y decente, si es conforme a la naturaleza, si es edificante y un buen ejemplo; o si se trata de corrupción y vicio…. Aquí, entonces, es donde debemos empezar cuando hablamos de costumbres. Es decir, que sean (las) aceptadas por quienes ordenan su vida según la palabra de Dios, la ley de la naturaleza y la decencia humana”. (La importancia de que las costumbres se ajusten a la naturaleza, por Juan Calvino).

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2018/12/17/the-propriety-of-natural-law/

Por el Dr. William Young
Traducido al español por: Rev. Marcelo Sánchez

He elegido este título en lugar del más breve que se ha sugerido, es decir, “El principio de establecimiento”, porque evita ciertas sugerencias engañosas. La noción de una iglesia establecida comúnmente se entiende que significa o al menos implica el apoyo financiero de una iglesia por parte del estado, incluido el pago de los salarios del clero con fondos públicos. Por un lado, no veo que esto esté necesariamente implícito en las declaraciones de la Confesión de Westminster, y por otro lado, la doctrina de los teólogos reformados de los siglos XVI y XVII a veces ha sido rechazada por hombres como Abraham Kuyper, quien sin embargo admitió que tal apoyo es admisible. De hecho, en nuestra propia nación, la separación de la iglesia y el estado se considera en la práctica como consistente con la capellanía en las fuerzas armadas y la exención de impuestos de las iglesias.

También es importante notar la diferencia entre la situación que presenta la historia de la Iglesia escocesa y la que enfrentamos en este país. Cuando la iglesia establecida en Escocia fue interrumpida en 1843, Thomas Chalmers, que había defendido oficialmente una iglesia establecida en Gran Bretaña, y otros de ideas similares, continuó defendiendo el principio aunque estaban dispuestos a renunciar a los privilegios que habían disfrutado anteriormente. En los Estados Unidos no tenemos el trasfondo histórico de la Iglesia Libre de Escocia, pero la Iglesia Reformada Presbiteriana tiene la misma confesión de fe, y es a la enseñanza de ese documento a lo que se refiere este documento.

El propósito del presente trabajo no es proponer un programa de acción, sino simplemente enunciar y defender una doctrina. Por mi parte, insistiría en que sería un desastre si nuestro gobierno (federal, estatal o local) en las circunstancias actuales, ejerciera plenamente los derechos que se permiten incluso por la modificación de la Confesión adoptada por varias iglesias presbiterianas en este país. Tanto discriminar favoreciendo a unas iglesias sobre otras, o actuar como un ayo para todos por igual significaría en la práctica dar un apoyo sustancial a la incredulidad más allá de lo que es el caso en la actualidad. Quisiera señalar a este respecto que el tema no debe exagerarse, como si estuviera en juego una verdad central de la fe. Si bien cada clavija del templo es preciosa, sin embargo, en asuntos en los que hay poca o ninguna diferencia en la práctica, creo que hay lugar para diferencias de opinión en cuestiones teóricas. En este asunto deploro la actitud de algunos reconstruccionistas que harían de los deberes de los magistrados civiles en los detalles minuciosos un tema importante, cuando en realidad las afirmaciones que se solicitan no tienen perspectiva de realización antes de que los magistrados y la gente se incline ante la autoridad de la Palabra. Y la gran tarea de la iglesia es proclamar fielmente la Palabra de la Ley y el Evangelio.

Al tratar el tema del magistrado civil en su relación con la iglesia, primero desearía enunciar la doctrina, en segundo lugar aclarar algunos malentendidos y, finalmente, presentar algunas razones para esta postura. No conozco mejor formulación que la de los teólogos de Westminster en la Confesión de Fe, capítulo XXIII, artículo 3, que dice: “El magistrado civil no debe arrogarse la administración de la Palabra y de los sacramentos, o el poder de las llaves del reino de los cielos. Sin embargo, tiene la autoridad, y es su deber, velar para que la unidad y la paz sean preservadas en la iglesia, para que la verdad de Dios se conserve pura y completa, para suprimir todas las herejías y blasfemias, para impedir o para reformar todas las corrupciones y abusos en la adoración y disciplina, y para que todas las ordenanzas de Dios sean debidamente establecidas, administradas y cumplidas. Para el mejor cumplimiento de todo lo anterior, el magistrado civil tiene el poder de convocar Sínodos, y estar presente en ellos, y asegurar que todo lo que en éstos se acuerde, esté conforme con la mente de Dios.” Y el artículo 2 del capítulo XXXI dice: “Así como los magistrados pueden legítimamente convocar a un Sínodo de ministros y otras personas idóneas, para consultar y recibir consejo sobre asuntos religiosos; de la misma manera, cuando los magistrados son enemigos declarados de la iglesia, los ministros de Cristo, por sí mismos, en virtud de su oficio, pueden reunirse en asambleas con otras personas idóneas delegadas por sus iglesias.” También la disposición del capítulo XX, artículo 4, en cuanto a la facultad del magistrado civil para proceder contra personas que publiquen opiniones contrarias a los principios conocidos del cristianismo, etc.

En primer lugar, debe observarse que la Iglesia de Escocia el 27 de agosto de 1647 aprobó la Confesión de Fe con la siguiente condición: “Se declara además, que la Asamblea sólo entiende algunas partes del segundo artículo del capítulo treinta hablando solo de kirks [NT. iglesias] no establecidas, o constituidas en el punto de gobierno: Y que aunque, en tales kirks, un sínodo de ministros y otras personas aptas, pueden ser convocados por la autoridad del Magistrado y nominados, sin ningún otro llamado, para consultar y asesorar con sobre cuestiones de religión; y aunque, igualmente, los Ministros de Cristo, sin delegación de sus iglesias, pueden por sí mismos, y en virtud de su oficio, reunirse sinódicamente en tales kirks aún no constituidas, sin embargo, nada de esto debe hacerse en kirks constituidas y establecidas; pero siendo siempre libre el Magistrado de asesorarse con los sínodos de Ministros y Ancianos Gobernantes, reunidos por delegación de sus iglesias, ya sea ordinariamente, o, siendo llamado por su autoridad, ocasionalmente, y pro nata [NT. cuando sea necesario],” etc. Que yo sepa, cada iglesia presbiteriana que ha suscrito la Confesión de Fe ha entendido el derecho de la iglesia a celebrar sínodos independientemente de cualquier citación del magistrado civil, y así ha leído las declaraciones en la Confesión.

En segundo lugar, la tesis fundamental que se presenta aquí es lo que William Cunningham denominó “la legalidad de alguna unión o conexión amistosa entre la iglesia y el estado” (Presbyterian Reformed Magazine, volumen VI, número 1, p. 25). La tesis es puramente abstracta. Para que se realice en la práctica, debe presuponerse un estado cristiano, con magistrados cristianos gobernando sobre un cuerpo de súbditos sustancialmente cristianos. Donde no existe tal estado ideal, no surge la cuestión de la unión del estado con la iglesia cristiana. Esto es obvio en el caso de un gobierno anticristiano que persigue a quienes profesan lealtad a Cristo. También es cierto que el principio en cuestión no significa que un estado nominalmente cristiano pueda establecer una iglesia, que se utilizará como instrumento para promover sus propósitos seculares. Bajo tales circunstancias, los fieles servidores del Cabeza y Rey de la Iglesia han preferido operar como una Iglesia Libre, independiente del estado. Esto no implica una renuncia al principio en discusión. En este asunto, Chalmers y Cunningham fueron más sabios que el Dr. Abraham Kuyper. Además, en un estado verdaderamente cristiano, no es necesario otorgar preferencia a una denominación sobre otras. En este asunto, considero innecesario el cambio realizado por la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos en el capítulo XXIII, artículo 3 de la Confesión. La forma modificada de la Confesión adoptada por varias denominaciones presbiterianas en este país aún mantiene el principio fundamental del derecho y deber del magistrado civil en asuntos religiosos, y de hecho contempla una nación predominantemente cristiana evangélica. Creo que la Confesión original puede entenderse justamente como aplicable a esa situación, aunque la Asamblea de Westminster en la naturaleza del caso no contempló la pluralidad de denominaciones de cristianos evangélicos. Lo que está implícito es que un gobierno cristiano empleará su autoridad legítima para promover los intereses del cristianismo, para restringir la blasfemia pública y la profanación del Sabbat, así como los males graves mediante la violación de la segunda tabla del decálogo. La doctrina confesional sí implica que el magistrado civil es el guardián de ambas tablas de la ley. El sentido de la doctrina se aclarará al eliminar los malentendidos que prevalecen entre muchos que mantienen puntos de opuestos.

Se ha acusado a la Confesión de Westminster de que su enseñanza sobre la iglesia y el estado es erastiana, es decir, que atribuye al magistrado civil el derecho de interferir en las actividades internas de la iglesia. Esta crítica muestra una enorme ignorancia de la Confesión de Westminster. El mismo apartado al que se hace la excepción (capítulo XXIII, artículo 3), se abre con la enfática declaración anti-erastiana: “El magistrado civil no debe arrogarse la administración de la Palabra y de los sacramentos, o el poder de las llaves del reino de los cielos”. El siguiente pasaje no fue diseñado para contradecir esta posición fundamental, sino que fue cuidadosamente formulado con plena conciencia de los temas en controversia con los erastianos como Selden. El discurso de George Gillespie en respuesta a Selden es una clara evidencia del anti-Erastianismo que prevalecía entre los teólogos y que está formulado en la Confesión. Que haya una contradicción tan flagrante en una sola oración es inverosímil hasta el punto de absurdo, en vista del hecho de que los defensores de ambos lados habían entrado minuciosamente en los temas involucrados en la controversia. La supuesta contradicción se resuelve mediante la distinción de la autoridad del magistrado CIRCUM SACRA (“alrededor de las cosas sagradas”) y su autoridad IN SACRIS (“en las cosas sagradas”). Lo primero se afirma y lo segundo se niega. El magistrado puede promulgar y hacer cumplir leyes sobre la práctica religiosa, siempre sujeto a la enseñanza de la Palabra de Dios, pero de ninguna manera puede tomar para sí la autoridad de exponer oficialmente la palabra o ejercer la disciplina eclesiástica. Su autoridad en el asunto está al mismo nivel que la del individuo cristiano o cabeza de familia, no la autoridad que Cristo ha delegado a su iglesia.

La aparente contradicción entre el deber del magistrado hacia la iglesia y la negación de su jurisdicción en asuntos religiosos se disuelve cuando se presta atención al lenguaje de la Confesión de Fe. “Él tiene autoridad, y es su deber, poner orden, que la unidad y la paz se conserven en la iglesia”, etc., simplemente declara lo que puede y debe tener como fin. Todo cristiano debe apuntar a la preservación de la unidad y la paz de la iglesia. Por tanto, éste debe ser también el fin previsto por el magistrado cristiano en el ejercicio de su cargo. La Confesión de Fe no dice nada en este momento en cuanto a los medios que se emplearán para lograr este fin, excepto la negación previa de las funciones específicas de predicar, administrar los sacramentos y ejercer la disciplina de la iglesia. El asunto de convocar sínodos requerirá una consideración separada. Debe quedar claro que, así entendido, el capítulo XXIII, artículo 3, es coherente consigo mismo y ejemplifica la cautela con la que los teólogos de Westminster evitaron hábilmente los puntos discutibles, al tiempo que exponen con firmeza y claridad todo el consejo de Dios en todo lo necesario.

Una acusación más seria contra la enseñanza confesional es que es culpable de proponer principios intolerantes y perseguidores. Antes de dar una respuesta a la acusación, se debe hacer una observación sobre el carácter del lenguaje comúnmente utilizado. Aquí hay un ejemplo infeliz de lenguaje emotivo que se utiliza para excitar el prejuicio, en lugar de una formulación cognitiva seria que sirve para aclarar los problemas difíciles que están involucrados. Es necesario en primer lugar deshacerse de la ambigüedad que se encuentra en la acusación de intolerancia y persecución. Estas palabras evocan imágenes espantosas de la Inquisición española, los incendios de Smithfield y la Masacre de San Bartolomé. Se podría simplemente preguntar en respuesta en qué lugar de la historia del presbiterianismo escocés ha habido un paralelo con tales atrocidades, excepto en el tratamiento de los Covenanters de parte de los prelatistas. La doctrina de los reformadores y los puritanos nunca ha dado frutos tan espantosos. El elemento sustancial que subyace a la acusación se refiere al principio de que el magistrado civil puede y debe adoptar toda la ley divina como norma a la que debe ajustarse al dictar y hacer cumplir las leyes. Sus acciones deben estar dirigidas a la observancia pública de los preceptos de ambas tablas del decálogo. Los medios específicos que se utilizarán no están prescritos por el principio general, pero deben caer dentro del ámbito limitado de la autoridad delegada por el Dios soberano a los gobiernos humanos. Las leyes con respecto al Sabbat no implican nada de intolerancia o persecución más que las leyes que prohíben el asesinato, el adulterio o el robo. Los límites de la autoridad del magistrado civil requieren una restricción con respecto a la segunda tabla de la ley, al igual que a la primera. El gobierno no puede hacer cumplir el décimo mandamiento, porque los deberes requeridos y los pecados prohibidos son puramente espirituales, y están ubicados en lo más recóndito del corazón, sobre el cual ningún gobierno humano, ni siquiera la iglesia visible, tiene jurisdicción. No hace falta decir que los requisitos espirituales o internos de la primera tabla de la ley quedan fuera de la competencia del magistrado civil. Pero las manifestaciones externas de idolatría, la blasfemia pública y la profanación del Sabbat pueden ser temas de legislación y lo serán en una nación protestante.

A este respecto, debe plantearse una cuestión que no puede descartarse simplemente porque se refiere únicamente a los medios de aplicación del principio. ¿Se puede aplicar la pena de muerte en caso de herejía y otras infracciones del primer cuadro de la ley? Ya se ha dicho lo suficiente para demostrar que no se requiere una respuesta afirmativa cuando la Confesión enseña que se debe tomar la orden de suprimir todas las blasfemias y herejías. Creo que la doctrina de la Confesión favorece una respuesta negativa. La pena de muerte por herejía se ha justificado apelando a la ley judicial de la economía mosaica. La fuerza de Deuteronomio 13:5 como texto probatorio del capítulo XXIII, artículo 3, debe estimarse en relación con la enseñanza explícita de la Confesión con respecto al don al pueblo de Israel de “diversas leyes judiciales, que expiraron junto con el estado de ese pueblo, no obligando a ninguna otros ahora, más allá de lo que la equidad general de los mismos pueda requerir”, capítulo XIX, artículo 4. Para justificar sobre bases bíblicas la pena de muerte por herejía requeriría no solo la enseñanza confesional en cuanto al magistrado civil, sino también la suposición de los teonomistas de que los gobiernos cristianos aún deben mantener los castigos por los crímenes cometidos bajo la teocracia judía. Si se considera que las Escrituras restringen la aplicación permanente de la pena capital al asesinato, como si no se limitara a la ley judicial temporal, entonces el argumento a favor de tal castigo de herejía se derrumba.

La Confesión de Fe no debe interpretarse en este asunto apelando a los escritos de Rutherford y Gillespie. Se ha exagerado la severidad de sus opiniones. Gillespie en Aaron’s Rod Blossoming, pág. 2, establece que algunos teólogos sostienen que estas penas son una regla para el magistrado cristiano, y por cierto comenta: “Por mi parte, desearía que se le tuviera más respeto y que se le consultara más”.[1] En cualquier caso, las opiniones de estos hombres no son la norma para nuestro propio empleo de las Escrituras, ni para la interpretación de la Confesión de Fe. Considere este paralelo. La Confesión, capítulo X, artículo 3, habla de la salvación de los niños elegidos que mueren en la infancia. Oponentes de la Confesión como el Dr. C.A. Briggs ha citado a Twisse y Rutherford para apoyar la acusación de que la Confesión enseña, al menos por implicación, la condenación de los bebés no elegidos que mueren en la infancia. El Dr. W.G.T. Shedd y el Dr. Benjamin B. Warfield se han opuesto debidamente a este método de interpretación. Las opiniones de algunos miembros de la Asamblea de Westminster no deben leerse en la Confesión, pero el documento debe leerse en términos de sus propias declaraciones. Otros miembros de la Asamblea, los independientes en particular, sostuvieron opiniones sobre la tolerancia distintas de las atribuidas a los comisionados escoceses, pero no hubo divergencia en su posición de la enseñanza confesional en cuanto al magistrado civil. Esto indicaría que la interpretación del capítulo XXIII, artículo 3, que venimos defendiendo es correcta. La sección ha sido así entendida por M’Crie, Shaw, Cunningham y Bannerman.

También se ha acusado de que la enseñanza de la Confesión, capítulo XXXI, artículo 2, es erastiana al permitir al magistrado convocar sínodos. En un comentario útil sobre la Confesión de Fe, leemos la asombrosa mala interpretación, cuando se habla del capítulo XXIII, artículo 3, dice: “Entonces significaría que el Presidente de los Estados Unidos podría convocar una reunión de la Asamblea General, decidir cuál es la mente de Dios y aprobar o vetar los actos de la Asamblea” (Clark, What Do Presbyterians Believe?, p. 212). Ni el capítulo sobre el magistrado civil ni el sobre sínodos y concilios enseñan tal cosa. Los escritos anti-Erastianos de Gillespie niegan explícitamente cualquier interferencia del magistrado civil en las decisiones internas de las asambleas eclesiásticas. Él dice claramente: “Pero negamos que (en una iglesia bien constituida) esté de acuerdo con la voluntad de Cristo que un magistrado reciba apelaciones de la sentencia de un tribunal eclesiástico, o que reciba quejas … de modo que por su autoridad, ante tal queja, anule la censura eclesiástica” (Aaron’s Rod Blossoming, p. 118). Mucho menos cualquier teólogo de Westminster consentiría un veto efectivo por parte del magistrado de una decisión de un tribunal de la iglesia. Ya se ha observado la limitación impuesta por la Iglesia de Escocia a la autoridad del magistrado para convocar sínodos. Debe tenerse en cuenta la diferencia que debe hacerse entre una iglesia constituida regularmente y una en la que la situación es anormal. La Asamblea de Westminster fue convocada por el Parlamento inglés para consultar y asesorar. Y el ejercicio de la autoridad legal por parte del magistrado fue fundamental en la Reforma del siglo XVI. La Confesión de Westminster simplemente reconoce la conformidad de tales acciones del gobierno civil con la voluntad revelada de Dios.

La acusación de que la libertad de conciencia excluye el poder otorgado al magistrado en el capítulo XX, artículo 4, es fácil de responder. En realidad, el capítulo XX se ocupa del tema de la libertad de conciencia y contiene la formulación clásica del artículo 2: “Solo Dios es Señor de la conciencia”, etc., palabras a las que se recurre a menudo como si fueran incompatibles con la enseñanza del artículo 4. Pero hay que confesar que la libertad de conciencia no es aquella licencia para actuar en contra de la ley moral. Se admite que el magistrado civil puede proceder contra quienes violen las prohibiciones de homicidio, adulterio y hurto, y que no atenta contra la libertad de conciencia al hacerlo. Además, las censuras de la iglesia están en orden contra los pecados prohibidos tanto en la primera tabla como en la segunda. Es la falacia de la petición de principio plantear lo anterior como objeción a las doctrinas confesionales; la verdadera cuestión es si el magistrado civil tiene autoridad con respecto a ambas tablas de la ley, o se limita a ocuparse de los delitos contra la segunda tabla.

La naturaleza misma atestigua que el magistrado civil se preocupa por cuestiones religiosas. No sólo es una cuestión de hecho que los gobiernos humanos hayan ejercido autoridad en todos los tiempos y lugares en asuntos religiosos, sino que es inherente a la naturaleza del estado que este sea el caso. Dado que las personas sobre las que tiene autoridad el magistrado civil son también las que se dedican a la actividad religiosa, esa autoridad no se relaja cuando realizan actos de carácter religioso. Los Estraguladores de la India no pueden justificar el robo y el asesinato basándose en que estos actos son parte de su religión. El magistrado civil debe condenar su religión al condenar los crímenes involucrados en ella. Ni un gobierno ateo ni uno que profese neutralidad religiosa es un contraejemplo. Los gobiernos ateos tratan claramente con la religión al oponerse a ella, mientras que el gobierno que profesa una separación de iglesia y estado es inconsistente, como lo fue nuestro gobierno durante las primeras décadas de este siglo, o se opone cada vez más a la Iglesia cristiana mientras inculca puntos de vista religiosos contrarios, como lo es la tendencia actual. De buena gana, el magistrado civil se involucra en asuntos cubiertos por los primeros cuatro mandamientos, y es parte de la sabiduría reconocer tal hecho, señalando los límites de la autoridad del magistrado, límite que se tiende a ignorar tanto en una democracia como en una monarquía o aristocracia. Los gobiernos pueden, a la manera erastiana, asumir las funciones específicas de la iglesia o, bajo la apariencia de libertad religiosa, aprobar leyes que de hecho conduzcan a la restricción de la libertad del cristiano para adorar a Dios. Esto último se ve en la derogación de las leyes que prohíben la profanación del Sabbat.

En el presente tema, como en todos los asuntos de fe y práctica, es crucial la revelación que se nos ha dado en las proposiciones de la Sagrada Escritura. La apelación máxima debe ser la enseñanza de la Palabra de Dios. Es un error basar la propia doctrina de la relación entre la iglesia y el estado en la cambiante situación histórica y política. Esto no significa negar que la aplicación de la doctrina al estado real de las cosas en cualquier momento debe tener en cuenta las realidades de la situación. Pero la doctrina a aplicar no puede derivarse ni de los hechos del presente ni de la historia del pasado. La única fuente de la doctrina no debe tener una autoridad inferior a “Así dice el Señor”. El error metodológico del Dr. Abraham Kuyper fue que, si bien concedía este principio en teoría, su defensa de la Iglesia Libre en los Países Bajos se basó en la práctica en consideraciones históricas y políticas.

El pasaje más sorprendente que enuncia el principio general es Isaías 49:23: “Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas; con el rostro inclinado a tierra te adorarán, y lamerán el polvo de tus pies; y conocerás que yo soy Jehová, que no se avergonzarán los que esperan en mí.”. El profeta evangélico ha predicho la conversión de los gentiles en el versículo anterior y ahora predice el cuidado que los magistrados de esas naciones tendrán por la iglesia. El pasaje no puede dejarse de lado como una referencia a la teocracia del Antiguo Testamento, sino que, como muchas de las profecías de Isaías, prevé la iglesia del Nuevo Testamento, particularmente en el tiempo que el Señor ha establecido para favorecer a Sión. Como observa Calvino, “aquí se exige a los príncipes algo extraordinario, además de una profesión de fe ordinaria; porque el Señor les ha otorgado autoridad y poder para defender la iglesia y promover la gloria de Dios.” El principio general revelado en este versículo permite determinar en qué aspectos la práctica de los reyes piadosos en el Antiguo Testamento proporciona un ejemplo a seguir por los magistrados cristianos en la economía del evangelio. Los diversos textos probatorios del capítulo XXIII de la Confesión, artículo 3, sobre este tema no deben leerse asumiendo que los castigos prescritos en la ley judicial deben ser ejecutados por el magistrado cristiano. Sólo si se adopta la premisa errónea de los teonomistas en la forma en que estos textos se aplican al orden del Nuevo Testamento, se puede llegar a la conclusión de que la pena de muerte por herejía debería estar ahora en vigor. Esta conclusión no se sigue de la enseñanza de la Confesión de Fe.

Los Salmos contienen abundante evidencia sobre los derechos y deberes del magistrado en un estado cristiano. Esta es una característica destacada de los Salmos mesiánicos. Los reyes y jueces de la tierra son instruidos no solo para servir al Señor con temor, sino también para besar al Hijo, para que no se enoje, Salmo 2:10-12. El Salmo 22:28 asigna como la razón por la cual todas las familias de las naciones adorará delante del Señor, a que el reino es del Señor y él es el gobernador entre las naciones. El Salvador, cuyos sufrimientos han sido descritos en el Salmo, se presenta aquí como rey mediador de las naciones. La implicación es que el magistrado civil, en obediencia al Señor soberano, ejercerá esta autoridad legítima para promover la adoración de Dios.  El Salmo 72:11 es explícito en su predicción del estado floreciente del reino del Mesías: “Todos los reyes se postrarán delante de él; Todas las naciones le servirán.” No hay razón para restringir el sentido del versículo a la salvación de individuos y excluir una referencia al ejercicio de la autoridad real y la actividad corporativa de las naciones.  El Salmo 138: 4-5 es otro ejemplo: “Te alabarán, oh Jehová, todos los reyes de la tierra, Porque han oído los dichos de tu boca. Y cantarán de los caminos de Jehová, Porque la gloria de Jehová es grande.” Que el magistrado civil será el súbdito voluntario del Rey de reyes es la enseñanza uniforme del Salterio.

Con respecto al Nuevo Testamento, se ha objetado que la Escritura ya no enseña la estrecha conexión entre la iglesia y el estado que es una característica tan pronunciada de la economía mosaica. En respuesta, cabe señalar que hay una buena razón por la que este debería ser el caso. En el primer siglo, la iglesia cristiana enfrentó la oposición hasta el punto de la persecución de magistrados hostiles, tanto judíos como gentiles. La revelación divina ha tenido en cuenta esto y ha dado dirección a la iglesia sobre este tema principalmente en las Escrituras del Antiguo Testamento. La objeción de que la iglesia no puede adoptar tal procedimiento en vista del progreso de la revelación no tiene más fuerza que el argumento inválido paralelo contra el canto de los Salmos del Antiguo Testamento en la iglesia cristiana. Tampoco podemos ignorar el hecho de que el Nuevo Testamento en ninguna parte anula los principios del orden establecido en el Antiguo Testamento. El argumento a favor del bautismo infantil a partir de la ausencia de cualquier negación del principio del pacto abrahámico en el Nuevo Testamento es un paralelo a la conclusión extraída en cuanto a la autoridad del magistrado civil en asuntos religiosos.

La enseñanza positiva explícita del Nuevo Testamento en cuanto a la autoridad de los poderes establecidos se encuentra en Romanos 13. La fuente de esta autoridad es Dios, quien ha delegado el poder de la espada a hombres autorizados. En ninguna parte se sugiere que la autoridad en cuestión se limite a la segunda tabla de la ley. El versículo 9 no debe interpretarse como una restricción de la autoridad del estado, sino simplemente como una aplicación de la enseñanza del versículo 8 en cuanto a las obligaciones generales hacia el prójimo. Del mismo modo, cuando el apóstol Pablo indica que un fin diseñado en la institución del gobierno civil es “para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.” (1 Timoteo 2:2), está lejos de negar la obediencia a los primeros cuatro mandamientos como un elemento importante en una vida piadosa. La implicación seguramente es que los deberes del hombre para con Dios caen dentro del alcance de los gobernantes que son objeto de oración en su capacidad oficial, y no simplemente como individuos abstraídos de su oficio.

Se puede llegar a la conclusión de que la enseñanza inalterada de la Confesión de Westminster se basa en evidencia bíblica sólida. La enseñanza contraria es característica de la separación anabautista del Espíritu y la Palabra, y se ha acentuado desde la Revolución Francesa por el ideal humanista de libertad. El intento hecho en este país de elaborar una síntesis de este ideal con la fe cristiana pareció ser factible mientras el gran cuerpo del pueblo estadounidense fueran cristianos profesantes y predominó en la vida educativa y política, así como en las iglesias que eran fundamentalmente sólidas. Hoy el panorama ha cambiado, y encontramos que el principio de la separación de la iglesia y el estado se está convirtiendo en una base no para otorgar a la iglesia la libertad de ajustarse a la Palabra de Dios, sino más bien estar sujeto a las pasajeras fantasías políticas de pensadores supuestamente avanzados. Este desarrollo no es prueba de ningún principio, pero podría brindar una oportunidad para que los presbiterianos que han adoptado puntos de vista comúnmente aceptados reconsideren la enseñanza original de sus normas.

Concluiría con la mención de una conversación del profesor John Murray con un estudiante menonita del Seminario de Westminster. El estudiante había declarado que sostenía la posición anabautista de la separación absoluta de iglesia y estado. ¡Los dos no tenían nada en común ni nada que ver el uno con el otro! El profesor Murray luego preguntó qué espacio habría para el estado en una comunidad donde todo el mundo tenía esa opinión. El estudiante respondió: “En Sudáfrica, los menonitas tenemos esa comunidad, y allí la iglesia es el estado”.


[1] No estoy convencido de que Wholesome Severity sea obra de Gillespie. Me parece que no concuerda con la cita de la p. 2 de Aarón’s Rod Blossoming. Sin duda, Gillespie puede haber alterado su posición, pero dado que evidentemente hay algunas dudas en cuanto a la autoría de Wholesome Severity, prefiero compartir la duda que suponer que Gillespie no está de acuerdo consigo mismo o con Samuel Rutherford.


Disponible en inglés: https://presbyterianreformed.org/1992/04/westminster-confession-relation-church-state/

[esta es la parte final de los artículos antes publicados: PARTE 1 y PARTE 2]

USO 1. REPRENSIÓN DE AQUELLOS QUE SUBESTIMAN EL CULTO PÚBLICO.

Demasiados son dignos de esta reprimenda, especialmente dos tipos:

1. Aquellos que prefieren cosas peores antes que el culto público. Si es preferible a los deberes privados, que son excelentes y singularmente ventajosos en sí mismos, cuán atrozmente pecan los que prefieren las cosas viles y pecaminosas a las ordenanzas públicas; ¡los que prefieren su comodidad, sus ocupaciones mundanas, sus concupiscencias o recreaciones ilegales, antes que ellos!

¿No prefieren su comodidad antes que la adoración de Dios, que no se tomará las molestias, que se excusará en ocasiones muy pequeñas y triviales de acudir al lugar de culto público? El Señor no ha hecho que el camino a su adoración sea tan tedioso, ni tan penoso, como lo era bajo la ley; no hay una distancia de muchas millas entre nosotros y él, ni nos costará varios días de viaje tener las oportunidades de la adoración pública; lo tenemos a nuestras puertas. Y, sin embargo, hay tanta pereza, tanto desprecio, que pocas veces saldremos al aire libre para disfrutar de estas benditas libertades; un poco de lluvia, un poco de frío, cualquier momento parecido, lo tomamos como excusa suficiente para estar ausentes. El pueblo de Dios, en tiempos pasados, consideraba su felicidad poder acudir a las ordenanzas públicas, aunque a través de la lluvia, el frío y los viajes fatigosos (Salmo 84). Pero ¿dónde está ahora este celo por la adoración de Dios? ¿No hay mucho menos cuando el evangelio nos involucra a mucho más? ¿No pueden incluso los judíos incrédulos levantarse en juicio contra la pereza de esta generación y condenarla? Nada de eso les impediría llegar a las puertas de Sión en las temporadas señaladas, por muy lejos que estuvieran sus habitaciones, por fuera temporada de que esta pareciera. Sin embargo, muchos de nosotros hacemos de cada cosa lamentable un león en el camino, prefieren su pereza y comodidad antes que la adoración pública de Dios.

Otros prefieren sus ocasiones mundanas antes que la adoración pública de Dios, y aceptan voluntariamente cualquier negocio terrenal que se les ofrezca para mantenerse alejados de las ordenanzas. Esaú fue estigmatizado como persona profana por preferir el guiso antes que su primogenitura; pero superan en profanación a Esaú quienes prefieren las cosas del mundo antes que esta prerrogativa singular de adorar a Dios en público. ¡Qué privilegio especial es este! ¡Qué pocos en el mundo lo disfrutan! ¿El Señor concede este honor, tenerle, y en él mismo despreciarle? De las treinta partes en que se puede dividir el mundo, veinticinco son paganos o mahometanos, sin el verdadero culto de Dios; pero cinco llevan el nombre de cristianos. Y de aquellos, cuando se ha descartado a los griegos, papistas, abassines, entre los cuales el culto a Dios está lamentablemente corrompido, puede juzgar cuán pequeña parte de la humanidad el Señor ha concedido su culto público en su pureza. Es un favor especial, peculiar, una prerrogativa singular. ¡Oh, qué blasfemia es preferir las cosas exteriores, que son comunes a todos, a lo peor de todas, antes que esta peculiar bendición! Sin embargo, ¡cuán común es esta blasfemia! La delgadez de nuestras asambleas lo testifica a diario. Algunos piensan que una parte del día es suficiente, y que otros piensan demasiado para el culto público de Dios; mientras que no pensamos demasiado en el mundo. ¡Oh, la infinita paciencia del Señor!

Otros prefieren su lujuria antes que ella; Prefiero sentarme en una taberna o en el asiento de los burladores, que esperar en los puestos de la sabiduría. Muchos prefieren dedicar el tiempo que el Señor ha asignado a sus almas, a los deportes y recreaciones, que al culto público; pensar que un día entero de cada siete es demasiado, le robará a Dios todo, o parte de él, para recrearse. ¡Oh, que semejante blasfemia sea tan común donde la luz del evangelio ha brillado durante tanto tiempo! El Señor prefiere las puertas de Sion, pero estas prefieren Mesec y las tiendas de Cedar [Salmo 120:5]. le suplico que considere la atrocidad de este pecado. El Señor le da a su adoración su nombre con frecuencia en las Escrituras, como si su adoración le fuera tan querida como él mismo. ¿Qué, pues, desprecian a Dios mismo, mientras desprecian su adoración? El que habla de sus oficiales tiene el mismo relato de sus ordenanzas: “el que los desprecia, me desprecia a mí”, etc. [Lucas 10:16]. ¿Y qué pensáis que es despreciar a Cristo? ¡Cuán celoso se ha mostrado siempre el Señor de su adoración! Algunos de los juicios más notables con los que nos encontramos en las Escrituras han sido infligidos por algún error relacionado con su adoración. Por esto Nadab y Abiú consumidos con fuego del cielo, por esta familia de Elí totalmente arruinada, por este Uzías herido de lepra y Uza de muerte súbita, Mical de esterilidad, por un error en la parte externa de la adoración. El Señor es un Dios celoso, celoso especialmente de su adoración. Si desprecia eso, está en peligro; sus celos arderán como fuego contra usted. Ahora bien, ¿no lo desprecia cuando prefiere su comodidad, sus asuntos mundanos, deseos, ociosidad, recreaciones antes que a él? Esto es profanar el santo y glorioso nombre de Dios. Y el Señor no lo tendrá por inocente; es un μειωσις; el Señor con certeza juzgará, seguramente condenará al que lo haga.

2. Merecen ser reprendidos quienes prefieren el culto privado antes que el público, o a los que los igualan. Daré un ejemplo en dos detalles, en los que esto es evidente.

(1.) Cuando se utilicen deberes privados en el tiempo y lugar del culto público. ¡Cuán ordinario es esto entre nosotros! Cuando llegas demasiado tarde para esperar en Dios, después de que ha comenzado la adoración pública, veo que es común caer en tus oraciones privadas, cualquiera que sea la ordenanza pública que tengas. Ahora bien, ¿qué es esto sino preferir su oración privada antes que la adoración pública, y así despreciar la ordenanza en cuestión? ¿Qué es sino sacar el culto público de su tiempo y poner lo privado en su habitación? Ciertamente se considera un gran punto de devoción y reverencia, ese es el pretexto para ello; pero esta reverencia fingida arroja una verdadera falta de respeto a la ordenanza pública entonces usada. Porque la mente se aparta de ella ante los ojos de Dios, y el hombre exterior ante los ojos de los hombres; y así, por la presente, se le falta el respeto al culto público, tanto a Dios como a los hombres.

La intención puede ser buena en verdad, pero eso no puede justificar lo que es pecaminoso, lo que es malo; porque no debemos hacer el mal para que de ello salga bien. Y esto es malo, es pecaminoso, ya que es pecaminoso preferir un deber privado antes que una ordenanza pública.

Va en contra de la regla Apostólica, que prescribe para la regulación de las asambleas públicas: “Hágase todo decentemente y en orden” (1 Corintios 14:40). Ahora bien, eso no se hace en orden, lo que no se hace en su lugar y momento; pero éste no es el lugar ni el momento para las oraciones privadas; es el momento del culto público, por lo tanto, el privado ahora no es apropiado. Tampoco es este el lugar de oración privada; ese es tu aposento, según la dirección de Cristo (Mateo 6:6); y lo convierte en la insignia de los hipócritas, el usar sus oraciones privadas en lugares públicos (v.5). Una cosa buena, fuera de su lugar y momento, puede volverse mala, mala en el peor sentido, es decir, pecaminosa. Este no es el lugar, el momento para sus oraciones privadas, por lo tanto, es un desorden usarlas aquí; y lo que aquí es desordenado es, según la regla del apóstol, pecaminoso, y por lo tanto les suplico que lo eviten. No espere que el Señor acepte su devoción privada, cuando arroja una falta de respeto a su adoración pública, que él mismo prefiere y querrá que prefiramos antes que la privada.

(2.) Cuando los hombres se ausentan del culto público, con el pretexto de que pueden servir al Señor en casa también en privado. ¡Cuántos son propensos a decir que no ven, pero su tiempo puede ser gastado tanto en casa, orando, leyendo un buen libro o disertando sobre algún tema útil, como en el uso de ordenanzas en asambleas públicas! No ven, pero la oración privada puede ser tan buena para ellos como la pública, o la lectura privada y la apertura de la Escritura tan provechosa como la predicación pública; dicen de sus deberes privados, como Naamán de las aguas de Damasco (2 Reyes 5:12): ¿No puedo servir al Señor de manera aceptable, con tanta ventaja, en los ejercicios privados de religión? ¿No puedo lavarme con estos y quedar limpio? No ven las grandes bendiciones que Dios ha anexado al culto público más que al privado. Oh, pero si es así, si uno es tan bueno como el otro, ¿qué significa que el Señor prefiera uno antes que el otro? ¿Con qué propósito eligió el Señor las puertas de Sion, para colocar su nombre allí, si hubiera podido ser adorado también en las moradas de Jacob? ¿Cómo se oponen al Señor los hombres de esta vanidad? Prefiere las puertas de Sion, no solo antes que una o algunas, sino antes que todas las viviendas de Jacob; y prefieren una vivienda así antes que las puertas de Sión. ¿Qué es esto sino menospreciar la sabiduría de Dios, al preferir uno antes que otro cuando ambos son iguales? en preferir lo que es indigno de ser preferido? ¿Qué presunción es ésta de hacerse más sabios que Dios y comprometerse a corregirlo? Dice que las puertas de Sion deben ser amadas, adoración pública antes que privada; dices que no, no ves ninguna razón para que uno sea amado tanto como el otro. ¿Quién eres tú, oh hombre, que disputas así contra Dios?

Para concluir este uso, permítanme mostrarles lo pecaminoso de preferir la adoración privada antes que la pública, en los aspectos antes mencionados u otros, aplicando lo que se ha entregado. Al preferir lo privado a lo público, o al no preferir lo público a lo privado, en su juicio, afecto o práctica, se descuida la gloria de Dios, que aquí es más avanzada; desprecias la presencia de Dios, que aquí es la más concedida, esa presencia que es la mayor felicidad que el pueblo de Dios puede esperar, en el cielo o en la tierra. Usted subestima la manifestación de Dios, esas benditas visiones de vida y paz, que son las más evidentes y cómodamente representadas aquí; esas manifestaciones que son los albores de la gloria inminente, los primeros destellos de la visión beatífica. Desprecia las ventajas del alma bendita que aquí se obtienen con mayor abundancia; prefiere un supuesto beneficio privado antes que la edificación pública; se expone al peligro de la reincidencia, que aquí se previene más eficazmente; desprecia las mayores obras del Señor sobre las almas de los pecadores, que aquí se efectúan ordinariamente; desprecia el cielo, que se parece aquí de una manera más viva; menosprecia el juicio de los siervos de Dios más renombrados, quienes en todas las épocas han confirmado esta verdad con su testimonio o práctica; os hacéis menos capaces de procurar misericordias públicas o de desviar calamidades públicas, menospreciando los medios más propicios para este fin; subestima la sangre de Cristo, cuya influencia es aquí más poderosa; desprecia esas grandes y preciosas promesas del evangelio, que se dedican más al culto público que al privado. Oh, considere cuán atroz es ese pecado, que envuelve al alma en tanta culpa, que se acompaña de tantos males que provocan. Lamente este pecado, en la medida en que es culpable de él, y deje que su pecaminosidad le obligue a estar alerta contra él.

USO 2. DE EXHORTACIÓN.

Se exhorta a dar al culto público de Dios la gloria que le es debida; que tenga la preeminencia que el Señor le ha dado; prefiéralo antes que privado, en sus pensamientos, en sus afectos, en su práctica. Obtenga pensamientos más elevados sobre las ordenanzas públicas, obtenga afectos que respondan a esas aprensiones; se manifiestan tanto por un uso frecuente afectuoso de estas ordenanzas, por sus alabanzas por el disfrute, por sus oraciones por la continuación de ellas. Un deber es lo que exige el texto, un deber que exigen estos tiempos. Cuando hay tanta falta de respeto hacia la adoración de Dios, sus esfuerzos deben ser más para el avance de ella. Esta es la manera de mostrarse fieles a Dios, firmes y rectos, en medio de una generación decadente. Este deber siempre encuentra aceptación por parte de Dios; pero ahora lo tomará mejor, porque hay una corriente de tentación, de oposición contra ella. No dejéis entrar en su secreto vuestras almas, que deshonran a Dios, despreciando su culto público; que blasfeman contra Dios, hablando con desprecio de su nombre, ese nombre que él registra entre nosotros, y por lo tanto nos distingue graciosamente del mundo olvidado.

Podría hacer cumplir esto con muchos motivos; pero ¿qué hay más contundente que esto en el texto? “El Señor ama las puertas de Sion, más que todas las moradas de Jacob“. Los que así lo hacen son aquí como el Señor. Este es el nivel más alto de excelencia al que los ángeles o los hombres pueden aspirar, ser conforme al Señor, ser como él, tener alguna semejanza con él. Porque, este es el camino; cuando amamos así, preferimos el culto público, la mente semejante está en nosotros que está en el Señor (hasta donde se admita la semejanza, donde hay una distancia infinita), aquí seréis seguidores de Dios como hijos amados. Mientras que aquellos que desprecian el culto público de Dios, desprecian a Dios mismo, cumplen con Satanás en uno de sus más maliciosos designios contra Dios y su pueblo, y de este modo hacen lo que hay en ellos para depositar su honor en el polvo. No es por respeto a los deberes privados que Satanás se esfuerza por promoverlos por encima de la adoración pública; su diseño es retirar profesantes de ambos, él sabe que están juntos o caen juntos, y el evento lo prueba. Encontrará que aquellos que se apartan del culto público no harán consciencia por mucho de lo privado; excepto que el Señor quebranta el plan de Satanás reduciéndoles repentinamente. Si no se deja llevar por el error de los impíos y cae en la trampa del diablo, mantenga el honor de la adoración pública. Con ese fin, observe estas instrucciones.

INSTRUCCIONES PARA MANTENER EL HONOR DEL CULTO PÚBLICO.

1. Obtenga pensamientos elevados de Dios. El Señor y su adoración están tan relacionados, ya que son estimados o despreciados juntos. El que tiene pensamientos elevados de Dios, tendrá aprensiones adecuadas de su adoración, en la que más se manifiesta su gloria (Salmo 102:16). Lo vemos en David. Ninguno tenía mayor aprensión de Dios; mira con qué elevadas expresiones lo ensalza (Salmo 146). Y ninguno tenía mayor estima por el culto público, como se desprende de esas expresiones cariñosas antes alegadas. Si tienes pensamientos elevados de Dios, eso será de gran estima para ti, donde más aparece, donde más se disfruta. “En el templo cada uno hablará de su gloria”, porque en el culto público aparece el más glorioso. Si tiene pensamientos bajos de Dios, ¡no es de extrañar que subestimes su adoración! Si tiene una alta estima por Dios, tendrá una estima responsable de su nombre, de su adoración. Así, como dice el Salmo 48, profesan sus elevados pensamientos de Sion, las ordenanzas públicas (v.2-3), y la razón que puede ver: ‘¡Hemos pensado en tu bondad amorosa, oh, Dios, ¡en medio de tu templo!‘ (v.9). Si aprehende a Dios como grande, santo, temible y glorioso, le ayudará a pensar en su adoración de tal manera que se convierta en su grande, santo y temible nombre. Su adoración es su nombre.

2. Obtenga la debida aprensión de esas cosas, sobre lo cual se fundamenta la preeminencia del culto público. Sigue, ver.3, “Cosas gloriosas“, etc., es decir, de la iglesia y las ordenanzas de Dios. Era la ciudad de Dios en estos aspectos, y en ningún otro aspecto se podía hablar de ella cosas tan gloriosas. Aquí está el disfrute más dulce de Dios, los descubrimientos más claros de su gloria, las obras poderosas del Espíritu, la sangre preciosa de Cristo en su fuerza y ​​eficacia, las promesas preciosas y grandísimas en sus influencias más dulces, la vida espiritual y la fuerza, el alma, consuelos y refrigerios, la conversión de los pecadores, la edificación del cuerpo de Cristo, la salvación de las almas. Estas son las cosas gloriosas de las que se habla en el culto público; obtenga una alta estima de estos, y el culto público será muy valorado. Considere las ordenanzas públicas en su gloria, ya que dan la mayor gloria al Dios del cielo, ya que son la mayor gloria de su pueblo en la tierra, y esto elevará una mente espiritual a gran aprensión hacia ellas.

¿No honrarás lo que es más honorable para Dios, lo que es tu mayor honor? Aquí el Señor, si en alguna parte del mundo, recibe la gloria debida a su nombre (Salmo 29:1-2). Adorar a Dios en público es la forma de darle la gloria debida a su nombre; ¿Y no es esto de mayor valor? También es vuestra gloria. Las ordenanzas públicas son la gloria de las personas que las disfrutan, que las aprovechan. Donde el Señor ha puesto su nombre, allí habita su honor. Cuando el Señor ha erigido su culto público en un lugar, entonces la gloria habita en esa tierra; cuando esto se quita, la gloria se va. Lo que es más vuestra gloria, desafía su más alta estima. Considere esto como su gloria, y entonces lo considerará muy valioso.

3. Deléitese en la adoración de Dios. Pronto no respetamos aquello que no nos complace; y, por lo tanto, cuando el Señor está ordenando la santificación de su Sabbath, se une a estos: ‘Si apartas tu pie del sábado, de hacer tu voluntad en mi día santo, y llamas al sábado por delicia, el santo de los Señor, honorable‘, etc. (Isaías 58:13). Si no es tu deleite, no será honorable. Si es de los que dicen: “¿Cuándo se irá la luna nueva, para que vendamos maíz?” y el sábado, para que saquemos trigo?” (Amós 8:5); si las ordenanzas públicas, la oración, la predicación son una carga para usted, no sólo los deberes privados, sino las cosas viles del mundo tomarán lugar en sus mentes y corazones. Cuando estamos cansados ​​de una cosa, no nos complacemos en ella, cedemos fácilmente a cualquier sugerencia que pueda desacreditarla. Deje que la adoración de Dios sea su deleite, el gozo y el consuelo de sus almas. Alégrese de todas las oportunidades de adorar a Dios en público, a tiempo y fuera de tiempo, como David: “Me alegré cuando me dijeron: Vayamos a la casa del Señor” (Salmo 122:1). Que sea su comida y bebida la que él emplea; vea como a un banquete; siéntese bajo la sombra con gran deleite, mientras los frutos de las ordenanzas, la sombra de los placeres celestiales, son dulces.

4. Obtenga un corazón espiritual. Toda la gloria de la adoración pública es espiritual, y las cosas espirituales se disciernen espiritualmente (1 Corintios 2:14). Un hombre carnal no puede discernir lo que hace que las ordenanzas públicas sean tan valiosas. La costumbre y otros aspectos pueden persuadirlo de usarlos, pero nunca percibirá la gloria, el valor espiritual de la adoración de Dios, hasta que tenga un ojo espiritual. El mismo Cristo era una locura para los griegos, porque no veían más allá de lo que estaba afuera (1 Corintios 1:23). Así fue la predicación de Cristo a judíos y gentiles carnales; así es, más o menos, para todos los hombres naturales, salvo algún respeto exterior, algún adorno plausible lo recomiende. Un ojo espiritual puede discernir una gloria en el culto público, cuando el exterior parece mezquino y despreciable. Como judíos incrédulos de Cristo, así hombres carnales de sus ordenanzas; no hay forma ni hermosura en él para inspirar un respeto extraordinario; no ven belleza en ello para desearlos.

5. Considere las ordenanzas públicas con el ojo de la fe. Si consulta sólo con sentido común, podrá decir como el asirio: ¿Qué son las aguas del Jordán más que los ríos de Damasco? ¿Qué hay en público leyendo la palabra, más que leer en casa? ¿Qué hay en la predicación pública, más que en otro buen discurso? El sentido no discernirá más en uno que en el otro; pero el ojo de la fe mira a través de la perspectiva de una promesa, y así hace descubrimientos mayores y más gloriosos; pasa por el medio exterior, al descubrimiento de una gloria interior especial; ve una bendición especial, una asistencia especial, una presencia especial, una ventaja especial en el culto público; de ninguna manera tan descubrible como el ojo de la fe a través de una promesa. Los incrédulos quieren esta perspectiva y, por lo tanto, no ven más allá del exterior.

La fe puede ver la sabiduría de Dios en esa predicación, que el mundo ciego considera una tontería, como lo hizo el Apóstol; Puedo ver una gloria en esas ordenanzas que, a los ojos de los hombres carnales, son mezquinas y despreciables. Cuando el niño Jesús yacía en el pesebre, pobre, miserable condición, los sabios vieron, a través de esos pobres pañales, tal gloria que mandaba su asombro y adoración, cuando tantos otros, en la misma posada, no veían tal cosa. Y porque así los magos miraron al niño Jesús a través de esa insinuación, esa palabra del cielo, por la cual se les dio a conocer. El exterior del culto público, ahora bajo el evangelio, es como esos pobres pañales; pero Cristo está envuelto en ellos, hay una gloria espiritual en el interior, que el creyente discierne, y en consecuencia los valora, cuando como un incrédulo no ve tal cosa. Ese culto, que para los sentidos y la incredulidad es mezquino y despreciable, es para la fe, mirando a través de una promesa, la administración más gloriosa bajo el cielo. Debe abrirse el ojo de la fe, de lo contrario no se valorarán las ordenanzas. El Señor ha dado más estímulo a la fe bajo el evangelio y, por lo tanto, puede esperar más ejercicio de él que bajo la ley. Y sus dispensaciones son respondidas. Sus hijos bajo la ley eran minoría y no tenían edad (Gálatas 4:1). El exterior de su adoración fue entonces glorioso, su administración en estado y pompa permitió a los niños lo que agradaría sus sentidos; pero ahora, bajo el evangelio, han llegado a una edad más madura, él no permite un exterior tan alegre, no prescribe la pompa con la que se toma el sentido; la gloria es espiritual, y sólo es visible para la fe. Y, sin embargo, la gloria del segundo templo es mayor que la del primero, la adoración pública bajo el evangelio es más gloriosa que bajo la ley. Aunque no haya incensario de oro en el arca, revestido de oro, ni querubines de gloria que ensombrezcan el propiciatorio, ni adorno semejante para tomar los sentidos, sin embargo, hay una gloria mucho mayor (2 Corintios 3:11), pero es una gloria que solo se percibe con el ojo de la fe. Esto debe ejercitarse si quiere dar al culto público de Dios la gloria que le corresponde.

6. Trabajar para sacar la virtud y eficacia de las ordenanzas públicas, para aprovecharlas al máximo. Cuando encuentre los consuelos refrescantes, las benditas ventajas de la adoración pública, no necesitarás muchos motivos para darles el debido honor: “Como hemos oído, así hemos visto“, etc. (Salmo 48:8). Cuando no solo habían oído, sino visto, lo que Dios era para su pueblo en su adoración pública, no es de extrañar que expresen su alta estima por él: ‘Grande es el Señor, y digno de ser muy alabado en la ciudad de nuestro Dios, en el monte de su santidad. Hermoso para la situación, el gozo de toda la tierra es el monte de Sion”, etc. (v.1-3).

BENEFÍCIESE DEL CULTO PÚBLICO.

Ahora, para que obtenga de ellos tal ventaja que aumente su estima por ellos,

1. No venga desprevenido. No es de extrañar si la infructuosidad bajo las ordenanzas es tan común, cuando la negligencia en la preparación es tan común: “No te apresures con tu boca, ni tu corazón se apresure a decir nada delante de Dios” (Eclesiastés 5:2). No vengas precipitadamente, sin la debida consideración con quién tienes que hacer y qué estás haciendo. No vengas con culpa y contaminación sobre tu conciencia (Ezequiel 23:21, 29). De esto es de lo que debemos estar separados, si queremos que Dios nos reciba (2 Corintios 6:17). No venga con mentes y afectos enredados en el mundo: ‘Quítate los zapatos’, etc. (Éxodo 3:5). No venga con espíritus descuidados, indispuestos, con el corazón no arreglado (Salmo 57:7). No venga con ese temperamento carnal y aburrido que tu corazón contrae al entrometerse con el mundo. Are el terreno en barbecho. Si siembra entre espinos, poco cosechará para elevar su estima: “Me lavaré las manos en inocencia, y rodearé tu altar, oh, Señor” (Salmo 26:6). Aluda a la costumbre de los sacerdotes, ordenados por la ley de lavarse las manos y los pies, cuando iban al servicio del tabernáculo. Y esto fue ejemplar para la gente de entonces, para nosotros ahora, para enseñarnos con qué preparación debemos acercarnos a Dios.

2. Familiarícese con su condición espiritual. Venga aprensivo del estado de su alma, ya sea el estado de gracia o la naturaleza, lo que sus deseos espirituales, sus desalientos internos, cuáles son sus tentaciones; de lo contrario, puede escuchar mucho con poco propósito, sin discernir lo que es oportuno; de lo contrario, muchas peticiones pueden pasar desapercibidas, cuando no sabe lo que más le preocupa. Oh, si los profesantes supieran puntualmente la condición de su alma, y ​​fueran completamente afectados por ella, la palabra vendría a tiempo, sería como manzanas de oro, las ordenanzas serían como lluvia sobre la hierba recién cortada, destilarían una fructífera influencia, y sus almas crecerían como el lirio.

3. Venga con el corazón hambriento del disfrute de Cristo en sus ordenanzas. Este afecto tiene la promesa: “A los hambrientos colma de bienes” (Salmo 107:9). La sensación de vacío e indigencia le pone bajo el aspecto de esta promesa, bajo las dulces y graciosas influencias de ella; mientras que la presunción de nuestra propia abundancia, la insensatez de nuestra pobreza espiritual encierra el tesoro del cielo contra nosotros, “A los ricos despide vacíos” (Salmo 81:10). Nuestras almas deben abrirse de par en par, en anhelos fervientes de Dios; esta es la manera de ser lleno de las ricas bendiciones de las ordenanzas espirituales.

4. Use las ordenanzas con santo temor y reverencia (Salmo 2:11; 3:7). Esa confianza que el Señor aprueba en sus hijos no es una osadía carnal, como un error en el lugar de ello. Cuando se nos admite a la mayor intimidad y familiaridad con Cristo, cuando se nos invita a besar (Honrad) al Hijo; Sin embargo, se requiere un temor santo: ‘Servid al Señor con temor’, etc. Cuando tenemos motivos para regocijarnos en la misericordiosa condescendencia del Señor hacia nosotros, pobres gusanos, debemos temblar en la aprehensión de esa abrumadora gloria y excelencia a la que acercarse (Hebreos 12:28). La casa que el Señor prefiere antes que el templo, es un corazón tembloroso (Isaías 66). Y si lo elige para su habitación, lo amueblará ricamente; su presencia le será luz y vida, gozo y fuerza, gracia y gloria.

5. Lo que hagas en la adoración pública, hazlo con todas tus fuerzas. Sacude ese temperamento perezoso, indiferente, tibio, que es tan odioso para Dios. Deja que todo vuestro hombre ofrezca esta adoración. Que no le parezca suficiente presentar su cuerpo ante el Señor. La adoración corporal se beneficia tan poco como el ejercicio corporal. La adoración del cuerpo no es más que el cadáver de la adoración; la adoración del alma es el alma de la adoración. Aquellos que se acercan sólo con sus labios encontrarán a Dios lo suficientemente lejos de ellos; no sólo labios, boca y lengua, sino mente, corazón y afectos; no sólo se debe presionar la rodilla, la mano y el ojo, sino también el corazón, la conciencia y la memoria para atender a Dios en la adoración pública. David dice, no sólo “mi carne te anhela“, sino que “mi alma tiene sed de ti“. Entonces el Señor se acercará, cuando todo nuestro hombre le espere; entonces será hallado el Señor, cuando lo busquemos con todo nuestro corazón.

Que todo su hombre espere en Dios; sírvale así con todas tus fuerzas. Deje que su adoración sea su trabajo, y sea tan diligente en él para su alma, como lo está en otros empleos para su cuerpo. La pereza espiritual es la ruina de las almas, las lleva al consumo, las deja languideciendo bajo tristes desórdenes. Aquellos que no se animen a aferrarse a Dios, serán abatidos por muchas enfermedades. La pobreza del alma será el resultado de la pereza espiritual, “un gran destructor” (Proverbios 18:9). Lejos de aumentar el acervo de la gracia, ya que lo desperdiciará grandemente (Proverbios 20:4). Tiene un sentido espiritual. Su alma estará en una condición miserable, como si no tuviese nada, incluso en la cosecha, en medio de la abundancia, cuando otros están cosechando los dulces frutos de las ordenanzas públicas, y atesorando para el invierno, para un día malo. En medio de su abundancia, el perezoso espiritual no tendrá nada (Proverbios 12:17). Es el hombre diligente el que se enriquecerá con sustancia preciosa, incluso con las preciosas ventajas del culto público. El Señor recompensa a quienes lo buscan con diligencia. Aquellos que son diligentes en prepararse para él, diligentes en atenderlo, diligentes en el mejoramiento de las ordenanzas, el alma de este hombre será rica, rica para con Dios. El Señor lo bendecirá con tales riquezas espirituales, en el uso de las ordenanzas públicas, que elevarán su estima por ellas.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/12/28/public-worship-to-be-preferred-before-private/

[Esta es la continuación del artículo publicado previamente]
OBJECIÓN: “SIENTO LA PRESENCIA DE DIOS EN PRIVADO MÁS QUE EN EL CULTO PÚBLICO”.

Pero a pesar de todos los argumentos presentados para probar que se prefiere el culto público, encuentro algo contrario en la experiencia; y ¿quién puede admitir argumentos contra la experiencia? A veces tengo en privado más presencia de Dios, más ayuda de su Espíritu, más gozo, más ensanchamiento, más afectos elevados; mientras que en público a menudo encuentro mucha torpeza de corazón, mucha rectitud y falta de afecto, por eso no puedo ceder tan libremente como para preferir el culto público.

Respuesta. Me esforzaré por satisfacer esto de muchas maneras:

1. La experiencia no es una regla para tu juicio, sino la palabra de Dios; la primera es una guía falible, sólo la segunda es infalible. Si presiona su juicio siempre para seguir la experiencia, Satanás puede proporcionarle rápidamente esa experiencia que lo sacará del camino. Sea escrupuloso en seguir la experiencia cuando va sola, cuando no está respaldada por la Palabra, aprobada por la Escritura. Ha engañado a muchos. La experiencia no es más tolerable en divinidad que en la física. Como hay razón y experiencia, aquí la Escritura y la experiencia deben ir juntas. Aquellos que viven de acuerdo con los sentidos pueden admitir que esto solo es su guía, pero la evidencia a menudo ha demostrado que esa guía es ciega. Aquellos que viven por fe no deben admitir experimentos contra las Escrituras. Es más, aquellos que son fieles a la razón no admitirán algunos experimentos contra muchos argumentos. A veces, esto es cierto en privado, pero ¿lo encuentra de manera tan común? Si no es así, no hay base para emitir ningún juicio contra lo que se entrega. Puede ser una purga o un vómito que a veces tiende más a su salud que a su carne y bebida; ¿Preferirá por tanto la medicina antes de su comida ordinaria? Puede ser que en algún extremo de frío encuentres más refresco del fuego que del sol; ¿Preferirá, por tanto, el fuego y juzgará que es más beneficioso para el mundo que el sol? La experiencia no debe gobernar su juicio aquí, ni debe confiar en tales aprehensiones que solo se otorgan en unos pocos experimentos.

2. Puede ser que sus goces en privado fueran parte de alguna ocasión especial. Ahora bien, algunos casos especiales no establecen una regla general; tampoco son promesas suficientes para permitir una conclusión universal. Por ejemplo, puede que haya disfrutado mucho de Dios en privado, cuando se le impidió necesaria e inevitablemente esperar en el Señor en las ordenanzas públicas. Ahora bien, en este caso, cuando el pueblo de Dios lamenta la falta de libertades públicas como una aflicción, y busca al Señor de una manera especial para suplir esa necesidad en privado, él se complace en compensar lo que están privados en público, por las garantías de su presencia vivificante y reconfortante en privado. Así sucedió con David en su destierro, sin embargo, esto no disminuyó su estima o sus deseos por las ordenanzas públicas; estaba lejos de preferir los deberes privados a los públicos, aunque disfrutaba mucho de Dios en privado. Tampoco debemos sacar una conclusión universal de estos casos particulares; o bien afirmativamente, se prefiere el privado; o negativamente, lo público no es lo preferido.

3. Estos goces de Dios en privado pueden ser dispensaciones extraordinarias. El Señor las usa a veces, aunque raras veces. Ahora bien, estos casos extraordinarios son excepciones a la regla general, y tales excepciones limitan la regla, pero no la anulan. Sacan algo de la extensión, nada de la verdad. Aun así, se disfruta más de Dios en público que en privado; excepto en raros casos extraordinarios, normalmente es así. Y esto es suficiente, si no hubiera otro argumento para establecer la observación como una verdad, se prefiere el culto público antes que el privado.

4. Puede ser que tus goces en privado sean los frutos de tu atención a Dios en público. Puede ser que la asistencia, el agrandamiento, los afectos que encuentres en los deberes privados, sean los retornos del culto público. Los beneficios de las ordenanzas públicas no se reciben todos, ni siempre, mientras están empleados en ellas; las devoluciones de ellos pueden continuar muchos días después. El refrigerio que el Señor brinda a su pueblo en la adoración pública es como la provisión que hizo para Elías en el desierto: “Se levantó y comió y bebió, y fue con la fuerza de esa carne cuarenta días” (1 Reyes 19:18). Cuando el Señor banquetea a su pueblo en público, pueden caminar con el Señor en su fuerza en deberes privados con más alegría, con más ensanchamiento, más afecto, muchos días después. Aquellos que saben lo que es disfrutar de la comunión con Dios en sus ordenanzas, lo saben por experiencia. Cuando el Señor se encuentre con ustedes en público, ¿no les parece que sus corazones están mucho mejor dispuestos y en los deberes privados? Ahora bien, si la ayuda que encuentra en privado es el fruto de su espera en Dios en público, esto debería elevar su estima por la adoración pública que disminuirla. Aquello que se objeta tiende a confirmar esta verdad, hasta donde debería ser un obstáculo para suscribirla.

5. Puede haber un engaño en su experiencia. Todas esas alegrías, afectos, engrandecimientos que los hombres encuentran en los deberes, no siempre provienen de la presencia especial de Dios. Puede haber un gran destello de espíritu y mucha alegría y actividad de los principios falsos; algunos destellos de afectos fugaces, algunas impresiones pasajeras y que se desvanecen, pueden caer sobre los corazones de los hombres y, sin embargo, no caer desde arriba. Los dones de los hombres a veces pueden llevarse muy alto, incluso para la admiración de otros, cuando hay poca o ninguna vida espiritual. El vigor de la naturaleza, la fuerza de las partes, la imposición de la conciencia, los respetos externos, las alegrías engañosas, las visiones engañosas, las fantasías infundadas, los sueños engañosos, sí, las presunciones supersticiosas, pueden obrar mucho sobre los hombres en los deberes cuando hay poco o nada de Dios. Cuando parece que los hombres se llevan a cabo con un vendaval de ayuda, no siempre es el Espíritu de Dios el que llena las velas. Un hombre puede moverse con mucha vida, libertad, alegría, en deberes espirituales, cuando su movimiento es de otros pesos que los del Espíritu.

Más aún, no sólo esas potentes obras que son ordinarias, pero extraordinarias, como los éxtasis y los raptos, en los que el alma se transporta, de modo que deja el cuerpo sin su influencia ordinaria, por lo que parece sin sentido ni movimiento; operaciones internas en el alma que producen efectos extraños sobre el cuerpo, visibles en sus movimientos desordenados y gestos [des] compuestos. Obras como estas ha habido en todas las edades, y pueden haber ahora, desde el espíritu de las tinieblas transformándose a sí mismo en un ángel de luz; y por lo tanto, si tales experiencias privadas se producen para desacreditar el culto público, el ministerio público o cualquier otra ordenanza pública de Dios (sin importar cómo pretendan el Espíritu de Dios), deben ser rechazadas. Los engaños de nuestro propio corazón, o los engaños de ese espíritu envidioso, que siempre ha mostrado su malicia contra el culto público de Dios, no deben ser admitidos para hacer cuestionable esta verdad bíblica de que el culto público debe preferirse antes que el privado. Y, de hecho, las experiencias de la asistencia personal ordinaria en deberes privados, si se utiliza con este fin, deben considerarse sospechosas; puede sospechar que no es lo que parece, si este es el problema. Las ayudas que provienen del Espíritu de Dios tienen mejor tendencia que menospreciar el culto público de Dios, del que él mismo es tan tierno. Y esto debería ser más considerado, porque es evidente que Satanás tiene un plan contra la adoración pública de Dios, y lo impulsa de una manera más sutil que en tiempos más oscuros. Quitaría una parte de la adoración de Dios por otra, para que por fin pudiera privarnos de todo. Ocúpese, entonces, y examine sus experiencias, si hay engaño en ellas, tantas veces lo hay. No tienen fuerza contra esta verdad, se prefiere el culto público antes que el privado.

6. Puede ser que el Señor parezca apartarse de usted y negarle la asistencia espiritual en la adoración pública para la prueba. Para probar su amor por él, y los caminos que más le honran; para ver si se apartará de él y de su adoración, cuando él parezca apartarse de usted; para probar si servirá a Dios por nada, cuando no parezca encontrar nada que responda a su atención y esfuerzos. Esta es la hora de la tentación de Inglaterra en otras cosas, y probablemente lo sea en ésta y en otras. Si es así con usted, su resolución debería ser la del profeta: “Esperaré en el Señor, que esconde su rostro de la casa de Jacob” (Isa. 8:17). Si este es su caso, su estima por su culto público debería elevarse más que disminuir, ya que esta es la manera de cumplir con el diseño del Señor en esta dispensación, la manera de procurar ganancias más confortables, una asistencia más poderosa que nunca.

7. Puede disfrutar más de Dios en público y no observarlo. Así como puede haber un error al pensar que disfruta mucho de Dios en privado cuando no lo hace, también puede haber un error al pensar que desea la presencia de Dios en público cuando en verdad la tiene. No es el mejoramiento de las partes, el agrandamiento del corazón, los destellos de gozo, los movimientos de afecto, lo que argumenta la mayor parte de la presencia de Dios; puede haber muchos de estos cuando hay poco de Dios. Es un alma humilde, pobre de espíritu, que tiembla ante la palabra, que tiene hambre y sed de Cristo, que es sensible a las necesidades espirituales y a los malestares, que está agobiada por sus corrupciones, y se lamenta por el Señor y por los gozos más libres que de él provienen. Aquel cuyo corazón es suave y dócil, cuya conciencia es tierna, es él quien prospera en el hombre interior. Y si estos son los efectos de su presencia en Dios en la adoración pública, allí disfrutará mucho de la presencia de Dios, sin importar lo que entienda en contrario. Estos son mucho más valiosos que los afectos y las ampliaciones por las que algunos juzgan la presencia del Señor en sus ordenanzas; porque estos son los frutos sanos de un árbol de justicia, mientras que esos son solo las hojas o las flores de él, que a veces puede encontrar en un árbol estéril. En la medida en que el Señor sostiene en usted un espíritu pobre y hambriento, un corazón humilde y sediento, hasta ahora él es bondadoso contigo; pues por esto ha prometido una presencia llena de gracia en sus ordenanzas (Isaías 66:1-2). El Señor habla aquí como si no estuviera tan cautivado por la gloria del templo, no, no por el resplandor del cielo, sino por un espíritu de este temperamento. Tan seguro como el trono del Señor está en el cielo, esta alma tendrá su presencia. Las corrientes de refrigerios espirituales de su presencia regarán estos valles, cuando como confidentes de altos vuelos, que acuden a las ordenanzas con alta vanidad y audacia carnal, sean como las montañas, dejadas secas y resecas. Ver Mat. 5: 3-6. Puede disfrutar de la presencia de Dios en público y no observarla. Ahora bien, si tu experiencia es un error, no hay razón para que te impida ceder a esta verdad, que la adoración pública es preferible a la privada.

8. Es de sospechar que lo que usted quiere de la presencia de Dios, en la adoración pública, es por su propia falta. No porque no se pueda disfrutar más de Dios, no se obtenga más ventaja espiritual en las ordenanzas públicas, sino porque, a través de algún descuido pecaminoso, se vuelven incapaces de lograrlo. Que esto se observe y que se examinen imparcialmente sus caminos; y encontrarán motivos para acusarse a sí mismos, en lugar de objetar algo contra la preeminencia del culto público. Hay tanto amor propio en nosotros, ya que estamos dispuestos a acusar cualquier cosa, incluso la adoración a Dios mismo, en lugar de a nosotros mismos; sí, cuando nosotros mismos deberíamos ser acusados. La mano del Señor no está estrecha, etc. La adoración de Dios es la misma, el Señor debe ser gozado tanto como sea en ella; no se puede encontrar menos comodidad y ventaja en él que antes (y antes se ha disfrutado más en él que en privado); ¿Cómo es posible, entonces, que haya alguna ocasión para oponerse a ella? Nuestras iniquidades se han separado entre nosotros y nuestro Dios.

Busquemos en nuestros corazones y caminos, y todos, o sobre todo aquellos, que tengan la tentación de oponerse a ello, lo encontrarán así y podrán discernir la razón en sí mismos.

¿No subestiman el culto público y el disfrute de Dios en él? ¿No sois muchas veces indiferentes, lo disfrutes o no? ¿Es una triste aflicción para vuestras almas cuando dejáis las ordenanzas sin disfrutar a Dios en ellas? ¿Habéis lamentado por ello? Si no es así, tienes pensamientos demasiado bajos sobre los placeres espirituales para tener muchos de ellos. ¿Creéis que Dios arrojará perlas semejantes a los cerdos, cosas tan preciosas ante los que las pisotean y las desprecian?

¿No abrigáis algún prejuicio contra algunas ordenanzas públicas o contra el ministro público? Incluso esto es suficiente para hacerlos menos confortables, menos efectivos. ¿Por qué el ministerio público de Cristo fue menos eficaz entre sus propios compatriotas? ¿Por qué estaban poseídos de prejuicios contra él? (Mateo 13:55).

¿No habéis descuidado el culto público? ¿Os habéis ausentado de las ordenanzas sin ninguna ocasión necesaria? ¡Oh, qué común es este pecado! y cuán justamente castigados, cuando el Señor se ausenta de ellos, que están tan voluntariamente ausentes de su culto público. Cuando te apartas de las ordenanzas públicas, te apartas de Dios; ¿Y no hay aquí razón suficiente para que el Señor se aparte de ustedes?

¿No venís desprevenidos, con corazones ligeros y descuidados, sin los debidos recelos, ni del Señor ni de vosotros? Esto es una afrenta a su majestad, esto rebaja su honor (Mal. 1:6). No es de extrañar si no encuentra ese poder y virtud vivificadora en las ordenanzas; pueden encontrar la razón en ustedes mismos; por la presente provocas al Señor que se aparte de ellos, ya ti en ellos.

¿Dónde están sus deseos después de las ordenanzas públicas, después de la presencia de Dios en ellas, después de las ventajas espirituales de ellas? ¿Podéis decir con él: ‘Una cosa he deseado y buscaré, para habitar en la casa del Señor’, etc. ¿Podéis decir: ‘Como el ciervo brama tras las corrientes de las aguas, así ¿Anhela mi alma por ti, oh, Dios? Mi alma tiene sed de Dios, ¿cuándo vendré y me presentaré ante Dios? ‘¿Podéis decir:’ Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, para ver tu gloria ‘, etc. ¿Podéis decir: ‘Mi alma anhela, sí, aun se desmaya por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne claman por el Dios viviente’? Oh, si hubiera tales deseos, habría pocas quejas, pocas objeciones. Si existieran tales deseos, el Señor rápidamente revestiría sus ordenanzas públicas con su gloria y poder habituales, motivo para decir, Nunquam abs te, absque te. ¿Pero no es por eso por lo que no deben disfrutar mucho los que desean tan poco?

¿No dejáis paso a la falta de vida, la pereza y el descuido en el culto público? ¿Os animáis a aferraros a Dios? Es la mano diligente la que enriquece. “Se hace pobre el que trata con mano negligente” (Proverbios 10:4). Si las ordenanzas no llegan a ti, como un barco cargado de tesoros preciosos, echa la culpa de tu negligencia: “Él recompensa a los que lo buscan” (Heb. 11:6).

¿Vienes con fe? ¿Trabajan sus pensamientos y corazones en una promesa cuando van a las ordenanzas públicas? Ustedes saben quién dijo: “Si no creéis, no veréis el poder de Dios“. Si Cristo no pudo hacer obras poderosas debido a su incredulidad, ¿qué pensáis que pueden hacer las ordenanzas?

¿No vienes por algo más, algo peor que aquello de lo que te quejas que no encuentras? ¿No venís por costumbre, porque está de moda, y es una vergüenza no venir a ella? ¿No venís para evitar la censura, la ofensa, el disgusto de los demás? ¿No venís a tapar la boca de la conciencia, a evitar sus clamores? ¿No buscáis las sutilezas, las nociones, las novedades, como los que buscan la mala hierba en lugar de las mazorcas de maíz? Vengan por lo que quieran, si no vienen a encontrarse con Dios, a tener vida, a ser llenos del Espíritu, ¿no es por eso por lo que deben ir sin ellos?

¿No descuidáis el perfeccionamiento posterior de las ordenanzas públicas? ¿No os olvidáis de sacar a relucir su eficacia en secreto, mediante la oración, la meditación y el ejercicio de la fe? ¿Crees que el acto realizado es suficiente, trabajando para nada más que lo que encuentras en el presente ejercicio? ¿Crees que tu trabajo está terminado cuando el ministro lo ha hecho? Oh no. Si desea disfrutar de Dios en la Palabra, entonces su trabajo debe comenzar. Las ordenanzas son como uvas, no es suficiente que las entregues en tus manos; si quieres tener la dulzura y el alimento de ellas, deben ser prensadas, esa es tu obra en secreto. La negligencia, el descuido, la pereza de los hombres al no mejorar las ordenanzas públicas en secreto, lo llevan a retirarse a sí mismo y a su bendición en público.

Estos, y otros males, provocan que el Señor niegue su presencia, retenga las comodidades y las benditas ventajas del culto público; para que otros disfruten más de esto en privado que los culpables en público. Solo necesitan leer sus propios corazones para obtener una respuesta a esta objeción; no es porque el Señor se encuentre menos en público que en privado, que se encuentra menos de Él allí, sino porque se vuelven incapaces de disfrutarlo, incapaces de encontrarlo.

9. Supongamos que lo que se alega fuera cierto, que encontraras más alegrías, agrandamiento, ayuda en la intimidad, que no hubo error en estas experiencias, y que fueron ordinarias, lo cual estoy lejos de conceder, pero permitiendo toda la ventaja imaginable en A este respecto, a los deberes privados, no obstante, se prefiere el culto público, por otras diversas razones incontestables antes expuestas. Ahora lo haré en dos:

El culto público es un bien más público, es más edificante, el beneficio más común y extenso, el beneficio más universal, y por lo tanto debe preferirse antes que el privado, tanto como un beneficio universal es preferible a un bien particular, uno público se prefiere ante un privado. Es un hombre indigno de vivir en una nación, el que preferirá sus intereses privados antes que el bien público. Es una nobleza de espíritu tener espíritu público; la luz de la naturaleza descubre una excelencia en ella, la religión y los principios del Evangelio lo exigen mucho más, y el Señor mismo lo recomienda y anima con recompensas especiales. Aquellos que profesan ser siervos de Dios deberían avergonzarse de ser curvados aquí por paganos. Nuestra primera pregunta no debería ser: ¿Dónde puedo recibir más bien? Sino, ¿dónde puedo hacer más bien? Debe preferirse la salvación de las almas antes que nuestras comodidades, y esa ventaja más valorada que es la más amplia y universal. Tal es la ventaja de las ordenanzas públicas y, por lo tanto, son preferibles a las privadas, como el bien público antes que el interés privado de un hombre.

Entonces suponga que encuentra más consuelo, mayor ensanchamiento en el culto privado que en público, pero la gloria de Dios es preferible a sus ventajas; y, por tanto, aquello por lo que su gloria es más avanzada, antes que aquello en lo que más se promueve vuestro interés particular. Pero Dios es más glorificado en la adoración pública; aquí se da el testimonio más amplio de sus gloriosas excelencias, aquí está el reconocimiento más público de su gloria. No podemos glorificarlo de otra manera, sino que reconociendo su gloria, y cuanto más público es este reconocimiento, más glorificado es; pero es más público en el culto público, y por lo tanto es preferible antes que privado, como la gloria de Dios antes que tu ventaja privada.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/12/28/public-worship-to-be-preferred-before-private/

Por: David Clarkson (1622-1686), en Practical Works, vol. 3, chap. 7.

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

“Ama Jehová las puertas de Sion Más que todas las moradas de Jacob”. (Salmo 87:2)

Para que podamos comprender el significado de estas palabras y, por tanto, hacer alguna observación edificante, debemos investigar la razón por la que se dice que el Señor ama las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob. Siendo esto manifiesto, las palabras serán claras.

Ahora, la razón la podemos encontrar asignada por el Señor mismo (Deuteronomio 13:5-6, 11). Las puertas de Sion eran el lugar que el Señor había elegido para hacer que su nombre habitara allí, es decir, como explican las siguientes palabras, el lugar de su adoración. Porque el templo fue edificado sobre la colina de Sion o cerca de ella. Y este, como saben, era en particular el lugar establecido para su adoración. Fue el deleite del Señor en el afecto a su adoración, por lo que se dice que ama las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob.

Pero se puede responder, el Señor tuvo adoración, no solo en las puertas de Sion, en el templo, sino también en las viviendas de Jacob. No podemos suponer que toda la posteridad de Jacob descuidaría la adoración de Dios en sus familias; Sin duda, los fieles entre ellos resolvieron con Josué: ‘Yo y mi casa serviremos a Jehová‘. Ya que, por lo tanto, la adoración de Dios se encontraba en ambas, ¿cómo puede ser esta adoración la razón por la cual una debe ser preferida antes que la otra? Seguramente por ningún otro motivo que no sea este, la adoración de Dios en las puertas de Sion era pública, su adoración en las moradas de Jacob era privada. De modo que, en fin, se puede decir que el Señor ama las puertas de Sion antes que todas las moradas de Jacob, porque prefiere la adoración pública antes que la privada. Amaba todas las moradas de Jacob, en las que era adorado en privado; pero amó las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob, porque allí se le adoraba públicamente. Por lo tanto, tenemos un terreno claro para esto:

Observación. Se prefiere el culto público antes que el privado. Así es por el Señor, así debe ser por su pueblo. Así fue bajo la ley, y así debe ser bajo el evangelio.

RAZONES POR LAS QUE EL TABERNÁCULO ERA SANTO.

De hecho, existe una diferencia entre el culto público bajo la ley y el evangelio con respecto a una circunstancia, a saber, el lugar del culto público. Según la ley, el lugar de culto público era santo, pero no tenemos ninguna razón para considerar ningún lugar de culto público bajo el evangelio; y esto será manifiesto si preguntamos cuáles eran los fundamentos de esa santidad legal en el tabernáculo o templo, y al mismo tiempo observamos que ninguno de ellos puede aplicarse a ningún lugar de adoración bajo el evangelio.

1. El templo y el tabernáculo fueron apartados y separados para un uso santo, por mandato expreso y especial de Dios (Deut. 12:13-14). Pero no existe tal mandato para apartar este o aquel lugar bajo el evangelio. El culto es necesario, pero el lugar dónde es, indiferente, indeterminado; Se deja a la prudencia humana elegir el lugar más conveniente. No encontramos ninguna regla que nos obligue, sino que, en general, “Hágase todo decentemente y en orden” [1 Corintios 14:40]. Las consagraciones de los hombres no pueden santificar lo que la institución de Dios no santifica.

2. El templo era pars cultus, una parte del culto ceremonial bajo la ley, pero no existe tal culto ceremonial bajo el evangelio, y mucho menos cualquier lugar es parte del culto al evangelio. Y, por lo tanto, no hay tal santidad en ningún lugar ahora como en el templo entonces.

3. El templo era un medium cultus, un medio de gracia, de adoración, bajo la ley. De ese modo, el Señor comunicó a esas personas muchos misterios de religión y piedad; así fue Cristo representado en su naturaleza, oficios y beneficios. Pero ahora no hay lugar bajo el evangelio de tal uso y virtud; no tales representaciones de Cristo, o comunicaciones de misterios religiosos por ningún lugar de culto cualquiera; ergo, no hay tal santidad.

4. El templo era un tipo de Cristo (Juan 2:19); pero todas las sombras y tipos de Cristo se desvanecieron cuando Cristo mismo apareció; y no hay lugar para ellos en ningún lugar bajo el evangelio.

5. El templo santificó las ofrendas, los servicios de ese pueblo. El altar santificó la ofrenda (Mateo 23:19). El culto que se ofrecía allí era más aceptable, más disponible que en cualquier otro lugar, por ser el único lugar donde el Señor aceptaría esos servicios ceremoniales, y también porque no hay aceptación sino en Cristo, a quien aquí se tipifica. Pero habiendo cesado estos, pensar ahora que nuestra adoración o servicio a Dios será santificado por el lugar donde se realizan, o más disponible o aceptable en un lugar que en otro, simplemente por el bien del lugar, es una presunción sin Escritura, y grandemente supersticioso; es más, va contra las Escrituras, y es profano. El profeta predijo esto: “En todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre” (Malaquías 1:11); en cada lugar, tanto uno como otro, sin distinción. El Señor Cristo determina esto en su discurso (Juan 4:21). Ha llegado la hora en que todos esos aspectos serán eliminados, y todos los lugares serán iguales, y tú y tus servicios serán aceptables en todo lugar del mundo como en Jerusalén. De ahí el consejo del apóstol: “Quiero que los hombres oren en todas partes, levantando manos santas” (1 Timoteo 2:8), no solo en este o aquel lugar. Y la promesa de Cristo responde a ello (Mateo 28:20). Él no dice ‘cuando dos o tres están reunidos en tal lugar’, sino solo ‘Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’, se puede observar lo de Orígenes en Mateo (Tract. 35), “Un judío ciertamente no duda de que un lugar es más santo que otro para la oración, pero el que ha dejado las fábulas judías por la doctrina de Cristo dice que el lugar no hace que una oración sea mejor que otra”. Así en la Homilía 5 en Levítico, ‘No busco lugar santo en la tierra, sino en el corazón. Debemos tomar esto por el lugar santo en lugar de un edificio de piedras.” Así, Agustín dice, “Cuando tienes la intención de orar, ¿por qué preguntas por un lugar santo?” La superstición aún no había cegado tanto al mundo, pero estos antiguos pudieron ver los motivos para negar esa santidad de lugares que imaginarían las edades posteriores. Y mejor sería si tales presunciones supersticiosas no estuvieran arraigadas en algunos de nosotros. Aquellos que tienen una mente para ver, pueden, por lo que se ha entregado, discernir cuán infundada es esa opinión. Pero no debo insistir más en ello.

Por tanto, parece que hay una diferencia circunstancial entre el culto público a Dios bajo la ley y bajo el evangelio. Pero esto no puede ser motivo para concluir que la adoración pública no debe preferirse a la privada, tanto bajo el evangelio como bajo la ley; porque la diferencia es sólo en las circunstancias (el lugar de adoración), y esta circunstancia es ceremonial (una santidad ceremonial); mientras que todas las razones morales por las que se debe preferir la adoración pública a la privada, son válidas tanto bajo el evangelio como bajo la ley.

REQUISITOS DEL CULTO PÚBLICO.

Pero antes de proceder a confirmar la observación, permítanme explicar brevemente qué es la adoración pública. Se requieren tres cosas para que la adoración sea pública: ordenanzas, una asamblea y un oficial.

1. Debe haber ciertas ordenanzas de uso público que son requeridas o admitidas; tales son la oración, la alabanza, la palabra leída, expuesta o predicada, y la administración de los sacramentos. La palabra debe ser leída y la oración es necesaria tanto en secreto como en privado, pero ambas admiten su uso público, y el uso de ellas en público es mandatado y obligatorio. Estas deben usarse tanto pública como privadamente; la otra (la predicación) no se puede utilizar debidamente sino en público.

2. Debe haber una asamblea, una congregación unida al uso de estas ordenanzas. La adoración de uno o dos no puede ser culto público. No necesitamos determinar en qué números debe constar; pero como lo que se hace en una familia es privado, debería haber una concurrencia mayor a la constituida por una familia ordinaria.

3. Debe haber un oficial. El administrador de las ordenanzas debe ser alguien de calidad pública, uno en el cargo, uno apartado por el Señor y llamado al empleo por la iglesia. Si una persona particular en casos ordinarios se compromete a predicar la palabra o administrar los sacramentos, si se permite como adoración, lo cual no está de acuerdo con la regla ordinaria, sin embargo, no hay razón para esperar la bendición, el provecho y el privilegio del culto público.

Así para la explicación. Ahora para la confirmación, observe estos argumentos.

RAZONES POR LAS QUE SE PREFIERE EL CULTO PÚBLICO ANTES QUE EL CULTO PRIVADO.

1. El Señor es más glorificado por la adoración pública que por la privada. Entonces, Dios es glorificado por nosotros cuando reconocemos que es glorioso. Y es más glorificado cuando este reconocimiento es más público. Esto es obvio. Un reconocimiento público del valor y la excelencia de alguien tiende más a su honor que lo que es privado o secreto. Fue más por el honor de David que la multitud celebró su victoria (1 Samuel 18:7), que si una persona en particular la hubiera reconocido solo en privado. Por eso el salmista, cuando quiere que la gloria de Dios sea declarada más ampliamente, no se contenta con un reconocimiento privado, sino que convoca a toda la tierra a alabarlo (Salmo 96:1-3). Entonces es el Señor más glorificado, cuando su gloria es más declarada, y luego es más declarada cuando es declarada por la mayoría, por una multitud. David muestra el camino por el cual Dios puede ser más glorificado (Salmo 22:22-23, 25). Entonces aparece con toda gloria cuando es magnificado públicamente, cuando es alabado en la gran congregación. Entonces es más glorificado cuando una multitud habla de y para su gloria: “En su templo cada uno habla de su gloria” (Salmo 29:9). El Señor se queja como si no tuviera el honor de su pueblo, cuando su culto público es despreciado, descuidado: “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?” (Malaquías 1:6). Por nombre de Dios aquí se entiende su adoración y ordenanzas, como claramente se muestra en lo que sigue (vers. 7, 8, 11). Y aquí les critica que no le ofrecían ningún honor, porque despreciaban su adoración y sus ordenanzas. Entonces Cristo será sumamente glorificado, cuando sea admirado en todos los que creen, en esa gran asamblea en el último día (2 Tesalonicenses 1:10). Y ahora se mantiene en proporción; cuanto más se unen para alabarlo, admirarlo y adorarlo, más glorificado es: y por lo tanto más en público que en privado.

2. Hay más presencia del Señor en el culto público que en privado. Está presente con su pueblo en el uso de las ordenanzas públicas de una manera más especial, más eficaz, constante e íntima.

Para lo primero, vea Éxodo 20:24. Después de haber dado instrucciones para su adoración pública, agrega: “En todos los lugares donde esté la memoria de mi nombre, iré a ti y te bendeciré”. Donde soy adorado públicamente, porque el nombre de Dios se coloca con frecuencia para la adoración de Dios, vendré; y no con las manos vacías, te bendeciré: palabra comprensiva, que incluya todo lo deseable, todo lo que tiende a la felicidad de los que lo adoran. Aquí está la eficacia.

Para la constancia de su presencia, vea Mateo 28: ‘Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo‘. Donde, después de haber dado orden para la administración de las ordenanzas públicas, concluye con ese dulce estímulo al uso de las mismas, πασας τας ημεας, estoy contigo siempre, todos los días, y eso hasta el fin del mundo. Aquí está la constancia.

Vea la intimidad de su presencia: Mateo 18:20, “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos“. No dice: Estoy cerca de ellos, o con ellos, o alrededor de ellos, sino en medio de ellos; tanta intimidad como se pueda expresar. Y así se le describe, Apocalipsis 1:18, que está en medio de los siete candeleros de oro, en medio de la iglesia; allí camina y allí habita; no solo con ellos, sino en ellos. Porque así el apóstol, 2 Corintios 6:16, traduce de Levítico 26:12, promesa que hizo, al presuponer su tabernáculo, su adoración pública entre ellos (v. 11). Por eso es que cuando el culto público de Dios se quita de un pueblo, entonces Dios se va, su presencia se va; cuando ella, cuando el arca fue quitada a los israelitas, gritó: “La gloria se fue“. ¿Y por qué, sino porque el Señor, que es la gloria de su pueblo, se ha ido entonces? Las ordenanzas públicas son la señal, la prenda de la presencia de Dios; y en el uso de ellos, de una manera especial se manifiesta presente.

Pero dirás: ¿No está el Señor presente con sus siervos cuando le adoran en privado? Es verdad; pero gran parte de su presencia no se concede, ni se disfruta normalmente, tanto en privado como en público. Si la experiencia de alguno lo encuentra de otra manera, tienen motivos para temer que el Señor esté enojado, le han dado algún disgusto, alguna ofensa; si no lo encuentran más, donde normalmente se encuentra más, y esto es en las ordenanzas públicas, porque el Señor está más allí donde él está más comprometido, pero se ha comprometido a estar más allí donde la mayoría de su pueblo está. El Señor se ha comprometido a estar con cada santo en particular, pero cuando los detalles se unen en la adoración pública, todos los compromisos están unidos. El Señor se compromete a dejar salir, por así decirlo, una corriente de su presencia cómoda y vivificante a cada persona en particular que le teme, pero cuando muchos de estos detalles se unen para adorar a Dios, entonces estas diversas corrientes se unen y se encuentran en una. De modo que la presencia de Dios, que gozada en privado no es más que un arroyo, en público se convierte en un río, un río que alegra la ciudad de Dios. El Señor tiene un plato para cada alma en particular que realmente le sirve; pero cuando se juntan muchos detalles, hay una variedad, una confluencia, una multitud de platos. La presencia del Señor en la adoración pública lo convierte en una fiesta espiritual, y así se expresa (Isaías 25:6). Verá, hay más presencia de Dios en la adoración pública, ergo la adoración pública es preferible a la privada.

3. Aquí están las manifestaciones más claras de Dios. Aquí se manifiesta más que en privado, ergo se prefiere el culto público antes que el privado. ¿Por qué se llamó a Judá un valle de visión, sino porque el Señor se manifestó a ese pueblo en ordenanzas públicas? Lo cual él no reconoce a otras naciones, se dice que “se sientan en tinieblas y en el valle de sombra de muerte”. Aquí están las visiones de la paz del amor, de la vida; y bienaventurados los ojos que efectivamente los ven. Aquí están las visiones más claras de la belleza, la gloria, el poder de Dios, que se pueden esperar, hasta que lo veamos cara a cara. David vio tanto de Dios en secreto como podía esperarse entonces, pero esperaba más en público y, por lo tanto, como no estaba satisfecho con sus placeres privados, respira y anhela las ordenanzas públicas, por esta razón, para poder tener descubrimientos más claros del Señor allí: “Una cosa he deseado, y buscaré, que pueda habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Salmo 27:4). ¿Por qué afectó esto, como la única cosa sobre todo deseable? ¿Por qué, sino para contemplar la belleza del Señor?, etc. Así, Salmo 63:1-2, aunque David estaba en un desierto, tierra seca y sedienta, donde no había agua, no tenía tanta sed de refrigerios exteriores como de ordenanzas públicas; ¿y por qué? “Para ver tu poder y tu gloria“.

Si observamos cómo se representa a Cristo cuando se dice que está en medio de las iglesias, podemos saber qué descubrimientos de Cristo se hacen en las asambleas de su pueblo (Apocalipsis 1:13, etc.):

Vestido con una prenda hasta el pie. Ese era el hábito de los sacerdotes. Aquí está el oficio sacerdotal de Cristo, la fuente del consuelo y el gozo de todos los santos.

Ceñido por el pecho con un cinturón dorado. Este era el atuendo de un conquistador. Así que Cristo se presenta victorioso sobre todos los enemigos de su pueblo.

Su cabeza y sus cabellos blancos como la lana. Aquí está su eternidad; la blancura es su emblema. Por tanto, cuando el Señor se expresa como eterno, se le llama Anciano de días.

Sus ojos como una llama de fuego. Aquí está su omnisciencia; nada se puede esconder de sus ojos. La llama esparce las tinieblas y consume o penetra todo lo que para nosotros puede ser un impedimento para la vista.

Sus pies semejantes a bronce bruñido. Aquí está su remero; para aplastar a todos los que se oponen a su gloria y la felicidad de su pueblo; no pueden resistirle más como los vasos de barro pueden soportar la fuerza del bronce.

Su voz como el sonido de muchas aguas. Aquí su voz es más fuerte y poderosa; tan poderosa, ya que puede hacer oír a los sordos y levantar a los muertos de la tumba del pecado. Su voz en privado es una voz tranquila, aquí está como el sonido de muchas aguas.

Tenía en su mano derecha siete estrellas. Aquí está su providencia, su tierno cuidado de sus mensajeros, los ministros del evangelio, los administradores de las ordenanzas públicas; los tiene en su mano, con su diestra, y toda la violencia del mundo, todos los poderes de las tinieblas, no pueden arrancarlos de allí.

De su boca salió una espada afilada de dos filos. Su palabra predicada públicamente, más cortante que una espada de dos filos, como se describe (Hebreos 4:12, 18), traspasa el corazón, escudriña el alma, hiere la conciencia. Con esto Cristo sigue, conquistando y conquistando a pesar de toda oposición.

Su rostro era como el sol que brilla en su fuerza. Aquí se descubre el rostro de Cristo, fuente de luz y vida, asiento de belleza y gloria, que eclipsa al sol en toda su fuerza. Así aparece, como se convierte en el amor, el deleite, la admiración, la alegría de todo aquel cuyos ojos se abren para contemplarlo.

Ahora, como se le describe aquí en medio de las iglesias, así aparece en las asambleas de su pueblo. No hay representaciones tan claras, tan cómodas y tan eficaces del poder y la sabiduría, del amor y la belleza, de la gloria y la majestad de Cristo, como en las ordenanzas públicas: ‘Todos aquí, como a cara descubierta, contemplamos la gloria de El Señor.’

4. Se pueden obtener más ventajas espirituales en el uso de las ordenanzas públicas que en las privadas, por lo que deben preferirse. Cualquier beneficio espiritual que se pueda encontrar en los deberes privados, eso, y mucho más, se puede esperar de las ordenanzas públicas cuando se aprovechan debidamente. Hay más luz espiritual y vida, más fuerza y ​​crecimiento, más consuelo y refresco del alma. Cuando la esposa (la iglesia) le pregunta a Cristo dónde podría encontrar consuelo y alimento para el alma, alimento y descanso, él la dirige a las ordenanzas públicas: ‘Sigue las huellas del rebaño’ (Cantar de los Cantares 1:7-8), camina en el camino del antiguo pueblo de Dios. Y alimentar a los niños junto a las tiendas de los pastores. Los pastores son (en la frase del Nuevo Testamento) pastores o maestros, aquellos a quienes el Señor ha encomendado la administración de sus ordenanzas públicas. Para ellos, la iglesia está dirigida para la comida y el descanso, para el consuelo y la nutrición espirituales; y le es recomendado como el camino conocido de todo el rebaño, ese rebaño del cual Cristo es el pastor principal.

Ese es un lugar preñado para este propósito, Efesios 4, donde el apóstol declara el fin por qué el Señor Cristo dio oficiales públicos y, en consecuencia, ordenanzas públicas. Los dio “para perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (v.12). Aquí está la edificación, hasta la perfección: ‘Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo‘ (v.13). Aquí está el conocimiento y la unidad, incluso en una conformidad con Cristo: “Que de ahora en adelante no seamos más niños, lanzados de un lado a otro; y llevados de un lado a otro con todo viento de doctrina, por la magia de los hombres y la astucia sagaz, con la que acechan para engaña” (v.14). Hay fuerza y ​​estabilidad, a pesar de todo el engaño y la astucia de los seductores: “Pero hablando la verdad en amor, crezca en todas las cosas para él, que es la cabeza, Cristo” (v.15). Hay crecimiento y fecundidad, y eso en todas las cosas. Estos son los fines por los cuales el Señor Jesús dio a su iglesia oficiales y ordenanzas públicas; y nunca fallarán en estos fines si no fallamos en su uso. ¿Qué más se puede desear? Aquí las dudas se resuelven mejor, las tinieblas se dispersan y las tentaciones se vencen más eficazmente. David tenía ayuda privada al igual que nosotros, pero cuán extrañamente prevaleció una tentación contra él, hasta que entró en el santuario: “Cuando pensé en saber esto, fue demasiado doloroso para mí, hasta que fui al santuario de Dios; entonces comprendí su fin” (Salmo 73:16-17). Nada fue eficaz para vencer esta tentación, hasta que entró en el santuario. Por lo tanto, ve que hay más ventajas espirituales en el culto público que en el privado y, por lo tanto, es preferible.

5. El culto público es más edificante que el privado. En privado provees para tu propio bien, pero en público te haces bien a ti mismo y a los demás. Y esa es una regla recibida, Bonum, quo communius, eo melius, “que el bien es lo mejor que es más difuso, más comunicativo“. El ejemplo tiene la fuerza de un motivo; podemos incitar a otros con nuestro ejemplo: ‘Vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades; y los habitantes de una ciudad irán a otra, diciendo: Vayamos pronto a orar delante del Señor y a buscar al Señor de los ejércitos‘ (Zacarías 8:20-21). Esto era frecuente con David: “Engrandeced conmigo al Señor, ensalcemos a una su nombre” (Salmo 34:8); “Dad al Señor, oh familias de los pueblos, dad al Señor gloria y poder. Dad al Señor la gloria debida a su nombre” (Salmo 96:7-8). Las brasas, si las separa y las despedaza, morirá pronto; pero mientras continúan juntas, sirven para seguir calentándose el uno en el otro. Podemos animarnos unos a otros, mientras nos unimos para adorar a Dios; pero la muerte, la frialdad o la tibieza pueden apoderarse del pueblo de Dios, si dejan de reunirse. Es más edificante; por lo tanto, ser preferido.

6. Las ordenanzas públicas son una mejor seguridad contra la apostasía que las privadas y, por lo tanto, deben ser preferidas, un argumento digno de nuestra observación en estos tiempos de retroceso. El que quiere las ordenanzas públicas, cualquiera que sea el medio privado en que las disfrute, está en peligro de apostasía. David estuvo en los deberes privados de la adoración de Dios tanto como cualquier otro, mientras estuvo en el destierro; sin embargo, debido a que fue privado de las ordenanzas públicas, se consideró a sí mismo como en gran peligro de idolatría. Lo cual se desprende claramente de su discurso: “Me han echado hoy de permanecer en la herencia del Señor, diciendo: Ve, sirve a otros dioses” (1 Samuel 26:19). No había nadie sobre Saúl tan profano como para decirle expresamente: Ve y sirve a otros dioses. Entonces, ¿por qué les acusa así? Pues, sino porque al desterrarlo de la herencia del Señor y las ordenanzas públicas, que eran la mejor parte de esa herencia, lo expusieron a tentaciones que podrían llevarlo a la idolatría y privarlo de lo que era su gran seguridad contra ello. Bien podrían haber dicho claramente: Ve y sirve a otros dioses, como expulsarlo de la adoración pública del Dios verdadero, al que consideraba el preservador soberano de la idolatría.

Pero tenemos demasiados casos más cercanos para confirmar esto. ¿No es el rechazo de las ordenanzas públicas el gran paso hacia las lamentables apostasías entre nosotros? ¿Quién se aparta de la verdad y la santidad del evangelio en opiniones y prácticas licenciosas, que no se haya apartado primero de las ordenanzas públicas? ¿Quién hay en estos tiempos que ha hecho naufragar la fe y la buena conciencia, que no haya arrojado primero por la borda el culto público de Dios? El triste asunto de abandonar las asambleas públicas (demasiado visible en la apostasía de diversos profesantes) debería enseñarnos esta verdad, que las ordenanzas públicas son la gran seguridad contra la apostasía, una seguridad mayor que los deberes privados y, por tanto, preferibles.

Para este fin fueron dados, para que no seamos sacudidos de un lado a otro con todo viento de doctrina (Efesios 4:14). No es de extrañar que aquellos que rechazan los medios se queden tan lamentablemente cortos del fin; no es de extrañar que sean arrojados de un lado a otro, hasta que no les quede nada más que viento y espuma. Este fue el medio que Cristo prescribió a la iglesia, para que no se desvíe hacia los rebaños de aquellas compañías, hipócritas o idólatras: “Apacienta las tiendas de los pastores” (Cantares 1). No es de extrañar si los que huyen de esas tiendas se convierten en presa de lobos y zorros, de seductores y destructores. Las ordenanzas públicas son un medio más eficaz para preservar de la apostasía y, por lo tanto, deben preferirse antes que las privadas.

7. Aquí el Señor realiza sus mayores obras; obras mayores de las que normalmente trabaja por medios privados. Las cosas más maravillosas que se hacen ahora en la tierra se realizan en las ordenanzas públicas, aunque su carácter común y espiritual las hace parecer menos maravillosas. Es cierto, no las llamamos milagros de conversión y regeneración, pero se acercan más a los milagros de cualquier cosa que no sea así. Aquí el Señor habla vida a los huesos secos, y resucita a las almas muertas del sepulcro del pecado, donde han estado pudriéndose durante muchos años. Aquí los muertos oyen la voz del Hijo de Dios y sus mensajeros, y los que oyen viven. Aquí da la vista a los ciegos de nacimiento; es el efecto del evangelio predicado el abrir los ojos de los pecadores y convertirlos de las tinieblas a la luz. Aquí cura las almas enfermas con una palabra, que de otra manera serían incurables con la mayor ayuda de hombres y ángeles. Él envía su palabra y los sana; ya no está con él, sino hablando La Palabra, y son sanados. Aquí despoja a Satanás y expulsa los espíritus inmundos de las almas de los pecadores que han estado poseídos por ellos durante mucho tiempo. Aquí derroca principados y potestades, vence a los poderes de las tinieblas y hace que Satanás caiga del cielo como un rayo. Aquí cambia todo el curso de la naturaleza en las almas de los pecadores, hace que las cosas viejas pasen y todas sean nuevas. Maravillas que son, y serían así consideradas, si no fueran la obra común del ministerio público. Es verdad que el Señor no se ha limitado a hacer estas cosas maravillosas solo en público; sin embargo, el ministerio público es el único medio ordinario por el cual los trabaja. Y dado que sus obras más importantes se realizan de ordinario por ordenanzas públicas, y no en privado, debemos valorar y estimar las ordenanzas públicas antes que los deberes privados.

8. La adoración pública es la semejanza más cercana al cielo, por lo que es preferible. En el cielo, hasta donde nos lo describe la Escritura, no se hace nada en privado, nada en secreto, toda la adoración de esa gloriosa compañía es pública. La innumerable compañía de ángeles y la iglesia de los primogénitos forman una asamblea general en la Jerusalén celestial (Hebreos 12:22, 28). Forman una congregación gloriosa, y así juntos cantan las alabanzas del que se sienta en el trono y las alabanzas del Cordero, y continúan empleadas en este culto público hasta la eternidad.

9. Los ejemplos de los siervos de Dios más renombrados, que han preferido el culto público al privado, es un argumento suficiente. Así fue en el juicio de los que fueron guiados por un Espíritu infalible, los que más conversaron con Dios y conocieron la mayor parte de la mente de Dios; y aquellos que tenían experiencia en ambos, y eran en todos los aspectos los mejores, los jueces más competentes. Si apelamos a ellos, esta verdad pronto quedará fuera de discusión. David, que tiene este testimonio de que fue un hombre conforme al corazón de Dios, demuestra por su práctica y testimonio que esta era la propia mente de Dios. A lo que he presentado anteriormente con este propósito, permítanme agregar un solo lugar, en el que él confirma con afecto esta verdad: “¡Cuán amables son tus tabernáculos, oh, Señor de los ejércitos!” (Salmo 84:1). Habla a modo de interrogatorio, insinuando que fueron amables más allá de su expresión. Es mejor que lea esto en su corazón que en su idioma. En consecuencia, agrega: “Mi alma anhela, y aun se desmaya por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne claman por el Dios viviente” (v.2). ¡Oh, qué expresiones! Nostalgia; nada más podría satisfacer. Desmayo; era su vida; estaba a punto de desmayarse, de morir, por falta de ella: “Prefiero ser portero en la casa de mi Dios, que habitar en las tiendas de la maldad” (v.10). David era en este tiempo un rey, ya sea en la actualidad o al menos ungido; sin embargo, profesa que prefiere ser un portero donde pueda disfrutar de Dios en público, que un rey donde se le priva del culto público. Preferiría sentarse en el umbral, como los porteros del templo, que sentarse en un trono en las tiendas de la iniquidad, en esos lugares impíos y paganos donde Dios no era adorado públicamente. Ezequías y Josías fueron los dos reyes de Judá de mayor estima por Dios, como él lo ha dado a conocer al mundo por su testimonio de ellos. Ahora bien, ¿cuál era su eminencia sino su celo por Dios? ¿Y dónde apareció su celo, sino por el culto público de Dios? Véase de Ezequías: “Hizo lo recto ante los ojos del Señor, conforme a todo lo que había hecho su padre David. Él, en el primer año de su reinado, en el primer mes, abrió las puertas de la casa del Señor y las reparó” (2 Crónicas 29:2, 8). De Josías, cap. 34-35.

También los apóstoles y los cristianos primitivos dan testimonio de esto. ¡Cuán cuidadosos fueron de aprovechar todas las oportunidades para que se predicara la palabra y se adorara al Señor en público! ¡Cuántos peligros corrieron, cuántos peligros, cuántas muertes se expusieron al intentar predicar a Cristo en público! Su seguridad, su libertad, sus vidas, no les eran tan queridos como el culto público; mientras que, si se hubieran contentado con haber servido al Señor en secreto, es probable que hubieran disfrutado de la paz y la seguridad al igual que los demás. El Señor Cristo mismo, cuanto más por encima de nosotros, no se pensó por encima de las ordenanzas, aunque sabía que estaban por expirar; tampoco se apartó del culto público, aunque luego se corrompió. Es más, exhorta a sus discípulos a escuchar a los que enseñaron públicamente en la silla de Moisés, aunque ellos mismos tenían un maestro mucho mejor. Lo encuentras con frecuencia en las sinagogas, con frecuencia en el templo, siempre en la Pascua; y su celo por el culto público era tal, cuando le aplican el del salmista: “El celo de tu casa me consumió“.

10. El culto público es el más disponible para obtener las mayores misericordias y prevenir y eliminar los mayores juicios. Los más grandes, es decir, los más extensos, de consecuencia universal para toda una nación o toda una iglesia. Es más eficaz para obtener misericordias públicas, para desviar las calamidades públicas, por lo que se prefiere antes que el culto privado. Este es el medio que el Señor prescribe para este fin; y anima a su pueblo a usarlo con promesas de éxito: “Toquen trompeta en Sion, santifiquen un ayuno, convoquen una asamblea solemne. Reúne a los ancianos, santifica al pueblo”, etc. (Joel 2:15-16). Existen los medios prescritos: Vea el éxito, versículo 18 y sig. Él les asegura que el resultado de esto debe ser misericordia de todo tipo, temporal y espiritual, ordinaria y extraordinaria, y eso para toda la nación. Josafat usó este medio, y encontró que el éxito era responsable: “Se dispuso a buscar al Señor y proclamó un ayuno en todo Judá“, etc. (2 Crónicas 20:3-4). Este es el argumento que usa, “Tu nombre está en esta casa” (v. 9). Inmediatamente el Señor envía a un profeta con una respuesta amable: “Así ha dicho el Señor: No temas ni te acobardes ante esta gran multitud; porque la batalla no es tuya, sino de Dios. Estad quietos y ved la salvación de Dios” (v.15, 17). El evento fue maravilloso: “Los hijos de Ammón y Moab se levantaron contra los habitantes del monte Seir, para matarlos y destruirlos por completo. Y cuando Judá vino hacia la atalaya en el desierto, miraron a la multitud, y he aquí, eran cadáveres” (v.23-24). Nínive da testimonio de esto, quien por este medio evitó su destrucción total, amenazada por el profeta dentro de los cuarenta días.

No hay ausencia de esto en el Nuevo Testamento. De esta manera la iglesia prevaleció para la milagrosa liberación de Pedro (Hechos 12: 5). Y maravillosos fueron los efectos de esto para toda la iglesia: ‘Cuando hubo orado, tembló el lugar donde estaban reunidos, y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con denuedo’ (Hechos 4:31). Así, Apocalipsis 8:4. Allí tiene mención de las oraciones de todos los santos, en una descripción después de la forma de oraciones públicas, ofrecidas en el templo a la hora del incienso. Y se devuelve una respuesta de inmediato, una que trajo consigo la destrucción de ese estado romano dominante que entonces los perseguía. Ahora bien, lo que es de mayor utilidad pública y universal es digno de ser preferido; pero así es el culto público y, por tanto, debe preferirse antes que el privado.

11. La preciosa sangre de Cristo está más interesada en la adoración pública, y debe ser más valiosa la que tiene más interés en aquello que tiene un valor infinito. La sangre de Cristo tiene mayor influencia en el culto público, más que en el privado; porque los deberes privados del culto a Dios, las oraciones privadas, la meditación y cosas por el estilo, habían sido requeridos y realizados por Adán y su posteridad, si hubiera continuado en el estado de inocencia; se les había debido a la luz de la naturaleza, si Cristo nunca hubiera muerto, si la vida y la inmortalidad nunca hubieran sido reveladas por el evangelio. Pero la predicación pública del evangelio y la administración de los sellos federales tienen una dependencia necesaria de la muerte de Cristo. Como son las representaciones, son la compra de esa preciosa sangre. Así como Cristo es presentado como crucificado ante nuestros ojos, así son ellos la compra de Cristo crucificado, así son los dones de Cristo triunfantes. Conquistadores utilizados en el día del triunfo, spargere missilia, para esparcir regalos entre la gente. En respuesta, el apóstol nos representa a Cristo en su triunfo, Ef. 4, la distribución de dádivas se convirtió en tal triunfo, tal conquistador: “Cuando ascendió a lo alto, llevó cautiva la cautividad y dio dádivas a los hombres” (v.8). Y esos dones, nos dice (v.12), son oficiales públicos y, en consecuencia, ordenanzas públicas que deben ser administradas por esos funcionarios. ¡Cuán valiosas son esas ordenanzas, que son la compra de esa sangre preciosa, que son los dones que Cristo reservó para la gloria de su triunfo!

12. Las promesas de Dios son más para el culto público que para el privado. Aquellas preciosas y grandísimas promesas, dondequiera que estén comprometidas, cambiarán la balanza; pero el culto público tiene más interés en ellas y, por lo tanto, debe valorarse más que el privado. Si presentara todas esas promesas que se hacen a las diversas ordenanzas, las diversas partes del culto público, ensayaría para ustedes una gran parte de la parte promisoria de las Escrituras. Tocaré brevemente a algunos generales. El Señor promete su presencia, en los lugares antes alegados: “En todos los lugares donde esté memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré” (Éxodo 20:24). Protección y dirección: “Sobre toda la gloria será una defensa” (Isaías 4:5). El Señor será para las asambleas de su pueblo como columna de nube y fuego. Su presencia será tan eficaz para su pueblo ahora como lo fueron aquellos pilares entonces. ‘Sobre toda su gloria.’ Como antes en el desierto, el Señor, habiendo llenado el interior del tabernáculo con su gloria, cubrió el exterior de él con una densa nube (Éxodo 40:34), así asegurará a su pueblo y sus gloriosos goces en la adoración pública. Su presencia interior será como apariencia de su gloria, para refrescarlos; su presencia afuera será como una densa nube para asegurarlos (v.6), una tienda. Su presencia será la misma que para las asambleas de su pueblo que la tienda exterior o las cubiertas eran para el tabernáculo (Éxodo 26:7).

Luz y vida y gozo, y eso en abundancia, hasta la satisfacción (Salmos 86:8-9). Satisfecho en abundancia, y bebe delicias espirituales como de un río. Vida y crecimiento: “Oídme con atención, y comed lo bueno, y deléitese vuestra alma en grosura”, etc. (Isaías 55:2-3). Vida y bienaventuranza: “Bienaventurado el hombre que me oye, vigila cada día a mis puertas, espera en los postes de mis puertas. Porque el que me hallare, hallará la vida y alcanzará el favor del Señor” (Proverbios 8:34-35). Aceptación (Ezequiel 20; 44:4). Comunión espiritual y alimento: “He aquí, estoy a la puerta y llamo“, etc. (Apocalipsis 3:20). Allí habla a una iglesia y en las ordenanzas públicas golpea con más fuerza. Gracia y gloria, sí, todas las cosas buenas. No hay una promesa más completa y comprensiva en las Escrituras que esa: “Nada bueno se negará a los que andan en integridad” (Salmos 84:11). Pero ¿qué es esto para el culto público? Pues todo el Salmo habla del culto público; y, por lo tanto, según la mejor regla de interpretación, debemos tomar esto como se prometió a caminar sinceramente con Dios en la adoración pública. Además, la partícula “para” nos dice que esto se da como la razón por la que David tenía tan alta estima por el culto público, por qué prefería un día en la casa de Dios antes que mil; y por lo tanto esta promesa debe hacer referencia al culto público, de lo contrario no hay razón para usar esto como una razón. Esta promesa es para el culto público; y ¿qué hay en el cielo o en la tierra deseable que no esté en esta promesa?

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/12/28/public-worship-to-be-preferred-before-private/