Por el Dr. William Young
Traducido al español por: Rev. Marcelo Sánchez

He elegido este título en lugar del más breve que se ha sugerido, es decir, “El principio de establecimiento”, porque evita ciertas sugerencias engañosas. La noción de una iglesia establecida comúnmente se entiende que significa o al menos implica el apoyo financiero de una iglesia por parte del estado, incluido el pago de los salarios del clero con fondos públicos. Por un lado, no veo que esto esté necesariamente implícito en las declaraciones de la Confesión de Westminster, y por otro lado, la doctrina de los teólogos reformados de los siglos XVI y XVII a veces ha sido rechazada por hombres como Abraham Kuyper, quien sin embargo admitió que tal apoyo es admisible. De hecho, en nuestra propia nación, la separación de la iglesia y el estado se considera en la práctica como consistente con la capellanía en las fuerzas armadas y la exención de impuestos de las iglesias.

También es importante notar la diferencia entre la situación que presenta la historia de la Iglesia escocesa y la que enfrentamos en este país. Cuando la iglesia establecida en Escocia fue interrumpida en 1843, Thomas Chalmers, que había defendido oficialmente una iglesia establecida en Gran Bretaña, y otros de ideas similares, continuó defendiendo el principio aunque estaban dispuestos a renunciar a los privilegios que habían disfrutado anteriormente. En los Estados Unidos no tenemos el trasfondo histórico de la Iglesia Libre de Escocia, pero la Iglesia Reformada Presbiteriana tiene la misma confesión de fe, y es a la enseñanza de ese documento a lo que se refiere este documento.

El propósito del presente trabajo no es proponer un programa de acción, sino simplemente enunciar y defender una doctrina. Por mi parte, insistiría en que sería un desastre si nuestro gobierno (federal, estatal o local) en las circunstancias actuales, ejerciera plenamente los derechos que se permiten incluso por la modificación de la Confesión adoptada por varias iglesias presbiterianas en este país. Tanto discriminar favoreciendo a unas iglesias sobre otras, o actuar como un ayo para todos por igual significaría en la práctica dar un apoyo sustancial a la incredulidad más allá de lo que es el caso en la actualidad. Quisiera señalar a este respecto que el tema no debe exagerarse, como si estuviera en juego una verdad central de la fe. Si bien cada clavija del templo es preciosa, sin embargo, en asuntos en los que hay poca o ninguna diferencia en la práctica, creo que hay lugar para diferencias de opinión en cuestiones teóricas. En este asunto deploro la actitud de algunos reconstruccionistas que harían de los deberes de los magistrados civiles en los detalles minuciosos un tema importante, cuando en realidad las afirmaciones que se solicitan no tienen perspectiva de realización antes de que los magistrados y la gente se incline ante la autoridad de la Palabra. Y la gran tarea de la iglesia es proclamar fielmente la Palabra de la Ley y el Evangelio.

Al tratar el tema del magistrado civil en su relación con la iglesia, primero desearía enunciar la doctrina, en segundo lugar aclarar algunos malentendidos y, finalmente, presentar algunas razones para esta postura. No conozco mejor formulación que la de los teólogos de Westminster en la Confesión de Fe, capítulo XXIII, artículo 3, que dice: “El magistrado civil no debe arrogarse la administración de la Palabra y de los sacramentos, o el poder de las llaves del reino de los cielos. Sin embargo, tiene la autoridad, y es su deber, velar para que la unidad y la paz sean preservadas en la iglesia, para que la verdad de Dios se conserve pura y completa, para suprimir todas las herejías y blasfemias, para impedir o para reformar todas las corrupciones y abusos en la adoración y disciplina, y para que todas las ordenanzas de Dios sean debidamente establecidas, administradas y cumplidas. Para el mejor cumplimiento de todo lo anterior, el magistrado civil tiene el poder de convocar Sínodos, y estar presente en ellos, y asegurar que todo lo que en éstos se acuerde, esté conforme con la mente de Dios.” Y el artículo 2 del capítulo XXXI dice: “Así como los magistrados pueden legítimamente convocar a un Sínodo de ministros y otras personas idóneas, para consultar y recibir consejo sobre asuntos religiosos; de la misma manera, cuando los magistrados son enemigos declarados de la iglesia, los ministros de Cristo, por sí mismos, en virtud de su oficio, pueden reunirse en asambleas con otras personas idóneas delegadas por sus iglesias.” También la disposición del capítulo XX, artículo 4, en cuanto a la facultad del magistrado civil para proceder contra personas que publiquen opiniones contrarias a los principios conocidos del cristianismo, etc.

En primer lugar, debe observarse que la Iglesia de Escocia el 27 de agosto de 1647 aprobó la Confesión de Fe con la siguiente condición: “Se declara además, que la Asamblea sólo entiende algunas partes del segundo artículo del capítulo treinta hablando solo de kirks [NT. iglesias] no establecidas, o constituidas en el punto de gobierno: Y que aunque, en tales kirks, un sínodo de ministros y otras personas aptas, pueden ser convocados por la autoridad del Magistrado y nominados, sin ningún otro llamado, para consultar y asesorar con sobre cuestiones de religión; y aunque, igualmente, los Ministros de Cristo, sin delegación de sus iglesias, pueden por sí mismos, y en virtud de su oficio, reunirse sinódicamente en tales kirks aún no constituidas, sin embargo, nada de esto debe hacerse en kirks constituidas y establecidas; pero siendo siempre libre el Magistrado de asesorarse con los sínodos de Ministros y Ancianos Gobernantes, reunidos por delegación de sus iglesias, ya sea ordinariamente, o, siendo llamado por su autoridad, ocasionalmente, y pro nata [NT. cuando sea necesario],” etc. Que yo sepa, cada iglesia presbiteriana que ha suscrito la Confesión de Fe ha entendido el derecho de la iglesia a celebrar sínodos independientemente de cualquier citación del magistrado civil, y así ha leído las declaraciones en la Confesión.

En segundo lugar, la tesis fundamental que se presenta aquí es lo que William Cunningham denominó “la legalidad de alguna unión o conexión amistosa entre la iglesia y el estado” (Presbyterian Reformed Magazine, volumen VI, número 1, p. 25). La tesis es puramente abstracta. Para que se realice en la práctica, debe presuponerse un estado cristiano, con magistrados cristianos gobernando sobre un cuerpo de súbditos sustancialmente cristianos. Donde no existe tal estado ideal, no surge la cuestión de la unión del estado con la iglesia cristiana. Esto es obvio en el caso de un gobierno anticristiano que persigue a quienes profesan lealtad a Cristo. También es cierto que el principio en cuestión no significa que un estado nominalmente cristiano pueda establecer una iglesia, que se utilizará como instrumento para promover sus propósitos seculares. Bajo tales circunstancias, los fieles servidores del Cabeza y Rey de la Iglesia han preferido operar como una Iglesia Libre, independiente del estado. Esto no implica una renuncia al principio en discusión. En este asunto, Chalmers y Cunningham fueron más sabios que el Dr. Abraham Kuyper. Además, en un estado verdaderamente cristiano, no es necesario otorgar preferencia a una denominación sobre otras. En este asunto, considero innecesario el cambio realizado por la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos en el capítulo XXIII, artículo 3 de la Confesión. La forma modificada de la Confesión adoptada por varias denominaciones presbiterianas en este país aún mantiene el principio fundamental del derecho y deber del magistrado civil en asuntos religiosos, y de hecho contempla una nación predominantemente cristiana evangélica. Creo que la Confesión original puede entenderse justamente como aplicable a esa situación, aunque la Asamblea de Westminster en la naturaleza del caso no contempló la pluralidad de denominaciones de cristianos evangélicos. Lo que está implícito es que un gobierno cristiano empleará su autoridad legítima para promover los intereses del cristianismo, para restringir la blasfemia pública y la profanación del Sabbat, así como los males graves mediante la violación de la segunda tabla del decálogo. La doctrina confesional sí implica que el magistrado civil es el guardián de ambas tablas de la ley. El sentido de la doctrina se aclarará al eliminar los malentendidos que prevalecen entre muchos que mantienen puntos de opuestos.

Se ha acusado a la Confesión de Westminster de que su enseñanza sobre la iglesia y el estado es erastiana, es decir, que atribuye al magistrado civil el derecho de interferir en las actividades internas de la iglesia. Esta crítica muestra una enorme ignorancia de la Confesión de Westminster. El mismo apartado al que se hace la excepción (capítulo XXIII, artículo 3), se abre con la enfática declaración anti-erastiana: “El magistrado civil no debe arrogarse la administración de la Palabra y de los sacramentos, o el poder de las llaves del reino de los cielos”. El siguiente pasaje no fue diseñado para contradecir esta posición fundamental, sino que fue cuidadosamente formulado con plena conciencia de los temas en controversia con los erastianos como Selden. El discurso de George Gillespie en respuesta a Selden es una clara evidencia del anti-Erastianismo que prevalecía entre los teólogos y que está formulado en la Confesión. Que haya una contradicción tan flagrante en una sola oración es inverosímil hasta el punto de absurdo, en vista del hecho de que los defensores de ambos lados habían entrado minuciosamente en los temas involucrados en la controversia. La supuesta contradicción se resuelve mediante la distinción de la autoridad del magistrado CIRCUM SACRA (“alrededor de las cosas sagradas”) y su autoridad IN SACRIS (“en las cosas sagradas”). Lo primero se afirma y lo segundo se niega. El magistrado puede promulgar y hacer cumplir leyes sobre la práctica religiosa, siempre sujeto a la enseñanza de la Palabra de Dios, pero de ninguna manera puede tomar para sí la autoridad de exponer oficialmente la palabra o ejercer la disciplina eclesiástica. Su autoridad en el asunto está al mismo nivel que la del individuo cristiano o cabeza de familia, no la autoridad que Cristo ha delegado a su iglesia.

La aparente contradicción entre el deber del magistrado hacia la iglesia y la negación de su jurisdicción en asuntos religiosos se disuelve cuando se presta atención al lenguaje de la Confesión de Fe. “Él tiene autoridad, y es su deber, poner orden, que la unidad y la paz se conserven en la iglesia”, etc., simplemente declara lo que puede y debe tener como fin. Todo cristiano debe apuntar a la preservación de la unidad y la paz de la iglesia. Por tanto, éste debe ser también el fin previsto por el magistrado cristiano en el ejercicio de su cargo. La Confesión de Fe no dice nada en este momento en cuanto a los medios que se emplearán para lograr este fin, excepto la negación previa de las funciones específicas de predicar, administrar los sacramentos y ejercer la disciplina de la iglesia. El asunto de convocar sínodos requerirá una consideración separada. Debe quedar claro que, así entendido, el capítulo XXIII, artículo 3, es coherente consigo mismo y ejemplifica la cautela con la que los teólogos de Westminster evitaron hábilmente los puntos discutibles, al tiempo que exponen con firmeza y claridad todo el consejo de Dios en todo lo necesario.

Una acusación más seria contra la enseñanza confesional es que es culpable de proponer principios intolerantes y perseguidores. Antes de dar una respuesta a la acusación, se debe hacer una observación sobre el carácter del lenguaje comúnmente utilizado. Aquí hay un ejemplo infeliz de lenguaje emotivo que se utiliza para excitar el prejuicio, en lugar de una formulación cognitiva seria que sirve para aclarar los problemas difíciles que están involucrados. Es necesario en primer lugar deshacerse de la ambigüedad que se encuentra en la acusación de intolerancia y persecución. Estas palabras evocan imágenes espantosas de la Inquisición española, los incendios de Smithfield y la Masacre de San Bartolomé. Se podría simplemente preguntar en respuesta en qué lugar de la historia del presbiterianismo escocés ha habido un paralelo con tales atrocidades, excepto en el tratamiento de los Covenanters de parte de los prelatistas. La doctrina de los reformadores y los puritanos nunca ha dado frutos tan espantosos. El elemento sustancial que subyace a la acusación se refiere al principio de que el magistrado civil puede y debe adoptar toda la ley divina como norma a la que debe ajustarse al dictar y hacer cumplir las leyes. Sus acciones deben estar dirigidas a la observancia pública de los preceptos de ambas tablas del decálogo. Los medios específicos que se utilizarán no están prescritos por el principio general, pero deben caer dentro del ámbito limitado de la autoridad delegada por el Dios soberano a los gobiernos humanos. Las leyes con respecto al Sabbat no implican nada de intolerancia o persecución más que las leyes que prohíben el asesinato, el adulterio o el robo. Los límites de la autoridad del magistrado civil requieren una restricción con respecto a la segunda tabla de la ley, al igual que a la primera. El gobierno no puede hacer cumplir el décimo mandamiento, porque los deberes requeridos y los pecados prohibidos son puramente espirituales, y están ubicados en lo más recóndito del corazón, sobre el cual ningún gobierno humano, ni siquiera la iglesia visible, tiene jurisdicción. No hace falta decir que los requisitos espirituales o internos de la primera tabla de la ley quedan fuera de la competencia del magistrado civil. Pero las manifestaciones externas de idolatría, la blasfemia pública y la profanación del Sabbat pueden ser temas de legislación y lo serán en una nación protestante.

A este respecto, debe plantearse una cuestión que no puede descartarse simplemente porque se refiere únicamente a los medios de aplicación del principio. ¿Se puede aplicar la pena de muerte en caso de herejía y otras infracciones del primer cuadro de la ley? Ya se ha dicho lo suficiente para demostrar que no se requiere una respuesta afirmativa cuando la Confesión enseña que se debe tomar la orden de suprimir todas las blasfemias y herejías. Creo que la doctrina de la Confesión favorece una respuesta negativa. La pena de muerte por herejía se ha justificado apelando a la ley judicial de la economía mosaica. La fuerza de Deuteronomio 13:5 como texto probatorio del capítulo XXIII, artículo 3, debe estimarse en relación con la enseñanza explícita de la Confesión con respecto al don al pueblo de Israel de “diversas leyes judiciales, que expiraron junto con el estado de ese pueblo, no obligando a ninguna otros ahora, más allá de lo que la equidad general de los mismos pueda requerir”, capítulo XIX, artículo 4. Para justificar sobre bases bíblicas la pena de muerte por herejía requeriría no solo la enseñanza confesional en cuanto al magistrado civil, sino también la suposición de los teonomistas de que los gobiernos cristianos aún deben mantener los castigos por los crímenes cometidos bajo la teocracia judía. Si se considera que las Escrituras restringen la aplicación permanente de la pena capital al asesinato, como si no se limitara a la ley judicial temporal, entonces el argumento a favor de tal castigo de herejía se derrumba.

La Confesión de Fe no debe interpretarse en este asunto apelando a los escritos de Rutherford y Gillespie. Se ha exagerado la severidad de sus opiniones. Gillespie en Aaron’s Rod Blossoming, pág. 2, establece que algunos teólogos sostienen que estas penas son una regla para el magistrado cristiano, y por cierto comenta: “Por mi parte, desearía que se le tuviera más respeto y que se le consultara más”.[1] En cualquier caso, las opiniones de estos hombres no son la norma para nuestro propio empleo de las Escrituras, ni para la interpretación de la Confesión de Fe. Considere este paralelo. La Confesión, capítulo X, artículo 3, habla de la salvación de los niños elegidos que mueren en la infancia. Oponentes de la Confesión como el Dr. C.A. Briggs ha citado a Twisse y Rutherford para apoyar la acusación de que la Confesión enseña, al menos por implicación, la condenación de los bebés no elegidos que mueren en la infancia. El Dr. W.G.T. Shedd y el Dr. Benjamin B. Warfield se han opuesto debidamente a este método de interpretación. Las opiniones de algunos miembros de la Asamblea de Westminster no deben leerse en la Confesión, pero el documento debe leerse en términos de sus propias declaraciones. Otros miembros de la Asamblea, los independientes en particular, sostuvieron opiniones sobre la tolerancia distintas de las atribuidas a los comisionados escoceses, pero no hubo divergencia en su posición de la enseñanza confesional en cuanto al magistrado civil. Esto indicaría que la interpretación del capítulo XXIII, artículo 3, que venimos defendiendo es correcta. La sección ha sido así entendida por M’Crie, Shaw, Cunningham y Bannerman.

También se ha acusado de que la enseñanza de la Confesión, capítulo XXXI, artículo 2, es erastiana al permitir al magistrado convocar sínodos. En un comentario útil sobre la Confesión de Fe, leemos la asombrosa mala interpretación, cuando se habla del capítulo XXIII, artículo 3, dice: “Entonces significaría que el Presidente de los Estados Unidos podría convocar una reunión de la Asamblea General, decidir cuál es la mente de Dios y aprobar o vetar los actos de la Asamblea” (Clark, What Do Presbyterians Believe?, p. 212). Ni el capítulo sobre el magistrado civil ni el sobre sínodos y concilios enseñan tal cosa. Los escritos anti-Erastianos de Gillespie niegan explícitamente cualquier interferencia del magistrado civil en las decisiones internas de las asambleas eclesiásticas. Él dice claramente: “Pero negamos que (en una iglesia bien constituida) esté de acuerdo con la voluntad de Cristo que un magistrado reciba apelaciones de la sentencia de un tribunal eclesiástico, o que reciba quejas … de modo que por su autoridad, ante tal queja, anule la censura eclesiástica” (Aaron’s Rod Blossoming, p. 118). Mucho menos cualquier teólogo de Westminster consentiría un veto efectivo por parte del magistrado de una decisión de un tribunal de la iglesia. Ya se ha observado la limitación impuesta por la Iglesia de Escocia a la autoridad del magistrado para convocar sínodos. Debe tenerse en cuenta la diferencia que debe hacerse entre una iglesia constituida regularmente y una en la que la situación es anormal. La Asamblea de Westminster fue convocada por el Parlamento inglés para consultar y asesorar. Y el ejercicio de la autoridad legal por parte del magistrado fue fundamental en la Reforma del siglo XVI. La Confesión de Westminster simplemente reconoce la conformidad de tales acciones del gobierno civil con la voluntad revelada de Dios.

La acusación de que la libertad de conciencia excluye el poder otorgado al magistrado en el capítulo XX, artículo 4, es fácil de responder. En realidad, el capítulo XX se ocupa del tema de la libertad de conciencia y contiene la formulación clásica del artículo 2: “Solo Dios es Señor de la conciencia”, etc., palabras a las que se recurre a menudo como si fueran incompatibles con la enseñanza del artículo 4. Pero hay que confesar que la libertad de conciencia no es aquella licencia para actuar en contra de la ley moral. Se admite que el magistrado civil puede proceder contra quienes violen las prohibiciones de homicidio, adulterio y hurto, y que no atenta contra la libertad de conciencia al hacerlo. Además, las censuras de la iglesia están en orden contra los pecados prohibidos tanto en la primera tabla como en la segunda. Es la falacia de la petición de principio plantear lo anterior como objeción a las doctrinas confesionales; la verdadera cuestión es si el magistrado civil tiene autoridad con respecto a ambas tablas de la ley, o se limita a ocuparse de los delitos contra la segunda tabla.

La naturaleza misma atestigua que el magistrado civil se preocupa por cuestiones religiosas. No sólo es una cuestión de hecho que los gobiernos humanos hayan ejercido autoridad en todos los tiempos y lugares en asuntos religiosos, sino que es inherente a la naturaleza del estado que este sea el caso. Dado que las personas sobre las que tiene autoridad el magistrado civil son también las que se dedican a la actividad religiosa, esa autoridad no se relaja cuando realizan actos de carácter religioso. Los Estraguladores de la India no pueden justificar el robo y el asesinato basándose en que estos actos son parte de su religión. El magistrado civil debe condenar su religión al condenar los crímenes involucrados en ella. Ni un gobierno ateo ni uno que profese neutralidad religiosa es un contraejemplo. Los gobiernos ateos tratan claramente con la religión al oponerse a ella, mientras que el gobierno que profesa una separación de iglesia y estado es inconsistente, como lo fue nuestro gobierno durante las primeras décadas de este siglo, o se opone cada vez más a la Iglesia cristiana mientras inculca puntos de vista religiosos contrarios, como lo es la tendencia actual. De buena gana, el magistrado civil se involucra en asuntos cubiertos por los primeros cuatro mandamientos, y es parte de la sabiduría reconocer tal hecho, señalando los límites de la autoridad del magistrado, límite que se tiende a ignorar tanto en una democracia como en una monarquía o aristocracia. Los gobiernos pueden, a la manera erastiana, asumir las funciones específicas de la iglesia o, bajo la apariencia de libertad religiosa, aprobar leyes que de hecho conduzcan a la restricción de la libertad del cristiano para adorar a Dios. Esto último se ve en la derogación de las leyes que prohíben la profanación del Sabbat.

En el presente tema, como en todos los asuntos de fe y práctica, es crucial la revelación que se nos ha dado en las proposiciones de la Sagrada Escritura. La apelación máxima debe ser la enseñanza de la Palabra de Dios. Es un error basar la propia doctrina de la relación entre la iglesia y el estado en la cambiante situación histórica y política. Esto no significa negar que la aplicación de la doctrina al estado real de las cosas en cualquier momento debe tener en cuenta las realidades de la situación. Pero la doctrina a aplicar no puede derivarse ni de los hechos del presente ni de la historia del pasado. La única fuente de la doctrina no debe tener una autoridad inferior a “Así dice el Señor”. El error metodológico del Dr. Abraham Kuyper fue que, si bien concedía este principio en teoría, su defensa de la Iglesia Libre en los Países Bajos se basó en la práctica en consideraciones históricas y políticas.

El pasaje más sorprendente que enuncia el principio general es Isaías 49:23: “Reyes serán tus ayos, y sus reinas tus nodrizas; con el rostro inclinado a tierra te adorarán, y lamerán el polvo de tus pies; y conocerás que yo soy Jehová, que no se avergonzarán los que esperan en mí.”. El profeta evangélico ha predicho la conversión de los gentiles en el versículo anterior y ahora predice el cuidado que los magistrados de esas naciones tendrán por la iglesia. El pasaje no puede dejarse de lado como una referencia a la teocracia del Antiguo Testamento, sino que, como muchas de las profecías de Isaías, prevé la iglesia del Nuevo Testamento, particularmente en el tiempo que el Señor ha establecido para favorecer a Sión. Como observa Calvino, “aquí se exige a los príncipes algo extraordinario, además de una profesión de fe ordinaria; porque el Señor les ha otorgado autoridad y poder para defender la iglesia y promover la gloria de Dios.” El principio general revelado en este versículo permite determinar en qué aspectos la práctica de los reyes piadosos en el Antiguo Testamento proporciona un ejemplo a seguir por los magistrados cristianos en la economía del evangelio. Los diversos textos probatorios del capítulo XXIII de la Confesión, artículo 3, sobre este tema no deben leerse asumiendo que los castigos prescritos en la ley judicial deben ser ejecutados por el magistrado cristiano. Sólo si se adopta la premisa errónea de los teonomistas en la forma en que estos textos se aplican al orden del Nuevo Testamento, se puede llegar a la conclusión de que la pena de muerte por herejía debería estar ahora en vigor. Esta conclusión no se sigue de la enseñanza de la Confesión de Fe.

Los Salmos contienen abundante evidencia sobre los derechos y deberes del magistrado en un estado cristiano. Esta es una característica destacada de los Salmos mesiánicos. Los reyes y jueces de la tierra son instruidos no solo para servir al Señor con temor, sino también para besar al Hijo, para que no se enoje, Salmo 2:10-12. El Salmo 22:28 asigna como la razón por la cual todas las familias de las naciones adorará delante del Señor, a que el reino es del Señor y él es el gobernador entre las naciones. El Salvador, cuyos sufrimientos han sido descritos en el Salmo, se presenta aquí como rey mediador de las naciones. La implicación es que el magistrado civil, en obediencia al Señor soberano, ejercerá esta autoridad legítima para promover la adoración de Dios.  El Salmo 72:11 es explícito en su predicción del estado floreciente del reino del Mesías: “Todos los reyes se postrarán delante de él; Todas las naciones le servirán.” No hay razón para restringir el sentido del versículo a la salvación de individuos y excluir una referencia al ejercicio de la autoridad real y la actividad corporativa de las naciones.  El Salmo 138: 4-5 es otro ejemplo: “Te alabarán, oh Jehová, todos los reyes de la tierra, Porque han oído los dichos de tu boca. Y cantarán de los caminos de Jehová, Porque la gloria de Jehová es grande.” Que el magistrado civil será el súbdito voluntario del Rey de reyes es la enseñanza uniforme del Salterio.

Con respecto al Nuevo Testamento, se ha objetado que la Escritura ya no enseña la estrecha conexión entre la iglesia y el estado que es una característica tan pronunciada de la economía mosaica. En respuesta, cabe señalar que hay una buena razón por la que este debería ser el caso. En el primer siglo, la iglesia cristiana enfrentó la oposición hasta el punto de la persecución de magistrados hostiles, tanto judíos como gentiles. La revelación divina ha tenido en cuenta esto y ha dado dirección a la iglesia sobre este tema principalmente en las Escrituras del Antiguo Testamento. La objeción de que la iglesia no puede adoptar tal procedimiento en vista del progreso de la revelación no tiene más fuerza que el argumento inválido paralelo contra el canto de los Salmos del Antiguo Testamento en la iglesia cristiana. Tampoco podemos ignorar el hecho de que el Nuevo Testamento en ninguna parte anula los principios del orden establecido en el Antiguo Testamento. El argumento a favor del bautismo infantil a partir de la ausencia de cualquier negación del principio del pacto abrahámico en el Nuevo Testamento es un paralelo a la conclusión extraída en cuanto a la autoridad del magistrado civil en asuntos religiosos.

La enseñanza positiva explícita del Nuevo Testamento en cuanto a la autoridad de los poderes establecidos se encuentra en Romanos 13. La fuente de esta autoridad es Dios, quien ha delegado el poder de la espada a hombres autorizados. En ninguna parte se sugiere que la autoridad en cuestión se limite a la segunda tabla de la ley. El versículo 9 no debe interpretarse como una restricción de la autoridad del estado, sino simplemente como una aplicación de la enseñanza del versículo 8 en cuanto a las obligaciones generales hacia el prójimo. Del mismo modo, cuando el apóstol Pablo indica que un fin diseñado en la institución del gobierno civil es “para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad.” (1 Timoteo 2:2), está lejos de negar la obediencia a los primeros cuatro mandamientos como un elemento importante en una vida piadosa. La implicación seguramente es que los deberes del hombre para con Dios caen dentro del alcance de los gobernantes que son objeto de oración en su capacidad oficial, y no simplemente como individuos abstraídos de su oficio.

Se puede llegar a la conclusión de que la enseñanza inalterada de la Confesión de Westminster se basa en evidencia bíblica sólida. La enseñanza contraria es característica de la separación anabautista del Espíritu y la Palabra, y se ha acentuado desde la Revolución Francesa por el ideal humanista de libertad. El intento hecho en este país de elaborar una síntesis de este ideal con la fe cristiana pareció ser factible mientras el gran cuerpo del pueblo estadounidense fueran cristianos profesantes y predominó en la vida educativa y política, así como en las iglesias que eran fundamentalmente sólidas. Hoy el panorama ha cambiado, y encontramos que el principio de la separación de la iglesia y el estado se está convirtiendo en una base no para otorgar a la iglesia la libertad de ajustarse a la Palabra de Dios, sino más bien estar sujeto a las pasajeras fantasías políticas de pensadores supuestamente avanzados. Este desarrollo no es prueba de ningún principio, pero podría brindar una oportunidad para que los presbiterianos que han adoptado puntos de vista comúnmente aceptados reconsideren la enseñanza original de sus normas.

Concluiría con la mención de una conversación del profesor John Murray con un estudiante menonita del Seminario de Westminster. El estudiante había declarado que sostenía la posición anabautista de la separación absoluta de iglesia y estado. ¡Los dos no tenían nada en común ni nada que ver el uno con el otro! El profesor Murray luego preguntó qué espacio habría para el estado en una comunidad donde todo el mundo tenía esa opinión. El estudiante respondió: “En Sudáfrica, los menonitas tenemos esa comunidad, y allí la iglesia es el estado”.


[1] No estoy convencido de que Wholesome Severity sea obra de Gillespie. Me parece que no concuerda con la cita de la p. 2 de Aarón’s Rod Blossoming. Sin duda, Gillespie puede haber alterado su posición, pero dado que evidentemente hay algunas dudas en cuanto a la autoría de Wholesome Severity, prefiero compartir la duda que suponer que Gillespie no está de acuerdo consigo mismo o con Samuel Rutherford.


Disponible en inglés: https://presbyterianreformed.org/1992/04/westminster-confession-relation-church-state/

[esta es la parte final de los artículos antes publicados: PARTE 1 y PARTE 2]

USO 1. REPRENSIÓN DE AQUELLOS QUE SUBESTIMAN EL CULTO PÚBLICO.

Demasiados son dignos de esta reprimenda, especialmente dos tipos:

1. Aquellos que prefieren cosas peores antes que el culto público. Si es preferible a los deberes privados, que son excelentes y singularmente ventajosos en sí mismos, cuán atrozmente pecan los que prefieren las cosas viles y pecaminosas a las ordenanzas públicas; ¡los que prefieren su comodidad, sus ocupaciones mundanas, sus concupiscencias o recreaciones ilegales, antes que ellos!

¿No prefieren su comodidad antes que la adoración de Dios, que no se tomará las molestias, que se excusará en ocasiones muy pequeñas y triviales de acudir al lugar de culto público? El Señor no ha hecho que el camino a su adoración sea tan tedioso, ni tan penoso, como lo era bajo la ley; no hay una distancia de muchas millas entre nosotros y él, ni nos costará varios días de viaje tener las oportunidades de la adoración pública; lo tenemos a nuestras puertas. Y, sin embargo, hay tanta pereza, tanto desprecio, que pocas veces saldremos al aire libre para disfrutar de estas benditas libertades; un poco de lluvia, un poco de frío, cualquier momento parecido, lo tomamos como excusa suficiente para estar ausentes. El pueblo de Dios, en tiempos pasados, consideraba su felicidad poder acudir a las ordenanzas públicas, aunque a través de la lluvia, el frío y los viajes fatigosos (Salmo 84). Pero ¿dónde está ahora este celo por la adoración de Dios? ¿No hay mucho menos cuando el evangelio nos involucra a mucho más? ¿No pueden incluso los judíos incrédulos levantarse en juicio contra la pereza de esta generación y condenarla? Nada de eso les impediría llegar a las puertas de Sión en las temporadas señaladas, por muy lejos que estuvieran sus habitaciones, por fuera temporada de que esta pareciera. Sin embargo, muchos de nosotros hacemos de cada cosa lamentable un león en el camino, prefieren su pereza y comodidad antes que la adoración pública de Dios.

Otros prefieren sus ocasiones mundanas antes que la adoración pública de Dios, y aceptan voluntariamente cualquier negocio terrenal que se les ofrezca para mantenerse alejados de las ordenanzas. Esaú fue estigmatizado como persona profana por preferir el guiso antes que su primogenitura; pero superan en profanación a Esaú quienes prefieren las cosas del mundo antes que esta prerrogativa singular de adorar a Dios en público. ¡Qué privilegio especial es este! ¡Qué pocos en el mundo lo disfrutan! ¿El Señor concede este honor, tenerle, y en él mismo despreciarle? De las treinta partes en que se puede dividir el mundo, veinticinco son paganos o mahometanos, sin el verdadero culto de Dios; pero cinco llevan el nombre de cristianos. Y de aquellos, cuando se ha descartado a los griegos, papistas, abassines, entre los cuales el culto a Dios está lamentablemente corrompido, puede juzgar cuán pequeña parte de la humanidad el Señor ha concedido su culto público en su pureza. Es un favor especial, peculiar, una prerrogativa singular. ¡Oh, qué blasfemia es preferir las cosas exteriores, que son comunes a todos, a lo peor de todas, antes que esta peculiar bendición! Sin embargo, ¡cuán común es esta blasfemia! La delgadez de nuestras asambleas lo testifica a diario. Algunos piensan que una parte del día es suficiente, y que otros piensan demasiado para el culto público de Dios; mientras que no pensamos demasiado en el mundo. ¡Oh, la infinita paciencia del Señor!

Otros prefieren su lujuria antes que ella; Prefiero sentarme en una taberna o en el asiento de los burladores, que esperar en los puestos de la sabiduría. Muchos prefieren dedicar el tiempo que el Señor ha asignado a sus almas, a los deportes y recreaciones, que al culto público; pensar que un día entero de cada siete es demasiado, le robará a Dios todo, o parte de él, para recrearse. ¡Oh, que semejante blasfemia sea tan común donde la luz del evangelio ha brillado durante tanto tiempo! El Señor prefiere las puertas de Sion, pero estas prefieren Mesec y las tiendas de Cedar [Salmo 120:5]. le suplico que considere la atrocidad de este pecado. El Señor le da a su adoración su nombre con frecuencia en las Escrituras, como si su adoración le fuera tan querida como él mismo. ¿Qué, pues, desprecian a Dios mismo, mientras desprecian su adoración? El que habla de sus oficiales tiene el mismo relato de sus ordenanzas: “el que los desprecia, me desprecia a mí”, etc. [Lucas 10:16]. ¿Y qué pensáis que es despreciar a Cristo? ¡Cuán celoso se ha mostrado siempre el Señor de su adoración! Algunos de los juicios más notables con los que nos encontramos en las Escrituras han sido infligidos por algún error relacionado con su adoración. Por esto Nadab y Abiú consumidos con fuego del cielo, por esta familia de Elí totalmente arruinada, por este Uzías herido de lepra y Uza de muerte súbita, Mical de esterilidad, por un error en la parte externa de la adoración. El Señor es un Dios celoso, celoso especialmente de su adoración. Si desprecia eso, está en peligro; sus celos arderán como fuego contra usted. Ahora bien, ¿no lo desprecia cuando prefiere su comodidad, sus asuntos mundanos, deseos, ociosidad, recreaciones antes que a él? Esto es profanar el santo y glorioso nombre de Dios. Y el Señor no lo tendrá por inocente; es un μειωσις; el Señor con certeza juzgará, seguramente condenará al que lo haga.

2. Merecen ser reprendidos quienes prefieren el culto privado antes que el público, o a los que los igualan. Daré un ejemplo en dos detalles, en los que esto es evidente.

(1.) Cuando se utilicen deberes privados en el tiempo y lugar del culto público. ¡Cuán ordinario es esto entre nosotros! Cuando llegas demasiado tarde para esperar en Dios, después de que ha comenzado la adoración pública, veo que es común caer en tus oraciones privadas, cualquiera que sea la ordenanza pública que tengas. Ahora bien, ¿qué es esto sino preferir su oración privada antes que la adoración pública, y así despreciar la ordenanza en cuestión? ¿Qué es sino sacar el culto público de su tiempo y poner lo privado en su habitación? Ciertamente se considera un gran punto de devoción y reverencia, ese es el pretexto para ello; pero esta reverencia fingida arroja una verdadera falta de respeto a la ordenanza pública entonces usada. Porque la mente se aparta de ella ante los ojos de Dios, y el hombre exterior ante los ojos de los hombres; y así, por la presente, se le falta el respeto al culto público, tanto a Dios como a los hombres.

La intención puede ser buena en verdad, pero eso no puede justificar lo que es pecaminoso, lo que es malo; porque no debemos hacer el mal para que de ello salga bien. Y esto es malo, es pecaminoso, ya que es pecaminoso preferir un deber privado antes que una ordenanza pública.

Va en contra de la regla Apostólica, que prescribe para la regulación de las asambleas públicas: “Hágase todo decentemente y en orden” (1 Corintios 14:40). Ahora bien, eso no se hace en orden, lo que no se hace en su lugar y momento; pero éste no es el lugar ni el momento para las oraciones privadas; es el momento del culto público, por lo tanto, el privado ahora no es apropiado. Tampoco es este el lugar de oración privada; ese es tu aposento, según la dirección de Cristo (Mateo 6:6); y lo convierte en la insignia de los hipócritas, el usar sus oraciones privadas en lugares públicos (v.5). Una cosa buena, fuera de su lugar y momento, puede volverse mala, mala en el peor sentido, es decir, pecaminosa. Este no es el lugar, el momento para sus oraciones privadas, por lo tanto, es un desorden usarlas aquí; y lo que aquí es desordenado es, según la regla del apóstol, pecaminoso, y por lo tanto les suplico que lo eviten. No espere que el Señor acepte su devoción privada, cuando arroja una falta de respeto a su adoración pública, que él mismo prefiere y querrá que prefiramos antes que la privada.

(2.) Cuando los hombres se ausentan del culto público, con el pretexto de que pueden servir al Señor en casa también en privado. ¡Cuántos son propensos a decir que no ven, pero su tiempo puede ser gastado tanto en casa, orando, leyendo un buen libro o disertando sobre algún tema útil, como en el uso de ordenanzas en asambleas públicas! No ven, pero la oración privada puede ser tan buena para ellos como la pública, o la lectura privada y la apertura de la Escritura tan provechosa como la predicación pública; dicen de sus deberes privados, como Naamán de las aguas de Damasco (2 Reyes 5:12): ¿No puedo servir al Señor de manera aceptable, con tanta ventaja, en los ejercicios privados de religión? ¿No puedo lavarme con estos y quedar limpio? No ven las grandes bendiciones que Dios ha anexado al culto público más que al privado. Oh, pero si es así, si uno es tan bueno como el otro, ¿qué significa que el Señor prefiera uno antes que el otro? ¿Con qué propósito eligió el Señor las puertas de Sion, para colocar su nombre allí, si hubiera podido ser adorado también en las moradas de Jacob? ¿Cómo se oponen al Señor los hombres de esta vanidad? Prefiere las puertas de Sion, no solo antes que una o algunas, sino antes que todas las viviendas de Jacob; y prefieren una vivienda así antes que las puertas de Sión. ¿Qué es esto sino menospreciar la sabiduría de Dios, al preferir uno antes que otro cuando ambos son iguales? en preferir lo que es indigno de ser preferido? ¿Qué presunción es ésta de hacerse más sabios que Dios y comprometerse a corregirlo? Dice que las puertas de Sion deben ser amadas, adoración pública antes que privada; dices que no, no ves ninguna razón para que uno sea amado tanto como el otro. ¿Quién eres tú, oh hombre, que disputas así contra Dios?

Para concluir este uso, permítanme mostrarles lo pecaminoso de preferir la adoración privada antes que la pública, en los aspectos antes mencionados u otros, aplicando lo que se ha entregado. Al preferir lo privado a lo público, o al no preferir lo público a lo privado, en su juicio, afecto o práctica, se descuida la gloria de Dios, que aquí es más avanzada; desprecias la presencia de Dios, que aquí es la más concedida, esa presencia que es la mayor felicidad que el pueblo de Dios puede esperar, en el cielo o en la tierra. Usted subestima la manifestación de Dios, esas benditas visiones de vida y paz, que son las más evidentes y cómodamente representadas aquí; esas manifestaciones que son los albores de la gloria inminente, los primeros destellos de la visión beatífica. Desprecia las ventajas del alma bendita que aquí se obtienen con mayor abundancia; prefiere un supuesto beneficio privado antes que la edificación pública; se expone al peligro de la reincidencia, que aquí se previene más eficazmente; desprecia las mayores obras del Señor sobre las almas de los pecadores, que aquí se efectúan ordinariamente; desprecia el cielo, que se parece aquí de una manera más viva; menosprecia el juicio de los siervos de Dios más renombrados, quienes en todas las épocas han confirmado esta verdad con su testimonio o práctica; os hacéis menos capaces de procurar misericordias públicas o de desviar calamidades públicas, menospreciando los medios más propicios para este fin; subestima la sangre de Cristo, cuya influencia es aquí más poderosa; desprecia esas grandes y preciosas promesas del evangelio, que se dedican más al culto público que al privado. Oh, considere cuán atroz es ese pecado, que envuelve al alma en tanta culpa, que se acompaña de tantos males que provocan. Lamente este pecado, en la medida en que es culpable de él, y deje que su pecaminosidad le obligue a estar alerta contra él.

USO 2. DE EXHORTACIÓN.

Se exhorta a dar al culto público de Dios la gloria que le es debida; que tenga la preeminencia que el Señor le ha dado; prefiéralo antes que privado, en sus pensamientos, en sus afectos, en su práctica. Obtenga pensamientos más elevados sobre las ordenanzas públicas, obtenga afectos que respondan a esas aprensiones; se manifiestan tanto por un uso frecuente afectuoso de estas ordenanzas, por sus alabanzas por el disfrute, por sus oraciones por la continuación de ellas. Un deber es lo que exige el texto, un deber que exigen estos tiempos. Cuando hay tanta falta de respeto hacia la adoración de Dios, sus esfuerzos deben ser más para el avance de ella. Esta es la manera de mostrarse fieles a Dios, firmes y rectos, en medio de una generación decadente. Este deber siempre encuentra aceptación por parte de Dios; pero ahora lo tomará mejor, porque hay una corriente de tentación, de oposición contra ella. No dejéis entrar en su secreto vuestras almas, que deshonran a Dios, despreciando su culto público; que blasfeman contra Dios, hablando con desprecio de su nombre, ese nombre que él registra entre nosotros, y por lo tanto nos distingue graciosamente del mundo olvidado.

Podría hacer cumplir esto con muchos motivos; pero ¿qué hay más contundente que esto en el texto? “El Señor ama las puertas de Sion, más que todas las moradas de Jacob“. Los que así lo hacen son aquí como el Señor. Este es el nivel más alto de excelencia al que los ángeles o los hombres pueden aspirar, ser conforme al Señor, ser como él, tener alguna semejanza con él. Porque, este es el camino; cuando amamos así, preferimos el culto público, la mente semejante está en nosotros que está en el Señor (hasta donde se admita la semejanza, donde hay una distancia infinita), aquí seréis seguidores de Dios como hijos amados. Mientras que aquellos que desprecian el culto público de Dios, desprecian a Dios mismo, cumplen con Satanás en uno de sus más maliciosos designios contra Dios y su pueblo, y de este modo hacen lo que hay en ellos para depositar su honor en el polvo. No es por respeto a los deberes privados que Satanás se esfuerza por promoverlos por encima de la adoración pública; su diseño es retirar profesantes de ambos, él sabe que están juntos o caen juntos, y el evento lo prueba. Encontrará que aquellos que se apartan del culto público no harán consciencia por mucho de lo privado; excepto que el Señor quebranta el plan de Satanás reduciéndoles repentinamente. Si no se deja llevar por el error de los impíos y cae en la trampa del diablo, mantenga el honor de la adoración pública. Con ese fin, observe estas instrucciones.

INSTRUCCIONES PARA MANTENER EL HONOR DEL CULTO PÚBLICO.

1. Obtenga pensamientos elevados de Dios. El Señor y su adoración están tan relacionados, ya que son estimados o despreciados juntos. El que tiene pensamientos elevados de Dios, tendrá aprensiones adecuadas de su adoración, en la que más se manifiesta su gloria (Salmo 102:16). Lo vemos en David. Ninguno tenía mayor aprensión de Dios; mira con qué elevadas expresiones lo ensalza (Salmo 146). Y ninguno tenía mayor estima por el culto público, como se desprende de esas expresiones cariñosas antes alegadas. Si tienes pensamientos elevados de Dios, eso será de gran estima para ti, donde más aparece, donde más se disfruta. “En el templo cada uno hablará de su gloria”, porque en el culto público aparece el más glorioso. Si tiene pensamientos bajos de Dios, ¡no es de extrañar que subestimes su adoración! Si tiene una alta estima por Dios, tendrá una estima responsable de su nombre, de su adoración. Así, como dice el Salmo 48, profesan sus elevados pensamientos de Sion, las ordenanzas públicas (v.2-3), y la razón que puede ver: ‘¡Hemos pensado en tu bondad amorosa, oh, Dios, ¡en medio de tu templo!‘ (v.9). Si aprehende a Dios como grande, santo, temible y glorioso, le ayudará a pensar en su adoración de tal manera que se convierta en su grande, santo y temible nombre. Su adoración es su nombre.

2. Obtenga la debida aprensión de esas cosas, sobre lo cual se fundamenta la preeminencia del culto público. Sigue, ver.3, “Cosas gloriosas“, etc., es decir, de la iglesia y las ordenanzas de Dios. Era la ciudad de Dios en estos aspectos, y en ningún otro aspecto se podía hablar de ella cosas tan gloriosas. Aquí está el disfrute más dulce de Dios, los descubrimientos más claros de su gloria, las obras poderosas del Espíritu, la sangre preciosa de Cristo en su fuerza y ​​eficacia, las promesas preciosas y grandísimas en sus influencias más dulces, la vida espiritual y la fuerza, el alma, consuelos y refrigerios, la conversión de los pecadores, la edificación del cuerpo de Cristo, la salvación de las almas. Estas son las cosas gloriosas de las que se habla en el culto público; obtenga una alta estima de estos, y el culto público será muy valorado. Considere las ordenanzas públicas en su gloria, ya que dan la mayor gloria al Dios del cielo, ya que son la mayor gloria de su pueblo en la tierra, y esto elevará una mente espiritual a gran aprensión hacia ellas.

¿No honrarás lo que es más honorable para Dios, lo que es tu mayor honor? Aquí el Señor, si en alguna parte del mundo, recibe la gloria debida a su nombre (Salmo 29:1-2). Adorar a Dios en público es la forma de darle la gloria debida a su nombre; ¿Y no es esto de mayor valor? También es vuestra gloria. Las ordenanzas públicas son la gloria de las personas que las disfrutan, que las aprovechan. Donde el Señor ha puesto su nombre, allí habita su honor. Cuando el Señor ha erigido su culto público en un lugar, entonces la gloria habita en esa tierra; cuando esto se quita, la gloria se va. Lo que es más vuestra gloria, desafía su más alta estima. Considere esto como su gloria, y entonces lo considerará muy valioso.

3. Deléitese en la adoración de Dios. Pronto no respetamos aquello que no nos complace; y, por lo tanto, cuando el Señor está ordenando la santificación de su Sabbath, se une a estos: ‘Si apartas tu pie del sábado, de hacer tu voluntad en mi día santo, y llamas al sábado por delicia, el santo de los Señor, honorable‘, etc. (Isaías 58:13). Si no es tu deleite, no será honorable. Si es de los que dicen: “¿Cuándo se irá la luna nueva, para que vendamos maíz?” y el sábado, para que saquemos trigo?” (Amós 8:5); si las ordenanzas públicas, la oración, la predicación son una carga para usted, no sólo los deberes privados, sino las cosas viles del mundo tomarán lugar en sus mentes y corazones. Cuando estamos cansados ​​de una cosa, no nos complacemos en ella, cedemos fácilmente a cualquier sugerencia que pueda desacreditarla. Deje que la adoración de Dios sea su deleite, el gozo y el consuelo de sus almas. Alégrese de todas las oportunidades de adorar a Dios en público, a tiempo y fuera de tiempo, como David: “Me alegré cuando me dijeron: Vayamos a la casa del Señor” (Salmo 122:1). Que sea su comida y bebida la que él emplea; vea como a un banquete; siéntese bajo la sombra con gran deleite, mientras los frutos de las ordenanzas, la sombra de los placeres celestiales, son dulces.

4. Obtenga un corazón espiritual. Toda la gloria de la adoración pública es espiritual, y las cosas espirituales se disciernen espiritualmente (1 Corintios 2:14). Un hombre carnal no puede discernir lo que hace que las ordenanzas públicas sean tan valiosas. La costumbre y otros aspectos pueden persuadirlo de usarlos, pero nunca percibirá la gloria, el valor espiritual de la adoración de Dios, hasta que tenga un ojo espiritual. El mismo Cristo era una locura para los griegos, porque no veían más allá de lo que estaba afuera (1 Corintios 1:23). Así fue la predicación de Cristo a judíos y gentiles carnales; así es, más o menos, para todos los hombres naturales, salvo algún respeto exterior, algún adorno plausible lo recomiende. Un ojo espiritual puede discernir una gloria en el culto público, cuando el exterior parece mezquino y despreciable. Como judíos incrédulos de Cristo, así hombres carnales de sus ordenanzas; no hay forma ni hermosura en él para inspirar un respeto extraordinario; no ven belleza en ello para desearlos.

5. Considere las ordenanzas públicas con el ojo de la fe. Si consulta sólo con sentido común, podrá decir como el asirio: ¿Qué son las aguas del Jordán más que los ríos de Damasco? ¿Qué hay en público leyendo la palabra, más que leer en casa? ¿Qué hay en la predicación pública, más que en otro buen discurso? El sentido no discernirá más en uno que en el otro; pero el ojo de la fe mira a través de la perspectiva de una promesa, y así hace descubrimientos mayores y más gloriosos; pasa por el medio exterior, al descubrimiento de una gloria interior especial; ve una bendición especial, una asistencia especial, una presencia especial, una ventaja especial en el culto público; de ninguna manera tan descubrible como el ojo de la fe a través de una promesa. Los incrédulos quieren esta perspectiva y, por lo tanto, no ven más allá del exterior.

La fe puede ver la sabiduría de Dios en esa predicación, que el mundo ciego considera una tontería, como lo hizo el Apóstol; Puedo ver una gloria en esas ordenanzas que, a los ojos de los hombres carnales, son mezquinas y despreciables. Cuando el niño Jesús yacía en el pesebre, pobre, miserable condición, los sabios vieron, a través de esos pobres pañales, tal gloria que mandaba su asombro y adoración, cuando tantos otros, en la misma posada, no veían tal cosa. Y porque así los magos miraron al niño Jesús a través de esa insinuación, esa palabra del cielo, por la cual se les dio a conocer. El exterior del culto público, ahora bajo el evangelio, es como esos pobres pañales; pero Cristo está envuelto en ellos, hay una gloria espiritual en el interior, que el creyente discierne, y en consecuencia los valora, cuando como un incrédulo no ve tal cosa. Ese culto, que para los sentidos y la incredulidad es mezquino y despreciable, es para la fe, mirando a través de una promesa, la administración más gloriosa bajo el cielo. Debe abrirse el ojo de la fe, de lo contrario no se valorarán las ordenanzas. El Señor ha dado más estímulo a la fe bajo el evangelio y, por lo tanto, puede esperar más ejercicio de él que bajo la ley. Y sus dispensaciones son respondidas. Sus hijos bajo la ley eran minoría y no tenían edad (Gálatas 4:1). El exterior de su adoración fue entonces glorioso, su administración en estado y pompa permitió a los niños lo que agradaría sus sentidos; pero ahora, bajo el evangelio, han llegado a una edad más madura, él no permite un exterior tan alegre, no prescribe la pompa con la que se toma el sentido; la gloria es espiritual, y sólo es visible para la fe. Y, sin embargo, la gloria del segundo templo es mayor que la del primero, la adoración pública bajo el evangelio es más gloriosa que bajo la ley. Aunque no haya incensario de oro en el arca, revestido de oro, ni querubines de gloria que ensombrezcan el propiciatorio, ni adorno semejante para tomar los sentidos, sin embargo, hay una gloria mucho mayor (2 Corintios 3:11), pero es una gloria que solo se percibe con el ojo de la fe. Esto debe ejercitarse si quiere dar al culto público de Dios la gloria que le corresponde.

6. Trabajar para sacar la virtud y eficacia de las ordenanzas públicas, para aprovecharlas al máximo. Cuando encuentre los consuelos refrescantes, las benditas ventajas de la adoración pública, no necesitarás muchos motivos para darles el debido honor: “Como hemos oído, así hemos visto“, etc. (Salmo 48:8). Cuando no solo habían oído, sino visto, lo que Dios era para su pueblo en su adoración pública, no es de extrañar que expresen su alta estima por él: ‘Grande es el Señor, y digno de ser muy alabado en la ciudad de nuestro Dios, en el monte de su santidad. Hermoso para la situación, el gozo de toda la tierra es el monte de Sion”, etc. (v.1-3).

BENEFÍCIESE DEL CULTO PÚBLICO.

Ahora, para que obtenga de ellos tal ventaja que aumente su estima por ellos,

1. No venga desprevenido. No es de extrañar si la infructuosidad bajo las ordenanzas es tan común, cuando la negligencia en la preparación es tan común: “No te apresures con tu boca, ni tu corazón se apresure a decir nada delante de Dios” (Eclesiastés 5:2). No vengas precipitadamente, sin la debida consideración con quién tienes que hacer y qué estás haciendo. No vengas con culpa y contaminación sobre tu conciencia (Ezequiel 23:21, 29). De esto es de lo que debemos estar separados, si queremos que Dios nos reciba (2 Corintios 6:17). No venga con mentes y afectos enredados en el mundo: ‘Quítate los zapatos’, etc. (Éxodo 3:5). No venga con espíritus descuidados, indispuestos, con el corazón no arreglado (Salmo 57:7). No venga con ese temperamento carnal y aburrido que tu corazón contrae al entrometerse con el mundo. Are el terreno en barbecho. Si siembra entre espinos, poco cosechará para elevar su estima: “Me lavaré las manos en inocencia, y rodearé tu altar, oh, Señor” (Salmo 26:6). Aluda a la costumbre de los sacerdotes, ordenados por la ley de lavarse las manos y los pies, cuando iban al servicio del tabernáculo. Y esto fue ejemplar para la gente de entonces, para nosotros ahora, para enseñarnos con qué preparación debemos acercarnos a Dios.

2. Familiarícese con su condición espiritual. Venga aprensivo del estado de su alma, ya sea el estado de gracia o la naturaleza, lo que sus deseos espirituales, sus desalientos internos, cuáles son sus tentaciones; de lo contrario, puede escuchar mucho con poco propósito, sin discernir lo que es oportuno; de lo contrario, muchas peticiones pueden pasar desapercibidas, cuando no sabe lo que más le preocupa. Oh, si los profesantes supieran puntualmente la condición de su alma, y ​​fueran completamente afectados por ella, la palabra vendría a tiempo, sería como manzanas de oro, las ordenanzas serían como lluvia sobre la hierba recién cortada, destilarían una fructífera influencia, y sus almas crecerían como el lirio.

3. Venga con el corazón hambriento del disfrute de Cristo en sus ordenanzas. Este afecto tiene la promesa: “A los hambrientos colma de bienes” (Salmo 107:9). La sensación de vacío e indigencia le pone bajo el aspecto de esta promesa, bajo las dulces y graciosas influencias de ella; mientras que la presunción de nuestra propia abundancia, la insensatez de nuestra pobreza espiritual encierra el tesoro del cielo contra nosotros, “A los ricos despide vacíos” (Salmo 81:10). Nuestras almas deben abrirse de par en par, en anhelos fervientes de Dios; esta es la manera de ser lleno de las ricas bendiciones de las ordenanzas espirituales.

4. Use las ordenanzas con santo temor y reverencia (Salmo 2:11; 3:7). Esa confianza que el Señor aprueba en sus hijos no es una osadía carnal, como un error en el lugar de ello. Cuando se nos admite a la mayor intimidad y familiaridad con Cristo, cuando se nos invita a besar (Honrad) al Hijo; Sin embargo, se requiere un temor santo: ‘Servid al Señor con temor’, etc. Cuando tenemos motivos para regocijarnos en la misericordiosa condescendencia del Señor hacia nosotros, pobres gusanos, debemos temblar en la aprehensión de esa abrumadora gloria y excelencia a la que acercarse (Hebreos 12:28). La casa que el Señor prefiere antes que el templo, es un corazón tembloroso (Isaías 66). Y si lo elige para su habitación, lo amueblará ricamente; su presencia le será luz y vida, gozo y fuerza, gracia y gloria.

5. Lo que hagas en la adoración pública, hazlo con todas tus fuerzas. Sacude ese temperamento perezoso, indiferente, tibio, que es tan odioso para Dios. Deja que todo vuestro hombre ofrezca esta adoración. Que no le parezca suficiente presentar su cuerpo ante el Señor. La adoración corporal se beneficia tan poco como el ejercicio corporal. La adoración del cuerpo no es más que el cadáver de la adoración; la adoración del alma es el alma de la adoración. Aquellos que se acercan sólo con sus labios encontrarán a Dios lo suficientemente lejos de ellos; no sólo labios, boca y lengua, sino mente, corazón y afectos; no sólo se debe presionar la rodilla, la mano y el ojo, sino también el corazón, la conciencia y la memoria para atender a Dios en la adoración pública. David dice, no sólo “mi carne te anhela“, sino que “mi alma tiene sed de ti“. Entonces el Señor se acercará, cuando todo nuestro hombre le espere; entonces será hallado el Señor, cuando lo busquemos con todo nuestro corazón.

Que todo su hombre espere en Dios; sírvale así con todas tus fuerzas. Deje que su adoración sea su trabajo, y sea tan diligente en él para su alma, como lo está en otros empleos para su cuerpo. La pereza espiritual es la ruina de las almas, las lleva al consumo, las deja languideciendo bajo tristes desórdenes. Aquellos que no se animen a aferrarse a Dios, serán abatidos por muchas enfermedades. La pobreza del alma será el resultado de la pereza espiritual, “un gran destructor” (Proverbios 18:9). Lejos de aumentar el acervo de la gracia, ya que lo desperdiciará grandemente (Proverbios 20:4). Tiene un sentido espiritual. Su alma estará en una condición miserable, como si no tuviese nada, incluso en la cosecha, en medio de la abundancia, cuando otros están cosechando los dulces frutos de las ordenanzas públicas, y atesorando para el invierno, para un día malo. En medio de su abundancia, el perezoso espiritual no tendrá nada (Proverbios 12:17). Es el hombre diligente el que se enriquecerá con sustancia preciosa, incluso con las preciosas ventajas del culto público. El Señor recompensa a quienes lo buscan con diligencia. Aquellos que son diligentes en prepararse para él, diligentes en atenderlo, diligentes en el mejoramiento de las ordenanzas, el alma de este hombre será rica, rica para con Dios. El Señor lo bendecirá con tales riquezas espirituales, en el uso de las ordenanzas públicas, que elevarán su estima por ellas.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/12/28/public-worship-to-be-preferred-before-private/

[Esta es la continuación del artículo publicado previamente]
OBJECIÓN: “SIENTO LA PRESENCIA DE DIOS EN PRIVADO MÁS QUE EN EL CULTO PÚBLICO”.

Pero a pesar de todos los argumentos presentados para probar que se prefiere el culto público, encuentro algo contrario en la experiencia; y ¿quién puede admitir argumentos contra la experiencia? A veces tengo en privado más presencia de Dios, más ayuda de su Espíritu, más gozo, más ensanchamiento, más afectos elevados; mientras que en público a menudo encuentro mucha torpeza de corazón, mucha rectitud y falta de afecto, por eso no puedo ceder tan libremente como para preferir el culto público.

Respuesta. Me esforzaré por satisfacer esto de muchas maneras:

1. La experiencia no es una regla para tu juicio, sino la palabra de Dios; la primera es una guía falible, sólo la segunda es infalible. Si presiona su juicio siempre para seguir la experiencia, Satanás puede proporcionarle rápidamente esa experiencia que lo sacará del camino. Sea escrupuloso en seguir la experiencia cuando va sola, cuando no está respaldada por la Palabra, aprobada por la Escritura. Ha engañado a muchos. La experiencia no es más tolerable en divinidad que en la física. Como hay razón y experiencia, aquí la Escritura y la experiencia deben ir juntas. Aquellos que viven de acuerdo con los sentidos pueden admitir que esto solo es su guía, pero la evidencia a menudo ha demostrado que esa guía es ciega. Aquellos que viven por fe no deben admitir experimentos contra las Escrituras. Es más, aquellos que son fieles a la razón no admitirán algunos experimentos contra muchos argumentos. A veces, esto es cierto en privado, pero ¿lo encuentra de manera tan común? Si no es así, no hay base para emitir ningún juicio contra lo que se entrega. Puede ser una purga o un vómito que a veces tiende más a su salud que a su carne y bebida; ¿Preferirá por tanto la medicina antes de su comida ordinaria? Puede ser que en algún extremo de frío encuentres más refresco del fuego que del sol; ¿Preferirá, por tanto, el fuego y juzgará que es más beneficioso para el mundo que el sol? La experiencia no debe gobernar su juicio aquí, ni debe confiar en tales aprehensiones que solo se otorgan en unos pocos experimentos.

2. Puede ser que sus goces en privado fueran parte de alguna ocasión especial. Ahora bien, algunos casos especiales no establecen una regla general; tampoco son promesas suficientes para permitir una conclusión universal. Por ejemplo, puede que haya disfrutado mucho de Dios en privado, cuando se le impidió necesaria e inevitablemente esperar en el Señor en las ordenanzas públicas. Ahora bien, en este caso, cuando el pueblo de Dios lamenta la falta de libertades públicas como una aflicción, y busca al Señor de una manera especial para suplir esa necesidad en privado, él se complace en compensar lo que están privados en público, por las garantías de su presencia vivificante y reconfortante en privado. Así sucedió con David en su destierro, sin embargo, esto no disminuyó su estima o sus deseos por las ordenanzas públicas; estaba lejos de preferir los deberes privados a los públicos, aunque disfrutaba mucho de Dios en privado. Tampoco debemos sacar una conclusión universal de estos casos particulares; o bien afirmativamente, se prefiere el privado; o negativamente, lo público no es lo preferido.

3. Estos goces de Dios en privado pueden ser dispensaciones extraordinarias. El Señor las usa a veces, aunque raras veces. Ahora bien, estos casos extraordinarios son excepciones a la regla general, y tales excepciones limitan la regla, pero no la anulan. Sacan algo de la extensión, nada de la verdad. Aun así, se disfruta más de Dios en público que en privado; excepto en raros casos extraordinarios, normalmente es así. Y esto es suficiente, si no hubiera otro argumento para establecer la observación como una verdad, se prefiere el culto público antes que el privado.

4. Puede ser que tus goces en privado sean los frutos de tu atención a Dios en público. Puede ser que la asistencia, el agrandamiento, los afectos que encuentres en los deberes privados, sean los retornos del culto público. Los beneficios de las ordenanzas públicas no se reciben todos, ni siempre, mientras están empleados en ellas; las devoluciones de ellos pueden continuar muchos días después. El refrigerio que el Señor brinda a su pueblo en la adoración pública es como la provisión que hizo para Elías en el desierto: “Se levantó y comió y bebió, y fue con la fuerza de esa carne cuarenta días” (1 Reyes 19:18). Cuando el Señor banquetea a su pueblo en público, pueden caminar con el Señor en su fuerza en deberes privados con más alegría, con más ensanchamiento, más afecto, muchos días después. Aquellos que saben lo que es disfrutar de la comunión con Dios en sus ordenanzas, lo saben por experiencia. Cuando el Señor se encuentre con ustedes en público, ¿no les parece que sus corazones están mucho mejor dispuestos y en los deberes privados? Ahora bien, si la ayuda que encuentra en privado es el fruto de su espera en Dios en público, esto debería elevar su estima por la adoración pública que disminuirla. Aquello que se objeta tiende a confirmar esta verdad, hasta donde debería ser un obstáculo para suscribirla.

5. Puede haber un engaño en su experiencia. Todas esas alegrías, afectos, engrandecimientos que los hombres encuentran en los deberes, no siempre provienen de la presencia especial de Dios. Puede haber un gran destello de espíritu y mucha alegría y actividad de los principios falsos; algunos destellos de afectos fugaces, algunas impresiones pasajeras y que se desvanecen, pueden caer sobre los corazones de los hombres y, sin embargo, no caer desde arriba. Los dones de los hombres a veces pueden llevarse muy alto, incluso para la admiración de otros, cuando hay poca o ninguna vida espiritual. El vigor de la naturaleza, la fuerza de las partes, la imposición de la conciencia, los respetos externos, las alegrías engañosas, las visiones engañosas, las fantasías infundadas, los sueños engañosos, sí, las presunciones supersticiosas, pueden obrar mucho sobre los hombres en los deberes cuando hay poco o nada de Dios. Cuando parece que los hombres se llevan a cabo con un vendaval de ayuda, no siempre es el Espíritu de Dios el que llena las velas. Un hombre puede moverse con mucha vida, libertad, alegría, en deberes espirituales, cuando su movimiento es de otros pesos que los del Espíritu.

Más aún, no sólo esas potentes obras que son ordinarias, pero extraordinarias, como los éxtasis y los raptos, en los que el alma se transporta, de modo que deja el cuerpo sin su influencia ordinaria, por lo que parece sin sentido ni movimiento; operaciones internas en el alma que producen efectos extraños sobre el cuerpo, visibles en sus movimientos desordenados y gestos [des] compuestos. Obras como estas ha habido en todas las edades, y pueden haber ahora, desde el espíritu de las tinieblas transformándose a sí mismo en un ángel de luz; y por lo tanto, si tales experiencias privadas se producen para desacreditar el culto público, el ministerio público o cualquier otra ordenanza pública de Dios (sin importar cómo pretendan el Espíritu de Dios), deben ser rechazadas. Los engaños de nuestro propio corazón, o los engaños de ese espíritu envidioso, que siempre ha mostrado su malicia contra el culto público de Dios, no deben ser admitidos para hacer cuestionable esta verdad bíblica de que el culto público debe preferirse antes que el privado. Y, de hecho, las experiencias de la asistencia personal ordinaria en deberes privados, si se utiliza con este fin, deben considerarse sospechosas; puede sospechar que no es lo que parece, si este es el problema. Las ayudas que provienen del Espíritu de Dios tienen mejor tendencia que menospreciar el culto público de Dios, del que él mismo es tan tierno. Y esto debería ser más considerado, porque es evidente que Satanás tiene un plan contra la adoración pública de Dios, y lo impulsa de una manera más sutil que en tiempos más oscuros. Quitaría una parte de la adoración de Dios por otra, para que por fin pudiera privarnos de todo. Ocúpese, entonces, y examine sus experiencias, si hay engaño en ellas, tantas veces lo hay. No tienen fuerza contra esta verdad, se prefiere el culto público antes que el privado.

6. Puede ser que el Señor parezca apartarse de usted y negarle la asistencia espiritual en la adoración pública para la prueba. Para probar su amor por él, y los caminos que más le honran; para ver si se apartará de él y de su adoración, cuando él parezca apartarse de usted; para probar si servirá a Dios por nada, cuando no parezca encontrar nada que responda a su atención y esfuerzos. Esta es la hora de la tentación de Inglaterra en otras cosas, y probablemente lo sea en ésta y en otras. Si es así con usted, su resolución debería ser la del profeta: “Esperaré en el Señor, que esconde su rostro de la casa de Jacob” (Isa. 8:17). Si este es su caso, su estima por su culto público debería elevarse más que disminuir, ya que esta es la manera de cumplir con el diseño del Señor en esta dispensación, la manera de procurar ganancias más confortables, una asistencia más poderosa que nunca.

7. Puede disfrutar más de Dios en público y no observarlo. Así como puede haber un error al pensar que disfruta mucho de Dios en privado cuando no lo hace, también puede haber un error al pensar que desea la presencia de Dios en público cuando en verdad la tiene. No es el mejoramiento de las partes, el agrandamiento del corazón, los destellos de gozo, los movimientos de afecto, lo que argumenta la mayor parte de la presencia de Dios; puede haber muchos de estos cuando hay poco de Dios. Es un alma humilde, pobre de espíritu, que tiembla ante la palabra, que tiene hambre y sed de Cristo, que es sensible a las necesidades espirituales y a los malestares, que está agobiada por sus corrupciones, y se lamenta por el Señor y por los gozos más libres que de él provienen. Aquel cuyo corazón es suave y dócil, cuya conciencia es tierna, es él quien prospera en el hombre interior. Y si estos son los efectos de su presencia en Dios en la adoración pública, allí disfrutará mucho de la presencia de Dios, sin importar lo que entienda en contrario. Estos son mucho más valiosos que los afectos y las ampliaciones por las que algunos juzgan la presencia del Señor en sus ordenanzas; porque estos son los frutos sanos de un árbol de justicia, mientras que esos son solo las hojas o las flores de él, que a veces puede encontrar en un árbol estéril. En la medida en que el Señor sostiene en usted un espíritu pobre y hambriento, un corazón humilde y sediento, hasta ahora él es bondadoso contigo; pues por esto ha prometido una presencia llena de gracia en sus ordenanzas (Isaías 66:1-2). El Señor habla aquí como si no estuviera tan cautivado por la gloria del templo, no, no por el resplandor del cielo, sino por un espíritu de este temperamento. Tan seguro como el trono del Señor está en el cielo, esta alma tendrá su presencia. Las corrientes de refrigerios espirituales de su presencia regarán estos valles, cuando como confidentes de altos vuelos, que acuden a las ordenanzas con alta vanidad y audacia carnal, sean como las montañas, dejadas secas y resecas. Ver Mat. 5: 3-6. Puede disfrutar de la presencia de Dios en público y no observarla. Ahora bien, si tu experiencia es un error, no hay razón para que te impida ceder a esta verdad, que la adoración pública es preferible a la privada.

8. Es de sospechar que lo que usted quiere de la presencia de Dios, en la adoración pública, es por su propia falta. No porque no se pueda disfrutar más de Dios, no se obtenga más ventaja espiritual en las ordenanzas públicas, sino porque, a través de algún descuido pecaminoso, se vuelven incapaces de lograrlo. Que esto se observe y que se examinen imparcialmente sus caminos; y encontrarán motivos para acusarse a sí mismos, en lugar de objetar algo contra la preeminencia del culto público. Hay tanto amor propio en nosotros, ya que estamos dispuestos a acusar cualquier cosa, incluso la adoración a Dios mismo, en lugar de a nosotros mismos; sí, cuando nosotros mismos deberíamos ser acusados. La mano del Señor no está estrecha, etc. La adoración de Dios es la misma, el Señor debe ser gozado tanto como sea en ella; no se puede encontrar menos comodidad y ventaja en él que antes (y antes se ha disfrutado más en él que en privado); ¿Cómo es posible, entonces, que haya alguna ocasión para oponerse a ella? Nuestras iniquidades se han separado entre nosotros y nuestro Dios.

Busquemos en nuestros corazones y caminos, y todos, o sobre todo aquellos, que tengan la tentación de oponerse a ello, lo encontrarán así y podrán discernir la razón en sí mismos.

¿No subestiman el culto público y el disfrute de Dios en él? ¿No sois muchas veces indiferentes, lo disfrutes o no? ¿Es una triste aflicción para vuestras almas cuando dejáis las ordenanzas sin disfrutar a Dios en ellas? ¿Habéis lamentado por ello? Si no es así, tienes pensamientos demasiado bajos sobre los placeres espirituales para tener muchos de ellos. ¿Creéis que Dios arrojará perlas semejantes a los cerdos, cosas tan preciosas ante los que las pisotean y las desprecian?

¿No abrigáis algún prejuicio contra algunas ordenanzas públicas o contra el ministro público? Incluso esto es suficiente para hacerlos menos confortables, menos efectivos. ¿Por qué el ministerio público de Cristo fue menos eficaz entre sus propios compatriotas? ¿Por qué estaban poseídos de prejuicios contra él? (Mateo 13:55).

¿No habéis descuidado el culto público? ¿Os habéis ausentado de las ordenanzas sin ninguna ocasión necesaria? ¡Oh, qué común es este pecado! y cuán justamente castigados, cuando el Señor se ausenta de ellos, que están tan voluntariamente ausentes de su culto público. Cuando te apartas de las ordenanzas públicas, te apartas de Dios; ¿Y no hay aquí razón suficiente para que el Señor se aparte de ustedes?

¿No venís desprevenidos, con corazones ligeros y descuidados, sin los debidos recelos, ni del Señor ni de vosotros? Esto es una afrenta a su majestad, esto rebaja su honor (Mal. 1:6). No es de extrañar si no encuentra ese poder y virtud vivificadora en las ordenanzas; pueden encontrar la razón en ustedes mismos; por la presente provocas al Señor que se aparte de ellos, ya ti en ellos.

¿Dónde están sus deseos después de las ordenanzas públicas, después de la presencia de Dios en ellas, después de las ventajas espirituales de ellas? ¿Podéis decir con él: ‘Una cosa he deseado y buscaré, para habitar en la casa del Señor’, etc. ¿Podéis decir: ‘Como el ciervo brama tras las corrientes de las aguas, así ¿Anhela mi alma por ti, oh, Dios? Mi alma tiene sed de Dios, ¿cuándo vendré y me presentaré ante Dios? ‘¿Podéis decir:’ Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, para ver tu gloria ‘, etc. ¿Podéis decir: ‘Mi alma anhela, sí, aun se desmaya por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne claman por el Dios viviente’? Oh, si hubiera tales deseos, habría pocas quejas, pocas objeciones. Si existieran tales deseos, el Señor rápidamente revestiría sus ordenanzas públicas con su gloria y poder habituales, motivo para decir, Nunquam abs te, absque te. ¿Pero no es por eso por lo que no deben disfrutar mucho los que desean tan poco?

¿No dejáis paso a la falta de vida, la pereza y el descuido en el culto público? ¿Os animáis a aferraros a Dios? Es la mano diligente la que enriquece. “Se hace pobre el que trata con mano negligente” (Proverbios 10:4). Si las ordenanzas no llegan a ti, como un barco cargado de tesoros preciosos, echa la culpa de tu negligencia: “Él recompensa a los que lo buscan” (Heb. 11:6).

¿Vienes con fe? ¿Trabajan sus pensamientos y corazones en una promesa cuando van a las ordenanzas públicas? Ustedes saben quién dijo: “Si no creéis, no veréis el poder de Dios“. Si Cristo no pudo hacer obras poderosas debido a su incredulidad, ¿qué pensáis que pueden hacer las ordenanzas?

¿No vienes por algo más, algo peor que aquello de lo que te quejas que no encuentras? ¿No venís por costumbre, porque está de moda, y es una vergüenza no venir a ella? ¿No venís para evitar la censura, la ofensa, el disgusto de los demás? ¿No venís a tapar la boca de la conciencia, a evitar sus clamores? ¿No buscáis las sutilezas, las nociones, las novedades, como los que buscan la mala hierba en lugar de las mazorcas de maíz? Vengan por lo que quieran, si no vienen a encontrarse con Dios, a tener vida, a ser llenos del Espíritu, ¿no es por eso por lo que deben ir sin ellos?

¿No descuidáis el perfeccionamiento posterior de las ordenanzas públicas? ¿No os olvidáis de sacar a relucir su eficacia en secreto, mediante la oración, la meditación y el ejercicio de la fe? ¿Crees que el acto realizado es suficiente, trabajando para nada más que lo que encuentras en el presente ejercicio? ¿Crees que tu trabajo está terminado cuando el ministro lo ha hecho? Oh no. Si desea disfrutar de Dios en la Palabra, entonces su trabajo debe comenzar. Las ordenanzas son como uvas, no es suficiente que las entregues en tus manos; si quieres tener la dulzura y el alimento de ellas, deben ser prensadas, esa es tu obra en secreto. La negligencia, el descuido, la pereza de los hombres al no mejorar las ordenanzas públicas en secreto, lo llevan a retirarse a sí mismo y a su bendición en público.

Estos, y otros males, provocan que el Señor niegue su presencia, retenga las comodidades y las benditas ventajas del culto público; para que otros disfruten más de esto en privado que los culpables en público. Solo necesitan leer sus propios corazones para obtener una respuesta a esta objeción; no es porque el Señor se encuentre menos en público que en privado, que se encuentra menos de Él allí, sino porque se vuelven incapaces de disfrutarlo, incapaces de encontrarlo.

9. Supongamos que lo que se alega fuera cierto, que encontraras más alegrías, agrandamiento, ayuda en la intimidad, que no hubo error en estas experiencias, y que fueron ordinarias, lo cual estoy lejos de conceder, pero permitiendo toda la ventaja imaginable en A este respecto, a los deberes privados, no obstante, se prefiere el culto público, por otras diversas razones incontestables antes expuestas. Ahora lo haré en dos:

El culto público es un bien más público, es más edificante, el beneficio más común y extenso, el beneficio más universal, y por lo tanto debe preferirse antes que el privado, tanto como un beneficio universal es preferible a un bien particular, uno público se prefiere ante un privado. Es un hombre indigno de vivir en una nación, el que preferirá sus intereses privados antes que el bien público. Es una nobleza de espíritu tener espíritu público; la luz de la naturaleza descubre una excelencia en ella, la religión y los principios del Evangelio lo exigen mucho más, y el Señor mismo lo recomienda y anima con recompensas especiales. Aquellos que profesan ser siervos de Dios deberían avergonzarse de ser curvados aquí por paganos. Nuestra primera pregunta no debería ser: ¿Dónde puedo recibir más bien? Sino, ¿dónde puedo hacer más bien? Debe preferirse la salvación de las almas antes que nuestras comodidades, y esa ventaja más valorada que es la más amplia y universal. Tal es la ventaja de las ordenanzas públicas y, por lo tanto, son preferibles a las privadas, como el bien público antes que el interés privado de un hombre.

Entonces suponga que encuentra más consuelo, mayor ensanchamiento en el culto privado que en público, pero la gloria de Dios es preferible a sus ventajas; y, por tanto, aquello por lo que su gloria es más avanzada, antes que aquello en lo que más se promueve vuestro interés particular. Pero Dios es más glorificado en la adoración pública; aquí se da el testimonio más amplio de sus gloriosas excelencias, aquí está el reconocimiento más público de su gloria. No podemos glorificarlo de otra manera, sino que reconociendo su gloria, y cuanto más público es este reconocimiento, más glorificado es; pero es más público en el culto público, y por lo tanto es preferible antes que privado, como la gloria de Dios antes que tu ventaja privada.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/12/28/public-worship-to-be-preferred-before-private/

Por: David Clarkson (1622-1686), en Practical Works, vol. 3, chap. 7.

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

“Ama Jehová las puertas de Sion Más que todas las moradas de Jacob”. (Salmo 87:2)

Para que podamos comprender el significado de estas palabras y, por tanto, hacer alguna observación edificante, debemos investigar la razón por la que se dice que el Señor ama las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob. Siendo esto manifiesto, las palabras serán claras.

Ahora, la razón la podemos encontrar asignada por el Señor mismo (Deuteronomio 13:5-6, 11). Las puertas de Sion eran el lugar que el Señor había elegido para hacer que su nombre habitara allí, es decir, como explican las siguientes palabras, el lugar de su adoración. Porque el templo fue edificado sobre la colina de Sion o cerca de ella. Y este, como saben, era en particular el lugar establecido para su adoración. Fue el deleite del Señor en el afecto a su adoración, por lo que se dice que ama las puertas de Sión más que todas las moradas de Jacob.

Pero se puede responder, el Señor tuvo adoración, no solo en las puertas de Sion, en el templo, sino también en las viviendas de Jacob. No podemos suponer que toda la posteridad de Jacob descuidaría la adoración de Dios en sus familias; Sin duda, los fieles entre ellos resolvieron con Josué: ‘Yo y mi casa serviremos a Jehová‘. Ya que, por lo tanto, la adoración de Dios se encontraba en ambas, ¿cómo puede ser esta adoración la razón por la cual una debe ser preferida antes que la otra? Seguramente por ningún otro motivo que no sea este, la adoración de Dios en las puertas de Sion era pública, su adoración en las moradas de Jacob era privada. De modo que, en fin, se puede decir que el Señor ama las puertas de Sion antes que todas las moradas de Jacob, porque prefiere la adoración pública antes que la privada. Amaba todas las moradas de Jacob, en las que era adorado en privado; pero amó las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob, porque allí se le adoraba públicamente. Por lo tanto, tenemos un terreno claro para esto:

Observación. Se prefiere el culto público antes que el privado. Así es por el Señor, así debe ser por su pueblo. Así fue bajo la ley, y así debe ser bajo el evangelio.

RAZONES POR LAS QUE EL TABERNÁCULO ERA SANTO.

De hecho, existe una diferencia entre el culto público bajo la ley y el evangelio con respecto a una circunstancia, a saber, el lugar del culto público. Según la ley, el lugar de culto público era santo, pero no tenemos ninguna razón para considerar ningún lugar de culto público bajo el evangelio; y esto será manifiesto si preguntamos cuáles eran los fundamentos de esa santidad legal en el tabernáculo o templo, y al mismo tiempo observamos que ninguno de ellos puede aplicarse a ningún lugar de adoración bajo el evangelio.

1. El templo y el tabernáculo fueron apartados y separados para un uso santo, por mandato expreso y especial de Dios (Deut. 12:13-14). Pero no existe tal mandato para apartar este o aquel lugar bajo el evangelio. El culto es necesario, pero el lugar dónde es, indiferente, indeterminado; Se deja a la prudencia humana elegir el lugar más conveniente. No encontramos ninguna regla que nos obligue, sino que, en general, “Hágase todo decentemente y en orden” [1 Corintios 14:40]. Las consagraciones de los hombres no pueden santificar lo que la institución de Dios no santifica.

2. El templo era pars cultus, una parte del culto ceremonial bajo la ley, pero no existe tal culto ceremonial bajo el evangelio, y mucho menos cualquier lugar es parte del culto al evangelio. Y, por lo tanto, no hay tal santidad en ningún lugar ahora como en el templo entonces.

3. El templo era un medium cultus, un medio de gracia, de adoración, bajo la ley. De ese modo, el Señor comunicó a esas personas muchos misterios de religión y piedad; así fue Cristo representado en su naturaleza, oficios y beneficios. Pero ahora no hay lugar bajo el evangelio de tal uso y virtud; no tales representaciones de Cristo, o comunicaciones de misterios religiosos por ningún lugar de culto cualquiera; ergo, no hay tal santidad.

4. El templo era un tipo de Cristo (Juan 2:19); pero todas las sombras y tipos de Cristo se desvanecieron cuando Cristo mismo apareció; y no hay lugar para ellos en ningún lugar bajo el evangelio.

5. El templo santificó las ofrendas, los servicios de ese pueblo. El altar santificó la ofrenda (Mateo 23:19). El culto que se ofrecía allí era más aceptable, más disponible que en cualquier otro lugar, por ser el único lugar donde el Señor aceptaría esos servicios ceremoniales, y también porque no hay aceptación sino en Cristo, a quien aquí se tipifica. Pero habiendo cesado estos, pensar ahora que nuestra adoración o servicio a Dios será santificado por el lugar donde se realizan, o más disponible o aceptable en un lugar que en otro, simplemente por el bien del lugar, es una presunción sin Escritura, y grandemente supersticioso; es más, va contra las Escrituras, y es profano. El profeta predijo esto: “En todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre” (Malaquías 1:11); en cada lugar, tanto uno como otro, sin distinción. El Señor Cristo determina esto en su discurso (Juan 4:21). Ha llegado la hora en que todos esos aspectos serán eliminados, y todos los lugares serán iguales, y tú y tus servicios serán aceptables en todo lugar del mundo como en Jerusalén. De ahí el consejo del apóstol: “Quiero que los hombres oren en todas partes, levantando manos santas” (1 Timoteo 2:8), no solo en este o aquel lugar. Y la promesa de Cristo responde a ello (Mateo 28:20). Él no dice ‘cuando dos o tres están reunidos en tal lugar’, sino solo ‘Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’, se puede observar lo de Orígenes en Mateo (Tract. 35), “Un judío ciertamente no duda de que un lugar es más santo que otro para la oración, pero el que ha dejado las fábulas judías por la doctrina de Cristo dice que el lugar no hace que una oración sea mejor que otra”. Así en la Homilía 5 en Levítico, ‘No busco lugar santo en la tierra, sino en el corazón. Debemos tomar esto por el lugar santo en lugar de un edificio de piedras.” Así, Agustín dice, “Cuando tienes la intención de orar, ¿por qué preguntas por un lugar santo?” La superstición aún no había cegado tanto al mundo, pero estos antiguos pudieron ver los motivos para negar esa santidad de lugares que imaginarían las edades posteriores. Y mejor sería si tales presunciones supersticiosas no estuvieran arraigadas en algunos de nosotros. Aquellos que tienen una mente para ver, pueden, por lo que se ha entregado, discernir cuán infundada es esa opinión. Pero no debo insistir más en ello.

Por tanto, parece que hay una diferencia circunstancial entre el culto público a Dios bajo la ley y bajo el evangelio. Pero esto no puede ser motivo para concluir que la adoración pública no debe preferirse a la privada, tanto bajo el evangelio como bajo la ley; porque la diferencia es sólo en las circunstancias (el lugar de adoración), y esta circunstancia es ceremonial (una santidad ceremonial); mientras que todas las razones morales por las que se debe preferir la adoración pública a la privada, son válidas tanto bajo el evangelio como bajo la ley.

REQUISITOS DEL CULTO PÚBLICO.

Pero antes de proceder a confirmar la observación, permítanme explicar brevemente qué es la adoración pública. Se requieren tres cosas para que la adoración sea pública: ordenanzas, una asamblea y un oficial.

1. Debe haber ciertas ordenanzas de uso público que son requeridas o admitidas; tales son la oración, la alabanza, la palabra leída, expuesta o predicada, y la administración de los sacramentos. La palabra debe ser leída y la oración es necesaria tanto en secreto como en privado, pero ambas admiten su uso público, y el uso de ellas en público es mandatado y obligatorio. Estas deben usarse tanto pública como privadamente; la otra (la predicación) no se puede utilizar debidamente sino en público.

2. Debe haber una asamblea, una congregación unida al uso de estas ordenanzas. La adoración de uno o dos no puede ser culto público. No necesitamos determinar en qué números debe constar; pero como lo que se hace en una familia es privado, debería haber una concurrencia mayor a la constituida por una familia ordinaria.

3. Debe haber un oficial. El administrador de las ordenanzas debe ser alguien de calidad pública, uno en el cargo, uno apartado por el Señor y llamado al empleo por la iglesia. Si una persona particular en casos ordinarios se compromete a predicar la palabra o administrar los sacramentos, si se permite como adoración, lo cual no está de acuerdo con la regla ordinaria, sin embargo, no hay razón para esperar la bendición, el provecho y el privilegio del culto público.

Así para la explicación. Ahora para la confirmación, observe estos argumentos.

RAZONES POR LAS QUE SE PREFIERE EL CULTO PÚBLICO ANTES QUE EL CULTO PRIVADO.

1. El Señor es más glorificado por la adoración pública que por la privada. Entonces, Dios es glorificado por nosotros cuando reconocemos que es glorioso. Y es más glorificado cuando este reconocimiento es más público. Esto es obvio. Un reconocimiento público del valor y la excelencia de alguien tiende más a su honor que lo que es privado o secreto. Fue más por el honor de David que la multitud celebró su victoria (1 Samuel 18:7), que si una persona en particular la hubiera reconocido solo en privado. Por eso el salmista, cuando quiere que la gloria de Dios sea declarada más ampliamente, no se contenta con un reconocimiento privado, sino que convoca a toda la tierra a alabarlo (Salmo 96:1-3). Entonces es el Señor más glorificado, cuando su gloria es más declarada, y luego es más declarada cuando es declarada por la mayoría, por una multitud. David muestra el camino por el cual Dios puede ser más glorificado (Salmo 22:22-23, 25). Entonces aparece con toda gloria cuando es magnificado públicamente, cuando es alabado en la gran congregación. Entonces es más glorificado cuando una multitud habla de y para su gloria: “En su templo cada uno habla de su gloria” (Salmo 29:9). El Señor se queja como si no tuviera el honor de su pueblo, cuando su culto público es despreciado, descuidado: “El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre?” (Malaquías 1:6). Por nombre de Dios aquí se entiende su adoración y ordenanzas, como claramente se muestra en lo que sigue (vers. 7, 8, 11). Y aquí les critica que no le ofrecían ningún honor, porque despreciaban su adoración y sus ordenanzas. Entonces Cristo será sumamente glorificado, cuando sea admirado en todos los que creen, en esa gran asamblea en el último día (2 Tesalonicenses 1:10). Y ahora se mantiene en proporción; cuanto más se unen para alabarlo, admirarlo y adorarlo, más glorificado es: y por lo tanto más en público que en privado.

2. Hay más presencia del Señor en el culto público que en privado. Está presente con su pueblo en el uso de las ordenanzas públicas de una manera más especial, más eficaz, constante e íntima.

Para lo primero, vea Éxodo 20:24. Después de haber dado instrucciones para su adoración pública, agrega: “En todos los lugares donde esté la memoria de mi nombre, iré a ti y te bendeciré”. Donde soy adorado públicamente, porque el nombre de Dios se coloca con frecuencia para la adoración de Dios, vendré; y no con las manos vacías, te bendeciré: palabra comprensiva, que incluya todo lo deseable, todo lo que tiende a la felicidad de los que lo adoran. Aquí está la eficacia.

Para la constancia de su presencia, vea Mateo 28: ‘Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo‘. Donde, después de haber dado orden para la administración de las ordenanzas públicas, concluye con ese dulce estímulo al uso de las mismas, πασας τας ημεας, estoy contigo siempre, todos los días, y eso hasta el fin del mundo. Aquí está la constancia.

Vea la intimidad de su presencia: Mateo 18:20, “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos“. No dice: Estoy cerca de ellos, o con ellos, o alrededor de ellos, sino en medio de ellos; tanta intimidad como se pueda expresar. Y así se le describe, Apocalipsis 1:18, que está en medio de los siete candeleros de oro, en medio de la iglesia; allí camina y allí habita; no solo con ellos, sino en ellos. Porque así el apóstol, 2 Corintios 6:16, traduce de Levítico 26:12, promesa que hizo, al presuponer su tabernáculo, su adoración pública entre ellos (v. 11). Por eso es que cuando el culto público de Dios se quita de un pueblo, entonces Dios se va, su presencia se va; cuando ella, cuando el arca fue quitada a los israelitas, gritó: “La gloria se fue“. ¿Y por qué, sino porque el Señor, que es la gloria de su pueblo, se ha ido entonces? Las ordenanzas públicas son la señal, la prenda de la presencia de Dios; y en el uso de ellos, de una manera especial se manifiesta presente.

Pero dirás: ¿No está el Señor presente con sus siervos cuando le adoran en privado? Es verdad; pero gran parte de su presencia no se concede, ni se disfruta normalmente, tanto en privado como en público. Si la experiencia de alguno lo encuentra de otra manera, tienen motivos para temer que el Señor esté enojado, le han dado algún disgusto, alguna ofensa; si no lo encuentran más, donde normalmente se encuentra más, y esto es en las ordenanzas públicas, porque el Señor está más allí donde él está más comprometido, pero se ha comprometido a estar más allí donde la mayoría de su pueblo está. El Señor se ha comprometido a estar con cada santo en particular, pero cuando los detalles se unen en la adoración pública, todos los compromisos están unidos. El Señor se compromete a dejar salir, por así decirlo, una corriente de su presencia cómoda y vivificante a cada persona en particular que le teme, pero cuando muchos de estos detalles se unen para adorar a Dios, entonces estas diversas corrientes se unen y se encuentran en una. De modo que la presencia de Dios, que gozada en privado no es más que un arroyo, en público se convierte en un río, un río que alegra la ciudad de Dios. El Señor tiene un plato para cada alma en particular que realmente le sirve; pero cuando se juntan muchos detalles, hay una variedad, una confluencia, una multitud de platos. La presencia del Señor en la adoración pública lo convierte en una fiesta espiritual, y así se expresa (Isaías 25:6). Verá, hay más presencia de Dios en la adoración pública, ergo la adoración pública es preferible a la privada.

3. Aquí están las manifestaciones más claras de Dios. Aquí se manifiesta más que en privado, ergo se prefiere el culto público antes que el privado. ¿Por qué se llamó a Judá un valle de visión, sino porque el Señor se manifestó a ese pueblo en ordenanzas públicas? Lo cual él no reconoce a otras naciones, se dice que “se sientan en tinieblas y en el valle de sombra de muerte”. Aquí están las visiones de la paz del amor, de la vida; y bienaventurados los ojos que efectivamente los ven. Aquí están las visiones más claras de la belleza, la gloria, el poder de Dios, que se pueden esperar, hasta que lo veamos cara a cara. David vio tanto de Dios en secreto como podía esperarse entonces, pero esperaba más en público y, por lo tanto, como no estaba satisfecho con sus placeres privados, respira y anhela las ordenanzas públicas, por esta razón, para poder tener descubrimientos más claros del Señor allí: “Una cosa he deseado, y buscaré, que pueda habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida” (Salmo 27:4). ¿Por qué afectó esto, como la única cosa sobre todo deseable? ¿Por qué, sino para contemplar la belleza del Señor?, etc. Así, Salmo 63:1-2, aunque David estaba en un desierto, tierra seca y sedienta, donde no había agua, no tenía tanta sed de refrigerios exteriores como de ordenanzas públicas; ¿y por qué? “Para ver tu poder y tu gloria“.

Si observamos cómo se representa a Cristo cuando se dice que está en medio de las iglesias, podemos saber qué descubrimientos de Cristo se hacen en las asambleas de su pueblo (Apocalipsis 1:13, etc.):

Vestido con una prenda hasta el pie. Ese era el hábito de los sacerdotes. Aquí está el oficio sacerdotal de Cristo, la fuente del consuelo y el gozo de todos los santos.

Ceñido por el pecho con un cinturón dorado. Este era el atuendo de un conquistador. Así que Cristo se presenta victorioso sobre todos los enemigos de su pueblo.

Su cabeza y sus cabellos blancos como la lana. Aquí está su eternidad; la blancura es su emblema. Por tanto, cuando el Señor se expresa como eterno, se le llama Anciano de días.

Sus ojos como una llama de fuego. Aquí está su omnisciencia; nada se puede esconder de sus ojos. La llama esparce las tinieblas y consume o penetra todo lo que para nosotros puede ser un impedimento para la vista.

Sus pies semejantes a bronce bruñido. Aquí está su remero; para aplastar a todos los que se oponen a su gloria y la felicidad de su pueblo; no pueden resistirle más como los vasos de barro pueden soportar la fuerza del bronce.

Su voz como el sonido de muchas aguas. Aquí su voz es más fuerte y poderosa; tan poderosa, ya que puede hacer oír a los sordos y levantar a los muertos de la tumba del pecado. Su voz en privado es una voz tranquila, aquí está como el sonido de muchas aguas.

Tenía en su mano derecha siete estrellas. Aquí está su providencia, su tierno cuidado de sus mensajeros, los ministros del evangelio, los administradores de las ordenanzas públicas; los tiene en su mano, con su diestra, y toda la violencia del mundo, todos los poderes de las tinieblas, no pueden arrancarlos de allí.

De su boca salió una espada afilada de dos filos. Su palabra predicada públicamente, más cortante que una espada de dos filos, como se describe (Hebreos 4:12, 18), traspasa el corazón, escudriña el alma, hiere la conciencia. Con esto Cristo sigue, conquistando y conquistando a pesar de toda oposición.

Su rostro era como el sol que brilla en su fuerza. Aquí se descubre el rostro de Cristo, fuente de luz y vida, asiento de belleza y gloria, que eclipsa al sol en toda su fuerza. Así aparece, como se convierte en el amor, el deleite, la admiración, la alegría de todo aquel cuyos ojos se abren para contemplarlo.

Ahora, como se le describe aquí en medio de las iglesias, así aparece en las asambleas de su pueblo. No hay representaciones tan claras, tan cómodas y tan eficaces del poder y la sabiduría, del amor y la belleza, de la gloria y la majestad de Cristo, como en las ordenanzas públicas: ‘Todos aquí, como a cara descubierta, contemplamos la gloria de El Señor.’

4. Se pueden obtener más ventajas espirituales en el uso de las ordenanzas públicas que en las privadas, por lo que deben preferirse. Cualquier beneficio espiritual que se pueda encontrar en los deberes privados, eso, y mucho más, se puede esperar de las ordenanzas públicas cuando se aprovechan debidamente. Hay más luz espiritual y vida, más fuerza y ​​crecimiento, más consuelo y refresco del alma. Cuando la esposa (la iglesia) le pregunta a Cristo dónde podría encontrar consuelo y alimento para el alma, alimento y descanso, él la dirige a las ordenanzas públicas: ‘Sigue las huellas del rebaño’ (Cantar de los Cantares 1:7-8), camina en el camino del antiguo pueblo de Dios. Y alimentar a los niños junto a las tiendas de los pastores. Los pastores son (en la frase del Nuevo Testamento) pastores o maestros, aquellos a quienes el Señor ha encomendado la administración de sus ordenanzas públicas. Para ellos, la iglesia está dirigida para la comida y el descanso, para el consuelo y la nutrición espirituales; y le es recomendado como el camino conocido de todo el rebaño, ese rebaño del cual Cristo es el pastor principal.

Ese es un lugar preñado para este propósito, Efesios 4, donde el apóstol declara el fin por qué el Señor Cristo dio oficiales públicos y, en consecuencia, ordenanzas públicas. Los dio “para perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (v.12). Aquí está la edificación, hasta la perfección: ‘Hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo‘ (v.13). Aquí está el conocimiento y la unidad, incluso en una conformidad con Cristo: “Que de ahora en adelante no seamos más niños, lanzados de un lado a otro; y llevados de un lado a otro con todo viento de doctrina, por la magia de los hombres y la astucia sagaz, con la que acechan para engaña” (v.14). Hay fuerza y ​​estabilidad, a pesar de todo el engaño y la astucia de los seductores: “Pero hablando la verdad en amor, crezca en todas las cosas para él, que es la cabeza, Cristo” (v.15). Hay crecimiento y fecundidad, y eso en todas las cosas. Estos son los fines por los cuales el Señor Jesús dio a su iglesia oficiales y ordenanzas públicas; y nunca fallarán en estos fines si no fallamos en su uso. ¿Qué más se puede desear? Aquí las dudas se resuelven mejor, las tinieblas se dispersan y las tentaciones se vencen más eficazmente. David tenía ayuda privada al igual que nosotros, pero cuán extrañamente prevaleció una tentación contra él, hasta que entró en el santuario: “Cuando pensé en saber esto, fue demasiado doloroso para mí, hasta que fui al santuario de Dios; entonces comprendí su fin” (Salmo 73:16-17). Nada fue eficaz para vencer esta tentación, hasta que entró en el santuario. Por lo tanto, ve que hay más ventajas espirituales en el culto público que en el privado y, por lo tanto, es preferible.

5. El culto público es más edificante que el privado. En privado provees para tu propio bien, pero en público te haces bien a ti mismo y a los demás. Y esa es una regla recibida, Bonum, quo communius, eo melius, “que el bien es lo mejor que es más difuso, más comunicativo“. El ejemplo tiene la fuerza de un motivo; podemos incitar a otros con nuestro ejemplo: ‘Vendrán pueblos y habitantes de muchas ciudades; y los habitantes de una ciudad irán a otra, diciendo: Vayamos pronto a orar delante del Señor y a buscar al Señor de los ejércitos‘ (Zacarías 8:20-21). Esto era frecuente con David: “Engrandeced conmigo al Señor, ensalcemos a una su nombre” (Salmo 34:8); “Dad al Señor, oh familias de los pueblos, dad al Señor gloria y poder. Dad al Señor la gloria debida a su nombre” (Salmo 96:7-8). Las brasas, si las separa y las despedaza, morirá pronto; pero mientras continúan juntas, sirven para seguir calentándose el uno en el otro. Podemos animarnos unos a otros, mientras nos unimos para adorar a Dios; pero la muerte, la frialdad o la tibieza pueden apoderarse del pueblo de Dios, si dejan de reunirse. Es más edificante; por lo tanto, ser preferido.

6. Las ordenanzas públicas son una mejor seguridad contra la apostasía que las privadas y, por lo tanto, deben ser preferidas, un argumento digno de nuestra observación en estos tiempos de retroceso. El que quiere las ordenanzas públicas, cualquiera que sea el medio privado en que las disfrute, está en peligro de apostasía. David estuvo en los deberes privados de la adoración de Dios tanto como cualquier otro, mientras estuvo en el destierro; sin embargo, debido a que fue privado de las ordenanzas públicas, se consideró a sí mismo como en gran peligro de idolatría. Lo cual se desprende claramente de su discurso: “Me han echado hoy de permanecer en la herencia del Señor, diciendo: Ve, sirve a otros dioses” (1 Samuel 26:19). No había nadie sobre Saúl tan profano como para decirle expresamente: Ve y sirve a otros dioses. Entonces, ¿por qué les acusa así? Pues, sino porque al desterrarlo de la herencia del Señor y las ordenanzas públicas, que eran la mejor parte de esa herencia, lo expusieron a tentaciones que podrían llevarlo a la idolatría y privarlo de lo que era su gran seguridad contra ello. Bien podrían haber dicho claramente: Ve y sirve a otros dioses, como expulsarlo de la adoración pública del Dios verdadero, al que consideraba el preservador soberano de la idolatría.

Pero tenemos demasiados casos más cercanos para confirmar esto. ¿No es el rechazo de las ordenanzas públicas el gran paso hacia las lamentables apostasías entre nosotros? ¿Quién se aparta de la verdad y la santidad del evangelio en opiniones y prácticas licenciosas, que no se haya apartado primero de las ordenanzas públicas? ¿Quién hay en estos tiempos que ha hecho naufragar la fe y la buena conciencia, que no haya arrojado primero por la borda el culto público de Dios? El triste asunto de abandonar las asambleas públicas (demasiado visible en la apostasía de diversos profesantes) debería enseñarnos esta verdad, que las ordenanzas públicas son la gran seguridad contra la apostasía, una seguridad mayor que los deberes privados y, por tanto, preferibles.

Para este fin fueron dados, para que no seamos sacudidos de un lado a otro con todo viento de doctrina (Efesios 4:14). No es de extrañar que aquellos que rechazan los medios se queden tan lamentablemente cortos del fin; no es de extrañar que sean arrojados de un lado a otro, hasta que no les quede nada más que viento y espuma. Este fue el medio que Cristo prescribió a la iglesia, para que no se desvíe hacia los rebaños de aquellas compañías, hipócritas o idólatras: “Apacienta las tiendas de los pastores” (Cantares 1). No es de extrañar si los que huyen de esas tiendas se convierten en presa de lobos y zorros, de seductores y destructores. Las ordenanzas públicas son un medio más eficaz para preservar de la apostasía y, por lo tanto, deben preferirse antes que las privadas.

7. Aquí el Señor realiza sus mayores obras; obras mayores de las que normalmente trabaja por medios privados. Las cosas más maravillosas que se hacen ahora en la tierra se realizan en las ordenanzas públicas, aunque su carácter común y espiritual las hace parecer menos maravillosas. Es cierto, no las llamamos milagros de conversión y regeneración, pero se acercan más a los milagros de cualquier cosa que no sea así. Aquí el Señor habla vida a los huesos secos, y resucita a las almas muertas del sepulcro del pecado, donde han estado pudriéndose durante muchos años. Aquí los muertos oyen la voz del Hijo de Dios y sus mensajeros, y los que oyen viven. Aquí da la vista a los ciegos de nacimiento; es el efecto del evangelio predicado el abrir los ojos de los pecadores y convertirlos de las tinieblas a la luz. Aquí cura las almas enfermas con una palabra, que de otra manera serían incurables con la mayor ayuda de hombres y ángeles. Él envía su palabra y los sana; ya no está con él, sino hablando La Palabra, y son sanados. Aquí despoja a Satanás y expulsa los espíritus inmundos de las almas de los pecadores que han estado poseídos por ellos durante mucho tiempo. Aquí derroca principados y potestades, vence a los poderes de las tinieblas y hace que Satanás caiga del cielo como un rayo. Aquí cambia todo el curso de la naturaleza en las almas de los pecadores, hace que las cosas viejas pasen y todas sean nuevas. Maravillas que son, y serían así consideradas, si no fueran la obra común del ministerio público. Es verdad que el Señor no se ha limitado a hacer estas cosas maravillosas solo en público; sin embargo, el ministerio público es el único medio ordinario por el cual los trabaja. Y dado que sus obras más importantes se realizan de ordinario por ordenanzas públicas, y no en privado, debemos valorar y estimar las ordenanzas públicas antes que los deberes privados.

8. La adoración pública es la semejanza más cercana al cielo, por lo que es preferible. En el cielo, hasta donde nos lo describe la Escritura, no se hace nada en privado, nada en secreto, toda la adoración de esa gloriosa compañía es pública. La innumerable compañía de ángeles y la iglesia de los primogénitos forman una asamblea general en la Jerusalén celestial (Hebreos 12:22, 28). Forman una congregación gloriosa, y así juntos cantan las alabanzas del que se sienta en el trono y las alabanzas del Cordero, y continúan empleadas en este culto público hasta la eternidad.

9. Los ejemplos de los siervos de Dios más renombrados, que han preferido el culto público al privado, es un argumento suficiente. Así fue en el juicio de los que fueron guiados por un Espíritu infalible, los que más conversaron con Dios y conocieron la mayor parte de la mente de Dios; y aquellos que tenían experiencia en ambos, y eran en todos los aspectos los mejores, los jueces más competentes. Si apelamos a ellos, esta verdad pronto quedará fuera de discusión. David, que tiene este testimonio de que fue un hombre conforme al corazón de Dios, demuestra por su práctica y testimonio que esta era la propia mente de Dios. A lo que he presentado anteriormente con este propósito, permítanme agregar un solo lugar, en el que él confirma con afecto esta verdad: “¡Cuán amables son tus tabernáculos, oh, Señor de los ejércitos!” (Salmo 84:1). Habla a modo de interrogatorio, insinuando que fueron amables más allá de su expresión. Es mejor que lea esto en su corazón que en su idioma. En consecuencia, agrega: “Mi alma anhela, y aun se desmaya por los atrios del Señor; mi corazón y mi carne claman por el Dios viviente” (v.2). ¡Oh, qué expresiones! Nostalgia; nada más podría satisfacer. Desmayo; era su vida; estaba a punto de desmayarse, de morir, por falta de ella: “Prefiero ser portero en la casa de mi Dios, que habitar en las tiendas de la maldad” (v.10). David era en este tiempo un rey, ya sea en la actualidad o al menos ungido; sin embargo, profesa que prefiere ser un portero donde pueda disfrutar de Dios en público, que un rey donde se le priva del culto público. Preferiría sentarse en el umbral, como los porteros del templo, que sentarse en un trono en las tiendas de la iniquidad, en esos lugares impíos y paganos donde Dios no era adorado públicamente. Ezequías y Josías fueron los dos reyes de Judá de mayor estima por Dios, como él lo ha dado a conocer al mundo por su testimonio de ellos. Ahora bien, ¿cuál era su eminencia sino su celo por Dios? ¿Y dónde apareció su celo, sino por el culto público de Dios? Véase de Ezequías: “Hizo lo recto ante los ojos del Señor, conforme a todo lo que había hecho su padre David. Él, en el primer año de su reinado, en el primer mes, abrió las puertas de la casa del Señor y las reparó” (2 Crónicas 29:2, 8). De Josías, cap. 34-35.

También los apóstoles y los cristianos primitivos dan testimonio de esto. ¡Cuán cuidadosos fueron de aprovechar todas las oportunidades para que se predicara la palabra y se adorara al Señor en público! ¡Cuántos peligros corrieron, cuántos peligros, cuántas muertes se expusieron al intentar predicar a Cristo en público! Su seguridad, su libertad, sus vidas, no les eran tan queridos como el culto público; mientras que, si se hubieran contentado con haber servido al Señor en secreto, es probable que hubieran disfrutado de la paz y la seguridad al igual que los demás. El Señor Cristo mismo, cuanto más por encima de nosotros, no se pensó por encima de las ordenanzas, aunque sabía que estaban por expirar; tampoco se apartó del culto público, aunque luego se corrompió. Es más, exhorta a sus discípulos a escuchar a los que enseñaron públicamente en la silla de Moisés, aunque ellos mismos tenían un maestro mucho mejor. Lo encuentras con frecuencia en las sinagogas, con frecuencia en el templo, siempre en la Pascua; y su celo por el culto público era tal, cuando le aplican el del salmista: “El celo de tu casa me consumió“.

10. El culto público es el más disponible para obtener las mayores misericordias y prevenir y eliminar los mayores juicios. Los más grandes, es decir, los más extensos, de consecuencia universal para toda una nación o toda una iglesia. Es más eficaz para obtener misericordias públicas, para desviar las calamidades públicas, por lo que se prefiere antes que el culto privado. Este es el medio que el Señor prescribe para este fin; y anima a su pueblo a usarlo con promesas de éxito: “Toquen trompeta en Sion, santifiquen un ayuno, convoquen una asamblea solemne. Reúne a los ancianos, santifica al pueblo”, etc. (Joel 2:15-16). Existen los medios prescritos: Vea el éxito, versículo 18 y sig. Él les asegura que el resultado de esto debe ser misericordia de todo tipo, temporal y espiritual, ordinaria y extraordinaria, y eso para toda la nación. Josafat usó este medio, y encontró que el éxito era responsable: “Se dispuso a buscar al Señor y proclamó un ayuno en todo Judá“, etc. (2 Crónicas 20:3-4). Este es el argumento que usa, “Tu nombre está en esta casa” (v. 9). Inmediatamente el Señor envía a un profeta con una respuesta amable: “Así ha dicho el Señor: No temas ni te acobardes ante esta gran multitud; porque la batalla no es tuya, sino de Dios. Estad quietos y ved la salvación de Dios” (v.15, 17). El evento fue maravilloso: “Los hijos de Ammón y Moab se levantaron contra los habitantes del monte Seir, para matarlos y destruirlos por completo. Y cuando Judá vino hacia la atalaya en el desierto, miraron a la multitud, y he aquí, eran cadáveres” (v.23-24). Nínive da testimonio de esto, quien por este medio evitó su destrucción total, amenazada por el profeta dentro de los cuarenta días.

No hay ausencia de esto en el Nuevo Testamento. De esta manera la iglesia prevaleció para la milagrosa liberación de Pedro (Hechos 12: 5). Y maravillosos fueron los efectos de esto para toda la iglesia: ‘Cuando hubo orado, tembló el lugar donde estaban reunidos, y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con denuedo’ (Hechos 4:31). Así, Apocalipsis 8:4. Allí tiene mención de las oraciones de todos los santos, en una descripción después de la forma de oraciones públicas, ofrecidas en el templo a la hora del incienso. Y se devuelve una respuesta de inmediato, una que trajo consigo la destrucción de ese estado romano dominante que entonces los perseguía. Ahora bien, lo que es de mayor utilidad pública y universal es digno de ser preferido; pero así es el culto público y, por tanto, debe preferirse antes que el privado.

11. La preciosa sangre de Cristo está más interesada en la adoración pública, y debe ser más valiosa la que tiene más interés en aquello que tiene un valor infinito. La sangre de Cristo tiene mayor influencia en el culto público, más que en el privado; porque los deberes privados del culto a Dios, las oraciones privadas, la meditación y cosas por el estilo, habían sido requeridos y realizados por Adán y su posteridad, si hubiera continuado en el estado de inocencia; se les había debido a la luz de la naturaleza, si Cristo nunca hubiera muerto, si la vida y la inmortalidad nunca hubieran sido reveladas por el evangelio. Pero la predicación pública del evangelio y la administración de los sellos federales tienen una dependencia necesaria de la muerte de Cristo. Como son las representaciones, son la compra de esa preciosa sangre. Así como Cristo es presentado como crucificado ante nuestros ojos, así son ellos la compra de Cristo crucificado, así son los dones de Cristo triunfantes. Conquistadores utilizados en el día del triunfo, spargere missilia, para esparcir regalos entre la gente. En respuesta, el apóstol nos representa a Cristo en su triunfo, Ef. 4, la distribución de dádivas se convirtió en tal triunfo, tal conquistador: “Cuando ascendió a lo alto, llevó cautiva la cautividad y dio dádivas a los hombres” (v.8). Y esos dones, nos dice (v.12), son oficiales públicos y, en consecuencia, ordenanzas públicas que deben ser administradas por esos funcionarios. ¡Cuán valiosas son esas ordenanzas, que son la compra de esa sangre preciosa, que son los dones que Cristo reservó para la gloria de su triunfo!

12. Las promesas de Dios son más para el culto público que para el privado. Aquellas preciosas y grandísimas promesas, dondequiera que estén comprometidas, cambiarán la balanza; pero el culto público tiene más interés en ellas y, por lo tanto, debe valorarse más que el privado. Si presentara todas esas promesas que se hacen a las diversas ordenanzas, las diversas partes del culto público, ensayaría para ustedes una gran parte de la parte promisoria de las Escrituras. Tocaré brevemente a algunos generales. El Señor promete su presencia, en los lugares antes alegados: “En todos los lugares donde esté memoria de mi nombre, vendré a ti y te bendeciré” (Éxodo 20:24). Protección y dirección: “Sobre toda la gloria será una defensa” (Isaías 4:5). El Señor será para las asambleas de su pueblo como columna de nube y fuego. Su presencia será tan eficaz para su pueblo ahora como lo fueron aquellos pilares entonces. ‘Sobre toda su gloria.’ Como antes en el desierto, el Señor, habiendo llenado el interior del tabernáculo con su gloria, cubrió el exterior de él con una densa nube (Éxodo 40:34), así asegurará a su pueblo y sus gloriosos goces en la adoración pública. Su presencia interior será como apariencia de su gloria, para refrescarlos; su presencia afuera será como una densa nube para asegurarlos (v.6), una tienda. Su presencia será la misma que para las asambleas de su pueblo que la tienda exterior o las cubiertas eran para el tabernáculo (Éxodo 26:7).

Luz y vida y gozo, y eso en abundancia, hasta la satisfacción (Salmos 86:8-9). Satisfecho en abundancia, y bebe delicias espirituales como de un río. Vida y crecimiento: “Oídme con atención, y comed lo bueno, y deléitese vuestra alma en grosura”, etc. (Isaías 55:2-3). Vida y bienaventuranza: “Bienaventurado el hombre que me oye, vigila cada día a mis puertas, espera en los postes de mis puertas. Porque el que me hallare, hallará la vida y alcanzará el favor del Señor” (Proverbios 8:34-35). Aceptación (Ezequiel 20; 44:4). Comunión espiritual y alimento: “He aquí, estoy a la puerta y llamo“, etc. (Apocalipsis 3:20). Allí habla a una iglesia y en las ordenanzas públicas golpea con más fuerza. Gracia y gloria, sí, todas las cosas buenas. No hay una promesa más completa y comprensiva en las Escrituras que esa: “Nada bueno se negará a los que andan en integridad” (Salmos 84:11). Pero ¿qué es esto para el culto público? Pues todo el Salmo habla del culto público; y, por lo tanto, según la mejor regla de interpretación, debemos tomar esto como se prometió a caminar sinceramente con Dios en la adoración pública. Además, la partícula “para” nos dice que esto se da como la razón por la que David tenía tan alta estima por el culto público, por qué prefería un día en la casa de Dios antes que mil; y por lo tanto esta promesa debe hacer referencia al culto público, de lo contrario no hay razón para usar esto como una razón. Esta promesa es para el culto público; y ¿qué hay en el cielo o en la tierra deseable que no esté en esta promesa?

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/12/28/public-worship-to-be-preferred-before-private/

Por: Paul J. Barth

Traducido al español por: Maximiliano Vivanco

“Que el extranjero que se ha allegado al Señor, no diga: Ciertamente el Señor me separará de su pueblo…” (Isaías 56: 3 LBLA).

WILHELMUS À. BRAKEL
EL SERVICIO RAZONABLE DEL CRISTIANO
VOL.2, PP.55-60

Es deber de todo aquel que desee ser salvo acudir a la iglesia, haciendo un esfuerzo diligente para ser aceptado como miembro de la comunidad eclesial.

Primero, este es el camino de Dios por el cual Él guía a los elegidos a la salvación. “…Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47); “Y el extranjero que sigue a Jehová no hable diciendo: Me apartará totalmente Jehová de su pueblo.” (Isaías 56:3).

En segundo lugar, esta ha sido la tarea de los apóstoles de acuerdo con su comisión (Mateo 28:19), como se observa en la totalidad de los Hechos de los Apóstoles.

En tercer lugar, esto es coherente con la naturaleza de los hijos de Dios. Tan pronto como se convierten, no pueden descansar hasta haber sido recibidos en el seno de su madre espiritual (Gálatas 4:26).

En cuarto lugar, esta es la confesión constante de la iglesia de todas las edades, y particularmente de las iglesias de los Países Bajos. En el artículo 28 de la Confesión Belga leemos: “Creemos toda vez que esta santa congregación es una reunión de los que son salvos, y que fuera de ella no hay salvación, que nadie, de cualquier condición o cualidad que sea, debe permanecer aislado para valerse por su propia persona; sino que todos están obligados a ella y reunirse con ella”. Hemos desarrollado esto en el capítulo 24.

En quinto lugar, la iglesia es la gloria de Cristo. Allí es donde se confiesa y proclama a Cristo en todo el mundo, que se presenta como un estandarte sobre una colina alrededor del cual uno debe reunirse. Esta es la ciudad sobre un monte, y una luz que brilla en las tinieblas. Ella es el medio por el cual la verdad se da a conocer y se preserva, y el medio para la conversión de las almas. Por lo tanto, todos están obligados a facilitar esto uniéndose a la iglesia.

MOTIVOS PARA UNIRSE A LA IGLESIA

Para que usted pueda ser animado y activo al respecto, considere con calma, ante todo, que no hay sino dos reyes en este mundo, cada uno con un reino: los reinos de Cristo y del diablo, que son enemigos mortales entre sí. . No existe un tercer reino. Cada persona en la tierra es un súbdito del Rey Jesús o del diablo, el príncipe de las tinieblas. Independientemente de quién sea usted individualmente, realmente es un súbdito de uno de estos dos reinos. No eres neutral ni súbdito de ambos reinos simultáneamente. Por tanto, ¿a qué reino perteneces actualmente? ¿Qué tienes que decir al respecto? Si no lo sabe ni lo ha pensado nunca, venga y siéntese a mi lado por un momento; consideremos este asunto y luego hagamos una elección sincera y eterna. ¿De quién quieres ser el sujeto? ¿A quién eliges para ser tu rey?

Si eliges al diablo para que sea tu rey y estar sujeto a él, hacer su voluntad, complacer tus deseos, revolcarte en tus pecados como un cerdo en el fango, buscar las cosas que están en la tierra, satisfacer tus concupiscencias, así como para el ocio y el entretenimiento, o dejarlo ser. Disfrútala al máximo mientras tengas la oportunidad. “Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios.” (Eclesiastés 11:9); “ … ama al mundo… todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida…”(1 Juan 2: 15-16). Por lo tanto, si por sus mismos hechos se revela que es un sujeto del diablo, tampoco se avergüence de llevar el nombre de tal sujeto. Posee, reconoce y confiesa que el diablo es tu señor y amo. Confía en él y deléitate en el hecho de que estarás eternamente con él en el lago que arde con azufre, donde el humo del tormento ascenderá por los siglos de los siglos.

Alguien puede pensar: “Esto se dice de manera demasiado descarada. Cristo debe ser nuestro Rey. Incluso si buscamos nuestro propio placer, nos conformamos con la voluntad de Satanás y vivimos una vida claramente mundana, el diablo no es, por lo tanto, nuestro rey”. A esto respondemos: ¡Ciertamente lo es! Si usted a su vez responde, “Cristo es sin embargo nuestro Rey”, respondemos, ¡ciertamente no lo es! Escuche lo que dice Pablo: “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?” (Romanos 6:16).

Por lo tanto, si en verdad no deseas que el diablo sea tu rey ni tener tu porción con él en las tinieblas de afuera, donde habrá llanto y crujir de dientes (Mateo 25:30), entonces resueltamente, sin reservas y sin retractación renuncia a su servicio, y con todo tu corazón despídete del reino del diablo, abandona todo pecado y las concupiscencias de la carne, y entra en el reino del Señor Jesús. Recíbelo como tu único y soberano Rey. Hágalo no solo verbalmente, externamente, por aproximación o por impulso repentino, sino consciente y verdaderamente.

Siéntese y tómese un tiempo para calcular el costo. Considere si, por amor al Señor Jesús, está dispuesto a separarse de todos sus pensamientos y deseos carnales, de todos sus placeres mundanos, de sus amigos y de su vida. Considere si estaría dispuesto a seguirlo en el hambre, la desnudez y la vergüenza, siendo firme hasta la muerte y obediente a Él en todas las cosas. Si su corazón ha sido iluminado, y en la presencia de Dios puede responder afirmativamente con sinceridad, llegue a una resolución completa y diríjase a este Rey. Inclínate ante Él, ofrécete a Él, haz un pacto con Él y así conviértete en Su súbdito. Para que pueda ejercitarse en esto de una manera más clara y sincera, considere más detenidamente los siguientes asuntos.

El amor mismo hacia el Señor Jesús debería motivarlo a hacerlo, ya que Él es tan precioso, glorioso y lleno de salvación para todos los que vienen a Él. A Dios le agradó que toda plenitud more en él; Es un rescate completo. Él es poderoso para reconciliar a los enemigos con Dios, para hacer la paz, para purificar la conciencia, para librar el alma de toda culpa y castigo, así como del diablo y del infierno, para unirla con Dios, para darle el Espíritu Santo y para santificarla, preservarla y conducirla a la felicidad eterna.

Si todo esto no te motiva, y no puedes pensar en una razón que te haga activo en este sentido, ¡si tan solo así reflexionaras por un momento! ¡Ojalá fuera su más sincero deseo y gozo que todos los hombres se postraran ante Jesús, lo reconocieran como Rey y se rindieran a Su gobierno! Esto sería adecuado para ejercitar en ti el deseo de que Aquel que es digno de gobernar también gobierne en tu corazón, que tú también pertenezcas a los que exclaman: “¡Jesús es Rey!” Y que contigo aumentaría el número de sus súbditos.

LA GLORIA Y LA ELEGANCIA DE LA IGLESIA

En esta iglesia hay gloria y elegancia. Por un momento, consideren atentamente el estado glorioso de ese reino y sus verdaderos súbditos. La tierra y las naciones están envueltas en tinieblas; sin embargo, en la iglesia se encuentra una luz maravillosa. La gloria del Señor ilumina esta ciudad de Dios y el Sol de Justicia la ilumina con Su luz. Fuera de ella no hay nada más que contaminación, abominaciones e impiedad; sin embargo, dentro de ella hay santidad, pureza y gloria. La iglesia es llamada “La perfección de hermosura” (Salmo 50:2); “gloria eterna, el gozo de todos los siglos.” (Isaías 60:15); “corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo.” (Isaías 62:3); “Pueblo Santo, Redimidos de Jehová” (Isaías 62:12); “Jehová… será la gloria en medio de ella” (Zacarías 2:5); “Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti, dice Jehová el Señor.” (Ezequiel 16:14). Considere atentamente cuán delicioso y deseable es para Dios cada tema verdadero. “Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé” (Isaías 43: 4); “serás llamada Hefzi-bá [mi deleite está en ella], y tu tierra, Beula [desposada]; porque el amor de Jehová estará en ti” (Isaías 62:4); “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿no es niño en quien me deleito?” (Jeremías 31:20). Por tanto, debemos exclamar con Moisés: “Bienaventurado tú, oh Israel. ¿Quién como tú, pueblo salvo por Jehová, escudo de tu socorro, y espada de tu triunfo?” (Deuteronomio 33:29). Hay razón para exhortarse unos a otros: “Andad alrededor de Sion, y rodeadla; Contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro, mirad sus palacios” (Salmo 48: 12-13). Por tanto, ¿no deberían todos deleitarse en Sion y desear ser miembro de esta iglesia, conciudadano de los santos y miembro de la familia de Dios? ¿No deberían todos estar deseosos de someterse a la protección y el gobierno de este Rey? Porque no solo se dicen todas estas cosas acerca de este reino y este Rey, sino que todas son ciertamente verdaderas.

Hay seguridad en este reino. Considere la protección fiel que este Rey brinda a todos sus súbditos en general, y a cada súbdito en particular. El Señor habla así: “He puesto el socorro sobre uno que es poderoso” (Sal 89:19); “Él es justo y salvador” (Zacarías 9:9); “Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sion, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda gloria habrá un dosel, y habrá un abrigo para sombra contra el calor del día, para refugio y escondedero contra el turbión y contra el aguacero.” (Isaías 4:5-6); “Yo seré para ella, dice Jehová, muro de fuego en derredor” (Zacarías 2:5); “Yo Jehová la guardo, cada momento la regaré; la guardaré de noche y de día, para que nadie la dañe.” (Isaías 27:3). Aquí podemos contemplar estas promesas veraces y la protección real brindada. ¿No está entonces completamente seguro quien disfruta de la protección de tal Rey, y que puede pertenecer a un pueblo sobre el cual el ojo del Señor está continuamente? “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente.” (Salmo 91:1). Tú, por tanto, quienquiera que seas, huye a esta torre fuerte y únete a Sion, porque “Jehová fundó a Sion, y que a ella se acogerán los afligidos de su pueblo.” (Isaías 14:32). Busque refugio bajo las alas de este Rey que redimirá las almas de sus súbditos “de engaño y de violencia redimirá sus almas, y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos.” (Salmo  72:14).

En este reino hay verdad, luz, vida, gozo y cualquier otra cosa que pueda alegrar un alma y hacerla feliz. Además, las bendiciones con las que este Rey favorece a sus súbditos son inexpresablemente gloriosas. Él perdona completamente todas sus iniquidades. “No dirá el morador: Estoy enfermo; al pueblo que more en ella le será perdonada la iniquidad.” (Isaías 33:24). Él es la “manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para la purificación del pecado y de la inmundicia.” (Zacarías 13:1). Les da paz y alegría. “Descenderá como la lluvia sobre la hierba cortada; Como el rocío que destila sobre la tierra. Florecerá en sus días justicia, y muchedumbre de paz, hasta que no haya luna.” (Salmo 72:6-7) Su nombre es el “Príncipe de Paz” (Isaías 9:6); “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27); “Porque el reino de Dios… es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17). Dios mismo es su porción y gozo completo. “El Señor es mi porción, dice mi alma; por tanto, en él esperaré” (Lamentaciones 3:24). Les da su Espíritu Santo que los anima, los enseña, los guía y los santifica. “Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre” (Juan 15:26); “Pero si me voy, os lo enviaré [el Consolador]” (Juan 16:7).

Sí, si tuviera que contarles todas las bendiciones, tendría que enumerar todos los beneficios del pacto de gracia. En una palabra, el Señor los bendice “con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3). El Señor dice: “Todas mis fuentes están en ti” (Salmo 87:7); “Del río sus corrientes alegran la ciudad de Dios, el santuario de las moradas del Altísimo.” (Salmo 46:4); “Porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna.” (Sal 133:3); “¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!” (Salmo 31:19).

Aquel que esté familiarizado con estos beneficios, y que haya probado o anticipado su dulzura, no puede sino con la mayor urgencia apresurarse a convertirse en súbdito de este Rey, y a regocijarse si puede ser súbdito de este Rey. Aplique estos asuntos a su corazón y actúe con sabiduría y rectitud. Entra en el pacto, o más bien, por fe abraza este pacto de gracia que se te ofrece y únete a la iglesia.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2018/07/23/there-is-no-ordinary-possibility-of-salvation-outside-of-the-visible-church/

Por: Paul J. Barth

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

La pregunta no es si las mujeres pueden enseñar públicamente en la iglesia, ya que todos los cristianos ortodoxos están de acuerdo en que las Escrituras prohíben a las mujeres ocupar cargos en la Iglesia y hacer deberes reservados para los oficiales de la iglesia (1 Cor. 14:34-35; 1 Tim. 2:11-15). Más bien, la pregunta es si las mujeres pueden ejercer la autoridad pública sobre los hombres. En segundo lugar, distinguimos entre la enseñanza privada, la amonestación y la exhortación mutua y las capacidades públicas y los actos de autoridad.

Sin entrar en ejemplos específicos (que sin duda deben discutirse después de que todas las partes estén de acuerdo con la tesis de este artículo), abordaremos esta pregunta centrándonos principalmente en los dos pasajes citados anteriormente.

Puede ser una pregunta legítima preguntar qué constituye un ejercicio de autoridad, pero sería problemático restringir los ejercicios públicos de autoridad de las mujeres a la mera esfera eclesiástica y negar que la Escritura arraigue esta prohibición en el orden creado.

“NO LES ESTÁ PERMITIDO HABLAR” – ¿POR QUÉ NO?

Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación. (1 Corintios 14: 34-35)

Matthew Poole señala que esta prohibición no se aplica a ocasiones extraordinarias donde Dios consideró apropiado hacer de una mujer una profetisa, como Ana (Lucas 2:38), las cuatro hijas en Hechos 21:9, Miriam (Éxodo 15:20), Hulda (2 Crónicas 34:22), etc., pero estas son excepciones y no la norma. Poole señala que la referencia del Apóstol a la Ley se refiere a Génesis 3:16, lo cual es importante para nuestra consideración porque tiene que ver con el orden creado, no con algo específico del antiguo pacto de Israel, o con la esfera de la Iglesia del Nuevo Testamento.

Se cree que la ley a la que se refiere el apóstol aquí es Génesis 3:16, donde se ordena a la mujer que se someta a su esposo, y se dice que él debe gobernar sobre ella…”

Juan Calvino comenta sobre este pasaje y señala que el razonamiento para prohibir a las mujeres hablar en una capacidad oficial, pública o autorizada se basa en la Ley, la naturaleza y el sentido común, de modo que incluso era un principio moral sostenido por personas sin acceso a revelación especial; no se basa en una ley positiva supra-agregada específica solo para la Iglesia.

Si la mujer está bajo sujeción, por lo tanto, tiene prohibida la autoridad para enseñar en público. E indudablemente, entre todas las naciones y pueblos donde se ha mantenido la propiedad natural, las mujeres han sido excluidas de la gestión pública de los asuntos en todas las edades. Es el dictado del sentido común, que el gobierno femenino es inapropiado e indecoroso. Más aún, si bien originalmente se les dio permiso en Roma para declararse ante un tribunal, el desencanto de Caia Afrania llevó a que fueran interceptadas, incluso por esto. El razonamiento de Pablo, sin embargo, es simple: que la autoridad para enseñar no es adecuada para el puesto que ocupa una mujer, porque, si ella enseña, preside a todos los hombres, mientras que esto la lleva a estar bajo sujeción“.

John Calvin, commentary on 1 Corinthians 14:34.

“NO PERMITO A LA MUJER ENSEÑAR” – ¿POR QUÉ NO?

La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia. (1 Timoteo 2: 11-15).

El contexto inmediato se trata de prohibir que las mujeres enseñen públicamente en la Iglesia, pero ¿el razonamiento detrás de la prohibición se aplica solo a la Iglesia, o tiene una aplicación más amplia? La prohibición en 1 Timoteo 2:12 no puede ser únicamente una ordenanza eclesiástica porque el apóstol Pablo lo fundamenta en la creación, no en nada específico de la Iglesia. Está aplicando un principio general a una situación específica, por lo tanto, en cualquier lugar en que se aplique ese mismo principio general.

John Gill entiende correctamente que hay equidad natural en este pasaje que se aplica no solo a los oficiales de la iglesia, sino también a otras esferas de la vida pública:

Porque no permito a la mujer enseñar
“Pueden enseñar en privado, en sus propias casas y familias; deben ser ‘maestras del bien’ (Tito 2:3). Deben criar a sus hijos ‘en disciplina y amonestación del Señor’ (Ef. 6: 4); ni se debe abandonar la ley o la doctrina de una madre, más que la instrucción de un padre (ver Prov. 1: 8; 31: 1-4). Timoteo, sin duda, recibió mucha ventaja de las enseñanzas e instrucciones privadas de su madre Eunice y su abuela Loida; pero entonces las mujeres no deben enseñar en la iglesia; porque eso es un acto de poder y autoridad, y supone que las personas que enseñan son de un grado superior, y en un cargo superior, y que tienen habilidades superiores a las que les enseñan:

ni ejercer dominio sobre el hombre“;
Como no en asuntos civiles ni políticos, o en asuntos relacionados con el gobierno civil; ni en cosas domésticas, o los asuntos de la familia; así que no en cosas eclesiásticas, o lo que se relaciona con la iglesia y el gobierno de la misma; porque una parte de la regla es alimentar a la iglesia con conocimiento y comprensión; y que una mujer se encargue de ella para hacer esto, es usurpar una autoridad sobre el hombre: por lo tanto, esto no debe hacerlo.

John Gill, commentary on 1 Timothy 2:12.

El apóstol Pablo está hablando en el contexto de la adoración pública, pero la violación de la ley de la que habla es más general, por lo que razona desde la creación. El apóstol está argumentando de mayor a menor. Utiliza un principio moral general enraizado en el orden creado para explicar por qué una instancia particular de ese mismo principio es válida para la aplicación que está haciendo. El hecho de que Dios creó a Adán primero y luego a Eva fue para enseñarnos que el género femenino está destinado a ser un compañero de ayuda para el hombre, no un gobernante. También razona desde la caída. “Última en ser, ella fue la primera en pecado. La serpiente sutil sabía que ella era ‘la vasija más débil’. Por lo tanto, la tentó”. [1] Por lo tanto, Pablo no permite que una mujer enseñe o ejerza autoridad, lo que, como aplicación de la ley, le prohibiría realizar tal ejercicio de autoridad en las iglesias. Sin embargo, también tendría muchas otras áreas de aplicación. Es por eso que Isaías declara que las mujeres que gobiernan sobre los hombres es un juicio de Dios sobre un pueblo (Isaías 3:12), y por qué Pablo instruye que las mujeres deben “críen hijos, gobiernen su casa” (1 Tim. 5:14), y ser “cuidadosas de su casa” (Tito 2:5).

Además, en este pasaje, el Apóstol redirige el enfoque del papel de la mujer de la autoridad pública y formal a la “maternidad“, la esfera del hogar, según el diseño de Dios. Ciertamente hay más para desempaquetar en el versículo 15 [2], pero este punto es suficiente para nuestro propósito aquí.

Está implícito que la maldición misma será una condición favorable para su salvación, al cumplir fielmente su parte de hacer y sufrir lo que Dios le ha asignado, a saber, la maternidad y los deberes domésticos, su esfera, a diferencia de la enseñanza pública, que no es de ella, sino de hombre (1 Tim. 2:11, 12). En esta esfera doméstica, no ordinariamente en el servicio público para el reino de Dios, ella será salva en los mismos términos que todos los demás, es decir, por la fe viva”.

Jamieson Fausset Brown commentary on 1 Timothy 2:15, vol. 3, p. 486.

Nuevamente, puede ser una cuestión legítima preguntar qué constituye un ejercicio de autoridad, pero sería problemático restringir los ejercicios públicos de autoridad de las mujeres a la mera esfera eclesiástica y negar que la Escritura arraigue esta prohibición en el orden creado.

INSTRUCCION PRIVADA

La instrucción privada, la amonestación o la exhortación no es lo mismo que ejercer autoridad sobre los hombres en la iglesia, el estado, el hogar o cualquier otra esfera. Es por eso que los comentaristas reformados hacen una distinción entre las posiciones públicas de autoridad y el discurso privado.

Por ejemplo, John Gill comenta sobre Hechos 18:26 que Aquila y Priscila no corrigieron a Apolos públicamente, sino que lo llevaron a un lado en privado por las siguientes tres razones: 1) Por el bien del Evangelio “para que no pusieran ningún obstáculo en el camino de ello, ni en el de los jóvenes convertidos, ni para dar una oportunidad al adversario para sacar ventajas”. 2) Por el bien de Apolos, “para que no lo avergüencen y lo desanimen“. Y 3) Debido a que Priscilla era una mujer, “no era apropiado, especialmente para Priscilla, hablar en público, ni estaba permitido en las sinagogas judías que una mujer hablara allí”. Continúa, “y de ahí se puede observar, que las mujeres de gracia, conocimiento y experiencia, aunque no se les permite enseñar en público, pueden y deben comunicar en privado lo que saben de las cosas divinas, para el uso de los demás”.

En el mismo pasaje, Juan Calvino señala: “debemos recordar que Priscilla realizó esta función de enseñanza hogareña en su propia casa, que no podría derrocar el orden prescrito por Dios y la naturaleza”. Del mismo modo, Matthew Poole distingue entre las posiciones públicas de autoridad e instrucción privada:

“Si permitimos que Priscilla haya contribuido a la instrucción de Apolos, como indudablemente podemos hacerlo, es seguro que fue solo en un discurso privado; que, unido a un comportamiento manso y humilde, podría ser muy efectivo para la conversión de las almas (1 Pedro 3:1-2). Así, Timoteo estaba en deuda por su conocimiento de las cosas de Dios con su madre y su abuela (2 Timoteo 1:5). Pero por lo demás no es lícito que una mujer enseñe (1 Timoteo 2:11-12)”.

Matthew Poole, commentary on Acts 18:26

Con este principio correctamente entendido, a la luz de la naturaleza y de las Escrituras, los cristianos tienen una base común para discutir roles y funciones específicas y lo que constituye un ejercicio público de autoridad. Este principio se ha entendido en la iglesia durante siglos, como se ve en las citas anteriores. Aunque esta no es una idea popular en la sociedad moderna, entendemos que esto se aplica tanto a la esfera civil como en la eclesiástica. Al cumplir con su papel apropiado en la sociedad, las mujeres cumplen con su deber hacia Dios y benefician a sus familias y a la sociedad en general. Al actuar fuera de su rol dado por Dios, las mujeres se lastiman a sí mismas y a la sociedad cuando ejercen autoridad sobre los hombres no solo en la iglesia, sino también en público.

___________________________________________________________________________________________________

[1] Jamieson Fausset Brown commentary on 1 Timothy 2:13, vol. 3, p. 486.

[2] Vea la exegesis de Stephen Charnock de este verso en: Discourse For The Comfort of Childbearing Women

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2018/03/19/may-women-teach-public-vs-private-instruction/

Por: La Asamblea Provincial de Londres (1654)
En: Jus Divinum Ministerii Evangelici o el Derecho Divino del Ministerio del Evangelio

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

La Necesidad y Excelencia del Ministerio Evangélico es tan trascendentemente grande, que no puede dejar de ser considerado un servicio muy glorioso, en todos aquellos que se comprometen a representarlo en su belleza a los hijos de los hombres, y a reivindicarlo de todo lo que tratar de difamarlo, quebrantarlo y destruirlo. Cristo nuestro Salvador, cuando ascendió a los cielos, dejó el Ministerio como su Legado más selecto junto al Don de su Espíritu Santo; les dio a sus Ministros (que no dio a ningún Monarca terrenal) las Llaves del Reino de los Cielos (Mat. 16:19), les confió la Palabra de Reconciliación (2 Cor. 5:19), los hizo Mayordomos de la Misterios de Dios (1 Cor. 4.1), y Vigilantes de las preciosas Almas de su pueblo (Heb. 13:17). Hay difícilmente algo necesario para el hombre en su Relación Natural o Civil, pero el Ministerio se le compara a ello. ¿Son necesarias la luz y las estrellas? ¿Es necesaria la sal? ¿Son necesarios gobernantes, pastores, mayordomos, embajadores, labradores, constructores, ángeles, carros y jinetes? Los ministros son llamados, La Luz del mundo, La Sal de la tierra (Mat. 5:13, 14), Estrellas en la diestra de Cristo (Ap. 1:20), Son Ángeles (Ap. 2:1), Gobernantes (Heb. 13:17), Embajadores (1 Cor. 5:20), Mayordomos (1 Cor. 4:1), Labradores (1 Cor. 3:9), Padres (1 Cor. 4:15), Pastores (Efesios 4:11), Constructores (1 Cor. 3:11-12), Vigilantes (Isa. 52:8; Eze. 3:17), Los carros y jinetes de Israel (2 Reyes 13:14). La gente de Constantinopla profesaba que querría el Sol antes que el Ministerio de Crisóstomo. Y Crisóstomo nos dice, que Herodes muy bien podría haber salvado a Juan Bautista a pesar de su juramento, porque su juramento era dar a la hija de Herodías lo que ella debía pedir, aunque fuera para partir su reino, pero la cabeza de Juan Bautista valía más que todo su Reino.

Por lo tanto, el diablo en todas las edades ha trabajado con sus instrumentos malvados para desacreditar, menospreciar y derrocar el Ministerio, sabiendo que es un motor espiritual en la mano del Señor de los ejércitos para derribar sus fortalezas, y diseñado para este mismo propósito de traer a la gente del poder de Satanás al Reino de Jesucristo.

En el Antiguo Testamento, aunque el Ministerio que entonces era, se reconocía como de Institución Divina, sin embargo, incluso entonces, una parte carnal del mundo se oponía, como una Invención humana superflua, y las Personas a quienes se encomendaba ese Ministerio eran en sus varias Generaciones vilipendiados y calumniados como una Sociedad de hombres que más bien buscaban algún interés mundano, carnal y personal, que las cosas sagradas del Reino de Dios. Así, Enoc, que tenía este testimonio de que agradaba a Dios, soportó duros discursos que los pecadores impíos hablaron contra él. Noé, un Predicador de Justicia, no fue creído en su Generación, ellos no creyeron, ellos no sabrían nada hasta que vino el Diluvio y los barrió a todos. Moisés, un profeta poderoso en palabras y hechos, tenía a Janes y Jambres para resistirlo en Egipto, y a Coré y su compañía para resistirlo en el desierto. Elías, ese hombre de Dios, a quien se llama ángel terrenal y mortal celestial, que mientras vivía en la tierra, dominaba los cielos y las nubes que están arriba, sin embargo, Jezabel lo persiguió y Acab lo contaba como enemigo de él y del Estado, y acusado en su cara como el Alborotador de Israel. Así Jeremías, santificado desde el vientre, fue herido y encarcelado, Micaías encarcelado, Urías asesinado con la espada, Zacarías apedreado hasta la muerte.

En el Nuevo Testamento, Juan Bautista, quien fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su Madre, fue decapitado. Y el mismo Cristo Jesús, que no se avergonzó de ser llamado Ministro de la Circuncisión, Obispo de nuestras almas, Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra profesión, fue crucificado entre dos ladrones. Los santos Apóstoles de quienes el mundo no era digno, no eran dignos de vivir en el mundo, sino que fueron despreciados y rechazados por los hombres, y contados como la escoria del mundo.

En las diez primeras persecuciones, el diablo se esforzó especialmente en la ruina del ministerio piadoso y erudito: se dice expresamente de la sexta persecución, que el emperador Maximino la levantó contra los maestros y líderes de la Iglesia, pensando que, si estos capitanes eran removidos fuera del camino, lo más fácil haría que prevaleciera contra el resto. El mayor designio que tuvo Juliano el Apóstata para derrocar la religión cristiana fue destruir el saber y quitarle los medios de subsistencia al ministerio.

La Escritura nos dice que durante el espacio de 1260 días (es decir, todo el tiempo del reinado del Anticristo) los dos Testigos deben profetizar vestidos de cilicio, y este cilicio aún no se ha quitado, ni es probable que lo sea.

Porque hay una generación de hombres que se ha levantado entre nosotros, que dice: Que es el mayor engaño que jamás se les ha hecho a los cristianos, hacerles creer que hay un Oficio del Ministerio distinto, peculiar para algunos hombres y no para otros. A esto lo llaman una Monopolización del Ministerio, y el peor de todos los Monopolios. Y dicen, al igual que Coré y su compañía: Ustedes toman demasiado sobre ustedes, hijos de Leví, ¿no es santo todo el pueblo de Dios? ¿Y no puede predicar ningún hombre dotado, aunque no esté ordenado? Pero mientras tanto olvidan, que este Discurso de Coré fue contado como Rebelión, y que la tierra no pudo soportarlo, sino que abrió su boca y se lo tragó a él, y al resto de sus compañeros. Hasta ahora se consideraba una gran falta que un Ministro fuera Juez de Paz, y se pensaba que era incompatible con su Llamado e imposible que un hombre atendiera a ambos. Pero hay muchos en nuestros días que, continuando en sus Llamamientos Civiles, se creen capaces de cumplir con el Ministerial. Y aunque el Apóstol fuera del sentido de su peso, gritó: ¿Quién es suficiente para estas cosas? Sin embargo, hay muchos que piensan que todo hombre es casi suficiente. Y como Jeroboam hizo sacerdotes de los más bajos del pueblo, que no eran de los hijos de Leví, y fue contado como su gran pecado. Así es con nosotros, Los más bajos de la gente y aquellos que no están llamados al Ministerio, ni formados en las Escuelas de los Profetas, se convierten en Predicadores y claman como los que no son de nuestro tiempo.

Hay diversas formas en que algunos hombres se esfuerzan por destruir el Ministerio:

1. Insultando y difamando a sus personas, y levantando toda clase de reproches contra ellos, como si fueran los únicos Incendiarios de la Iglesia y el Estado, compañeros pestilentes, los causantes de todos los disturbios en la Nación.

2. Clamando al Ministerio actual como anticristiano, porque es hecho (como dicen) por obispos anticristianos.

3. Eliminando su Mantenimiento.

4. Estableciendo a los más viles y humildes del pueblo, y a los que no tienen artes ni conocimientos en lenguas, para que sean predicadores, para que así puedan hacer creer al mundo que el Oficio Ministerial es de todos los demás, el más bajo y el más fácil.

5. Denunciando al propio Oficio.

Estos, junto con otros de naturaleza similar, son las formas y los medios por los cuales los hombres buscan arruinar el Ministerio, y por lo tanto la Religión, y abrir una amplia brecha a todos los Errores, Herejías, Blasfemias, Profanidad y Ateísmo. Aquí tratando con nosotros como lo hizo Alejandro con los atenienses, que deseaban hacer la paz con ellos con la condición de que entregaran a ocho de sus principales hombres en sus manos. Demóstenes para disuadir a los atenienses de que los entreguen, les cuenta una fábula de los lobos y las ovejas: Los lobos deseaban hacer las paces con las ovejas, con la condición de que entregaran a sus perros para que los destruyeran, lo que no habían hecho antes. pero los lobos pronto devoraron las ovejas: aun así, cuando una vez no sólo las personas de los ministros caen en desgracia y se les quita el sustento, sino cuando se niega el mismo llamamiento y oficio del ministerio, y se da libertad a todo hombre que quiera predicar, entonces los Lobos devorarán las Ovejas de Cristo, entonces los Errores, Herejías, Blasfemia, Ateísmo y el Papado, entrarán como una gran inundación, luego vendrá la ruina y la desolación como un hombre armado sobre esa Nación donde esto se practica, sin remedio.

Y, por tanto, para dar testimonio de nuestro Amor a la Verdad, para que el Sol de Justicia no se ponga en nuestros días, para que la Verdad del Evangelio viva cuando nosotros estemos muertos, y la Palabra de Cristo corra y sea glorificada; Y para prevenir el crecimiento del ateísmo que abunda en todas partes, y amenaza el derrocamiento y la ruina del camino que Dios ha llamado santo, y para reducir a las pobres almas descarriadas, que ignorantemente conciben que no pecan al insultar a los Ministros del Evangelio, como si fueran hombres que solo buscaran sus propias cosas, y no las del Señor Jesús, y despreciaran el Ministerio como si no fuera la Institución de Dios, sino una invención humana introducida para defender algún interés carnal.

Nosotros, los miembros de la Asamblea Provincial convocados por Autoridad del Parlamento, concebimos nuestro deber de limpiar a nuestras respectivas Congregaciones, el Ministerio y los Ministros, que sirven al Señor con rectitud, de estas calumnias crueles y sin fundamento. Suplicando al Señor, el Padre de los espíritus, que convenza y establezca los juicios de ellos de que por extravío pueden dudar, y dar arrepentimiento a los que se oponen carnalmente a sí mismos, para que puedan llegar al reconocimiento de la Verdad, y así recuperarse de la trampa de Satanás, en la que se dejan llevar cautivos a su voluntad.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/04/24/necessity-and-excellency-of-the-gospel-ministry/

Por: John Brown of Haddington
En: Systematic Theology, pp 568-569

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

De las declaraciones de las Escrituras se desprende claramente que Cristo ha designado gobernantes en su iglesia que no están designados para predicar el evangelio [Rom 12:7-8; Heb 13:7, 17]. Diferentes dones califican a los hombres para enseñar y para gobernar [Efesios 4:7]. Tales reglas son necesarias para la asistencia de los pastores [Gálatas 2:9-10; Hechos 6:2-4; Éxodo 18:17-23].

La forma completa de cada congregación cristiana requiere varios ancianos [Hechos 20:17-38; Hechos 14:23]. Las iglesias cristianas tienen tribunales similares a los judíos que tenían el poder de la excomunión; y que consistía en ancianos gobernantes como representantes de la congregación [Mateo 18:15-17; Núm. 35:24; Deut 19:12; Josué 20:4, 6; Éxodo 12:3,21]; al comparar textos encontramos que “congregación” denota gobernantes de ella. La Setenta (es decir, La Septuaginta o traducción griega del Antiguo Testamento) usa la palabra ecclesia, que se traduce como “iglesia” en Mateo 28:17.

PERO EL NOMBRAMIENTO DIVINO DE LOS ANCIANOS GOBERNANTES ES AÚN MÁS EVIDENTE:

1. De Romanos 12:5-8, “así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría”.

Encontramos en el cuerpo de la iglesia la profecía, que incluye la enseñanza y la exhortación, lo que puede corresponder con los maestros y pastores [Ef. 4:11]; y el servicio, que responde ante el diácono que reparte la caridad de la iglesia, y muestra misericordia al visitar a los enfermos y encarcelados, y al anciano que gobierna con diligencia. Aquí los diferentes dones, que se dan para obtener ganancias, infieren diferentes oficios [Efesios 4:7-11; 1 Corintios 12:7-8]. Aquí hay uno que gobierna caracterizado por diferentes dones, y trabajo diferente.

2. A partir de 1 Corintios 12:28, “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas.”.

Encontramos gobierno, es decir, gobernadores, aun cuando los milagros denotan obreros de milagros, establecidos por Dios en la iglesia cristiana. Si bien están representados como diferentes de quienes ayudan o diáconos [Hechos 6:1-6], su designación de gobierno indica que su oficio se ejecuta principalmente, si no únicamente, en el gobernar. Mucho más apropiadamente les denota ser gobernantes de los miembros de la iglesia, más que simples administradores de dinero de la iglesia.

ADEMÁS, ES OBSERVABLE QUE DIOS HA ESTABLECIDO ALGUNOS, NO TODOS, [EXCLUSIVAMENTE COMO] GOBERNANTES EN LA IGLESIA.

A partir de 1 Timoteo 5:17, “Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar”.

Donde algunos ancianos son representados como dignos de doble honor, aunque no hacen más que gobernar bien, mientras que otros son representados como más dignos de doble honor porque no solo gobiernan bien, sino que también trabajan en palabra y doctrina. Todos los ancianos que pertenecen a la iglesia [compare 1 Tim 1:19; 1 Tim 4:14; 1 Tim 3:15]. Kopionteslaborando” no denota una diligencia poco común, sino el deber común de todos los ministros del evangelio [1 Cor 3:8; 1 Tes. 5:12; Juan 4:38]. Malistaespecialmente” siempre en el Nuevo Testamento distingue a personas o cosas de la misma clase general, unas de otras [Hechos 20:38; Hechos 23:26; Hechos 26:3; Gal 6:10; Fil 4:22; 1 Tim 4:10; 1 Tim 5: 8; 2 Tim 4:13; Tito 1:10; Fil 16; 2 Pedro 2:10].

No solo la mayoría de los Padres Principales en la iglesia cristiana declaran a los ancianos gobernantes, sino que incluso los papistas y episcopales, quienes incursionan contra ellos, tienen una sombra de ellos en sus cancilleres, funcionarios, comisarios, guardianes, y obispos que no se preocupan por las almas, son los ancianos laicos propiamente llamados. Los independientes también administran la mayoría de sus asuntos congregacionales por algunos de sus números.

LAS CALIFICACIONES NECESARIAS DE LOS ANCIANOS GOBERNANTES SON:

1. Piedad verdadera [1 Tim 4:12; 2 Tim 2: 21-22].

2. Capacidad para juzgar las causas [1 Crónicas 12:32; Deuteronomio 1:13; 1 Reyes 3: 5-15; Isa 11: 2-5; Núm. 11: 16-17].

3. Sabiduría, prudencia y rectitud de conducta, en conexión con un buen informe de otros [1 Tim 3: 1-8; Sal. 101:2-8].

Su ordenación debe ser tramitada de forma muy similar a la de los ancianos docentes o pastores [Hechos 1: 15-26; Hechos 14:23; 1 Tim 4:14].

SU DEBER EN GENERAL ES GOBERNAR BIEN; PARTICULARMENTE:

1. Al juzgar lo agradable de las doctrinas a la Palabra de Dios, declarando judicialmente lo que parece bueno para el Espíritu Santo y para ellos, en puntos controvertidos de principios o práctica [Hechos 15: 28-29; Hechos 16:4; Apocalipsis 2:2; Hechos 20:17-31].

2. Al admitir a personas a la iglesia en comunión en las calificaciones adecuadas [Mateo 16:19].

3. Al dirigir o alentar a los miembros de la iglesia a observar las leyes de Cristo, por el honor de Dios y su propia edificación mutua [Heb 13:7, 17].

4. Al cuidar que todas las ordenanzas del Evangelio se conserven debidamente en su pureza y perfección [Cantar de los Cantares 1:7-8].

5. Vigilando cuidadosamente el comportamiento moral de los miembros de la iglesia, instruyéndolos, amonestándolos, exhortándolos, reconfortándolos o reprendiéndolos cuando encuentren causa [Hebreos 13:17].

6. Al visitar a los enfermos de cuerpo, o angustiados en mente [Santiago 5:14].

7. Al hacer provisión para los pobres, u otros gastos necesarios para promover el bienestar espiritual de la congregación [Hechos 11:27-30].

8. Al juzgar el caso de los delincuentes y penitentes, para censurar a los primeros y absolver a los últimos [Mateo 18:15-18; Mateo 16:19].

9. Al regular las dietas de ayuno, acción de gracias, la Cena del Señor, etc. [1 Corintios 14:26, 40].

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2016/12/19/the-difference-between-elders-and-pastors/

LOS DEBERES DE LOS DIACONOS

LOS DEBERES DE LOS DIÁCONOS: Un breve tratado sobre los diáconos
Por: James Guthrie

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

Para que entendamos también lo que pertenece a los diáconos, hablaremos de ellos brevemente, siguiendo el mismo orden. (1.) De su nombre. (2.) De su institución. (3.) De su vocación. (4.) De su deber y calificación.

DEL NOMBRE, DIÁCONO.

La palabra “diácono” [διακονέω, διάκονος], comúnmente usada, significa cualquier siervo o ministro (Mat. 23:11). Por lo tanto, en el Nuevo Testamento a veces comprende a todos los oficiales de la iglesia, incluso a los mismos apóstoles (1 Cor. 3:5). Porque todo funcionario de la iglesia es designado por Dios para perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio (eis ergon diakonias) y edificar el cuerpo de Cristo (Ef. 4:12). Cuando hablamos de diáconos en la iglesia, no se toma en este sentido amplio, para cualquier funcionario de la iglesia de cualquier tipo, sino para cierto tipo de funcionarios de la iglesia distintos de los pastores, maestros y ancianos, a quienes la recolección y distribución de los bienes de la iglesia pertenecen, para suplir las necesidades de los pobres.

DE LA INSTITUCIÓN DE DIÁCONOS.

La institución del oficio de diácono en la iglesia de Cristo es divina. Es una ordenanza especial y un nombramiento de Jesucristo que haya diáconos en su casa. El apóstol manda a los discípulos que escojan entre ellos hombres de informe honesto, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes nombrar sobre los asuntos de los pobres (Hechos 6:3), lo cual se hizo en consecuencia, como puede ser visto en el quinto y sexto versículo de ese capítulo. Tampoco fue esta una institución temporal en esta ocasión particular, solo para la iglesia de Jerusalén, sino para todas las iglesias de Cristo hasta el fin del mundo. Por tanto, el apóstol Pablo en varias de sus epístolas a las iglesias les menciona. Exhorta al “que da” o imparte (es decir, el diácono, a quien se encomienda el cuidado de dar y distribuir) a “hacerlo con sencillez” (Rom. 12:8). Reconoce al que “administra” (es decir, diáconos que son designados para ayudar a los pobres) entre estos oficiales que Dios ha puesto en su iglesia (1 Cor. 12: 28). Y escribiendo a los filipenses, dirige su epístola a todos los santos en Cristo, con “los obispos” (o superintendentes, bajo los cuales comprende a los ministros, maestros y ancianos) y a “los diáconos” (Fil. 1:1). A Timoteo, en donde le da reglas sobre la calificación y el porte de todos los oficiales de la iglesia, trata del diácono en general (1 Timoteo 3:8-13).

DE LA INSTITUCIÓN DIVINA DE LOS DIÁCONOS, DEDUCIMOS QUE:

(1.) El diácono es un oficial distinto del anciano. Es un defecto y falta en algunas congregaciones que no ponen diferencia entre estos dos, pero los confunde y los mezcla como si ambos fueran uno, ya sea no nombrando a nadie para el oficio de diácono, sino dejando ese cargo también sobre los ancianos, o bien dar a los diáconos el mismo poder y empleo que los ancianos. Es cierto que todo lo que el diácono pueda hacer en virtud de su oficio, lo mismo puede hacer un anciano, como lo que un anciano hace, un ministro; porque los oficios más elevados y eminentes de la iglesia incluyen los poderes de los inferiores. También es cierto que los diáconos pueden ayudar en el juicio con el ministro y los ancianos, y ayudarlos en estas cosas que conciernen a la supervisión de la congregación, mediante información y consejo. Sin embargo, es necesario que las congregaciones consideren la ordenanza y reverencien la sabiduría de Dios al nombrar a estos oficiales, de modo que tengan tanto ancianos como diáconos, y los preserven distintos en sus actos y operaciones, sin dar al diácono, o permitirle asumir el cargo de anciano.

(2.) Los diáconos no deben considerar a la ligera este empleo, o cualquier otro que los considere a la ligera, porque están llamados a ello y ejercen el mismo; sino que ellos mismos, y todos los demás, deben considerarlo como uno de estos empleos santos y honorables, que la sabiduría de Dios ha considerado conveniente asignar en su casa, para suplir las necesidades de sus santos. El mismo Señor Jesucristo no desdeñó lavar los pies de sus discípulos; los ángeles son todos ellos espíritus ministradores, enviados para ministrar por ellos y que son designados herederos de la salvación. Entonces, ¿por qué habría de pensar alguien por debajo de ellos servir en la iglesia de Cristo y ministrar a los santos en este empleo (1 Ti. 3:13)?

DE LA VOCACIÓN DE DIÁCONOS.

Nadie debe entrar en este oficio, sino el que está legítimamente llamado a él. Para su llamamiento es necesario:

(1.) Que tengan habilidades y dones aptos para el cargo, junto con un honesto propósito de corazón para servir al Señor fielmente en el desempeño de los mismos, buscando su honor en él y el bien de la iglesia.

(2.) Que sean elegidos por la congregación en la que van a servir, cuya elección debe hacerse de la misma manera que la de los ancianos gobernantes.

(3.) Que el ministro y los ancianos juzguen, [1.] su conversión, que sea intachable y santa. Y [2.] en cuanto a sus dones, que tengan esa ternura, discreción, destreza y prudencia que conviene a ese empleo. Y que sean admitidos a su cargo con oración y súplica, y abriendo la palabra acerca de su deber públicamente en la congregación, donde deben dedicarse solemnemente a ser fieles en la confianza que Dios les ha encomendado (Hechos 6.3-6; 1 Timoteo 3.10).

DE SU DEBER.

Su deber es el que concierne a su conversión, o su oficio y vocación.

DE SU CONVERSIÓN Y CALIFICACIONES.

Para su conversión, el apóstol muestra lo que debe ser (1 Ti. 3:8-12).

(1.) No deben ser de doble lengua, ni mentirosos, ni impostores, ni engañadores.

(2.) No deben ser dados a mucho vino, ni bebedores, ni borrachos, ni amantes, ni seguidores de bebidas fuertes.

(3.) No deben ser codiciosos de ganancias deshonestas, ni codiciosos, y que su corazón corra tras las cosas del mundo.

(4.) Deben ser hombres serios de presencia seria y firme, y no de comportamiento ligero y vanidoso.

(5.) Deben ser aquellos que retengan el misterio de la fe con una conciencia pura, es decir, que no solo conozcan las doctrinas del evangelio, sino que retengan la fe en ella sin vacilar, y estudien para tener una buena conciencia, al caminar en respuesta a ello.

(6) Deben ser marido de una sola mujer, que se abstengan de toda lujuria ilícita, satisfaciéndose con el remedio permitido por Dios.

(7.) Deben ser tales que gobiernen bien su propia casa y a sus hijos, tales que manden e instruyan a sus hijos y a su familia a guardar el camino del Señor, yendo delante de ellos en la práctica de la piedad, y todos los deberes santos y religiosos.

DE LOS DEBERES DE SU LLAMAMIENTO.

Los deberes que los diáconos están obligados a realizar en su llamamiento pueden reducirse a estos encabezados:

(1.) Que tengan cuidado de prestar atención exacta a aquellos que son pobres en la congregación y no tienen con qué mantenerse.

(2.) Que de vez en cuando tengan cuidado de recoger y recibir de los varios miembros de la congregación y de los extraños que vienen entre ellos, lo que el Señor inclinará sus corazones a dar para suplir las necesidades de los pobres, y de manera oportuna y cristiana para incitar y exhortar a la caridad y la generosidad, para que se pueda dar más.

(3.) Lo que reciban y recojan, entregue fielmente para que se ponga en el tesoro de la congregación.

(4) Que den a conocer oportunamente las diversas condiciones y necesidades de los varios pobres dentro de la congregación al consistorio de la iglesia, que se establezca una provisión en consecuencia para cada uno de ellos, para que los pobres no sean puestos a mendigar, para el dolor de sus espíritus y el oprobio del evangelio.

(5.) Que tengan cuidado, con honestidad y sencillez, sin mirar a las personas, de distribuir y entregar a los pobres lo que se les asigne para suplir sus necesidades; y si son huérfanos y jóvenes, o aquellos que no tienen conocimiento o comprensión, ni capacidad para disponer y ordenar las cosas que conciernen a su comida y vestimenta; Que los diáconos empleen y otorguen honestamente lo que se les da para su uso, para que puedan ser abastecidos en estas cosas.

(6) Que tengan cuidado de que lo que pertenece a los pobres no se arruine, ni se aplique a ningún otro uso: y si hay alguna reserva en el tesoro de la iglesia, se aproveche para lo mejor, para el beneficio y uso de los pobres. Sin embargo, para que los pobres estén más bien abastecidos que el dinero atesorado para un espectáculo vano.

(7.) Que tengan cuidado de tomar nota de estos que están enfermos para que puedan familiarizar a los ministros y ancianos con ellos para visitarlos, y si son pobres, sus necesidades pueden ser suplidas.

Para que los diáconos cumplan más convenientemente con su deber: conviene que se asigne una parte de la congregación a cada uno de ellos, para la mejor inspección de los pobres, y que las dietas de colecta para los pobres se dividan entre ellos.

El número de diáconos en cada congregación será de acuerdo con la proporción de la congregación y de los pobres que haya en ella; y aunque no hay necesidad de un número igual de ancianos y diáconos, es conveniente que cada anciano tenga algún diácono para estar ayudándole en los límites de los cuales tiene una inspección más peculiar, para que tanto el uno como el otro puedan cumplir con su deber, con mayor facilidad para ellos mismos y con el mayor beneficio y ventaja de la congregación.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/11/30/the-duties-of-deacons/

Por: James Bannerman
En: The Church of Christ I.viii, 5.2, pp. 162-168.

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

Aquellos que bajo el pretexto de la libertad cristiana, cometen y practican algún pecado, o abrigan algún deseo impuro, destruyen de este modo el propósito de la libertad cristiana, el cual consiste en que, siendo librados de las manos de nuestros enemigos, sirvamos al Señor sin miedo, en santidad y rectitud delante de Él, todos los días de nuestra vida. (Luc. 1:74-75; Juan 8:34; Gál. 5:13; 1 Ped. 2:16; 2 Ped 2:19).”

Confesión de fe de Westminster 20.3.

¿SON LOS ESTABLECIMIENTOS CIVILES DE LA RELIGIÓN NECESARIAMENTE INCOMPATIBLES CON LOS PRINCIPIOS DE TOLERANCIA?

La doctrina envuelta en tales establecimientos, según la opinión de los discípulos del sistema del Voluntariado, implica o conduce inevitablemente a la persecución por motivos de conciencia. Si los magistrados, como tales, tienen el poder de interferir en la religión, entonces (se objeta), deben tener un derecho incompatible con el deber y el privilegio del juicio privado, el derecho a imponer una cierta forma de fe y culto por ley sobre sus súbditos, y para hacerla cumplir bajo la sanción de penas y penas civiles.

PODER EJERCIDO SOBRE LA RELIGIÓN VS. EN LA RELIGIÓN.

Ahora bien, no es cierto que haya algo de este tipo involucrado en el principio de que el Estado puede reconocer, establecer y dotar por ley con justicia a una determinada profesión de religión. Hay una distinción, y muy importante, entre el poder del magistrado civil “circa sacra” y su poder “in sacris”; y esta distinción es grandemente pasada por alto por aquellos que insisten en la objeción de que el principio de la conexión entre Iglesia y Estado implica necesariamente lo que es incompatible con la tolerancia. Se concede fácilmente que el poder del magistrado civil es obligatorio en su carácter propio. Además, se reconoce que este poder se emplea en relación con el establecimiento civil y la dotación de la religión por parte del estado. Pero un poder obligatorio ejercido sobre la religión es algo muy diferente de un poder obligatorio ejercido en la religión. Uno de estos es incompatible con los principios de tolerancia; el otro de estos no lo es.

Obligar a un hombre a creer o profesar su creencia en una determinada forma de religión y a cumplir con una determinada forma de culto, bajo la amenaza o la imposición de sanciones civiles si se niega, es el ejercicio de un poder prescriptivo en la religión, y es incompatible con los principios de tolerancia. Pero obligar a un hombre a contribuir con su propiedad al tesoro público del estado y aplicar una parte del impuesto, no bajo su responsabilidad, sino bajo la responsabilidad del estado, a la investidura de la Iglesia, esta es el ejercicio de un poder prescriptivo, no en la religión, sino sobre la religión, y no es incompatible con los principios de tolerancia. Obligar a un hombre con penas civiles a conformarse a la Iglesia por la ley establecida, o castigarlo por disentir de ella, es sin duda una violación del derecho que pertenece a todos a adorar a Dios según su conciencia. Pero obligar a un hombre bajo sanciones civiles a contribuir con su parte de un impuesto general, parte del cual el estado se apropia para el uso de la religión, no es una violación de los derechos de conciencia, a menos que pueda ser considerado así por el Estado, en cualquier caso dado, gravar a un individuo por un objeto que su conciencia no aprueba.

De nada sirve alegar que la religión es un asunto peculiar y separado de cualquier otro; y que el hecho de que el Estado haga pagar a un hombre por la investidura de una religión que desaprueba es peor que cobrarle impuestos por cualquier otro objeto que desaprueba. No se puede afirmar que el dominio de la conciencia se limite únicamente a la religión o, de hecho, que la conciencia tenga menos que ver con otros asuntos. Y no se puede alegar, por tanto, que se viole la conciencia en el caso de un impuesto obligatorio para la dotación de una religión que no pueda aprobar, y que no se viole en el caso de un impuesto para cualquier otro fin que no pueda aprobar.

El poder obligatorio o coercitivo del estado puede, en resumen, emplearse de diversas formas sobre la religión, mientras que no se emplea en la religión. El estado puede otorgar la sanción de la autoridad civil a una Confesión de Fe en particular, mientras que no inflige discapacidades a aquellos que rechazan esa fe. El estado puede dotar a una Iglesia en particular e imponer un impuesto público para ese propósito; mientras que no impone ningún castigo a los que disienten de la Iglesia así dotada. Al hacerlo, no se arroga ningún poder que no sea el que le es competente en su lugar como autoridad civil suprema; y, sobre todo, no se arroga ningún poder que sea incompatible con el derecho al juicio privado o los principios de tolerancia.

EL PRINCIPIO DE VOLUNTARIEDAD SUBVIERTE LA VERDADERA LIBERTAD DE CONCIENCIA.

Pero si bien es así claro e innegable que la doctrina de los establecimientos civiles de la religión no implica nada incompatible con los principios de tolerancia, o el derecho y el deber del juicio privado, el argumento puede llevarse mucho más lejos. Se puede argumentar con justicia que el principio de voluntariedad, aplicado sistemáticamente, subvierte el mismo fundamento sobre el cual los principios de tolerancia y el derecho de juicio privado pueden basarse de manera adecuada y segura; y que el principio opuesto, que mantiene el deber del Estado de reconocer la religión, es el único sobre el que pueden defenderse plena y consistentemente.

¿Sobre qué base, permítaseme preguntar, descansa el derecho y el deber del juicio privado? ¿Qué es lo que me da el título, que ningún hombre puede quitarme legítimamente, para pensar, juzgar y actuar y, sobre todo, servir y adorar a Dios, como mi propia conciencia, y no la conciencia de otro, debe dictar? ¿Qué es lo que me confiere el derecho de examinar y probar todas las cosas por mí mismo, sin ser responsable ante el hombre de la opinión que pueda formarme o de la creencia que pueda adoptar?

LOS FUNDAMENTOS DE LA LIBERTAD DE CONCIENCIA

La razón por la que no soy responsable ante el hombre por mis opiniones y creencias es porque antes soy responsable ante Dios. La causa por la que no soy responsable ante mi prójimo en mi búsqueda de la verdad y en los juicios que formo, es simplemente porque antes soy responsable ante mi Creador. Este es el único fundamento seguro sobre el cual reposar el derecho del juicio privado en una cuestión de fe y deber, para que esté a salvo de la interferencia o la tiranía del hombre. En tales asuntos no puedo ser siervo del hombre, porque ya soy siervo de Dios. Mi responsabilidad para con Dios es demasiado completa y sagrada para admitir que soy responsable de la misma manera con mi prójimo. Por lo que creo, por las opiniones que me he formado, por las conclusiones a las que he llegado en mi búsqueda e indagación de la verdad, por todo esto soy responsable ante Dios; y por esa misma razón no se me puede pedir que adopte una creencia o asuma una convicción por mandato del hombre. En estos asuntos, soy el sirviente de otro Maestro y solo le rindo cuentas a Él. Dios reclama el dominio único y supremo sobre la conciencia; y, por tanto, la conciencia no puede ser esclava del hombre.

Mi derecho de juicio privado en materia de creencias descansa sobre la base de que yo soy responsable ante Dios; y que, por tanto, con una responsabilidad que le corresponde, el hombre no puede atreverse a interferir. El principio de tolerancia universal se basa en el principio de la responsabilidad universal de los hombres para con su Hacedor. Descansando sobre esta base, la tolerancia es el derecho de todo hombre, demasiado santo y divino para que el hombre se entrometa, e intentar robarle es interferir con la prerrogativa de Dios. Descansando sobre cualquier otra base, la tolerancia es un derecho, pero de tipo secundario e inseguro, privar a un hombre de lo cual es simplemente reducir sus privilegios sociales o políticos.

EL VOLUNTARIANISMO SE QUEDA CORTO.

¿Y cómo se sitúa la teoría del voluntarianismo en relación con el único fundamento sobre el que puede descansar segura y verdaderamente el principio de tolerancia? Según esa teoría, el estado no tiene nada que ver con Dios, o en la relación del hombre con Dios, en el camino del deber o privilegio. El magistrado, en su carácter oficial, no puede saber nada de mi responsabilidad ante Dios, ni asombrarme del derecho que esa responsabilidad me asegura, el derecho de que, por ser responsable ante Él, no puedo de la misma manera ser responsable ante él hombre. El estado, como el estado, no tiene nada que ver con mi relación con Dios y, por lo tanto, no puede considerar en la única luz verdadera y apropiada mi libertad de responsabilidad hacia el hombre, como el resultado necesario de mi responsabilidad previa hacia Dios. El magistrado que, siguiendo la teoría del voluntarianismo, rechaza toda referencia a Dios y la relación del hombre con Dios, puede considerar la tolerancia como un bien social o una ventaja política; pero no puede considerarlo en su aspecto más elevado y verdadero, como un derecho que se debe, no tanto al hombre como a Dios.

Que el Estado a considere al hombre en su relación con Dios, y como en asuntos de conciencia responsable ante Él; y considerará el principio de tolerancia y el derecho de juicio privado, en el caso del más humilde de sus súbditos, como un privilegio cercado con la autoridad y santidad de Dios. Que el estado repudie tal punto de vista, y el principio de tolerancia se verá privado tanto de su seguridad como de su significado.

EL DERECHO A LA TOLERANCIA ES INSEGURO SI NO ESTÁ DEBIDAMENTE FUNDAMENTADO.

Cualquier defensa del derecho al juicio privado en asuntos de conciencia, salvo el argumento de que es un derecho que resulta directamente de la responsabilidad del hombre ante Dios, será, estoy convencido, débil e insegura. El derecho a la tolerancia en el caso de todo hombre resulta muy inmediato del principio, que es cierto tanto en cuestiones de conciencia como en otras, de que un hombre no puede servir a dos señores en el mismo asunto, y que, si ya es siervo de Dios en materia de creencias religiosas, no puede en el mismo sentido ser sirviente de su prójimo. De hecho, los principios de la tolerancia universal se han argumentado sobre otras bases, pero el efecto ha sido traicionar la causa de la libertad y la verdad.

Por una clase de los defensores del principio de opinión libre y tolerancia total se ha argumentado que el magistrado no tiene poder para juzgar la verdad o la falsedad en la religión y que, por lo tanto, no tiene derecho a interferir con las opiniones o convicciones de sus súbditos. Un argumento como este es completamente falaz, ya que se basa en el principio de que el magistrado, por ser magistrado, ha dejado de ser un hombre, y él mismo está absuelto de su responsabilidad ante Dios en materia de fe y religión.

Una segunda clase de imprudentes defensores de los principios de tolerancia ha sostenido que la verdad y la falsedad en materia de opinión son igualmente inocentes cuando se sostienen con sinceridad y conciencia, y que, por tanto, nadie debe ser castigado por sus opiniones, sean las que sean tal vez. Un argumento como este no es menos sólido y malicioso que el primero, ya que se basa en el principio de igual mérito o demérito de la verdad y la falsedad.

Una tercera clase de defensores de la tolerancia sostiene que el hombre no es responsable en absoluto de sus creencias y que, por lo tanto, no puede ser objeto de elogio o culpa por ninguna de sus opiniones. Un argumento como este se opone aún más flagrantemente a la verdad que cualquiera de los otros, y niega, como lo hace prácticamente, la característica esencial del hombre como ser moral y responsable.

Otra clase de los defensores de la tolerancia sostiene que el magistrado no tiene nada que ver con las opiniones en ningún sentido, y que es incompetente e imposible para él tratar con ellas, ya que se encuentran más allá del ámbito propio de su competencia por completo. Y hasta cierto punto este argumento es cierto, aunque no es cierto en el sentido amplio e ilimitado en el que a menudo se insta.

SOLO DIOS ES SEÑOR DE LA CONCIENCIA. NO ES CONVENIENCIA POLÍTICA O SOCIAL.

Pero todas estas defensas del derecho al juicio privado y la tolerancia pública ya sean parcialmente verdaderas o totalmente falsas, coinciden en colocarlo sobre una base directamente calculada para rebajar su carácter y debilitar sus pretensiones. Como bien social, calculado para promover el bienestar de la sociedad, la tolerancia es un privilegio sin valor ordinario. Como bien político, una de las bendiciones de la libertad civil, es muy apreciado. Pero hay un aspecto más elevado y santo en el que debe ser visto. No es como una bendición social, ni siquiera como un derecho político, que debe considerarse principalmente; ni es sobre tal base que se encuentra su mejor defensa. Tiene un carácter superior y una base más segura sobre la que descansa. El derecho al juicio privado, como un derecho con el que el magistrado en su capacidad pública, y mi prójimo en su capacidad privada, no pueden ni se atreven a entrometerse, es un privilegio que me pertenece en virtud de mi responsabilidad ante Dios. Porque por la misma ley de mi responsabilidad ante Dios, debo tener la libertad de obedecerle; y el hombre, ya sea en su carácter oficial de magistrado o en su carácter privado de prójimo, no puede quitarme esa libertad. Dentro del dominio de la conciencia, Dios reclama la autoridad única y suprema; y con esa afirmación el hombre no puede interferir. El principio de tolerancia se basa en última instancia en mi derecho en asuntos de conciencia a “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).

SOLO EL PRINCIPIO DE ESTABLECIMIENTO PUEDE APOYAR LA VERDADERA LIBERTAD DE CONCIENCIA.

Entonces, ¿cuál es la conclusión de todo el argumento? ¿Es el principio involucrado en un reconocimiento por parte del estado de Dios y la responsabilidad del hombre hacia Dios, hostil a los principios de tolerancia e incompatible con el derecho de juicio privado? El caso es exactamente lo contrario. El derecho a la tolerancia nunca puede colocarse sobre una base segura, de modo que parezca un derecho demasiado solemne y sagrado para ser intervenido por un prójimo, hasta que el estado se dé cuenta de que es un derecho de Dios y no del hombre, un derecho que fluye directamente de la relación en la que el hombre está con su Hacedor.

¿Es el principio involucrado en la teoría del Voluntarismo — que el estado no tiene nada que ver con Dios, y el deber del hombre hacia Dios — el único principio consistente con los derechos de conciencia y las demandas de tolerancia? El caso es exactamente lo contrario. Al divorciar el principio de tolerancia de su relación directa con Dios, le quita la mitad de su autoridad y más de la mitad de su carácter sagrado, y lo degrada del nivel de un nombramiento divino al de un mero privilegio político, un reclamo civil de ser poseído o rechazado de acuerdo con consideraciones o nociones de conveniencia política, y no un derecho de Dios, nunca en ninguna circunstancia o bajo ningún pretexto para ser negado o resistido.

El principio involucrado en la teoría del voluntarismo es igualmente hostil a la verdadera independencia de la Iglesia y a las verdaderas pretensiones de tolerancia. Que ese principio se lleve a cabo en su legítimo problema, y ​​que el estado repudie a la Iglesia como una ordenanza de Dios, y la considere como una sociedad meramente humana y voluntaria, y que se elimine casi la única seguridad para su independencia espiritual; y su libertad, con la que Cristo la hizo libre, está expuesta a la usurpación y la tiranía del César [cf. Sec. 5.1]. Una vez más, que ese principio se lleve a cabo hasta su legítimo problema, y ​​que el Estado divorcie la pretensión de tolerancia de la sanción y autoridad que le ha dado Dios, y que los mismos cimientos de la libertad religiosa se socaven y se sacudan; y el derecho al juicio privado pierde gran parte de su seguridad, porque pierde todo su carácter sagrado.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/08/10/religious-liberty-the-establishment-of-religion/