LOS DEBERES DE LOS DIACONOS

LOS DEBERES DE LOS DIÁCONOS: Un breve tratado sobre los diáconos
Por: James Guthrie

Traducido al español por: Carlos J. Alarcón Q.

Para que entendamos también lo que pertenece a los diáconos, hablaremos de ellos brevemente, siguiendo el mismo orden. (1.) De su nombre. (2.) De su institución. (3.) De su vocación. (4.) De su deber y calificación.

DEL NOMBRE, DIÁCONO.

La palabra “diácono” [διακονέω, διάκονος], comúnmente usada, significa cualquier siervo o ministro (Mat. 23:11). Por lo tanto, en el Nuevo Testamento a veces comprende a todos los oficiales de la iglesia, incluso a los mismos apóstoles (1 Cor. 3:5). Porque todo funcionario de la iglesia es designado por Dios para perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio (eis ergon diakonias) y edificar el cuerpo de Cristo (Ef. 4:12). Cuando hablamos de diáconos en la iglesia, no se toma en este sentido amplio, para cualquier funcionario de la iglesia de cualquier tipo, sino para cierto tipo de funcionarios de la iglesia distintos de los pastores, maestros y ancianos, a quienes la recolección y distribución de los bienes de la iglesia pertenecen, para suplir las necesidades de los pobres.

DE LA INSTITUCIÓN DE DIÁCONOS.

La institución del oficio de diácono en la iglesia de Cristo es divina. Es una ordenanza especial y un nombramiento de Jesucristo que haya diáconos en su casa. El apóstol manda a los discípulos que escojan entre ellos hombres de informe honesto, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes nombrar sobre los asuntos de los pobres (Hechos 6:3), lo cual se hizo en consecuencia, como puede ser visto en el quinto y sexto versículo de ese capítulo. Tampoco fue esta una institución temporal en esta ocasión particular, solo para la iglesia de Jerusalén, sino para todas las iglesias de Cristo hasta el fin del mundo. Por tanto, el apóstol Pablo en varias de sus epístolas a las iglesias les menciona. Exhorta al “que da” o imparte (es decir, el diácono, a quien se encomienda el cuidado de dar y distribuir) a “hacerlo con sencillez” (Rom. 12:8). Reconoce al que “administra” (es decir, diáconos que son designados para ayudar a los pobres) entre estos oficiales que Dios ha puesto en su iglesia (1 Cor. 12: 28). Y escribiendo a los filipenses, dirige su epístola a todos los santos en Cristo, con “los obispos” (o superintendentes, bajo los cuales comprende a los ministros, maestros y ancianos) y a “los diáconos” (Fil. 1:1). A Timoteo, en donde le da reglas sobre la calificación y el porte de todos los oficiales de la iglesia, trata del diácono en general (1 Timoteo 3:8-13).

DE LA INSTITUCIÓN DIVINA DE LOS DIÁCONOS, DEDUCIMOS QUE:

(1.) El diácono es un oficial distinto del anciano. Es un defecto y falta en algunas congregaciones que no ponen diferencia entre estos dos, pero los confunde y los mezcla como si ambos fueran uno, ya sea no nombrando a nadie para el oficio de diácono, sino dejando ese cargo también sobre los ancianos, o bien dar a los diáconos el mismo poder y empleo que los ancianos. Es cierto que todo lo que el diácono pueda hacer en virtud de su oficio, lo mismo puede hacer un anciano, como lo que un anciano hace, un ministro; porque los oficios más elevados y eminentes de la iglesia incluyen los poderes de los inferiores. También es cierto que los diáconos pueden ayudar en el juicio con el ministro y los ancianos, y ayudarlos en estas cosas que conciernen a la supervisión de la congregación, mediante información y consejo. Sin embargo, es necesario que las congregaciones consideren la ordenanza y reverencien la sabiduría de Dios al nombrar a estos oficiales, de modo que tengan tanto ancianos como diáconos, y los preserven distintos en sus actos y operaciones, sin dar al diácono, o permitirle asumir el cargo de anciano.

(2.) Los diáconos no deben considerar a la ligera este empleo, o cualquier otro que los considere a la ligera, porque están llamados a ello y ejercen el mismo; sino que ellos mismos, y todos los demás, deben considerarlo como uno de estos empleos santos y honorables, que la sabiduría de Dios ha considerado conveniente asignar en su casa, para suplir las necesidades de sus santos. El mismo Señor Jesucristo no desdeñó lavar los pies de sus discípulos; los ángeles son todos ellos espíritus ministradores, enviados para ministrar por ellos y que son designados herederos de la salvación. Entonces, ¿por qué habría de pensar alguien por debajo de ellos servir en la iglesia de Cristo y ministrar a los santos en este empleo (1 Ti. 3:13)?

DE LA VOCACIÓN DE DIÁCONOS.

Nadie debe entrar en este oficio, sino el que está legítimamente llamado a él. Para su llamamiento es necesario:

(1.) Que tengan habilidades y dones aptos para el cargo, junto con un honesto propósito de corazón para servir al Señor fielmente en el desempeño de los mismos, buscando su honor en él y el bien de la iglesia.

(2.) Que sean elegidos por la congregación en la que van a servir, cuya elección debe hacerse de la misma manera que la de los ancianos gobernantes.

(3.) Que el ministro y los ancianos juzguen, [1.] su conversión, que sea intachable y santa. Y [2.] en cuanto a sus dones, que tengan esa ternura, discreción, destreza y prudencia que conviene a ese empleo. Y que sean admitidos a su cargo con oración y súplica, y abriendo la palabra acerca de su deber públicamente en la congregación, donde deben dedicarse solemnemente a ser fieles en la confianza que Dios les ha encomendado (Hechos 6.3-6; 1 Timoteo 3.10).

DE SU DEBER.

Su deber es el que concierne a su conversión, o su oficio y vocación.

DE SU CONVERSIÓN Y CALIFICACIONES.

Para su conversión, el apóstol muestra lo que debe ser (1 Ti. 3:8-12).

(1.) No deben ser de doble lengua, ni mentirosos, ni impostores, ni engañadores.

(2.) No deben ser dados a mucho vino, ni bebedores, ni borrachos, ni amantes, ni seguidores de bebidas fuertes.

(3.) No deben ser codiciosos de ganancias deshonestas, ni codiciosos, y que su corazón corra tras las cosas del mundo.

(4.) Deben ser hombres serios de presencia seria y firme, y no de comportamiento ligero y vanidoso.

(5.) Deben ser aquellos que retengan el misterio de la fe con una conciencia pura, es decir, que no solo conozcan las doctrinas del evangelio, sino que retengan la fe en ella sin vacilar, y estudien para tener una buena conciencia, al caminar en respuesta a ello.

(6) Deben ser marido de una sola mujer, que se abstengan de toda lujuria ilícita, satisfaciéndose con el remedio permitido por Dios.

(7.) Deben ser tales que gobiernen bien su propia casa y a sus hijos, tales que manden e instruyan a sus hijos y a su familia a guardar el camino del Señor, yendo delante de ellos en la práctica de la piedad, y todos los deberes santos y religiosos.

DE LOS DEBERES DE SU LLAMAMIENTO.

Los deberes que los diáconos están obligados a realizar en su llamamiento pueden reducirse a estos encabezados:

(1.) Que tengan cuidado de prestar atención exacta a aquellos que son pobres en la congregación y no tienen con qué mantenerse.

(2.) Que de vez en cuando tengan cuidado de recoger y recibir de los varios miembros de la congregación y de los extraños que vienen entre ellos, lo que el Señor inclinará sus corazones a dar para suplir las necesidades de los pobres, y de manera oportuna y cristiana para incitar y exhortar a la caridad y la generosidad, para que se pueda dar más.

(3.) Lo que reciban y recojan, entregue fielmente para que se ponga en el tesoro de la congregación.

(4) Que den a conocer oportunamente las diversas condiciones y necesidades de los varios pobres dentro de la congregación al consistorio de la iglesia, que se establezca una provisión en consecuencia para cada uno de ellos, para que los pobres no sean puestos a mendigar, para el dolor de sus espíritus y el oprobio del evangelio.

(5.) Que tengan cuidado, con honestidad y sencillez, sin mirar a las personas, de distribuir y entregar a los pobres lo que se les asigne para suplir sus necesidades; y si son huérfanos y jóvenes, o aquellos que no tienen conocimiento o comprensión, ni capacidad para disponer y ordenar las cosas que conciernen a su comida y vestimenta; Que los diáconos empleen y otorguen honestamente lo que se les da para su uso, para que puedan ser abastecidos en estas cosas.

(6) Que tengan cuidado de que lo que pertenece a los pobres no se arruine, ni se aplique a ningún otro uso: y si hay alguna reserva en el tesoro de la iglesia, se aproveche para lo mejor, para el beneficio y uso de los pobres. Sin embargo, para que los pobres estén más bien abastecidos que el dinero atesorado para un espectáculo vano.

(7.) Que tengan cuidado de tomar nota de estos que están enfermos para que puedan familiarizar a los ministros y ancianos con ellos para visitarlos, y si son pobres, sus necesidades pueden ser suplidas.

Para que los diáconos cumplan más convenientemente con su deber: conviene que se asigne una parte de la congregación a cada uno de ellos, para la mejor inspección de los pobres, y que las dietas de colecta para los pobres se dividan entre ellos.

El número de diáconos en cada congregación será de acuerdo con la proporción de la congregación y de los pobres que haya en ella; y aunque no hay necesidad de un número igual de ancianos y diáconos, es conveniente que cada anciano tenga algún diácono para estar ayudándole en los límites de los cuales tiene una inspección más peculiar, para que tanto el uno como el otro puedan cumplir con su deber, con mayor facilidad para ellos mismos y con el mayor beneficio y ventaja de la congregación.

Disponible en inglés en: https://purelypresbyterian.com/2020/11/30/the-duties-of-deacons/

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